martes, 7 de junio de 2016

La historia de un poema de Ana Guillot

Ana Guillot (foto de Marité Malaspina).


por Ana Guillot (*)
Especial para El Desaguadero

¿Alguna de tus abuelas fue viuda joven? La pregunta llega con aparente mansedumbre. Sí, la madre de mi padre. La respuesta hace mella, pero aún esquiva la arista principal. Pues entonces estás acá para superar su historia, su tristeza; hay un coro de mujeres que está esperando que hables por ellas. Daniel Dancourt había llegado para que lo ayudara a corregir uno de sus libros. Peruano de nacimiento, astrólogo, dedicado al análisis de la psicogenealogía, vivía gran parte del año en España; pero en ese momento se encontraba en Buenos Aires. Alguien le habló de mí y ya habíamos tenido dos entrevistas, muy profesionales y asépticas, en las que sencillamente corregimos y replantearnos la estructura de su material. Pero ese día, sabiendo que yo misma había estudiado astrología, me preguntó si tenía mi carta natal a mano. Sí, claro, ahora te la alcanzo (y todo por ocurrir aún). Voy, la busco, me mira y llega la revelación con la sutileza de lo inevitable; una anagnórisis rotunda. Yo había enviudado un año antes: era una viuda joven también. Y eso fue lo que dijo: que el coro y que mi abuela y que los muertos. Adentro un polvorín, y mi cabeza estallando. Una olla a presión, un volcán, la certeza de los orígenes; el mar que se desborda y no cabe en el frasco, en el cuerpo. Puro estupor, puro kairós.

La guerra civil española había sido el tema habitual entre mis abuelos y mis padres. Hija única de familia troncal (vivíamos con mis abuelos maternos), hablaban muchas veces en catalán y contaban. Un letargo que se demoraba en las sobremesas o a la hora de la siesta, entre la galería y el jardín; un murmullo imparable que fue amamantándome a pesar de mí y aunque no me diera cuenta: la pobreza, las traiciones entre hermanos (mayoría republicana y alguno que delató), los fusilamientos, el miedo, la sirena, el refugio, mi abuelo paterno que ya había muerto (de neumonía), mi abuela Agustina que quedó sola con papá. Sola a los veintipico y en medio de tanta desolación y fosa común.

Ya no recuerdo cuál de los poemas llegó primero, pero ya no paré. Algunos los escribí casi de un tirón y casi sin corregir. Otros me dieron mucho trabajo, por supuesto y como es esperable. El libro se armó en diez capítulos. Y entre ellos, este coro que siempre imaginé como un coro griego (aunque también podría ser lorquiano): mujeres girando en un escenario, diciéndose a sí mismas, vociferando sus frustraciones y sus logros. Como Yerma, mujeres de luto. Mujeres del dolor. Pero también mujeres que comenzaban a quebrar el techo de cristal.

La orilla es el punto de llegada, pero también el de partida o un límite. Todo lo que me había molestado de niña, cuando quería jugar o que me contaran cuentos con final feliz, se expandió en los poemas. Espacio y forma para tanta oscuridad. Un caldo de bendición en donde se hirvieron las luchas, los gritos, los gozos y las sombras [1] de mis antepasados queridos.

Mientras escribo, ahora, me conmueve la sincronicidad (¿la magia?) de la vida. Hace tres semanas murió mi padre. Uno de los protagonistas del libro, desde ya. Hace pocos días un amigo mejicano, Roberto Resendiz Carmona, me pidió que le enviara diez poemas para un encuentro que organizará en junio. Decidí que pondría algunos de La orilla familiar y otros de un libro inédito (Taco de reina). Releerlo fue abismal y contundente: esta soy yo, pensé; esta sigo siendo aunque los años pasen. Allí estaban todos ellos, frondosos, carne de mi tesoro (parafraseando a la Lukin) [2]. Mi zona más nodal y feroz. Y aun más: al otro día, exactamente al siguiente, Fernando G. Toledo me escribe y me invita a integrarme entre estas voces que admiro y conozco. Estuve leyendo tu Orilla familiar, dice, y pensé que podrías elegir un poema, etc. etc. Papá anda por ahí, entonces. Lo sé con obstinación. Habla en catalán, vuelve a Montjuic y al colegio del Corazón de María y a la calle Nápoles. «...Lo que es frágil y pura carne que se vuelve polvo desaparece, pero lo que tiene un núcleo sólido de piedra o hueso, eso se vuelve suave y límpido con el tiempo y permanece», dice Juan José Saer en Sombras sobre un libro esmerilado. Por eso Dancourt sigue a mi lado también, abriendo sin reservas el dique de las palabras.

Todas las orillas se asemejan. Pienso en Troya (un tema que me obsesiona también y sobre el que trabajo actualmente). Pienso en cada holocausto. Cada fusilamiento es una guerra, decido. Mi orilla familiar subyace. Siempre estarán ellos conmigo.

[1] Novela de Gonzalo Torrente Ballester
[2] Lukin, Liliana. Carne de tesoro. (Ed. Sudamericana)



mujer 2
 a Guadalupe Wernicke

la baba de ese beso
la saliva en la espalda
en la vagina
la yerma lasitud
de haberse equivocado
de hombre
los corpiños al borde
de la cama
las enaguas que retienen la seda
no hay canto primoroso
no hay gemido grito rasguño gutural
espasmo
no hay nada
hay la pared y su humedad
como un augurio
el olor hueco de sus crines
sobre el desaguadero
ella tensa las manos
en el hierro
se sujeta de la cabecera
él empuja la queja más dolida
ella hace silencio
los corpiños al borde de la cama
una ladera montañosa
la roca de por medio
(haberse equivocado de hombre)
el hueco de las crines
no hay roce caricia extremaunción
no hay nada de nada
se encoge frugal ella
él avanza las crines y el quejido
taladra la madera del abdomen
los músculos más tiesos
se agigantan
las noches
pesadillas del aire la baba en los pezones
nada de nada
en el vejamen sólido
en el entretejido de las mantas
ella reza para que pase pronto
él oscila las crines
las masa de su cuerpo
no hay más techo no hay sigilo
no hay ternura
no hay nada de nada
ni acaso rebelión
habría
él se come la zarza en ese grito
ella detiene el rezo
él bosteza
ella gira en la cama
el pueblo es un espectro
una calavera amenazante



(*) Ana Guillot nació en Buenos Aires en 1953. Profesora de Letras, coordina talleres literarios y dicta seminarios de mitología y literatura en su país y el exterior. Ha publicado los libros sobre docencia El taller de escritura en el ámbito escolar (1987) y  ¿Querés que te cuente un cuento?(1989). En poesía publicó: Curva de mujer (1994), Abrir las puertas (para ir a jugar) (1997), Mientras duerme el inocente (1999), Los posibles espacios (2004) y La orilla familiar (2009). También es autora de la novela Chacana (2012).

jueves, 19 de mayo de 2016

Con la artillería pesada de la lírica

Para salir a matar, de Dionisio Salas Astorga. 
Ediciones de Luna Roja, 2015.



Acaso sin proponérselo, simplemente llevado por la pulsión de su propia voracidad poética, Dionisio Salas Astorga ha completado, con la edición de Para salir a matar, una trilogía de obras de notable coherencia, potencia y, sobre todo, presencia. Presencia, digo, en un sentido etimológico: aquello que está aquí, delante de nuestros ojos.

A quien pueda acusar sorpresa ante la prolífica producción poética de Dionisio en los últimos años tal vez le sirva de explicación el repaso por el contenido temático de los poemas que han conformado sus últimos tres libros, aquellos que integran la que podríamos llamar su «trilogía cínica», autorizados por el nombre de uno de sus libros.

Después de un libro de temática amorosa que rompe con diez años de silencio poético (Como en las películas), Salas Astorga comienza con su trilogía de manera extraña: edita Últimas oraciones (2013), que incluye poemas acunados durante 30 años de escritura silenciosa, a los que acompaña de otros poemas a los que llamaríamos «urgentes», esos que son como la respuesta a una provocación, la provocación de los días que pasan su lengua amarga sobre nuestros rostros asustados.

Ese mecanismo poético, el que se ataba a las cosas presentes, motorizó en su integridad el contenido del siguiente libro, Crónicas cínicas (2015). Sobre ese libro escribí en su momento que allí el cinismo no era «una postura filosófica que sustente los poemas sino, acaso y más bien, dos cosas muy distintas: un mecanismo de defensa y una pátina estética». Y es que en ese libro, el poeta parecía anteponer sus textos como un escudo invisible ante el espectáculo decadente del mundo, al mismo tiempo que con el pincel del cinismo coloreaba el estilo, el tono de los poemas con su toque irónico y desencantado.

Para salir a matar no es más que la consecuencia, o mejor dicho, la conclusión de una secuencia cínica que Dionisio parece haber escrito no tanto porque quiere, sino porque no puede hacer otra cosa.

Aunque podría pensarse en una hipotética reunión de los tres libros en uno solo, lo que une a los títulos mencionados no es la uniformidad sino, como decíamos antes, la coherencia. Porque si bien es cierto que en ellos hay una voz muy declarada, la del propio poeta, que se asume como un «cronista», al mismo tiempo hay modulaciones diferentes que aportan libro a libro y, dentro de cada uno, capítulo a capítulo, matices que permiten al lector realizar un recorrido que no los hunda en una mera repetición.

No sería arriesgado decir que Para salir a matar, aunque pareciera (ya desde el título), el más furioso de los poemarios, es también el más lírico de los tres. Utilizo el término de una manera clásica. Si en los dos libros anteriores, el poeta se permitía largos momentos en los que cierto objetivismo, cierto coloquialismo se hacía presente, aquí esos tonos parecen estar siempre usados por contraste para con el lirismo dominante. Esto se aprecia mejor en la primera parte del libro, pero continúa en todos las demás. Aparece en el ácido capítulo titulado Barriendo las hojas de Parra (en la que Dionisio toma la figura del centenario poeta chileno para reflexionar sobre la poesía en general), pero también en otros capítulos, como Terapia intensiva o el que da título al libro.

Dionisio Salas Astorga.

Vemos la pátina lírica en poemas de todo el libro. Por ejemplo, en estos versos dolientes: «[Un 0800] nos deja esperando  de pie desnudo con nosotros / entre las cuatro paredes de un mundo / al que nadie le contesta». O en estos otros: «estamos esperando que se les rebalse el vaso (…) / que no sea un vaso de papel confort donde se toman / únicamente uds / el agua el vino y hasta nuestra sed». O, más adelante: «se calla para escapar / morir no morir en la batalla (…) / y no hay caricatura / ni mano que se detenga en ese punto invisible que seremos».

Esa nota lírica, que creemos domina (como la tonalidad de una sinfonía) este libro, nos parece la conclusión natural del recorrido poético que viene proponiendo Dionisio y parece concluir en este vértice bibliográfico que representa Para salir a matar. Dionisio no oculta sus influencias (Teillier, Ernesto Cardenal, pero también Huidobro o Juarroz), ni deja de animarse a experimentos tipográficos y de relieve (versos en cursiva, citas textuales, aparición de direcciones de sitios de internet), ni tampoco resigna el humor irónico, pero esta vez elige que el lirismo module definitivamente sus versos.

Los tiempos actuales exigen para su relato un cronista cínico, cree Salas Astorga. Por eso se calza su escudo lírico y sale. A matar o morir. En cualquier caso, con la artillería pesada de la poesía, esa arma cargada de presente, que es lo que nos hace falta.


Un poema de
Para salir a matar
de Dionisio Salas Astorga


un 0800 para consultar
nuestra verdadera identidad

si somos hijos de nuestros padres
si los abuelos eran los lobos del cuento
si sus abrazos estaban manchados de sangre

si en cada cumpleaños era absurdo pedir un deseo
porque a otro buscaría el destino


II

un 0800 nos rescata de ser vendidos enteros
o por trozos
a países limítrofes las provincias hermanas


denunciar
al que nos viola
al amor que golpea
al vecino que ata a sus niños en el fondo del patio
a los hijos que atan a sus padres en el fondo del patio

al que abandona en una carretera a su mascota enferma

la desaparición de los que amamos


III

un 0800 atiende para consuelo de robos reiterados abusos
relativos al trabajo salud e higiene

el silencio
de miles de 0800

propone vacunas
ve el cáncer cérvicouterino (opción 2)
las drogas (opción 4)
infecciones de transmisión sexual (opción 6)

un 0800 nos aleja de la tentación del suicidio
nos obliga a aceptar la miseria propia y la ajena

nos deja esperando de pie desnudos con nosotros
entre las cuatro paredes de un mundo
al que nadie le contesta.

lunes, 25 de abril de 2016

La historia de un poema de Carlos J. Aldazábal



por Carlos J. Aldazábal*
-Especial para El Desaguadero-


Escribí Por qué queremos ser Quevedo y La soberbia del monje entre 1993 y 1996. Ambos poemarios nacieron con la pretensión de ser los cimientos de una obra. El esbozo de una respuesta a la pregunta del por qué de este oficio, junto con un recetario personal de poéticas, fue la excusa para unificar vivencias inconfesables con lecturas olvidadas en el tejido de los versos.

En cierta época llegué a pensar que no se puede crear obras de arte sin padecer algún tipo de dolor existencial. Esta creencia radical hoy está más atemperada, aunque en principio sigue operando en mis intentos literarios. En verdad, tenía la sensación de que sólo se escribe desde las pérdidas, desde las carencias, completando con el lenguaje los vacíos que la realidad va remarcando. Una escritura traumática, irremediablemente pesimista. La necesidad de releer los poemas para preparar este libro me hizo reconsiderar mi «teoría del trauma» al advertir salpicones de optimismo que deshacían la hipótesis. Como complemento, la palabra «aura», utilizada alguna vez por Walter Benjamin para dar cuenta de esa «manifestación irrepetible de una lejanía» que develan algunas obras de arte, me sirvió para redondear mi reflexión.

Hoy estoy casi seguro de que el arte tiene esos dos elementos, lo traumático y lo aurático: escribir poemas para evocar la magia de ciertos personajes, momentos y sitios, hechizos irrepetibles que uno desearía habitar para siempre, y denunciar, al mismo tiempo, la terrible experiencia de la vida.

Es lo que traté de hacer en estos poemarios.

(Epílogo a Por qué queremos ser Quevedo, bajo la luna, 1998)





La higuera
Cuando el argumento lo exigía
yo era el que despertaba a los fantasmas
   y llamaba a los ovnis
para viajar en el torrente sanguíneo
        de lo absurdo.
Las runas se trazaban
sobre las axilas,
                las esquinas de los barrios
         que escondían duendes ostrogodos,
y así la invocación surtía efecto.

La higuera era el buque pirata
             que conducía a la selva del fondo,
     la máquina del tiempo que me acercaba
               al dinosaurio perro
           que me mordió una tarde
       y terminó ahorcado por el vecino,
                                  el malo de la jungla
                                  al que yo bombardeaba
                                  con piedras de Hiroshima
                      para reírme de la radioactividad
                                   que se elevaba
                      sobre el tejado de sus cejas.

Cierto día el buque se hundió:
                    mamá decidió parquizar el fondo
                    y eliminar las malezas
                    que afeaban las fuentes de las ninfas,
                                              seres de yeso
                             que se comieron la tierra de las parras
                             y confabularon con el vecino
                             para terminar con mi reinado
                                                 sobre la higuera.


de Por qué queremos ser Quevedo

*Carlos J. Aldazábal (Provincia de Salta, 1974) es un poeta y escritor argentino. Publicó los poemarios La soberbia del monje (1996), Por qué queremos ser Quevedo (1999), Nadie enduela su voz como plegaria (2003), El caserío (2007), Heredarás la tierra (2007), El banco está cerrado (2010), Hain, el mundo selk´nam en poesía e historieta (2012, con ilustraciones de Eleonora Kortsarz), Piedra al pecho (2013) y Las visitas de siempre (2014).

viernes, 15 de abril de 2016

La historia de un poema de Carlos Battilana

Foto tomada por Gustavo Gottfried


por Carlos Battilana*
-Especial para El Desaguadero-


Escribí El dulce porvenir hace algunos años. Todas las mañanas me llevaba una hora levantarme, tomar un café, estar un poco solo a la madrugada. Era una hora de desasosiego, pero también de cierta calma que por algún motivo no hallaba luego a lo largo del día. Otra hora la tomaba para preparar el desayuno, la ropa y cambiar a mi hijo antes de que viniera la combi que lo llevaría a su escuela. Y luego de saludar a Marcos, besarlo, acariciarlo infinitamente, recuerdo que un día empecé a escribir un poema en el escritorio. Al escribirlo, recordé a muchos poetas, compañeros y amigos, a los que había conocido a fines de los años 80, tremendos poetas de libros y poemas excelentes, con los que compartí la pasión y el fuego de la poesía. Hacía tiempo que no los veía. Las horas y los días de aquella época juvenil estaban impregnados de incertidumbres y deseos simultáneos, en ese momento de la vida en que uno empieza a caminar hacia algún lado. Tal vez idealice un poco, no lo sé. La poesía era en aquella época una constancia, una suerte de ingreso a un mundo lleno de intensidad. Un invisible hilo vital y una sensación física sobre el paso del tiempo saturaron el instante de escritura de El dulce porvenir. Me percaté de que todos ya éramos grandes. Un tema común, es cierto, condensaba el pequeño acto de cambiar a mi hijo, y de despedirlo hasta la tarde: la fugacidad. Casi podía tocar los minutos que se habían acumulado en el transcurso de mi vida. Sentí un terrible vértigo. Escribí ese poema recordando un film que hablaba de niños y adolescentes que tienen un espantoso accidente en una ruta. El «futuro», el «porvenir» es una inscripción social, una marca muda que se les imprime a los jóvenes en los rostros. Una inscripción silenciosa, pero sellada a fuego. Sabemos que la infancia es un puro presente; sin embargo el impulso biológico de la sociedad les impone una suerte de misión a cumplir (la patria, el orden social, la continuidad de la especie, el bien) en el tiempo que sobrevendrá. Como sea, de manera tenuemente irónica, utilicé el título del film: El dulce porvenir.

Leí el poema en voz alta durante un verano, en casa de una amiga. Había organizado una reunión donde tomamos café, y luego leímos poemas. Me tocó el turno, y empecé a decirlo despacio, a pronunciar palabra por palabra; no me resulta agradable la emoción explícita en una lectura, y mucho menos la estridencia. Sin embargo, no pude evitar emocionarme. Pasado un tiempo, me solicitaron unos poemas para un suplemento literario; me pedían una selección de textos de un libro que había sido editado hacía pocos días. Pero le envié ese poema al editor, y decidió publicarlo. Posteriormente lo incluí en un libro que se llama Un western del frío. Creo que el poema habla del paso del tiempo, sí, y también de mi hijo, sí, pero sobre todo del tesoro vital que puede ser cada instante: una vivencia que no busca necesariamente ni el bien ni la verdad, sino su propio vértigo y su propia expansión.



Buenos Aires, 25 de febrero 2016


El dulce porvenir 

Cuando los mejores poetas de mi generación
curtidos por las drogas
la grasa y el vino excesivo
están haciendo pie
y pueden usar la palabra templanza
con toda propiedad

reunir poemas
evaluar con cierta distancia
sus tesoros
su cúmulo precioso

cuando cerca de los 50
la juventud
es una palabra
que ha sido usada
y se puede recordar
-sí, con alegría-
las viejas amistades
los duelos
los viajes pequeños

cuando
el poeta
de los grandes experimentos
pero de otros poemas
mejores aún
es una increíble
referencia
y ahora
puede
-finalmente-
distribuir
el aire
y la respiración
porque ha corrido tanto

yo aún
el poeta de la familia
el poeta que
literalmente
ha administrado la energía
el poeta del tenis
estoy cambiando a mi hijo
interminable
en el baño
posterior de la casa
y le digo
“te amo te amo”
y barro
bajo los signos y los hábitos
de antiguos mecanismos
la ropa la basura y me muevo
-ya ciego-
entre escombros de fuego
y no tengo, lo sé,
escapatoria
no puedo ni podré respirar

amo
con pobreza
como pude

pronuncio “te amo”
como una
invocación
como una oración religiosa
-polvo del camino-
la única propiedad
con base
en lo real.


*Carlos Battilana nació en el año 1964 en Paso de los Libres, Corrientes. Doctor en Letras, se desempeña como docente de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Buenos Aires. Publicó los libros de poesía Unos días (1992), El fin del verano (1999), Una historia oscura (1999), La demora (2003), El lado ciego (2005), Materia (2010), Presente continuo (2010), Narración (2013), Velocidad crucero (2014) y Un western del frío (2015). Sus poemas han aparecido en antologías argentinas y latinoamericanas. Ejerció el periodismo cultural. Autor de ensayos, notas y artículos.

miércoles, 6 de abril de 2016

Poemas íntimos que quieren ser universales

Enrique Solinas.

por Fernando G. Toledo

Componer poesía mística en los tiempos actuales parece no ya una anacronía, sino un empresa difícil. Creemos dejar entre paréntesis, en esta consideración, el tramo polémico que pueda referirse a la verdad de los contenidos de la poesía mística. Eso sería una discusión diferente, que ha de dejarse de lado, sobre todo si es un ateo el que firma estas líneas y un creyente religioso el autor del libro.

La cosa va por otros carriles. Lo difícil de la poesía mística en el siglo XXI radica en la escasa frecuentación de los poetas actuales a su práctica (aunque la poesía de Diego Roel también va por esos carriles), y es por eso que la aparición de un libro que podría adscribirse a tal género aparentemente en desuso, genera sorpresa.

Corazón sagrado, de Enrique Solinas, conecta con la poesía mística tradicional española (Santa Teresa de Jesús, Ana de San Bartolomé, San Alfonso María de Ligorio), y su autor semeja a aquellos compositores puestos a completar la obra que otros dejaron inconclusa, acoplándose a la tonalidad, rescatando los temas, aprendiendo de las variaciones.

Sin embargo, a su vez, Solinas no deja de ser un contemporáneo, y por eso esa «música propuesta» tiene al mismo tiempo el «sonido del presente». Como dice Silvio Mattoni en las palabras de presentación, «estos poemas recobran la cuestión mística desde San Juan de la Cruz, le ponen de nuevo figuras al amor divino y nuevas canciones a la persecución incesantes del alma por una plenitud perdida».

En Noche de San Juan, el autor buscaba que de sus poemas decantara (para quien así lo quisiera) su mirada religiosa sobre los temas a poetizar. En Corazón sagrado, en cambio, lo que Solinas expresa son sus «certezas intransferibles» nacidas en la oscuridad del ensimismamiento. «Certezas» que son para él tan potentes que es en la poesía donde encuentra un canal propicio para intentar darlas vuelta del revés y exhibirlas a la luz. 

Por todo ello, el resultado es un libro íntimo y a la vez católico, en sentido etimológico de este vocablo: un libro en el que lo esotérico quiere ser universal.

En vos confío, el poema que abre el libro, parece ser su perfecto epítome.



En vos confío

Cuando era chico
en la Iglesia me regalaron
una estampa del Sagrado
Corazón de Jesús.

El rostro joven
no dejaba de mirarme
a los ojos,
al mismo tiempo que
la mano santa
señalaba su corazón,

su corazón,

su corazón:

su corazón como una llama roja,
rodeada de espinas;
su corazón de fuego atravesado
por el mundo y la cruz;
su corazón divino y humano.

Entonces, en ese instante,
me di cuenta de que
el amor de verdad es un misterio
y que el dolor te hace más hermoso.

Para que brilles
y descubra tu belleza,

siempre, siempre,

siempre el corazón encontrará
una nueva manera de sufrir.

Enrique Solinas

lunes, 28 de marzo de 2016

La historia de un poema de Tom Maver

Tom Maver (foto de Camila Toledo).


por Tom Maver (*)
Especial para El Desaguadero

«A veces quisiera acercarme a mi música por primera vez como si nunca la hubiera escuchado antes»
John Coltrane

Los poemas empiezan antes que uno. Hablan antes que uno. La verdadera tarea es poder escucharlos, y ese aprendizaje lleva tiempo. Yo estuve largo rato con el oído puesto en este poema antes de escribirlo. Luego tuve que darme cuenta de que mis latidos, mis sueños, mi respiración, no eran el poema. Y que debía empezar de nuevo. A escuchar por primera vez la fuente de donde venía.

Ya hacía un tiempo que estaba obsesionado con la figura de John Coltrane, su música, ese manejo de la velocidad, del ritmo (si escuchan sus solos vertiginosos improvisando con el demonio, o sus baladas: la seducción más demorada, masticando deseo, uno tiende a pensar que hizo un pacto con el Tiempo). Y sobre todo con su versión de My favorite things, grabada en 1960 en el disco de 1961 del mismo nombre.

Desde mi infancia conocía la versión de Julie Andrews para The sound of music (que a su vez era una versión del musical de 1959). Cuando escuché por primera vez esos compases de la versión de Trane y en la espalda de mi memoria resonaba inquieta la otra que conocía, quizá ahí ya estaba empezando a escribirse este poema. Después fui sabiendo de su relación con el bebop, el free style, el maestro Thelonius Monk, el quinteto de Miles Davis, con la droga, la noche, el trabajo, con Naima, con la religión, con el aire entrando a sus pulmones y saliendo hecha historia negra. Pero esto fue después.

En los poemas están las obsesiones. Pero estas pueden aparecer sólo para escucharse repetir lo mismo. Cuando ya había empezado a escribir el de Coltrane, fallando, perdidamente pifiando notas porque no tenía un poema sino lo que yo quería decir, me topé con el dato que me mostró el Coltrane que buscaba, el ritmo de locomotora que sí podía seguir. Era la escena en que Trane quiere poner sus cosas en orden y decide dejar toda su vida de músico atrás, con las noches eternas, las giras, la droga como despabilador. En ese trance decide hacerse cartero postal. Imaginen a John Coltrane, con 35 años, una extensa carrera en el mundo del jazz preguntándose qué poner en su CV o si tiene una bicicleta para hacer los mandados… Ahí lo vi más verdadero que nunca. Algo en él estaba a punto de morir. Pero aparecía su amor de entonces, una mujer, siempre una mujer, para hacerle ver que no era eso. Que lo que debía morir en él era otra cosa, otro demonio.

Mi amiga Nadina me contó que en algunos lugares de Perú se cree que a los moribundos hay que ayudarlos a morir. A darles el empujoncito que necesitan para soltar este mundo. En el lugar que ella visitó, particularmente se buscaba una madre que amamantara y se le pedía un poco de su leche y se la daba de beber a la persona moribunda. Al poco tiempo moría. Pareciera que en el roce entre lo que más vida tiene y lo que más lejos está de la vida, permite el corte y dar ese giant step.

Eso era Naima para mí. La que le da una comprensión, unas palabras (cuándo mejor dicho) de aliento. Entonces empecé yo también a escribir de nuevo. Quizá el mayor logro sea que nuestros poemas no sean fieles a los que los escribimos. Mi plaga seguía a ese flautista maldito y santo.




Trane cuenta un sueño [John Coltrane]


Es noche cerrada y estoy en medio de una plantación
enorme de algodón tocando el saxo soprano.
No hay nadie en kilómetros a la redonda y nieva
como si nunca fuera a dejar de hacerlo.
Sé que estoy en el Sur porque a pesar de que acá
jamás nieve, mis pies están encadenados a la tierra.
Los copos salen disparados cuando llegan a la boca
de mi saxo donde soplo como un desquiciado.
Pero a pesar de que toco así sólo sale un murmullo,
voces que giran en la nieve, en mi sueño, y ya no sé
si estoy tocando o más bien oyendo algo antiguo,
una mujer pidiendo que por amor
de Dios dejen de darle latigazos a su hija, la voz
de Nina Simone cantando Strange fruit, Billie
Holiday aceptando que cuando viene el amor
ya no se puede hacer nada, Malcolm X manifestando que él
odia como un negro de la plantación, Langston Hughes
proponiendo que la poesía sea como la música, B.B.
King sonriendo al decir que tocar blues es ser dos veces negro,
Frederick Douglass contando cómo escapó del Sur
y en las plantaciones los cantos de los esclavos
expresaban la más profunda tristeza y la más plena alegría,
y yo recibo estas frases de una historia poco oída en un sueño
donde hago que mi respiración sea sonido, y que el sonido
sea un soplo que le dé vida a viejos terrores, a modos
de resistencia. Me encadeno a estas voces y las llevo
conmigo como en los barcos negreros a pesar del hambre
y del mareo y del maltrato, de una orilla a la otra, atravesando
el infierno, llegó con nosotros también un ritmo,
una presencia todavía más antigua que los cuatrocientos años
de esclavitud. Y cierro los ojos y avanzo a ciegas siguiendo
las entonaciones, igual que en la iglesia metodista
de High-Point donde mi abuelo, el reverendo Blair,
predicaba y hacía que hombres y mujeres se sacudieran
en trances espirituales, despejando de sus almas al diablo
que los atravesaba de pies a cabeza, así yo me dejo llevar
hasta que de mi voluntad no queda nada más que unos
piolines electrizados. Cuando vuelvo a abrir mis ojos
estoy en un escenario en uno de esos bares perdidos
que no faltan en las giras, pero acá también nieva
y el público no quiere que toque, me silban, abuchean
a la banda, y comprendo como sólo se comprende en sueños,
que un músico negro siempre toca en una plantación
donde antes fue linchado un familiar suyo, donde
una tátarabuela vio por primera vez a los encapuchados
rodear a quien ella amaba prendiendo fuego
cruces de madera en la noche de Georgia.
Por eso yo soy en este escenario un pulso que tiembla
en el centro de los reflectores, conciente
de que tengo una alegría que sólo mi tristeza
puede comprender, y miro a mis compañeros y le digo
a Elvin con plena seguridad: “Estoy perdido. Seguime”,
y arrancamos a tocar y los silbidos y toses y charlas
se apagan y llegado un punto yo dejo de oír incluso
la música que sale de mi saxo soprano
hasta que lo único que existe es el sonido de mi respiración,
como si la hubiera aguantado por años y ahora
la fuera soltando de a poco, abriendo al medio mi instrumento
como un baúl enorme de cosas perdidas
de donde recupero objetos, recuerdos, personas.
Todavía no lo puedo saber pero cuando despierte
me voy a dar cuenta de que durante todo el sueño
estuve tocando un tema que se llama Mis cosas
favoritas, una canción que habla de aquello
en lo que alguien piensa para alejar la tristeza.
Sólo que yo no pienso en ponis de colores
ni en gotas de lluvia sobre los rosales. No es esa
mi felicidad. Todavía para mí la alegría es una palabra
sin contenido, pura forma, que tengo que llenar
con pedacitos de mí, con música, y entre el envión y el salto
que sólo puede darse con la emoción, ahí debo soplar
hasta quedarme sin aire, porque la felicidad
también es un gran mareo, y ¿cómo frenar su desequilibrio?
“Vos sos parte de lo que tocás”, me dice Naima
acariciándome. Naima es, por ejemplo,
una de las partes más punzantes de mi alegría.
La conocí cuando yo era un pobre tipo comido
por la heroína y el alcohol, el lugar común
de los negros de esta década, pero ella me tomó
la mano y me dijo: “Vos sos parte de lo que tocás”
y separó mis dedos pegoteados para que contara
los días que hacía que no dormía, 3, 4, 5, haciendo
que le diera la razón a Miles por echarme a la mierda
del quinteto y haciendo que me diera cuenta de que
ir al correo con vergüenza a dejar un currículum
-¿qué podría decir un currículum mío?- para trabajar
como cartero, era dejarme vencer. “¿Qué es más revulsivo”,
me dijo, “que ver a un negro amar lo que hace?
Vos vivís de respirar adentro de tu saxo. Eso es Mis cosas
favoritas, amar la alegría, su soledad, esa cosa densa
que nos pierde”. Entonces empezó a susurrarme
Cada vez que decimos adiós, de Cole Porter. “¿Oís,
Trane? Tu música va a la inversa. Junta todo lo que sentís
durante esa soledad para luego, en el momento de volver
a abrir los ojos, decirme finalmente, “Hola, Naima, acá estoy.
Mirá lo que hice”.

(inédito)

(*) Tom Maver nació en Buenos Aires, 1985. Poeta y traductor, estudió poesía con Osvaldo Bossi y Walter Cassara. Traduce principalmente poesía estadounidense, y publica algunas de esas traducciones en su blog Hasta Donde Llega la Voz. Desde el 2013 edita junto a Patricio Foglia el blog Malón Malón. Fue editor de Viajero Insomne Editora. Actualmente dicta talleres de poesía junto a Martín Vázquez Grillé. En 2009 publicó Yo, la incesante nieve (poesía).

domingo, 20 de marzo de 2016

La historia de un poema de Elena Anníbali

Elena Anníbali.


por Elena Anníbali (*)
Especial para El Desaguadero

Yo iba a séptimo grado. Hacía dos años se había incorporado a nuestro curso una chica llamada Deolinda B. Era alta y a los 13 ya tenía todo el cuerpo que una mujer puede esperar, a esa edad y a futuro también. Morocha, pelo negro y grueso, llevaba siempre naranjas a la escuela para comer. Tengo el recuerdo de ella asociado a un olor a sudor fuerte mezclado con cítricos.

Me contaba que su mamá le «enseñaba» cómo hacer con los hombres. Que primero ella escuchaba debajo de la cama, y que después sencillamente la madre la educó en la prostitución. Que a ella algunos hombres jóvenes le gustaban, pero que también iban viejos que le daban asco. Las maestras se hacían las tontas, los padres se hacían los tontos, me acuerdo bien, los compañeros veían en ella una chance a la iniciación. Salvo por eso, nadie quería acercársele, parecía una nena leprosa. Había, en ese cuerpito joven, varias capas de marginación: por negra, por pobre, por andar con hambre, por conocer del sexo. Yo ya era huraña y asistía, por entonces, a los recreos, como a un espectáculo que no me involucraba. Veía esas cosas. Por eso la invitaba a conversar detrás de un ombú gigante, donde la dejaran en paz un rato de burlas.

Me acuerdo de haber llorado de indignación cuando, para su cumpleaños, le regalaron un jabón y un peine. Deolinda estaba encantada. A lo mejor entendía y se hacía la tonta, a lo mejor no. Yo me acordaba de cuánto quería ella una muñeca. Una muñeca. Rastreé plata en toda mi casa, pedí a mi hermana, quien me tenía a su cargo. Nada, no hubo caso. Así que se la prometí.

La vi por última vez en 1993, al frente de una carnicería, en Oncativo. Pasaba con dos o tres nenes de la mano, que asumí eran sus hermanos, a quienes ayudaba a criar. Estaba igual, sólo que no aparentaba su edad. Parecía mucho más madura. Me quedé mirándola, por ver si ella se acordaba de mí. Iba pendiente de los nenes.

Nunca me olvidé de ella, del espanto de ser una criatura como ella y no poder hacer nada. Escribí ese poema con rabia y frustración, para ella y por ella. Pero también para darle a ese cuerpito una chance, por fuera del cuerpo mismo, de una vida donde quede para siempre perdida en la inocencia.



la niña de aprender

hola, niña de aprender

así te llamaban, deolinda,
los que iban a coger con tus trece años
con la piel intacta de noche y tierra
con tus zapatillas de ir a la escuela

¿te acordás lo que me contaste
atrás del ombú?
mi mamá se sube a la cama
y me dice que los toque ahí

te movías como una serpiente
sobre la arena
brillante y ronca de haber fumado
toda lumbre oscura
a la hora de convidarme
las frutas

el jugo caía, dulce y fresco,
sobre las rodillas de vos
de mí
y nos reíamos al abrirnos
las blusas
y mostrarle los pechos nacientes
al sol

todo era una hora
donde la muerte comenzaba
a besarnos los ojos


tabaco mariposa, Caballo Negro, 2009

(*) Elena Anníbali nació en Oncativo, pcia. de Córdoba, en 1978. Es Licenciada en Letras Modernas , Facultad de Filosofía y Humanidades, UNC. Ha publicado los siguientes libros: Las madres remotas (2007, Ed. Cartografías de R. Cuarto), tabaco mariposa (2009, Caballo Negro, Córdoba), El tigre (2010, EDUVIM, relatos);  La casa de la niebla (Ediciones del Dock, 2015). Colaboró en antologías de poesía y cuento en Argentina y el exterior. Se dedica a la docencia y a la investigación.

lunes, 14 de marzo de 2016

Pensé que se trataba de poetas

Ilustración de Pablo Lobato


Algunas notas sobre el cruce entre el rock y la poesía

por Hernán Schillagi


1. Spinettalandia y sus videos. Cuando hace unos años irrumpió el tan disparatado como genial programa de televisión Peter Capusotto y sus videos resultó saludable ver cómo se construía el andamiaje entre un tipo de rock clásico y potente (en los videos) con la parodia casi brutal a los diferentes clichés y gestos ampulosos del rocanrol (en los sketchs). Sin embargo, una de las escenas más relevantes ha sido hasta el momento esa que se metió con el prócer y poeta más insigne de la historia del rock argentino: Luis Alberto Spinetta. Allí aparecía un bipolar «Luis Almirante Brown» que proponía aunar en sus canciones letras de un alto calibre lírico con estribillos bien populares y escatológicos, tipo cumbia picaresca. Así, el dúo Capusotto & Saborido se burlaba precisamente del tan estimado estilo spinetteano para componer las letras. Con exageraciones en el hermetismo y el universo luminoso del Flaco al comienzo, para luego rematarla con fraseos al modo de «Laura, se te ve la tanga», más que de «Laura va». Entonces, ¿qué relación han tenido la cancionística del rock y el género poético? ¿Siempre fue equilibrado el empalme entre la canción y el poema? ¿La letra es un mal necesario para los músicos? ¿Un compromiso que hay que resolver rápidamente y como sea? ¿Cuánto de casualidad hay en las composiciones? Si hasta el mismo Luis Alberto, que escribió maravillas como «Todos los espejos de su corazón / se quebraron en mí...», se confesó una vez ante un periodista: «No hago poesía, soy poético».

2. Yendo de la letra al riff. Todo poeta que pase largamente la treintena, no puede dejar de reconocer que una de las puertas de acceso a la poesía (y a la literatura toda) fue el rock. Como recuerda el poeta y narrador Fabián Casas: «Hace muchos años, en mi adolescencia, yo iba a esa galería (Galería del Este, en Florida) porque ahí estaba un local de la marca de ropa Little Stone que en ese entonces hacía furor […] En una de esas incursiones de testosterona pasé por la librería que aún hoy está en la galería y vi a Borges. Me quedé tieso. Estaba sentado, vestido con un traje claro y una mujer le pasaba un vaso de agua. Yo, iniciado por mi maestro de séptimo grado, ya había leído alguno de sus libros, pero creo que en ese entonces me interesaba más el rock que la literatura…». Podríamos hablar, por lo tanto, de las esplendorosas letras del tango o del Nuevo Cancionero Latinoamericano, pero nos tocó esta generación alocada, melenuda y ruidosa: la rockera. Marta Castellino describe a los poetas de fin de siglo atravesados por: «La intertextualidad con el denominado rock nacional, emergente de una particular relación tanto con los medios masivos de comunicación como con la denominada ‘cultura popular’…». Los manuales escolares de los ’80 y principios de los ’90 ya nos inyectaban tímidamente «La balsa», de los iniciales Nebbia y Tanguito, «El oso», del legendario Moris, o «La vida es una moneda», de un cuasi adolescente llamado Fito Páez. Hemos crecido, entonces, escuchando las canciones de Sui Generis, de Almendra y de Pescado; de Vox Dei, de Manal y de León Gieco; cuando «Todo era nada, era nada el principio» y las confesiones se hacían en invierno; donde las pibas eran «muchachas» que nos miraban fugitivas con «ojos de papel». Eso sí, ¿algún poeta se habrá atrevido en su libro a tratar a una mujer como «nena»? El mal traducido y bastante machista «baby» ha sido un latiguillo paladeado por todos los cantantes. ¿Su función? Comprobar, por un lado, que el canal esté abierto: «Espero que las sombras se hayan ido, nena…», clamaba Charly García. Por otro, completar ramplonamente un par de sílabas y cerrar así una estrofa escandida a la topa tolondra: «Vos no me dejaste, nena…» (Spinetta en Pescado Rabioso). «La letra es generalmente un complemento de la música», se excusaba el mismo Charly en una entrevista, pero deja abierta una ventana: es posible ir más allá con las palabras (claro, él fue a lugares insospechados, maravillosos y reveladores). Aunque, más temprano que tarde, nos dimos cuenta de una realidad incontrastable: la llegada de la palabra cantada tiene un poder feroz que la poesía no alcanza ni a soñar someramente. De este modo, Ulises Naranjo nos avisaba en la contratapa del libro Letanía beat, de Luis Ábrego: «La literatura fue derrotada por la música…». Para más adelante darnos una débil (aunque esperanzadora) posibilidad: «Sin embargo, esa batalla perdida, para los escritores, redunda en un encuentro más profundo: la palabra termina lo que inició el rocanrol…». Por eso, estas notas exudan un carácter inactual, sesgado, algo melancólico y contradictorio. Como esos señores -pelados, panzones- que llevan a sus hijos a los recitales para perpetuar un ritual que nunca terminaron de entender.

3. Íntimos enemigos. La canción y el poema han tenido siempre una relación de innegable amor/odio. ¿Puede un poeta escribir sin dificultades una «buena canción»? Pienso en Pipo Lernoud, en Adrián Abonizio, o en Marcelo «Cuino» Scornik. ¿Es el songwriter capaz de parar en una hoja sin sonido un puñado de versos que no tambalee en la segunda lectura? Traigo los nombres de Pedro Aznar, de Palo Pandolfo, o de Rosario Bléfari. También ha habido cruces inesperados entre los géneros, como un Miguel Mateos haciendo, en «Los atacantes del amor», una reversión bastante lograda con los versos del poema «Cosas» de Juan Gelman. Donde el autor de Gotán dice: «Los atacantes del amor / enmascarados por el mundo /asaltan en la calle…»; el rockero, por su parte, entona: «Rojo cielo, van a llegar / los atacantes del amor / a liberar las cárceles / de la luna…». En este caso, al menos, las comparaciones nos devuelven «un poco de satisfacción». «Y desafiando el oleaje sin timón ni timonel...», canta y escribe Joaquín Sabina con bastante intriga. El cantautor, nacido en Jaén, ha demostrado como nadie que no es tan así aquello de que complejidad y popularidad son imposibles en nuestro idioma. Si bien sus letras siempre fueron muy elaboradas y con un cabal conocimiento de las formas clásicas (con las que juega todo el tiempo), los últimos tres o cuatro discos son de una manufactura nunca vistas, por oscuras y efectivas. Algunas son en colaboración; otras, versiones «libérrimas» de canciones consagradas («En pie de guerra», versiona al mismísimo Leonard Cohen) y las menos, canciones correctas, divertidas o ingeniosas («Embustera», «Parte meteorológico»). El libro que escribe Benjamín Prado, Romper una canción, evidencia el proceso, tortuoso y desafiante, de escritura a cuatro manos entre Sabina y él: ¡no se dejaron pasar una! Al contrario de la mayoría de los músicos, Joaquín escribe los poemas antes (sabe, cómo no, cuándo unos versos van para una canción y cuándo se quedan en un soneto); luego se reúne con su banda y vuelve a corregir en función de la música. Este trabajo compositivo, me arriesgo a manifestar, es mucho más eficaz que el del solitario poeta, ya que se pone al servicio de otros ojos, de otros oídos y de otra cadencia. De algún modo, también, hasta es más humilde. Aunque la soberbia de un poema bien escrito traspase ritmos, descontextualizaciones y programas anodinos de radio. Finalmente, ¿será Enemigos íntimos, el disco que hizo con Fito, el álbum con las mejores letras del rock argentino, que -para bajarnos un poco el orgullo nacional- escribió un español con todas sus zetas? Alguna vez, alguien tenía que decirlo aunque sea a modo de pregunta.

4. Flaca, no me claves tus poemas. En una nutrida Antología del rock argentino, la periodista Maitena Aboitiz recoge de primera mano «la historia detrás de cada canción». Allí, rockeros de letras emblemáticas como Andrés Calamaro no se reconocen para nada como poetas, ya que lo de ellos es la música. A la idea de «complemento» de Charly, se le suman el azar: «Casi siempre empiezo con la música ya encendida: voy haciendo la música y terminando la letra. Pero lo mejor es querer escribir y llenar papeles escribiendo…» (Calamaro); la obligada y subsidiaria cortesía de encajar palabras: «Me duele un poco escribir, entonces lo trato de hacer lo más rápidamente que puedo. Después, obviamente corrijo […] Por ahí, me doy cuenta que quiero decir otra cosa y la cambio ahí…» (Gustavo Cerati); también cierta planificación propia de la hibridez: «A veces necesitás una parte C, una tercera parte, más tranquila, que no diga mucho, para que cuando vuelva el estribillo, vuelva la estrofa, recobre la fuerza del principio y que sea una excusa para volver a escuchar lo que tenemos ganas de escuchar una vez más…» (Edu Schmidt, de Árbol). Nuevamente, el autor de Alta suciedad concluye con una afirmación de género: «Hay que entender la música y las guitarras, y no la letra…». Para subrayar este enunciado, en el prólogo de otro libro, El rock argentino en cien canciones, los autores nos previenen ante la «traducción» de los sonidos a letras de molde: «Quizás parezca obvio pero vale la pena insistir en que se trata de canciones: las ‘letras’ de rock existen para ser escuchadas antes que leídas. Es decir que los cien ejemplos que desfilan a continuación naturalmente fueron concebidos junto a la música, y su universo de sentido se activa en relación con ritmos y melodías…».

5. Un bajón para el poeta idiota. Pienso que si Carlos Solari (así, sin ser el mítico Indio ni el cantante de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota) hubiera escrito nada más que poemas (muy buenos, por cierto) y publicado libros (a pulmón, en editoriales pequeñas o autogestivas); entonces, en lugar de haber venido en un jet privado desde su residencia en Nueva York, y cantado épicamente frente a una multitud bajo la lluvia, habría llegado a Mendoza por vía terrestre, todo contracturado por los asientos vencidos del coche semicama. Luego habría leído en una sala oscura frente a treinta personas y vendido auspiciosamente once ejemplares. No obstante, el fenómeno ricotero es bastante complejo. Porque en toda entrevista al público, los mismos fanáticos (y no eran experimentados lectores de poemas), destacaban el valor testimonial de las letras y su alta poesía, pintándolas en trapos, ploteándolas en las lunetas de los autos y coreándolas a pogo limpio. ¿La música ayuda a romper el prejuicio feroz que hay frente a la lírica? Lo que más me intriga: las letras/poemas de Solari no son precisamente directas y literales como las del rubicundo Axel, por caso. Hay cerrazón y metáforas rebuscadas en los versos. Diego Colomba en su muy completo ensayo Letras de rock argentino habla de una «línea dura» en las estéticas y arriesga una respuesta: «Esta línea estilística puede recurrir a tantos tropos y figuras como lo hace la lírica. La diferencia radica en la actitud, el ethos del personaje que construyen, y en cómo funciona el trabajo retórico y temático en función de aquellos. Su dureza, desencanto, sarcasmo, lo alejan de la sensibilidad sutil del lírico o de la ligereza del pop…». Algunos piensan que se puede escuchar por años una canción sin reparar en la letra. ¿Será esto una autodefensa inconsciente ante la poesía? No me cierran, además, todas las letras de Solari, como tampoco me convencen todos los poemas de Roberto Juarroz. En el caso del primero, la música ayuda, son más que una buena liric; pero desnudas pierden bastante. Eso sí, sería injusto desvestirlas de la instrumentación original para compararlas con un buen poema de Olga Orozco o de Jorge Leonidas Escudero (para dar dos ejemplos extremos). Lo mismo pasaría con cualquier poeta parado frente a 150.000 personas leyendo -en medio de la tormenta- un poema, y sin la protección distante del soporte libro. ¿La canción y el poema son dos géneros tan diferentes? ¿La canción es una categoría en sí misma, con leyes propias? ¿O podrían tener más coincidencias de las pensadas? Seguramente, los festivales de poesía deberían invitar más seguido a los rockeros que escriben con conocimiento de causa (siempre y cuando no cobren los cachet que acostumbran), para probar, comparar y pasarse trucos de un lado y del otro. Pienso en «Juguetes perdidos» del Indio, esa que empieza poderosamente: «Banderas en tu corazón…». La leo en la pantalla fría y le noto la falta de cohesión, la rima facilonga, la irregularidad métrica, cierta caída en lugares comunes. La busco luego en Youtube: me golpea, me encanta (en el sentido de hechicería) y me parte la cabeza en cuatro. Todas las «falencias» por escrito casi se borran en el audio, justamente, como por arte de magia. Aunque otra vez aparece el mismo Capusotto dando recetas en su programa sobre cómo escribir letras «al uso ricotero» para bajar de un hondazo mordaz cualquier asomo de solemnidad poetil. Por lo tanto, el poeta siempre se encontrará más expuesto en sus palabras que el compositor, pero se podrá refugiar tranquilamente en las páginas de un libro y no tendrá que salir a defenderlas con el cuerpo ante la euforia y el paroxismo de una multitud deforme. Sé de algunos que lo han hecho y lo hacen. Son los menos. Sería una pequeña voz frente al mundo, como quiere Diana Bellessi: «Porque la poesía nunca estuvo aquí, sino allá, en la rebelión del cuerpo, en la revuelta descomunal del habla a la que no se enjaula así nomás, quiere hablar y le sale espuma, y esa espuma corroe como un ácido las retóricas prolijas que nos supimos conseguir…». La poesía y el rock, las canciones y los poemas, los poetas y los cantautores; especies que siempre se miraron por sobre el hombro, desconfiadas, pero que nunca dejaron de ir de la mano para diferenciarse, para robarse, para retroalimentarse. Que los cantantes leen poco y son exhibicionistas, que los poetas han perdido cierta musicalidad y no tienen en cuenta al lector. Así y todo, hay algo de lo que estoy seguro: desde que se conocieron, ya nada fue igual. Bienvenida la incómoda convivencia.



Menciones (en orden de aparición)

-Casas, Fabián. «El día que la literatura de Borges cambió», en Revista Ñ, 20/06/2009.
-Castellino, Marta y Zonana, Gustavo. Poesía argentina: dos miradas. Corregidor, Buenos Aires, 2008.
-Naranjo, Ulises. Contratapa de Letanía beat, de Luis Ábrego. Diógenes, Mendoza, 1998.
-Prado, Benjamín. Romper una canción: Joaquín Sabina. Aguilar, Madrid, 2009
-Aboitiz, Malena. Antología del rock argentino, la historia detrás de cada canción. Ediciones B, Buenos Aires, 2011.
-Toscano y García, Guillermo y Warley, Jorge . El rock argentino en cien canciones. Colihue, Buenos Aires, 2013.
-Colomba, Diego. Letras de rock argentino: géneros, estilos y transposiciones (1965-2008). Editorial Academia Española, 2011.
-Bellessi, Diana. La pequeña voz del mundo. Taurus, Buenos Aires 2011.