jueves, 20 de agosto de 2015

La historia de un poema de Sandra Cornejo


por Sandra Cornejo (*)
Especial para El Desaguadero

En un viaje con el papá de mi hijo (él es húngaro como también lo es ahora mi hijo, además de argentino), hicimos una escala en el aeropuerto de Moscú, Sheremétievo. Éramos bastante más salvajes entonces y ciertamente más inocentes. Íbamos a Londres vía Moscú porque ese recorrido nos abarataba muchísimo el pasaje. El destino final sería Budapest.

Recuerdo que me desperté muy cerca del aterrizaje; para mí aquella tierra en aquella época implicaba un universo que mis ojos no podían admirar más. Cuando apareció la pista debajo, el bosque y la niebla en torno me impresionaron de un modo apabullante. Yo había vivido en el sur y tenía una afinidad muy especial por esa clase de paisajes. Entramos en el aeropuerto, una inmensa mole de hormigón armado con varias bocas, brazos y ventanales enormes que daban a la pista. Desde allí yo miraba a los aviones que aguardaban su destino. Lloviznaba. Hacía un frío penetrante, aun dentro del edificio. Me inquietaba que quienes pedían los documentos eran todos jovencitos uniformados con sus armas y sus gorros de piel (ushankas, claro está). Recordé con cariño la canción Nikita de Elton John.

Con el papá de mi hijo tomamos un té y luego fui a caminar por el aeropuerto para recorrerlo un poco mientras aguardábamos el horario de nuestro vuelo. La libertad del viaje y el paisaje siempre han sido una combinación epifánica para mí.

No había demasiada luz ni grandes negocios, pero la gente se veía entusiasta y fuerte. En esas coordenadas, tomar alcohol, era una manera de combatir el frío. Fui caminando por los vericuetos del lugar y de pronto escuché, en un susurro, a alguien que cantaba en español. Guiándome por esa voz anduve hasta que di con una ronda de viajeros, en el medio de la ronda, sola, con su guitarra, una joven mujer (chilena, me enteré después) cantaba Gracias a la vida de Violeta Parra. Me estremeció esa reunión maravillosa en aquel escenario improvisado en esas latitudes.

Pasaron los años, la vida fue encargándose de poner sus pruebas y proponer sus cuitas, pero en mí guardaba el entretejido de aquellas sensaciones: el frío, los aviones, la canción, lo imprevisible que llega sin aviso, en un segundo, «sin alertarnos». Al escribir el poema, por un momento, dudé acerca de los tres últimos versos. Ante la lectura atenta y compartida de una gran amiga (escritora), acordamos su importancia. Esos versos fueron los que tomó Diamela Eltit como acápite de su libro Mano de obra. La poesía tiene también su labilidad, su misterio y su propia existencia. Un abedul nació en el Sheremétievo de 1992, pero me acompaña en cada instante de la vida, vida que agradezco tanto.


Un abedul


Un abedul
cuando llueve,
una arboleda que aclara
al arañar la pista
y desciende el avión en un aeropuerto
donde las mujeres beben vodka
a las seis de la mañana hora local
                          
Era acogedor el frío
aunque temible
Cantabas en mi idioma
pero con otro acento
Afuera la hilera de abedules
los aviones solos sobre el cemento mojado
                       
Detrás de las cabinas
los soldados
te miraban cantar
                       
Algunas veces, por un instante
la historia debería sentir compasión
y alertarnos    

(de Sin suelo, ediciones VOX, 2001).


(*) Sandra Cornejo se presenta así en su página web Tuerto Rey: «Nací en La Plata en abril del 62. Tuve la suerte de crecer entre Chubut, Catamarca, Mendoza, Córdoba y otra vez Chubut. Estudié Periodismo y Comunicación Social en la UNLP. Desde entonces me desempeño en distintos ámbitos en Comunicación Institucional y Gestión Cultural. Luego de obtener la diplomatura en el Posgrado de Lectura, Escritura y Educación (FLACSO) realizo talleres de literatura en Contextos de Encierro. La escritura, y especialmente la poesía, conforman para mí un espacio familiar de expresión. Motivo esencial por el cual edito Tuerto rey. Publiqué Borradores (Sudestada, 1989), Ildikó (Último Reino, 1998), Sin suelo (Ediciones Vox, 2001), Partes del mundo (Alción Editora, 2005), Todo lo perdido reaparece (Cuadernos orquestados, colección de poesía dirigida por Abel Robino, Cuadrícula Ediciones, 2012) y Bajo los ríos del cielo (Ediciones Al Margen, 2014) . Algunos poemas integran ciertas antologías, entre ellas, Poetas Argentinas (1961-1980) (Ediciones del Dock, 2007), Antología de poetas argentinos II (Free Verse Website 2009, Irlanda) y El verso toma la palabra, selección de 33 poetas argentinos (Homoscriptum y La Universidad Autónoma de Nuevo León, México, 2010). Otros poemas han sido traducidos al húngaro, inglés y alemán.

jueves, 6 de agosto de 2015

La historia de un poema de Marcelo Díaz



por Marcelo Díaz*
(Especial para El Desaguadero)


Hay un cuento de Sam Shepard donde dos amantes hablan por teléfono, uno de ellos está dispuesto a dejar su vida por completo, la rutina familiar, el trabajo, las coordenadas que habita, por una fuerza extraña parecida al amor (pero que probablemente no sea eso) y el otro está lejos, muy lejos, construyendo su propio hogar sin mencionar, o tener presente, en sus borradores mentales a nadie salvo a sí mismo. El cuento se llama Coalinga a medio camino. Hay una película de Win Wenders que articula una narración muy parecida, de hecho Shepard ha sigo guionista de Wenders. El film se llama Paris Texas. En mi vida la pérdida es recurrente, familia, afectos, seres queridos. Hace años quise continuar con una relación que era insostenible y perdí literalmente todo lo que había construido en forma artesanal, pieza por pieza, en un instante. De ahí que no es casual que un poema como One art de Elisabeth Bishop se transforme en una especie de amuleto, igual que el poemario magnífico El arte de perder, de Mirta Rosenberg –casi homónimo del texto de Bishop–. Atribuirle significación a la pérdida parece un sinsentido, más aún confiar en un método o técnica para perfeccionarla. El poema que escribí posee un tono autobiográfico, la ficción aparece como un horizonte integrada a escenas de una película, dos poemas, y un cuento. Lo curioso es que en algún momento me sucedió lo mismo que a los personajes de Shepard, o Wenders, como si en la escritura estuviese prefigurada de alguna manera la experiencia con todo su resplandor y con toda su pobreza. Nunca pude entender bien cómo es que naturalizamos la fragilidad de las relaciones con los otros. Lo curioso también es que conocí a otros lectores, que al igual que yo, venían con una fisura interior, en su momento, y de a poco me fueron leyendo por ese poema, y no deja de ser curioso que en alguna oportunidad haya sido leído por autores que estimo mucho, y por personas que apenas conozco, con quiénes mantenemos experiencias en común como si fueran una contraseña de vaya a saber qué clase de vínculo menos que invisible. 

***





Teoría de la pérdida

Suponía que sería de noche
cuando el hilo eléctrico de tu voz desapareció
atrapado en un auricular como de plata.
Decimos sujetos a interpretación.
¿Qué cambiará ahora si enciendo un reflector
entre dos ciudades separadas por mil kilómetros
para reafirmar una marca en el asfalto
parecida a un hombre sentado en la autopista
ensayando una llamada nocturna?
Digo, por ejemplo, somos el campo de fuerza
de un agujero negro o como la espera
a punto de sacudir la quietud de las rocas.
Voy hacia ti, hasta aquí llegamos. Hablo
del boomerang de los afectos extraños
que en su viaje de regreso nos trajo lejos.  

                                                                                   a M.R

de El fin del realismo (Viajero Insomne, 2014)


*Marcelo Díaz, 1981. Licenciado en letras. Premio Bienal Arte Joven Universidad Nacional del Litoral. Publicó en el año 2007 el libro de poemas La sombrilla de Wittgenstein (Reeditado en el año 2013 por Colectivo Semilla. Bahía Blanca). En el año 2011 publicó el libro Newton y yo (editorial Nudista). En el 2014 El fin del realismo (Viajero insomne). Y en 2012 publicó el ensayo La máquina de enunciación K con editorial EDUVIM. Participó en la antología de jóvenes narradores Es lo que hay llevada a cabo por Lilia Lardone en el año 2009 y de las antologías Penúltimos: 33 poetas de Argentina (1965-1985) selección a cargo de Ezequiel Zaidenwerg (UNAM.2014) y 20 años agarrándose los dedos con la puerta por Llanto de mudo ediciones (2015). Y en el año 2015 editó en coautoría el libro Los fuegos de Orc: antología de poesía y ciencia ficción argentina Textos suyos aparecen en las revistas ADN, poesíaargentina, Veintitrés, no-retornable, Otra Parte, Indie Hoy y Ñ.

sábado, 1 de agosto de 2015

También la oscuridad es otro sol

El lado oscuro del mundo, Marta Miranda. Bajo la Luna, 2015. 56 págs.





por Hernán Schillagi


En Nadadora (2008), el libro anterior de Marta Miranda (Mendoza, Argentina), la propuesta era registrar toda una jornada de ejercicios acuáticos donde «la que nada alcanza la orilla». Entonces, tracción a sangre de por medio, el cuerpo de la que hablaba unía los dos lados con la voz, pero elegía volver al centro para soñar con «aguas más profundas». Es así cómo, en El lado oscuro del mundo, Miranda elige colocar en la superficie un grupo de poemas que, en apariencia, resultan una miscelánea efectiva; sin embargo cada palabra será dicha desde el hilo tensado de una relación a distancia.  

La presencia del agua (y su poder) genera su influencia desde el comienzo. Aquí la soledad es caudalosa y se encuentra bajo la lluvia. El «otro», por tanto, está en otro lado, es más, «del otro lado del mundo». Así, oscuridad y luz se irán batiendo a duelo en poemas de una extrema precisión, ya que cada verso es un destello fugaz para tanta noche: «para salvarte / una luz se hizo / en el fondo de tus ojos / y nueva en tu boca, una palabra: / agua…». Esa claridad en el decir se expresa, además, con cierta sequedad, sin adornos innecesarios; porque la respiración de la que corta los versos tiene que ser escuchada -fuerte y claro- por alguien ausente, distante en la inmensidad de la Tierra.  Su lirismo es contenido, pero potente. Aparece la hipérbole para exagerar situaciones cotidianas -la nieve, las cenizas de un volcán, el recuerdo del padre-, sin embargo «la sujeta», como le gusta decir a Tamara Kamenszain, equilibra el efecto de grandilocuencia con descripciones impasibles  y lo transforma en revelación: «Apuro el trago / dejo un hielo en la boca / y en la lengua estalla / tu parque nevado // Que la nieve del mundo / se lleve este ardor…». 

En el libro, Marta Miranda se permite un período más amplio en el desarrollo y la cantidad de los poemas. Un hipervínculo hasta La misma piedra (2002) se hace necesario, porque en ese poemario anterior, la autora proponía -más allá del estilo similar- que: «En algunas situaciones / pensamos en lo otro / como algo amenazante…», para terminar afirmando: «cuando la propia sangre / se vuelve contra una / es imposible / detenerla…». Es por eso que, cerca del final de El lado oscuro…, aparece el viaje como una posibilidad de encuentro, imaginar la vida del «otro lado», pero hay situaciones/murallas que impiden que esta relación soterrada encuentre su lugar de contacto luminoso (más allá de la pantalla virtual), porque la que se preguntaba qué había tenido que matar antes de trasladarse, ahora se da cuenta que: «acá o allá /cero respuesta/ aunque seguís apareciendo / puntual / cada tantas líneas / tantos poemas…», para decir más adelante: «que no vuelva / a salir el vuelo/ sin mí…».  

Por lo tanto, en el recorrido deslumbrante por libro, la vista se impone como algo lúcido, resplandeciente; sin embargo, una ceguera elegida termina siendo la respuesta para la que tapa el sol con un dedo. De este modo, el deseo, la tristeza, el encierro y la pérdida serán expuestos al sol más abrasador para que, en ese exceso, no quede ninguna sombra. De este material oscuro e inquietante están compuestos los poemas de Marta Miranda.

 ***




Algunos poemas de 
El lado oscuro del mundo 




EL RÍO PODEROSO

En medio de la isla
sola
en una cama que no es mía
escucho la tormenta

Para amainar el miedo
trato de identificar los ruidos:
prevalecen
ante todo
el chasquido potente
de la rama de los sauces
y el enorme caudal
del río poderoso.

Miro el Paraná
calculo
a lo sumo unos cuarenta metros
hasta la otra orilla
en medio
corre fuerte el río
trayendo
lo que trae

en su anchura 
lleva y deja
las partes
de una misma
la gente que se quiere

aquello
que no veremos más

*

NO RECUERDO LA SONRISA DE MI PADRE

 

Aunque la enfermedad lo devoraba
siempre ponderé
la belleza de mi padre:
sus grandes ojos
sus manos alargadas
el aire irónico con que miraba el mundo

Desde su silla de ruedas
si alguien cometía una torpeza,
cosa frecuente dado el lugar
las circunstancias,
si me miraba en esas circunstancias
sonreía calladamente
yo tomaba ese gesto como una señal de bienvenida,
de ser parte de su mundo

Sin embargo
no recuerdo su sonrisa, digo,
lo material
de su sonrisa

¿Sus dientes eran amarillos
o parejos?
En el recuerdo
la sensación es de felicidad
pero la imagen congelada
al mirarme
es la sonrisa que ofrecemos al perro abandonado
que al cruzarnos en la calle nos sigue
mueve la cola, no nos muerde

Creo que es suficiente
con saber que mi padre sonreía
más allá del recuerdo
para poder creer en la regla de bondad
de todas las sonrisas
de todos los perros
de todos los padres de este mundo

   
*

NIEVE


Hace días que el mundo es otro:
llueve en esta parte del mundo
y el aire es caldo
sensación de una cosa
que subiendo por la tráquea
enmudece, deja
la lengua como un charco

Hace días que llueve y me gustaría
saber si va a parar
y no lo sé
porque clavado en la pantalla
aparece siempre el pronóstico
de la ciudad donde estás
Grados de temperaturas
nubecitas de colores,
hoy
y durante toda la noche
copos blandos empezaron a ocultar tu casa
si sigue así
mañana tendrás que palear la nieve
para poder salir

Aquí
la lluvia cesa y sale el sol
ruge como venido del infierno
una bocanada caliente y húmeda
que nada logra sofocar

Apuro el trago
dejo el hielo en la boca
y en la lengua estalla
tuparque nevado

Que la nieve del mundo 
se lleve este ardor 

*

CENIZAS


Las cenizas del volcán
hicieron que todo
se convirtiera en sombra
estatua colosal
que iba esculpiéndose con lentitud
a cada respiro de la boca

Vos y yo
lo vimos por tv

igualmente
y aunque lejos
a miles de kilómetros de allí
una nube espesa
entró en la casa
cubrió la foto
de tu cara junto a la mía

y allí quedó

la ceniza, gris
el peso de las cosas
nos ahogaron
hasta volvernos sombra
 

domingo, 19 de julio de 2015

La historia de un poema de Denise León

Denise León.

Poemas de Estambul

por Denise León (*)

Cercados por las palabras como vivimos, cada uno de nosotros habla su propia lengua. Una lengua que sólo puede traducirse parcialmente y que sentimos profundamente nuestra en sus inflexiones, en la música de determinadas palabras, en sus recuerdos privados y en sus ritmos propios. Así, todo territorio lingüístico contiene y delimita sus espacios sagrados, sus centros flotantes. En mi caso, uno de esos centros tiene que ver con el mundo familiar, con la infancia. Un orden poderoso y esquivo que tiene que ver sobre todo con las mujeres –con mi madre, con mis abuelas– y que voy buscando y voy perdiendo y voy recuperando y voy transformando en mis poemas. A partir de la existencia secreta y elusiva de esta casa en la que siempre estoy merodeando, voy tejiendo una maraña de citas, una maraña de notas al pie: el texto de mi vida.
En la cuadra en la que yo crecí no vivía ninguna niña, sólo había varones para jugar. Así que  tuve que lidiar con mis terrores y aprender a disparar rifles de aire comprimido, manejar la honda y jugar a la guerra de cascotes. Siempre admiré la aventura y sin embargo, como diría Barthes, la pasión de mi vida ha sido el miedo. Hay personas y poetas a los que les suceden cosas, a mí sólo me sucedieron las lecturas y la televisión.
Los poemas suelen aparecer ante el lector como algo acabado. Para el poeta, sin embargo, cada texto no es más que la estabilización transitoria de un proceso lleno de opacidades, lleno de temblores. Tal vez por esto, mi primer libro de poemas, Poemas de Estambul, despertó cierta curiosidad, cierta intriga. Siempre recuerdo que la persona que reseñó el libro para la Revista Aky Yerushalayim advertía con lucidez que «klaramente el ladino de estos poemas no es el ke se avla aktualmente en las komunidades sefaradis del Mediterraneo; se nota en el la influensa del espanyol avlado en Arjentina, lo ke es natural, siendo ke la autora nasio i se eduko en este paiz».
El ladino de mis poemas –en efecto– tiene un acento muy peculiar que difícilmente pueda encontrar un correlato geográfico específico, sencillamente porque es una lengua inventada, una lengua que no es de ninguna parte y que por eso tiene también algo de deliberado, de artificial, y de imposible. Una lengua que no tiene sombra, como el agua.
El poeta, el traductor y el exiliado saben que todo idioma es impuro, que no hay idioma que sea una isla, y que toda lengua contiene a otras lenguas.  Los idiomas se invaden entre sí y en mis oríges están mezcladas estas dos lenguas próximas y distantes al mismo tiempo. Una, se escribe de derecha a izquierda; la otra, de izquierda a derecha. El método poético consistirá entonces, sobre todo, en enumerar minuciosamente las pequeñas cosas, pegando la nariz a ellas hasta que estas nos entreguen sus historias, sus secretos, su saber sobre lo que las rodea. Trabajar con los restos del banquete, con las sobras, con las hebras de la nostalgia que siguen de alguna manera actuando, prolongándose en la lengua cotidiana, en la música precisa de algunas palabras. Mis Poemas de Estambul  son un pobre resto de algo grandioso, y también un homenaje que sólo es posible desde la modificación y la pérdida. Sólo podemos conservar aquello que modificamos hasta sentirlo como propio.

Uno de los Poemas de Estambul (Alción, 2008)
Denise León

La piedra minudika
del silensio.
La kamaretta de mi madre.
La llavedura blanka
ke mira a la kamaretta.
Los talones de mis pieses
ke desean
i no alliegan la ventana.
El empiezo de todas las kosas.
La palavra ke quita el miedo
i una boz
ke es la manyana.

*


La piedra pequeñita
del silencio.
La habitación de mi madre.
La cerradura blanca
que mira a la habitación.
Los talones de mis pies
que desean
pero no alcanzan la ventana.
El comienzo de todas las cosas.
La palabra que quita el miedo
y una voz
que es la mañana.



(*) Especial para El Desaguadero

viernes, 26 de junio de 2015

La historia de un poema de Alejandro Méndez Casariego




por Alejandro Méndez Casariego*
especial para El Desaguadero


EL PRECURSOR

A diferencia de mi primer libro, El elefante de cartón, que resultó de un rejunte de poemas sueltos, escritos en distintos momentos y bajo variadas influencias;  el segundo, Los réprobos (Buenos Aires, 2007) obedeció a una idea preconcebida, a un objetivo preciso. Esta forma de escribir poesía era toda una novedad para mí, ya que siempre fui devoto  de la «inspiración», del poema vinculado a lo imprevisto, al impulso del instante.   

Lo primero fue la idea, y derivado de esta idea, el título. A partir de allí, me llevó un año redondo desgranar los poemas que lo compondrían. Durante ese año hubo bastante investigación, mucho análisis y sobre todo lecturas muy particulares.  Y digo particulares porque, por ejemplo,  leer  el texto de unos treinta autos de fe de la inquisiciones española, italiana y peruana puede resultar una experiencia insólita y, contradictoriamente, enriquecedora.  

Después de los primeros tropezones con aquel  lenguaje arcaico, estos  testimonios pueden volverse de una increíble riqueza narrativa, en un territorio donde lo racional y la magia se mezclan de forma revulsiva. Como en otros casos, los  artífices  principales de esta especial alquimia, son aquellos indeseados pero no secundarios motores de la historia y sus excusas: la intolerancia y la mentira. He allí la idea central conque concebí cada uno de los poemas de Los réprobos, dar «la versión de las sombras», recuperar algo de lo que «no está escrito ni instalado en los códices», el pensamiento de los que estaban fuera del sistema, cualquiera que esté afuera.  

Casi terminado el libro, sentía que el objetivo de expresar mis ideas en forma poética, estaba, mal o bien, logrado. Pero al mismo tiempo tuve la nítida sensación de que faltaba algo: una especie de precursor, alguien de desde las más lejanas brumas de la historia hubiera arrimado la primera antorcha a tanta oscuridad. Había rozado el nombre de Akenatón y su singular reinado en mis investigaciones, dejándolo, inicialmente, de lado. Pero de algún modo, una lectura no desprovista de cierta parcialidad, me lo puso enfrente; tal vez no tal como era, sino como yo necesitaba que fuera. El faraón que destruyó los dioses unificándolos y representando al dador de toda vida, un elemento real, para nada mágico: el sol. Utilicé el poema Akenatón a Nefertitis como un resumen de mi concepción sobre temas como el origen de la existencia, la materialidad del mundo y sus fenómenos,  la ética de la verdad, la incondicionalidad del amor. La estructura se me figuró como un canto labrado sobre piedra con jeroglíficos. De hecho, tuve en cuenta el estilo y el fondo de algunas inscripciones halladas en Tebas, correspondientes al período de este reinado. 



«Eres tú quien hace que se desarrollen los gérmenes en las mujeres.
Tú quien crea la simiente en los hombres.
Tú quien da vida al hijo en las entrañas de su madre.
Tú quien le calma con lo que hace cesar el llanto.
Tú, la nodriza de aquel que está todavía en las entrañas…»



 
Y así fue cómo nació este poema, el último que escribí para Los réprobos.

 



(Akenatón a Nefertitis)

Mientras yo viva, luna mía,
el mundo no adorará otros dioses
que los que el mundo vivo nos ha dado

No se prosternará ante imágenes
mitad criaturas humanas, mitad bestias
que la naturaleza se ha negado a engendrar

Somos frutos de la cópula
de la tierra y el sol
específicos y reales
como un amanecer en la rivera
pantanosa del Nilo
escarabajos en una arena que no tiene fin

Y en el sueño del tiempo
volveremos a ella, porque solo su demanda
es materia de fe: la interminable
única que aullará sobre la tumba
del último animal de su especie.

Ya vendrán por nosostros
pero la piedra que hemos puesto
rodará más allá de la memoria
y habrá una huella tendida en los confines
con la hendidura de nuestras sandalias

A los otros, en cambio
la nada extenderá un poder
cortado en piedra muerta

No hay, mi amor, monumento más alto
que aquel que siempre estuvo allí
y que la mano del hombre más experto
no ha conseguido tallar ni repetir
este no pide humillación ni sacrificio
otorga, en acto elemental que no requiere ritos
un don que solo aprecian
quienes, como tú y yo, amantes en los límites
carne que no tendrá testigos
despediremos al final
de nuestro último día.





*Nací el 19 de diciembre de 1952. Estudié Profesorado de Historia en la UNC, carrera que fue interrumpida por la persecución de la dictadura militar. Si bien escribo desde muy chico, mi aproximación a la poesía como genero se produce hace unos quince años. Desde el 2001 al 2007 conduje, junto a José Emilio Tallarico, Gerardo Lewin y otros, el ciclo de poesía
«El Orate y la Musa» en la Ciudad de Buenos Aires. Publiqué, en 2003, el poemario «El Elefante de Cartón» y en 2007 «Los Réprobos». Dos libros inéditos «El único límite» y «Los Dioses del Hogar» esperan turno para su publicación.


viernes, 5 de junio de 2015

La historia de un poema de Ricardo Costa



por Ricardo Costa*
especial para El Desaguadero


LA GEOMETRÍA ESTALLA



Simplemente, celebraba mi juventud. Había pasado el colegio secundario, el tortuoso servicio militar y la dictadura agonizaba. Eran épocas de escritura compulsiva. Sabía que tenía todo el mundo y el tiempo por delante. De manera que decidí consagrar mi vida a la poesía y vivir a través de ella. O a través de lo que ella quisiera entregarme.

En aquellos años, el fervor por la palabra escrita pasaba exclusivamente por el universo del discurso lírico. No concebía la idea de que la pasión tuviese lugar en elementos o experiencias ajenas al estallido del corazón. Quiero decir, no aceptaba que un alma sensible pudiese conmoverse por eventos que no comprometieran su capital amoroso, contemplativo o trágico. Me refiero a esos alumbramientos que irrumpen reveladores en un espíritu que vibra a través del lenguaje poético. En pocas palabras, rechazaba el concepto de que el arte -en cualquier de sus formas- se consumara en temáticas relacionadas con las ciencias duras; como la matemática, la física o la química, por ejemplo. Así, mis primeras escrituras ardían en recargados fuegos pasionales: la adoración de la mujer amada, el interrogante de la muerte, la angustia existencial, el amor no correspondido, y demás etcéteras de imágenes edulcoradas.

Años después, durante una cursada de literatura griega y luchando contra las agudas contradicciones que conlleva la madurez, descubrí en una edición enciclopédica los pormenores de la muerte de Arquímedes. Ese genial geómetra, matemático e ingeniero siracusano que fue muerto por un soldado romano en el siglo III a.C. Por lo tanto, y a poco de comenzar dicha lectura, quedé seducido por la obsesiva búsqueda del conocimiento que este genio desplegaba a través de ecuaciones numéricas, teoremas y trazados geométricos. El hecho de que Arquímedes dedicara su vida al saber científico, sin otro interés que el conocimiento mismo, me maravilló y me condujo a reformular las erróneas ideas que albergaba respecto de lo que significaba la pasión creativa.

Cuenta la historia que un soldado romano había sido comisionado para conducir al siracusano ante el despacho del prefecto de turno; comisión que se advierte difícil cuando el legionario encuentra a nuestro héroe resolviendo cálculos sobre una parcela de tierra. Pero el viejo sabio no presta atención a la orden castrense. Escucha, sí, pero no le importa lo que el hombre armado viene a comunicarle, ya que su disciplina es prioritaria por sobre cualquier reclamo o decreto. El griego está concentrado en sus estudios y odia que lo interrumpan. Y más aún cuando la sombra del gladiador estorba sus escrituras.

La versión biográfica de marras testimonia que las últimas palabras que pronunció Arquímedes, antes de que la espada del soldado cayera sobre su cuerpo, se alzaron en una pregunta «¿Quién es el que se atreve a interrumpir mis estudios?». Comprendí entonces que sólo la pasión puede abstraer a un hombre, o a una mujer, de la realidad más cruda que en ese momento esté atravesándolo. Sólo la pasión por lo que se ama transforma en obsoleta la realidad y superficial la materialidad del mundo, al punto de llevar a un científico desarmado a desafiar la brutalidad de un soldado invasor.

Así como la ciencia matemática fue desarrollada para explicar el orden del universo a través de los números, no hay posibilidad de que la búsqueda y el desafío existencial transcurran por fuera de la pasión. Ergo, la pasión reina por sobre la multiplicidad de lenguajes. Y uno de ellos es el que ilumina la poesía. Aunque el poema se recluya en la melodía de una música lejana, en la pintura, en la danza, en el poema, o en el vuelo que sugiere un trazo geométrico sobre una parcela de Siracusa. La pasión siempre gobernará por sobre la voluntad de cualquier mortal. Porque es allí donde late la esencia de la poesía y tiembla el corazón del poeta.





Mundo terrible la geometría.

Todo lo que resta es un círculo,
una línea volviendo a su origen.

Una figura creada para sabernos
sobre un espacio seguro.

Todos contemplamos la redondez
de esa línea, pero festejamos el vacío,
no la línea.

Así nosotros: un punto sobre otro.

Imprudente ciencia, dicen, y alguien
olvida la luz; ama la sombra que borra.

Entonces la geometría estalla.


del libro Teatro teorema. Ed. Libros de Tierra Firme. Bs. As 1996




*RICARDO COSTA es docente, escritor y promotor de lectura. Reside en la ciudad de Neuquén, Patagonia Argentina. Obras publicadas: Casa mordaza (Libros de Tierra Firme, Bs.As 1990); Homo dixit (Libros de Tierra Firme, Bs.As1993); Teatro teorema (Libros de Tierra Firme, Bs.As1996); Danza curva (Ed. Del Dock, Bs.As 1999); Veda negra (Ed. Del Dock, Bs.As 2001), Mundo crudo: Patagonia satori (Ed. Limón, Bs.As 2005); Fenómeno natural (CODIC 2012). En 2007 publicó el ensayo Un referente fundacional. Ed. El Suri Porfiado. Bs. Aires 2007. En 2011 publicó la novela Fauna terca. Ed. El Suri Porfiado. Algunos reconocimientos: Concurso Becas y Subsidios a la Creación Artística- Fundación Antorchas 1995; Primer Premio Fondo Nacional de las Artes 1998; Tercer Premio Concurso Iberoamericano de Poesía Neruda, Chile 2000; Conc. Poesía en Tierra. Fondo de Cultura Económica-Centro cultural de España 2004; Primer Premio II Concurso Nacional de Poesía Javier Adúriz 2012. En 2008, en México, su obra Mundo crudo, Patagonia satori fue ganadora del Premio Internacional de Poesía Macedonio Palomino para obra publicada.

martes, 26 de mayo de 2015

La ventana indigesta

Crónicas cínicas, de Dionisio Salas Astorga.




Entre las muchas cosas que un poeta puede hacer con su poesía una es retratar –como un fotógrafo que registra lo que pasa por su ventana– el espectáculo constante del mundo. El poeta se convierte así en un cronista que observa, asimila y comparte lo que desfila ante sus ojos.

Una tarea como esta es la que ha emprendido Dionisio Salas Astorga y que ha cristalizado en Crónicas cínicas, el último libro de una trilogía aparecida en dos años prolíficos para el autor.

Es importante subrayar cierta secuencia en este trabajo. Primero, el descubrimiento de que el espectáculo que nos pasa a través de la ventana (metafórica, por cierto: una ventana, una mirilla o simplemente, una mirada) merece ser contado. Luego, la tarea de volcar esa mirada en forma de versos que también sean crónicas, que observen el paso del tiempo. Por último, recién allí, ver otro espectáculo: el de los versos acumulados como un residuo de los días. Y entonces dar el paso de reunirlos para que le den carne a un libro.

Visto este mecanismo es más fácil entender lo que traen, y adónde llevan, las páginas de Crónicas cínicas. Traen una mirada de lo real, una mirada amarga, desencantada, porque lo que el poeta ve no es siempre un espectáculo festivo ni edulcorado. Y nos lleva al cinismo que propone el título del libro.

La cuestión cínica resulta de especial importancia en la concepción del volumen. De hecho, Dionisio Salas Astorga se preocupa por hacer que la puerta de entrada a sus poemas sea, precisamente, una definición convencional de cinismo. Pero la verdadera definición que construirá el libro de poemas empieza, justamente, donde ese introito termina. Es decir, en los poemas. Y es que aquí el cinismo no se parece en todo ni a la equiparación de este con la hipocresía ni tampoco, estrictamente, a la escuela griega que profesaron, entre otros, Antístenes o Diógenes de Sínope.

En realidad, el cinismo aquí no es una postura filosófica que sustente los poemas sino, acaso y más bien, dos cosas muy distintas: un mecanismo de defensa y una pátina estética. El mecanismo de defensa lo antepone el poeta al no detener su observación, al no quitar los ojos de la ventana indigesta. Mira y sigue mirando y lo que ve no siempre es hermoso. Por ello responde con palabras que si lo enlazan con aquel filósofo que vivía en un barril, rodeado de perros y entregado a un desprendimiento constante, es sólo en el modo en que trata con el mundo. Y así se llega a la pátina estética. El propio Diógenes respondía con un humor no destinado a la risa, sino a la mueca: podía tener a Alejandro Magno enfrente y no lo reverenciaba, sino que le pedía que se quitara del lugar para que no le tapase el sol.

Con parejo humor, Salas Astorga arriba a la estética de sus poemas. En la línea de su libro anterior, Últimas oraciones, no se deja hipnotizar por falsas esperanzas, promesas ultraterrenas o estampitas consagradas. De hecho, nos cuenta (es lo que ve por la ventana) que esas esperanzas fracasan, esas promesas siempre quedan sin cumplir o esas estampitas se corroen con el duro sol de un planeta en peligro.

El carácter cínico encaja, así, perfectamente, con la propuesta lírica del poeta. Este, que ha asimilado influencias diversas (desde Neruda, Huidobro y Teillier hasta Juarroz y Ernesto Cardenal, pasando por innumerables lecturas), traza versos pletóricos de ironía, en los que habla una voz que se confunde a veces con la suya propia, pero sólo porque ni siquiera los límites, en este páramo, son seguros.

En Crónicas cínicas, con un estilo que se confunde a veces con un acta, con un frío informe sociológico o (vade retro) con un reporte periodístico, Salas Astorga encuentra la forma de su poesía, que entra por esa ventana y se posa, ardiente, sobre los papeles del poeta como para dejar su marca. No para dejar sentada una esperanza sino, al fin, y tal como él lo reconoce, para agregar un gesto más a todo el espectáculo, para poner una muesca leve en el paisaje, para sumarse apenas con el digno gesto de la autoconciencia a un lugar en el que «en nombre de la felicidad la democracia los pobres / se siembra la tierra con cruces de madera».

Si, como concluye en su epílogo el libro, todo lo que se diga va hacerse desde este, el «planeta más despreciado del universo», quizá lo único que podamos pedir es que se diga a través de la poesía. Con la materia agridulce de ese consuelo está escrito Crónicas cínicas.



Tres poemas de
Crónicas cínicas
de Dionisio Salas Astorga

se puede escribir

la guerra es una solución
hay enfermedades incurables
el odio es irracional

escribir o callar
si hablamos de amor

la vida es un misterio que está bien así

todo se puede escribir
no cambia en nada este fracaso


*

no tenemos desaparecidos

ninguno de los nuestros fue
un peldaño colérico en la escala
del mal

no nos mataron a nadie
no nos echaron al exilio con lo puesto

nos dejaron aquí

vivimos

todos estos años fuimos nada

(24 de marzo)

*

se fue detrás del amor de su vida

tres días después volvió

para no perder el trabajo