martes, 7 de febrero de 2017

Entrevista a Dionisio Salas Astorga

«Lo prosaico es la pérdida de sentido de la literatura»

Dionisio Salas Astorga.

por Fernando G. Toledo

Hasta el año 2003, la poesía de Dionisio Salas Astorga (Viña del Mar, 1965) era para muchos un enigma. Incluso, tal vez, una cosa de un pasado adolescente que presagiaba un después que no había sido. En efecto, el autor había publicado en su tierna juventud un premiado librito titulado Sentimiento, que pudo pasar, para algún distraído, por un arrebato adolescente. Pero quienes lo trataban más de cerca sabían, en cambio, que en su voz siempre la poesía estaba presente. Y que acunaba desde hacía años un libro que esperaba su turno por salir. En el medio había estado su mudanza al país vecino (este), su formación en la Facultad de Filosofía y Letras, sus años como periodista de redacción y sus lecturas constantes. Pero en esos albores del siglo XXI, Salas Astorga entregó a la editorial Libros de Piedra Infinita un puñado de poemas que no eran justamente aquellos que ya tenían hasta un título, sino otros nuevos que terminaron reunidos bajo el título Sábanas sin flores.
El «regreso» de Salas Astorga a la poesía publicada, sin embargo, no presagiaba el caudal prolífico que debía esperar aún una década más para desatarse. Poco después, el también docente de Letras incursionó en la novela infantil con Las aventuras de Cepillo el león (que tuvo también versiones teatrales y que acaba de ser reeditado), fundó su propia editorial y recopiló una antología de la poesía mendocina (Promiscuos & Promisorios) que las letras contemporáneas de Mendoza necesitaban.
A partir de 2013, al fin, llegaron los años intensos. el poeta publicó un libro con poemas novísimos y de temática amorosa, Como en las películas (2013) al que le siguió casi sin descanso una serie homogénea y que terminó de definir su perfil lírico: Últimas oraciones (2013, ahora sí, el libro largamente acunado), Crónicas cínicas (2014) y Para salir a matar (2015), todos editados en su sello LunaRoja.
Ahora, en el último suspiro de 2016, Dionisio Salas Astorga regresó al catálogo de Libros de Piedra Infinita con Vida de santos y santas non sancta, un poemario que confirma el cauce que los últimos títulos venían trazando, y en el que revierte el formato de las oraciones a santos paganos para volcarlos en la labor que viene desvelándolo: el convertirse en un cronista poético de los hechos del presente.


–Este nuevo libro se enlaza directamente con los últimos títulos publicados (de Últimas oraciones a Para salir a matar). ¿Cuánto hay en Vida de santos y santas non sancta de continuidad y cuánto de ruptura con tus libros anteriores, tanto en lo temático como en lo estilístico? 
–Hay un vínculo con los libros anteriores aunque cambie lo esencial de la forma (textos breves / textos extensos / voces que a modo de coro griego anuncian o presagian dentro del poema); es decir, en mis libros hay constantes temáticas –el mundo, la gente nadie, creencias por contrato, la decepción del amor, lo feo y lo triste, si querés, el humor– pero son muy distintos los escenarios y los protagonistas. Digamos que los temas, ciertas posiciones poéticas, la trinchera que a uno le importa defender difícilmente se abandona, tal vez por temor a naufragar, además. Tener esas trincheras (temas recurrentes) es lo que moldea eso que se conoce como «estilo». Y esa continuidad de mi poesía que vos observás la veo también en lo que digo en algunos artículos o ensayos que cada tanto escribo. Puede que sea un defecto de mi profesión docente, no idealizo a la literatura ni menos a los escritores. Y reitero algunos descubrimientos, las clases que me han salido bien. Ahora bien, volviendo al libro y tu pregunta, Vida de santos... pone el problema en la fe y nuestra relación con los santos populares; los ruegos por el milagro diario: que arranque el auto, que nos aumenten el sueldo, que alcancen los votos no de fe sino los que le faltan al candidato, que siempre será Judas. Y no coloca el problema en Dios o los pobres santos ruteros, sino en la mezquindad que se manifiesta en esa fe popular (la de todos y todas), más casera y burda, al pedir. Eso es lo que este libro muestra, expone, denuncia si querés. No se parece en su discurso ni estilo ni voz a Crónicas Cínicas o Para salir a matar, porque esos libros exhiben el desamparo general en el que estamos y hay mucha relectura de la Historia. Vida de santos y santas es más mendocino, es una parodia de lo que somos nosotros menducos, aquí y ahora, y que seguramente seguiremos siendo.



–En Últimas oraciones aparecía la reposición poética de los temas religiosos más cercanos al punto de vista canónico. Ahora lo que aparecen son los santos profanos y populares. ¿De dónde proviene tu interés por esa temática? 
–La fe hace milagros y la falta de fe también. Y parece que libros (ja). Hay muchos años entre estos dos, pero me quedé con ganas de variar la óptica de los textos. Últimas oraciones demoró décadas en ser un libro, implicó arduas lecturas y gran escepticismo. Cuestiona lo que pasa con el mundo desde lo teológico, desde el discurso religioso cristiano en particular. Vida de santos en cambio es la parodia de nuestra mala fe cuando creemos que implorándole a una mujer santificada por sus acosadores, o a un gauchito asesinado por estancieros, nos va a funcionar mejor el auto, el novio dejará a la otra o nos van a cuidar la casa cuando estemos en Mar del Plata. La fe muestra a la gente, es decir, lo peor de ella y lo que nos salva del suicidio colectivo. La religión y la fe signan casi todos los actos de la humanidad. Estos libros coinciden en el tema de la fe o de la religión porque plantearla literariamente me ayuda a establecer un vínculo más racional con el lector, desafiarlo en esa parte menos pública de su vida, y a veces más contradictoria. Y desafiarlo a verse expuesto, cuestionado, sucio.

La fe no mueve montañas, pero puede mover al lector, al menos moverlo a pensar, que es lo que en definitiva busco que genere lo que escribo. En realidad te diría que me importa manosear al lector en el sentido más amplio de su fe, es decir, en todas sus creencias, incluso la negación de ellas.
–La poesía de este libro bien puede ser calificada de «urgente», cuestión que acentúa lo que ya se percibía en las partes finales de tus libros Crónicas cínicas o el ya mencionado Para salir a matar. ¿Se te puede pensar como un cronista que escribe en versos? ¿Es cada libro algo así como un periódico del presente, convertido en materia poética? 
–Me gusta esa idea, sí, podría no ser más que un cronista y la crónica está sujeta al tiempo. Ahora bien ¿qué autor no ha sido cronista de su tiempo, de su aldea, de los miedos o vergüenzas de su época? Las crónicas de todos los tiempos rebosan literatura, realidad, historia. Los escritores dan al periodismo una cara estética y emotiva; los periodistas enaltecen la realidad con un toque de literatura. Lo de «urgente» de esta poesía está en que ya no hay mucho tiempo para esperar, o al menos no lo tiene este autor por su finitud. Soy profundamente pesimista respecto del futuro, teniendo en cuenta el balance a la fecha. Nadie que conozca un poco la Historia Universal puede tener abundantes expectativas. En ese caso mis libros podrían ser un diario de bolsillo, algo amarillista, para leer en el tren y tirar bajo el banco. El asterisco lo pongo en eso que llamaste «materia poética», o sea la materia oscura que es la poesía, la emoción, la idea que trasciende en ese texto que habla del presente (qué poesía, además, no habla del presente).

Supongo que lo poético que hay en lo que escribo está ligado al tema en sí mismo, y obvio, el ritmo del discurso, el pentagrama de las ideas, el juego, es lo que separa a estos libros o los salva de ser mera crónica. 

«La forma de ver las cosas vistas»; pienso en Carver, en Bukowski, en Saramago. Puedo escribir a la manera de un cronista, por ejemplo de un accidente vial (lo he hecho): el poema ahí no está en los detalles del choque, el poema está en la muerte, la cruz a la orilla del camino que va borrando el viento y la lluvia, el nichito despintado que también desaparecerá.

–Si bien el lenguaje de tus poemas busca esquivar toda impostura, y utiliza muchas veces coloquialismos, diálogos y frases cotidianas, al mismo tiempo pareciera que hay un cuidado extremo por no caer en cierto prosaísmo simplón como el que ha caracterizado buena parte de lo que se llamó «la poesía de los 90» (porteña y rosarina, especialmente), así como algunas muestras, un tanto tardías, de poesía local. ¿Coincidís con esta observación? Y, si es así, ¿por qué sería necesario hoy esquivar ese estilo prosaico? 
–Coincido. La poesía debe conservarse en algún lado, cuando se escribe. Y puede que la poesía al escribir esté en el vacío que deja el texto. Pero ese vacío es premeditado, no es un accidente. La buena poesía no es puro relato ni menos simplona. Los poetas malos se esfuerzan por llenar la página con versos rimbombantes, adjetivos tiernos, por describir escenas neoclásicas. Creen que hablando de la belleza se escribe bonito. Pero la belleza no tiene nada de trascendente ni de profundo. La belleza en la literatura no tiene que ser bonita, menos la fealdad. Cualquiera de esos que pintan caballitos con cuernos con aerosol en la plaza sería un gran artista y no lo es porque sus cuadros están llenos de obviedades, de lugares comunes, del imaginario popular. No obstante la habilidad de esos «artistas», no aportan ningún descubrimiento, no cambian el modo de ver ni lo que vemos, no transforman nada. Y también están los otros, los que a fuerza de omitir creen que dicen. Tampoco creo en el metalenguaje poético, en la construcción discursiva poética, en un poema que dice ser poema porque se refiere así mismo, en la retórica poética más elitista y hermética, en el puro juego verbal. Creo que el purismo de un supuesto discurso poético superior o canónico es una negación, un caprichito de los formalistas ñoños. Por otra parte, «escrito en prosa no es lo mismo que prosaico», aclaro. La prosa en el poema es un recurso lícito y hasta indispensable para componer. En mi poesía –tiende el yo a desaparecer, ya que no creo en el yo ni la referencia personal ni en el poeta médium– quiero que las voces sean de otros, quiero que el que diga no tenga mucho que ver conmigo y ahí el discurso en prosa es fundamental, la parodia o representación de la voz del otro. No soy yo quien juzga el cinismo cuando escribo; el cínico se muestra en el poema o el poema evidencia a los cínicos. No soy yo el que ve la decadencia del mundo, como un testigo inocente, nosotros lo vemos, y hacemos esto al mundo. El poeta no tiene nada de inocente. El problema, por último, no veo que esté en el uso de la prosa si no en el uso vacuo del lenguaje, en la falta de ideas de la poesía, en la obviedad.

Lo prosaico como vos lo llamás no sólo debe desaparecer de la poesía, es la pérdida de sentido en la literatura. 
Al menos en esa literatura que a los más veteranos nos importa, no la del mercado persa que son las editoriales internacionales.  



–En cuestión de fechas frías, tu trayectoria bibliográfica está por cumplir 35 años. ¿Cómo repasás tu propia evolución como poeta, desde Sentimiento (1982) hasta Vida de santos y santas (2016)? 
–Nunca había pensado en ese tiempo. Tu aclaración me provoca un sacudón jodido. Veinte años no es nada, pero 35 sí. Bueno, de mis 35 años de literatura diría que tengo tres hijos corregidos y aumentados. Que escribí bastantes libros y por suerte la mayoría se perdieron o vencieron. Ahora, después de 35 años, siento a veces que escribo algo «que parece escrito por otro». Ha sido puro aprestamiento. Mi decálogo con pinzas sería este: contrariamente a lo que algunos novísimos declaran por ahí, pienso que el escritor que no ha leído su época, no conoce su genealogía literaria, no tiene nada nuevo que aportar. Está condenado a la reiteración, a veces triste, a veces disimulada, a veces ocurrente, de lo mismo de siempre. Y leer bien y mucho lleva algunas décadas. Y después silencio. Y si se supera ese tiempo de estupor, de sorpresa, de maravilla, ese apabullamiento que produce leer a los grandes, se escribe. Y si hay más convicción o neurosis todavía, se publica. El primer y segundo libro casi siempre son un error necesario –salvo para los genios– pero como escribir un mal libro de poemas no genera cáncer ni afecta el clima del planeta, no hay que exagerar demasiado. Soy un autor rezagado, pero respetuoso de la historia literaria, soy un hombre de letras al fin y al cabo y eso da cierto pudor a la hora de escribir.

–Pero la constancia deja como saldo ineludible, también, la experiencia. ¿Hay algunas conclusiones que destile esa experiencia de escribir poesía?
–De todos estos años de dedicación semi exclusiva a la literatura digamos que me consta que: 1) hay grandes escritores que son personas insignificantes. Hay malas obras hechas con buena fe y heroísmo; 2) cualquiera puede escribir y ganar premios y hasta quedar en la historia, porque la historia de la cultura se escribe y trama en un nido de cascabeles, en ciudades estados, en sectas más o menos persistentes, por personas vinculadas a algún poder circunstancial y efímero, 3) entre la comedia y la tragedia, siempre prefiero a la tragedia, es el género que verdaderamente representa la figura secundaria del escritor, el destino trazado de su obra para nadie, el asombro y el olvido del lector, la vida; 4) igual que Gilda, no me arrepiento de este amor; 5) poeta muerto vale homenaje; 6) poeta con incontables amigos es sospechoso de alta traición al género; 7) poeta que sigue a flote después de reiterados tsunamis es porque es livianito y no vale la pena leerlo; 8) poeta ponedor de bombas y organizaciones parapoéticas seguro consigue un puesto en el gobierno, pero pasará al olvido; 9) poeta que se usa a sí mismo, sufre el complejo de narciso o de madrastra de Blancanieves y en realidad es uno de sus siete enanos; 10) poeta que vive gracias a los muertos, es un poeta necrófago; 11) poeta que vive gracias a los vivos, es un hijo de puta.

–Si bien este libro sale por una editorial con la que ya hace 13 años habías salido de tu largo silencio poético tras tu debut literario de juventud, en gran medida fuiste editor de tus propios libros y, además, de otros títulos. Entre ellos está tu antología de la poesía mendocina actual. A ocho años de esa compilación, ¿cómo ves el estado de la poesía y los poetas mendocinos?  
–Bueno, es cierto que no edité nada en 10 años y por eso algunos me eliminaron del mapa, pero en esos 10 años publiqué tres centenares de artículos periodísticos, cuentos, ensayos, poemas sueltos y una novela infantil. Mi novela salió el 2007, la editó Diógenes, financiada por Cultura de la provincia. No es que me haya dedicado a la endocrinología, digamos. Promiscuos&Promisorios, la antología de 14 poetas de Mendoza que edité con LunaRoja –para cuya selección hubo un consejo asesor– sigue siendo representativa. Lo dije muchas veces: las antologías son un recorte necesario y si responden a algunos criterios, se justifican, porque dejan una foto panorámica. La mayoría de esos 14 merecía estar, destacarse, ser reconocidos en esa foto, aunque hoy no haría el enorme trabajo que supone editar a otros. De hecho la colección que seguía se suspendió por falta de disposición de los autores y falta de calidad literaria que justificara el esfuerzo.

Hay en Mendoza mucha gente que escribe, somos todos escritores en Mendoza, pero a la hora de separar recitadores, payadores, folcloristas, chamanes, corazones rotos, divorciados y maestras jubiladas, no queda mucho. 
Así que me consta que poetas mendocinos hay más que lectores de poesía, pero obras poéticas, pocas. También es verdad que en los últimos años la poesía se ha viralizado por bares y otros puntos de la ciudad y hay mucha gente inédita que no conozco exponiendo sus sentimientos en las redes. Hablo pensando en los poetas coetáneos, la gente de mi generación, cuando hablo. No veo mal que la gente edite sus propios libros y se multipliquen las editoriales artesanales. La poesía no tiene otra posibilidad en este mundo de novelitas de chimentos y biografías eróticas. Sí creo que hay mucha impunidad, exceso de lamento boliviano, endogamia, asistencialismo literario y que los lectores han renunciado a su rol maravilloso para dedicarse a escribir. La consecuencia aquí en Mendoza es la misma para Santiago o Buenos Aires: canibalismo lírico, sectas que curan enfermedades del alma, clubes de poetas que en vez de bocha tiran sus versos hasta el amanecer entre amigos que esperan su turno.

–Vida de santos y santas non sancta aparece pocos meses después de tu anterior libro de poemas y, además, se suma a una seguidilla de libros que venís publicando desde principios de 2013. ¿Cuál es la razón de estos años prolíficos? ¿Ya hay un nuevo libro de poemas escribiéndose? 
–He renunciado a la riqueza terrenal, o sea, horas de clase. Así generé un tiempo que no tenía, la paz, ganas y hasta la presión. No se pueden escribir libros a medianoche, solo el domingo o esperar a jubilarse. He tomado a la literatura como una enfermedad terminal, terminal para mí. Hay una edad en que se hacen o no se hacen ciertas cosas. Hay que mirarse al espejo y decidir. No se puede pasar la vida uno usurpando el título de escritor por una docena de poemitas tibios que escribió en la «juventud divino tesoro», a mí al menos se me cae la cara, salvo claro que hubiera escrito Las flores del mal. Y no es el caso. Los ’40 exigieron la cuota de egoísmo, aislamiento, misantropía, orfandad que la literatura cobra por prestar sus servicios. Hay más libros terminados. Uno sobre Valparaíso y su historia, finalista en Chile de los subsidios nacionales de Cultura, pero que por manos negras no logró el dinero y ahí está esperando; dos de poesía, otro de ensayos relacionados con la literatura.

Hay gente que ve sospechoso que el que oficia de escritor, escriba. En realidad nos hemos acostumbrado y resignado a no escribir, a escribir para concursos, a decirnos que de lo bueno poco y consuelos más o menos ingeniosos para aguantar el estreñimiento literario. Yo no me tengo ni respeto ni piedad en esto: he leído demasiado para no saber que lo que no está escrito no existe, que aun escrito todo libro está en manos del azar absoluto, que en esta carrera u oficio que es hacer literatura la meta es un espejismo de la ruta. Y en la ruta hay que encomendarse a todos los santos.

–Junto con tu obra poética aparece una única obra en prosa, la novela infantil Las aventuras de Cepillo el león, que acaba de ser reeditada y que sigue teniendo versiones teatrales. ¿Has seguido trabajando en la narrativa? 
–Escribo algunas columnas en diarios, se van amontonando prosas profanas, digamos. Tengo cuentos cortos y mucha pintura costumbrista, como se decía en los tiempos de don Mariano José de Larra y que diluyera bien Roberto Arlt en Buenos Aires. Uno de esos libros está terminado: Las desventuras de jaimito (sátira o parábola sobre algunos funcionarios del gobierno actual), pero por cuestiones políticas lo demoro. Eso es todo. Sé que me debo una novela, pero por ahora no asoma en esta lista. Y no me preocupa, en el fondo sé que los libros no le hacen falta a nadie en este mundo que parece una mala película de ciencia ficción. Las librerías venden música, los escritores que llenan las ferias son sexólogos o chimenteros de TV. No hay que tomarse la literatura tan en serio, la literatura solo es un discurso más en este mundo donde nadie escucha a nadie, menos que menos a aquellos que andan gritando que han visto el fin y la verdad y que se viene la apocalipsis.




Tres poemas de
Vida de santos y santas non sancta


nosotros también tenemos hijos madrecita
y vamos por un desierto
tenemos hambre y sed miedo de no llegar vivos
a fin de mes

por eso por eso
intercede
este es nuestro mandato
que nos aumenten el básico
que no nos paguen en cuotas

ayúdanos a que nuestro sueldo sea una tabla de surf
sobre el diluvio inflacionario que nos rodea

no permitas que la sociedad nos siga despreciando
que las escuelas nos enseñen semana a semana
las siete plagas de egipto

no permitas que los medios nos ignoren o tergiversen
los porcentajes

no permitas que el cuerpo de la comunidad educativa
vaya por las calles como un leproso sin familia  


* * *


no es cuestión de fe
de buena o mala fe

a nosotros nos sobra la fe

lo que nos falta es todo lo demás

* * *

todo hubiera sido sencillo
sin tanta metáfora
sin tanta parábola

demasiada letra chica
brother

demasiadas putas haciendo el trabajo feo

y lavando tus platos rotos más encima

viernes, 25 de noviembre de 2016

La barca no es afuera

Poesía reunida 1989-2014, de Sonia Rabinovich.
Sin pie editorial, 2016.

Este texto forma parte de la Poesía reunida 1989-2014, de Sonia Rabinovich, editada en 2016, y sirve de prólogo a La barca de las especias, uno de los libros que integran esa compilación.



Hay viajes que son «asuntos marciales», «empresas colosales». Y hay también otros, menos épicos, menos aventureros. En estos últimos ya no hay héroes ni largas travesías. Hay, en cambio, batallas interiores, dudas, naufragios personales a bordo de una nave que es, en suma, el propio cuerpo. La poesía ha cantado a todos esos viajes. A los viajes que fueron heroicos (baste con pensar en La Ilíada, La Odisea, La Eneida) y también a las expediciones a la tierra de la intimidad, de la transformación personal y, muchas veces, al fracaso (pensemos en Viaje de invierno, de Wilhelm Müller, que Schubert transformó en un ciclo de canciones).

Por las aguas de estos viajes interiores navega La barca de las especias, un libro en el que la poeta Sonia Rabinovich se sumerge por aquellos parajes que corresponden a un pasado perdido del que quedan humildes trazas –olores, sabores, «chicotazos de agua»–, por las que surcará no para recuperar lo que ya no tiene, sino para repasarlo con las modestas argucias de la palabra, herramientas imperfectas pero que traen ese pasado al territorio de lo presente y lo posible.

La barca de las especias está construido por una sucesión de poemas casi siempre breves, sin un título que los individualice, ya que cada uno formará parte del recorrido, aun cuando esa parte pueda ser igual a las estancias de un camino, a los golpes de timón del navegar. En esos poemas, en esas estancias del viaje, la voz es una y reconocible («recuerdo haber subido, / haber sido guiada»), pero a veces acude a un plural que involucra al lector («acaso no supimos / tomar la sal indestructible / de las cenizas del eneldo») en ese reconocimiento que el libro se propone como destino. Tal reconocimiento es el del devenir, que se presenta «en el variado sabor de las especias como una metáfora del tiempo en la vida de una persona», como dice Rafael Felipe Oteriño en las palabras de presentación de la edición original (Argos, 2011).


Rabinovich elige para ese viaje un sabio contraste, que surge de la combinación de imágenes sensoriales –que parecen darnos en la cara como el aire nos baña sobre la cubierta de un barco– y de reflexiones penetrantes, iguales a una sonda enviada a lo profundo para saber qué mundo se mueve bajo la superficie. El viaje será así un viaje construido con la tensión de esos contrastes entre lo pretérito y lo presente, lo que se fue y lo que permanece, el adentro y el afuera, lo sensorial y lo intelectual.

Esta última oposición, acaso la más honda, será la marca principal del viaje a bordo de La barca de las especias. Porque los sentidos serán los que nos traigan ramalazos de agua contra la barca, perfumes que remontan a la infancia, sabores intensos. Y la poesía misma será la que ponga en palabras esos sabores y esos olores que dispararán la maquinaria del pensamiento.

Por eso no es extraño entender a estos poemas como integrantes de un libro sensual, pero no sólo por el «regodeo en el placer de los sentidos», sino porque esos sentidos despiertan el reconocimiento de que todo placer se instala, indefectiblemente, en un pasado, a la espera de una evocación que llegará, más tarde que pronto, convertida en un símbolo de lo que se perdió.

En La barca de las especias, Sonia Rabinovich esparce por su escritura –o hace que se esparza en la lectura– un copioso caudal de imágenes ligadas a cierto tiempo pródigo que sin dudas no es el mismo que el presente en el que se escribe. Pero, como decíamos, que el tiempo sea pretérito, lejano y hasta irrecuperable, no impide que haya dejado huellas. De hecho, los ecos resuenan aún y es el evocarlos, el convocarlos, el traerlos, una tarea posible a través de la escritura, que revela cuánto de ese pasado, aun en ruinas, soporta lo que hoy pervive: «esa pequeña mano sigue el trazo / hasta el borde de la tapia. / Hasta hoy» [p. 15]. O bien: «en la galería del tiempo / envueltos en la sábana almidonada / que sigo tironeando / a los cincuenta» [p. 17].

Lo que ha hecho el tiempo con el goce de los sentidos, al parecer, es intelectualizarlos. Antes había una percepción (como tal, de algo presente), y ahora sólo hay evocación (sólo de lo que fue). En principio, eso es un pesar. Aquello que era antes «todo y tanto, / el gusto el tacto y el olfato» equivalente a un «paraíso en los labios» es hoy «sacralidad olvidada» [p. 19]. Quien habla desde La barca de las especias se duele por la transmutación del tiempo [p. 9] que se llevó aquello que estimulaba los sentidos y le dejó esto que atiza hoy los pensamientos. Pero, luego, quien eleva ese canto también sabe que no hay remedio para esa «traición de la memoria» que obliga a aceptar la ausencia. Lo sabe porque todo intento de hacer presente lo perdido cae en una imperfecta re-presentación, una pobre emulación de lo que fue, en una mera traducción a un idioma extraño al «tiempo de la diosa» original [p. 9]. Esa traducción es más extraña porque, como en un círculo que al dibujarse va borrando el trazo precedente, recae en lo que parece ser «el mismo idioma». Sabe que no lo es, al fin, y eso «cansa tanto / que termina en silencio».

Pero vale decir que, a pesar de todo (el dolor por lo perdido, el llanto por no poder regresarlo más que con un simulacro intelectual contrario al goce sensual), a pesar de cada cosa, el  libro parte –como zarpan las barcas– desde el puerto de la conciencia de tal representación. Si el simulacro es lo único posible, habrá que ponerlo a andar, escribir verso por verso su botadura. No resultará fácil, como no lo es nada que intente hacerse entre los espasmos de un lamento. Pero dado que «hay días en que todo tiembla adentro», dado que «la vida se puebla de nombres inexistentes», dado que tras lavarse de «volcanes apagados» sólo pueden recuperarse murmullos «en otro lado» [p. 39], entonces la barca tendrá que navegar a como dé lugar: es decir, el libro tendrá que escribirse.

El viaje poético no es, entonces, tanto una decisión como una tentativa (se dirá: un manotazo de ahogado) con las únicas herramientas que una poeta puede blandir, las palabras: «No conocía otra manera de mirarme / y dar la vuelta / para mirar el mundo / que trepar hasta la última rama del poema / y balancearme allí / desde el vértigo y la intemperie» [p. 41].

Está claro: el viaje será poético, y la barca cargada de especias (que conservan y mantienen los olores y sabores crudos del pasado) deberá flotar en un mar de palabras. Pero la poeta no se abandona a la deriva. A ese mar que es el lenguaje, el poema posible, lo conoce. Y en él puede marcar, antes de partir, los cuatro puntos cardinales. En La barca de las especias estos aparecen dibujados, como un mapa junto al timón, en cuatro poemas que funcionan como ejes alrededor de los cuales gira el resto. Estos cuatro poemas cuyo relieve se expresa con el uso de las cursivas son el reconocimiento de los límites del viaje. Así, en el primero de estos poemas cardinales (¿el norte, quizás?) aparece el conocimiento inexorable del devenir: «hoy supieron del tiempo / como sabe la arena / del cristal asfixiante que la mide» [p. 9]. Luego, en el segundo, está la toma de dimensión de lo que no se logrará, el saberse ya lejos del punto idealizado de lo perdido: «alguien la obliga a correrse de su fuego» [p. 23]. El tercer poema cardinal traerá el aprendizaje o, más bien, la certeza de lo que se tiene y lo que se perdió, después del llanto. Es el momento de la autoconciencia, que perdurará, pero que antes habrá llegado como el final de un silogismo, pero con el fulgor de una revelación personal: «la barca no es afuera» [p. 35]. El último punto por tocar, al fin, ese al que se llega en un crepúsculo, el que acaso sea el sur de todo viaje, es el de la estoica aceptación no ya de lo que se sabe, sino de lo que se es. Punto este en que la resignación torna también en consuelo: «la barca cruje sus maderos / y el polvo del árbol de sándalo / alivia el dolor de los recuerdos» [p. 53].

Travesía del reconocimiento, aventura de lo íntimo, repaso por lo vivido, el viaje de Sonia Rabinovich en La barca de las especies es viaje emocional y dialéctico a la vez. Con el solo poder de su lírica, combinan sensaciones y perplejidad filosófica. Nos trae el perfume «del pan recién horneado», la imagen indeleble de «la tierra cuarteada», el sabor del «té de rosas», pero también algunas certezas que se parecen tanto a las dudas. Entre ellas, que los recuerdos serán siempre un golpe, que hay «límites que se rompen por la noche» o que el «amor, es amor al arte de inventarlo». Y que en este viaje en el mar del tiempo vamos en una barca. Pero la barca no es afuera.



Nota: los números entre corchetes remiten a la edición original de La barca de las especias.

lunes, 21 de noviembre de 2016

La historia de un poema de Sergio Pereyra


por Sergio Pereyra *
(Especial para El Desaguadero)
A la manera de una sección de esta revista, esa cuyo título reza «La historia de un poema», me propongo, brevemente, contarles «la historia de un libro», de este libro: Hamlet a la hora del desayuno (Ediciones Culturales de Mendoza, 2016)

Para comenzar, me parece oportuno aclarar que, a diferencia de otros poetas, no escribo con la idea de libro en la cabeza: es decir, escribo poemas sueltos, dejados durante largas, larguísimas temporadas en cuadernos o archivos; poemas luego retomados, corregidos, vueltos a dejar y a corregir hasta que, de pronto, me asalta la necesidad perentoria de deshacerme de ellos. Sin embargo, como no soy un padre desamorado, se los entrego (esta es la segunda vez) al mejor cuidador que he podido encontrar: el libro. 

Pero, para que mis poemas ingresen en un libro, debo percibir que ese libro de algún modo ya existe. En este caso, luego de la enésima relectura, encontré un hilo, muy tenue por cierto, que unía textos escritos en el transcurso de varios años. Concretamente, el hilo al que me refiero no fue temático (no me propuse hablar de tal o cual asunto), sino un «tono» que emparentaba estos poemas (tan diversos en apariencia), los acercaba, hacía que no fuera descabellada su convivencia dentro del mismo espacio.

Entonces, comenzó el trabajo (los que «han armado» un libro saben cuán arduo puede resultar este proceso) de colocar un poema junto a otro, sin que se estorben, sin que se hagan sombra, sin que se invaliden. 

Y en esta instancia fue donde el libro, creado por y para los poemas, se tornó acogedor. Libro-casa habitado plenamente por una voz que pronunciaba con ese tono (entre reflexivo, nostálgico e irónico) mencionado un poco más arriba. Una voz obsesionada por el paso del tiempo, por el movimiento y la quietud, por el temor a la muerte, por el deseo y sus avatares, por la misma escritura; una voz que, de tan libre (o caprichosa), por momentos puede sonar contradictoria: como cuando, de un verso a otro, salta de la duda a la sentencia casi aforística. Una voz que, como el caviloso príncipe de Dinamarca, desayuna preguntas existenciales, pero que afortunadamente, a diferencia de aquel, de Hamlet digo, encuentra sus respuestas en algunas formas del humor y no en el filo de una espada.

En suma, una voz humana que, como todas las voces humanas (originales y no tanto, inteligentes o estúpidas), espera ser oída. Y he aquí que, llegada es la ocasión: hoy, por fin, esa voz será escuchada cuando, en un rito varias veces centenario, los lectores en sus piezas, en sus camas se queden a solas con este libro; este libro que han construido juntos estos poemas que nacieron sueltos. 



Hamlet a la hora del desayuno

Si alguien se interesara
por el estado de mis asuntos
de seguro el pudor contestaría
«bien, estoy bien», ahora
cuando soy yo quien se lo pregunta
no puedo afirmar semejante cosa
curiosamente tampoco lo contrario

días en piloto automático
que atentan contra mi más hondo
deseo: que cada hora clave
su dardo en la memoria, merezca
un renglón en la libreta
de los recuerdos del porvenir

la consecuencia, por conocida
no menos amarga, es el abatimiento
su abismo, y aunque sé además
que debo ser más sólido que los vientos
de las rachas adversas
no ignoro que ni un diagnóstico experto
garantiza resultados

entonces, tal una espina
en mi cabeza se clava el cómo
cómo ser en el hoy.


del libro Hamlet a la hora del desayuno (2016)

(*) Nació en Rivadavia (Mendoza, Argentina) en 1974. Es poeta y ensayista. Redactor de la revista El Desaguadero, participó en la antología de poesía mendocina contemporánea La ruptura del silencio (2009). En 2013 fue becario en una clínica de poesía dictada por Tamara Kamenszain (Fondo Nacional de las Artes). Docente de Lengua y Literatura en colegios secundarios, en 2015 publicó su primer libro Un objeto transparente (Libros de Piedra Infinita). Hamlet a la hora del desayuno recibió el primer premio en la categoría Poesía del Certamen Literario Vendimia 2016.

sábado, 12 de noviembre de 2016

La cura, el regreso al hogar

La cura, de Claudia Masin.
Hilos Editora, 2016.


por Diego Roel

En la Antigua Grecia enterraban a los muertos con una pequeña moneda debajo de la lengua. Ese era el precio que Caronte, el barquero del Hades, les exigía a las almas de los difuntos para atravesar el Aqueronte, el río del dolor. La cura, el último libro de Claudia Masin, nos habla de una travesía semejante. Nos invita a cruzar de un salto ese caudal de agua contaminada y turbia, ese lugar donde anidó el dolor, el daño, la violencia.

Estamos ante un libro osado, que le exige al lector un precio. Por eso, aquel que quiera entrar en su trama tendrá antes que arrojar sus anteojeras, tendrá que dejar de lado todo tipo de estrechez o rigidez conceptual. Tendrá que aguzar el oído, abrir los ojos para intentar atrapar eso que se escapa siempre. Porque Claudia nos muestra un mundo donde todas las cosas dicen, hablan. La vida es como un campo minado y es necesario avanzar a contracorriente: hay leyes hundidas en la materia como cuñas.

«¿Qué hay allá afuera para los renegados? ¿Soledad, incertidumbre,
miedo a haber quedado sin protección ni casa? Hoy vi una flor
idéntica a una estrella, estaba en medio de un terreno abandonado,
y como buena flor silvestre crecía exuberante,
desmadrada. ¿Qué hacía en medio de un baldío una flor
que imitaba una estrella?»

La cita de May Sarton que abre el libro, señala el objetivo, el blanco que avizora la poeta. ¿Quién se atreve a pronunciar la palabra que salva? ¿Quién se atreve siquiera a buscarla? ¿Existe esa palabra? ¿Acaso no hemos llamado ya a todas las falsas puertas posibles? ¿No hemos vadeado, una y mil veces, estanques llenos de alimañas? ¿No hemos derrumbado todos los ídolos? A pesar de todas nuestras búsquedas, de todos nuestros evangelios, todavía no sabemos quién habla en nuestra sangre. ¿Quiénes hablan?

Claudia Masin intenta responder estas preguntas, nos muestra el rumbo. Con delicadeza, como quien se aproxima a un animal acorralado, entreabre una puerta que permanecía oculta, enciende una luz donde reinaban las tinieblas: cava en el propio corazón. Y nos toma de la mano. Toca la herida, la suya. Que es la nuestra. Que es siempre la misma herida.

«Para quienes fueron dañados,
todo lo que llega después del daño
es una gracia».

Ya en su quinto libro, la autora invocaba el momento del encuentro con las fuerzas tremendamente violentas de lo vivo. Intuía una casa o un puente sobre el agua para poder cruzar a la otra orilla. Pero si en La plenitud la poeta nombraba ese encuentro y le ponía voz a esa fuerza que resiste la catástrofe, en La cura va más allá, redobla la apuesta. Ahora no sólo describe el sonido que hacen las cosas al romperse, ese chasquido mínimo, ese golpe seco y contenido, sino que nos pone delante de la posibilidad de la «regénesis»: puede restituirse lo perdido, puede repararse lo que fue dañado. No estamos condenados a beber eternamente el agua del deterioro. Siempre hay una parte sana que crece, exuberante, en el tejido enfermo.                              

«¿Quién entre nosotros es capaz de curarse de esa manera,
haciendo que la fuerza brutal que causó el daño
invierta su potencia y restituya, entero y saludable,
lo perdido?»

La cura consiste, según el budismo, en transformar el veneno en medicina. Es esa operación la que lleva a cabo este libro.  Cada poema emana un poder invisible, una irradiación sutil que atraviesa sucesivos velos, y como un mantra, altera y transmuta aquello que parecía irreversible: la enfermedad, el dolor, la necrosis. La cualidad encantatoria, taumatúrgica, de algunas imágenes, empuja al lector hacia una zona libre de ferocidad, donde el alma se deslíe de la ráfaga de humo espeso del dolor y es, otra vez, una flor salvaje, un viento caliente y joven, un trueno que sacude los últimos resabios del daño.
Claudia Masin.

«Los que no tienen nada que perder
entienden la serenidad con que la materia cesa
de resistirse al fin a ser vencida. No hay debilidad
ni cobardía en ese dejarse ir
que aún en medio del dolor crea puntadas
de consuelo: quien fue lastimado
una y otra vez sabe que hasta que lo que nos mata,
en el momento de chocar con nosotros, produce
un encuentro, y es sagrado encontrarse y es raro
y merece que seamos valientes».
   
Claudia Masin escucha y rescata, en un gesto de ruptura y desobediencia, el habla de los niños, de las mujeres, de los desposeídos de toda laya. La poesía es, para ella, un acto reparador. Tiene una función mágica. Por eso debe operar, necesariamente, en la fisura, a contracorriente de los discursos hegemónicos. Porque la poesía intenta lo imposible: rescatar el instante en que aún no habían empezado ni la fealdad ni el miedo. Los poemas son, entonces, un refugio, un lugar de reparo, talismanes que nos permiten acceder a una memoria física que nos devuelve la humilde y pura gracia de respirar. Son el espacio donde sobrevive, aún, esa mirada inocente, no domesticada, de la que hablaba Henri Michaux.

«La niñez es un temporal que pasa rápido,
y rápido hay que seguir la estela que dejó para no perderla.
Si hay algo que está intacto, tendrá que haber quedado ahí
y hay que encontrarlo: el animal
que al llegar la crudeza del invierno se metió en la sombra
después de haber absorbido toda la luz (…)»

Hace miles de años los grandes rishis védicos, los sabios de la India, nos mostraron el camino. Encontraron el lugar y la fórmula, la concreción de la alquimia que buscaba Rimbaud, en el propio cuerpo. Claudia Masin retoma esa exploración antiquísima. Toca el núcleo mismo de lo sensible, descubre un resplandor que quedó grabado a fuego, clavado en la carne. Nos muestra cómo combinar los materiales adecuados, cómo encontrar la relación correcta entre las cosas, cómo volver a erigir la casa.
   
La siguiente afirmación de May Sarton –poeta que sabe, como Claudia, que la caída es sosiego y consumación– nos puede ayudar a ingresar al universo de significaciones múltiples de La cura:

«Nadie oye una mente ni escucha un pensamiento
pero donde alguien vivió en introspección
el aire queda cargado de bendiciones y bendice,
las ventanas miran a las montañas y las paredes son amables». [*]

Lejos de la dicción anodina, antilírica, que imperó en la poesía argentina de las últimas décadas, los poemas de La cura apuntan hacía una profundidad luminosa, hacia una claridad que se encuentra detrás del pensamiento y del lenguaje. Desatan una pregunta que permanece abierta. Nos enseñan a afrontar lo oscuro con los ojos abiertos. Y nos dicen que finalmente, como se atrevía a soñar José Watanabe: «Todo será reestablecido».


[*] May Sarton, El trabajo de la felicidad, traducción de Sandra Toro


martes, 1 de noviembre de 2016

La historia de un poema de Paulina Vinderman

Paulina Vinderman.

Por Paulina Vinderman (*)
Especial para El Desaguadero


Edgar Bayley solía venir a casa a menudo y después de la cena, leíamos poesía y hablábamos hasta el amanecer.

Una noche tocamos el tema de la adjetivación; hablamos del adjetivo justo, del que ennoblece y también del que mata.

En un determinado momento, con su vozarrón inolvidable, Edgar se manifestó harto del exceso de adjetivación de muchos poetas.

Unos quince días después una imagen irrumpió. Una imagen muy precisa: una mujer que avanzaba hacia mí bajo un sol implacable. Y cuando comencé el poema, recordé aquella conversación y me propuse obviar los adjetivos en homenaje a Edgar. Así, lo único que hice fue concentrar el material, «enfocar la atención en lo que es dado» (Denise Levertov dixit).

Acelerar la percepción, atrapar lo esencial, podando antes de escribir.

Utilicé la palabra «dama» en lugar de «mujer» como un guiño del amor cortés; Edgar era un eterno enamorado, para él la mujer era un enigma  a develar, igual que la poesía.

Mucho después, pensé en esa dama como la poesía. La mujer trae de la mano a la infancia, o el recuerdo de infancia convoca a la mujer.

Fue un poema muy alabado; por ser un tour de force, claro. Un escritor se asombró del color del poema, a pesar de carecer de adjetivos. Supongo que inconscientemente los sustantivos elegidos tienen gran carga visual.

Por supuesto, mi agradecimiento eterno a Edgar; maestro a su pesar; su sola presencia era un territorio poético.





La dama del mediodía  (poema sin adjetivos)
a Edgar Bayley


La dama con sombrero de paja
camina desde el sol
hasta mi mesa en la arena.
No puedo ver sus ojos ni sus manos
pero sé que el mar
se incluye en su vestido
y su cintura se balancea
como las olas de aquella tarde.
Había roto mis uñas buscando almejas
sólo para dejarlas otra vez en su lugar
y no había tenido fuerzas de construir castillos.
(La gaviota había muerto,
era plumas y pico en la brisa de las seis).
La vida no es más que eso, pienso,
la lucha para no ahuyentar para siempre
a la dama del mediodía
—vestido de mar, balanceo de cintura—
sin siquiera haber reparado en sus pies.
                                                 
(de Rojo junio )

(*) Paulina Vinderman nació en 1944 en Buenos Aires, ciudad donde reside. Publicó: Ciruelo (2014), La epigrafista (2012), Bote negro (2010), Los gansos salvajes (antología, 2010), El vino del atardecer (2008). Hospital de veteranos (2006), Transparencias (antología, 2005), Cónsul honoraria (antología personal, 2003), El muelle (2003), Bulgaria (1998), Escalera de incendio (1994), Rojo junio (1988), La balada de Cordelia (1984). La mirada de los héroes (1982), La otra ciudad (1980) y Los espejos y los puentes (1978). 


viernes, 7 de octubre de 2016

La historia de un poema de María del Carmen Marengo

María del Carmen Marengo.


por María del Carmen Marengo (*)
Especial para El Desaguadero

Mi hijo nació prematuro, luego de un embarazo que, de muy placentero en los primeros meses se transformó sorpresivamente en uno de riesgo. Así supe que la experiencia de la maternidad y el nacimiento pueden estar muy lejos de la versión idealizada y edulcorada que concebimos socialmente.

Siendo sietemesino, nacido con un kilo y cuatrocientos gramos, mi niño pasó inmediatamente, en sus primeros minutos de vida, a incubadora. La sala de incubadoras corresponde a la terapia intensiva de los bebés, por eso los padres generalmente cuentan con un horario restringido de visita, que en nuestro caso era de unas dos horas al mediodía y de hora y media al atardecer. Algo tienen esas visitas de ritual, y de peregrinación: primero madres y padres formábamos una cola frente a la puerta del recinto (que nunca se abría a la misma hora), luego, una vez que ingresábamos, nos colocábamos las batas obligatorias, luego hacíamos otra fila para el lavabo y esperábamos pacientemente el turno para lavarnos las manos, así hasta que por fin cada uno accedía a su pequeño en su caja de cristal. Quienes han pasado por esa experiencia saben que los minutos que se comparten con un hijo en esa circunstancia están fuera del tiempo y que la actitud de recogimiento que uno ve en los otros padres es absolutamente conmovedora. Pero el tiempo se hace presente implacablemente y hay que retirarse y dejar a las criaturas en ese templo ajeno, en el que las luces no se apagan y la actividad no cesa.

Todo el que ha tenido un familiar, un ser querido en terapia intensiva, sabe lo doloroso que es tener que retirarse y dejarlo aunque solo sea por unas horas hasta el día siguiente. Esas horas son un vórtice que solo se viven a contrarreloj para llegar nuevamente al momento del día en que se pueda volver a verlo con vida. Porque, como me decía un amigo hace unos años, uno no quiere irse porque en el fondo de esa resistencia está el terror de que nuestro ser querido se nos muera en esas horas de ausencia. Ese desgarramiento, creo, es aun más fuerte en el caso de nuestros recién nacidos, que han sido esperados por meses para que estén con nosotros, a nuestro cuidado, y que son la encarnación misma de la fragilidad.

Allí quedan en manos de médicos y enfermeras. Ellas, estas últimas, son las «manos sabias» a las que alude el poema, las que realmente saben cómo mover a los pequeños con una pericia admirable. Son también las que utilizan el verbo «guardar» para referirse al hecho de volver a ponerlo en la incubadora (ya que, salvo en casos de gravedad los niños pasan el rato en brazos de sus padres). Terminado el tiempo, preguntan «¿lo guardamos?».

Luego de veintiséis días, nuestro bebé llegó por fin a casa. Tuve la suerte de tener una licencia de tres meses a partir del nacimiento, en los que estuve dedicada exclusivamente a su cuidado y a escribir mientras él dormía. En esos meses surgieron este poema y los que lo acompañan en la sección correspondiente del libro La vida numerosa. Fueron de los meses más lindos de mi vida.



El calor de nuestras manos...

El calor de nuestras manos
no alcanza
para protegerte.

Venimos hasta vos
a diario
para que tu cuerpo pequeñito
nos dé la vida
que nos falta,
y que nos concedas la gracia
de que el día,
que recién comienza
y ya termina,
vuelva a nacer
mañana.

Manos sabias
vuelven a guardarte.

Nos vamos
y el corazón
será una tierra de nadie
hasta que volvamos.
  

(del libro La vida numerosa) 


(*) María del Carmen Marengo nació en Balnearia (Prov. de Córdoba) en 1968. Ha publicado los libros de poemas El fuego invisible (Alción, 2001), El camino de los ángeles (Alción, 2003), El libro de los jardines y los abismos (Recoveco, 2007) y La vida numerosa (Cartografías, 2014), la nouvelle El legado (Alción, 2010) y los ensayos Geografías de la poesía: representación del espacio y formación del campo de la poesía argentina en la década del cincuenta (Municipalidad de Córdoba, 2006), por el que obtuvo el Premio Municipal Luis José de Tejeda en 2005, y Curiosos habitantes. La obra de Bustos Domecq y B. Suárez Lynch como discusión estética y cultural (Facultad de Filosofía y Humanidades, 2014). Poemas suyos han sido publicados en revistas nacionales e internacionales. Recibió el doctorado en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Maryland y es Licenciada en Letras Modernas por la Universidad Nacional de Córdoba. Se desempeña como profesora en la Escuela de Letras de la Universidad Nacional de Córdoba y en nivel terciario.

viernes, 30 de septiembre de 2016

Devenir animal

La piel de la oruga, de Melisa Mauriño.
Viajero Insomne Editora. Buenos Aires, 66 pág.


por Diego Roel (*)

La piel de la oruga está dedicado a 82 orugas de Eacles imperialis opaca, un género muy particular de lepidóptero. Durante su corto período de vida, la oruga de polilla imperial realiza una metamorfosis completa. Pasa por cuatro estadios bien distintos: huevo, oruga o ninfa, crisálida o pupa, y adulto o imago. Cuando alcanza su máximo tamaño la oruga busca un lugar donde enterrarse. Bajo la tierra construye una especie de cápsula ovoidal, una cámara de aire, y cambia, varias veces, de piel. Ya no se alimenta. Los órganos se reabsorben y el cuerpo adopta una estructura totalmente distinta. Durante esta etapa desarrolla, progresivamente, patas y alas. Finalmente, después de transformaciones sucesivas, la pupa se abre y la polilla asciende hasta la superficie. Será su misión reproducirse y garantizar la continuidad de la especie.

«colgado del límite
de todo lo que existe sin decirse
encontré
el último capullo dorado
ahora se abre y yo
tengo que cerrar los ojos
para no ver esa luz
que nos parte»

En su primer libro Melisa Mauriño asume un riesgo, describe su propio proceso de transformación. Como las orugas de polilla imperial, se crea y recrea a sí misma. Retoma y resignifica la afirmación de Rimbaud y declara que ella es, siempre, otra. Sí, estamos ante un yo que asume un deslizamiento perpetuo, una permanente metamorfosis. ¿Quién nos mira desde adentro? Uno puede transformarse en otra cosa, devenir animal y seguir siendo, esencialmente, el que era. No hay una diferencia insalvable entre lo humano y lo animal. No se trata de una semejanza corporal, ni de sostener una concepción antropomorfizante de la animalidad. Se trata de una caída en lo abierto. Como sostiene Deleuze: «Devenir animal consiste precisamente en hacer el movimiento, trazar la línea de fuga en toda su positividad, traspasar un umbral, alcanzar un continuo de intensidades que no valen ya por sí mismas, encontrar un mundo de intensidades puras en donde se deshacen todas las formas, y todas las significaciones, significantes y significados, para que pueda aparecer una materia no formada, flujos desterritorializados, signos asignificantes».
Este proceso nos recuerda el ciclo de las transformaciones nietzscheanas: «El espíritu se convierte en camello, y el camello en león, y el león, por fin, en niño». La transformación consistiría, entonces, en la posibilidad de acceder a un lugar anterior a cualquier escisión. De ese lugar habla Melisa.

«Enredada en los hilos del otro mundo
ese del pensamiento, anguloso
atemporal
tejiendo con mis dedos la crisálida de aire
falta poco, ¿quién me mira desde adentro?
yo misma, quizás
yo otra»

El mundo de La piel de la oruga es un mundo inestable. Nada ofrece resguardo contra la incesante mutación. Se busca, se nombra algo que está constantemente en fuga. El libro nos muestra las sucesivas etapas de un duelo, habla de un ausente. Porque los poemas de amor, como afirmaba Martine Broda, casi nunca se dirigen a un destinatario real, físico, sino que aluden a una figura perdida, inaccesible, a esa cosa imaginaria de la que hablaba Lacan. Del amante apenas queda una imagen borrada por el mismo acto de su nominación. Una imagen que es a la vez señal y ausencia, que se muestra para callar, para ocultarse. A través del deseo el sujeto accede a su carencia de ser fundamental: lo que se busca es lo que falta siempre, lo que se espera.

«Duele
en un lugar oscuro
que borro con mi dedo: señala
el vacío donde cae
por su peso
el faldón de la noche.
Nunca pude hacer entrar
el beso
dentro del beso»

Melisa Mauriño y Diego Roel en la presentación de
La piel de la oruga.
El realismo urbano, el noventismo prosaico y antilírico, intentó relegar el lirismo al terreno de lo anacrónico. El mandato objetivista que imperó en las décadas pasadas consistía, fundamentalmente, en la prohibición de la metáfora y en la instauración de una mirada cínica y distanciada. El tratamiento metonímico exigía presentar la cosa tal como es. La falta de pulimento, la banalidad a ultranza, la ausencia de cualquier tipo de alusión a la experiencia subjetiva, el hiperrealismo y la propensión a la trivialidad, fueron las notas principales de una corriente que pretendió decretar la muerte de la lírica. Ya no había lugar, en el poema, para un tratamiento emotivo del mundo y de las cosas. En una entrevista de 2013, Mark Strand menciona a los poetas que toman «un trozo de la vida para representar la totalidad de la vida». Los poetas metonímicos llevan a cabo una operación mimética, una mera proyección de lo real: para ellos las bellotas son bellotas. No reconocen que todo ojo lleva en sí una mancha, ignoran que, necesariamente, algo nos mira cuando vemos. Frente a esta tendencia, Strand contrapone la visión de los poetas metafóricos, aquellos que transfiguran lo que ven, que crean un mundo alternativo con sus propias reglas y regulaciones. Melisa Mauriño pertenece, sin lugar a dudas, a este último grupo. En La piel de la oruga crea un mundo, un universo personal. Teje una constelación de sentidos múltiples. Se crea, sale de sí, hace eclosión a través del lenguaje. Busca su verdadera identidad, se reconoce otra. Siempre otra.

«yo vi el deseo en los ojos de un hombre
arder como el insecto
que aplastado por la luz
siente estallar
en su vientre
una molécula de sangre.
me quema el sol
los órganos que escondo
del aire
y su escalpelo»

Libro del duelo, del desamor, de lo que sobrevive, los poemas de La piel de la oruga presentan una temporalidad abierta. El presente es continuamente modificado por el pasado. El pasado es un territorio en permanente mutación. Por eso, hay que cerrar los ojos para no ver esa luz que nos parte: la memoria es una carta que se arruga como un puño cerrado. La poeta podría hacer suyas las palabras de Adrianne Rich: «Soy un instrumento con forma / de mujer, que intenta traducir latidos / en imágenes para alivio del cuerpo / y reconstrucción de la mente» . O las de Luis Cernuda: «Cada vez que amamos, nos perdemos: somos otros».

«Me pregunto qué es de la suerte
de la polilla cuando cae
como el ángel y rueda
He visto al viento leer en sus alas
cierta súplica como si hojeara
un libro a la intemperie»

Los animales de la oscuridad no deben buscar la luz. Siempre duele en un lugar oscuro, que se borra con el dedo: la herida señala un vacío donde cae el faldón de la noche. Los amantes se deshojan en silencio, a oscuras, a puertas cerradas.

(*) Texto leído en la presentación de La piel de la oruga.

domingo, 7 de agosto de 2016

¿Vos hacés poesía?





IV Festival VaPoesía Argentina – Semana en Mendoza, 20/06 – 24/06

Organizadores: Marta Miranda, Ricardo Rojas Ayrala y Noelia Andia
Poetas extranjeros:
 
Otoniel Guevara - El Salvador
Balam Rodrigo - México
Irina Henríquez - Colombia
Felipe Javier Moncada – Chile

Poetas mendocinos:
 
Sergio Pereyra
Facundo López
Paula Seufferheld



En una entrevista reciente, Ricardo Rojas Ayrala, organizador del IV Festival VaPoesía,  se refería a los objetivos del mismo:  «nuestra idea es hacer énfasis en la inclusión social, desarrollar nuestro festival en centros de detención de mujeres, de menores, escuelas rurales, comunidades nativas, centros culturales en villas de emergencia, sindicatos, barriadas populares, refugios de gente de la calle, centrarnos en acceder a un público al que jamás le llegan estas voces, estas situaciones dialógicas ni estos discursos de respeto e intercambio entre pares, donde nadie viene a adoctrinar a nadie y nadie es una tabula rasa que se debe llenar de contenidos; solo pretendemos  generar una simple conversación de iguales».

En cada encuentro del que participé durante la semana que VaPoesía pasó por nuestra provincia, vivencié desde el descubrimiento y la emoción, esta «conversación de iguales» a la que alude Ricardo en su respuesta. Lejos del recital de poesía convencional, cada espacio visitado se convertía en una rueda de palabras: poetas, alumnos, profesores, personas en situación de reclusión tejíamos una red de poemas, historias y anécdotas que nos sacudían desde la risa, el silencio reflexivo o el llanto. En este intercambio, todas las etiquetas caían y al mirarnos nos reconocíamos como simples seres humanos. 

20 de junio – día 1
Espacio de Inclusión Social «Vengo a proponerles un sueño». Palmira, San Martín.


A pocas cuadras del centro de Palmira, se encuentra «Vengo a proponerles un sueño».  Es muy fácil confundir este espacio con un comedor comunitario más. Pero es una primera impresión. Y engañosa como suelen serlo. Bastó compartir una tarde con sus integrantes para ver en sus caras que allí había un hogar, para algunos, el único posible.
«¿Vos hacés poesía, ¿me decís unos versos?», me espetó un nene inquieto apenas llegué. «No, ahora no, cuando vengan los demás poetas», contesté. «¿De dónde vienen?, ¿son muchos?», siguió interrogando. No pude contestarle, porque yo misma me hacía esas preguntas. A los pocos minutos, llegaron, o mejor dicho, irrumpieron con alegría los organizadores y parte del grupo de poetas extranjeros. Ricardo tomó contacto inmediatamente con los niños. Con algunos poemas les demostró  que  la poesía muchas veces es un juego nada solemne y puede apelar tanto a palabras bellas como a onomatopeyas graciosas en forma indistinta. Luego de su merienda,  los niños se despidieron de Cristian Bassin, gestor de este proyecto, y quedaron las mujeres que día a día dan vida a este espacio con su trabajo solidario. Balam Rodrigo y Otoniel Guevara mezclaron la lectura de sus textos con historias de sus respectivos países. Para muchas, fue fácil ver que tanto en El Salvador como en México hay chicos que sufren y sortean el desamparo igual que sus hijos en alguna calle de Palmira. Esta identificación hizo que pronto fueran ellas las portadoras de historias. Cada una tenía marcada la mirada y la voz por el dolor de pérdidas, adicciones, hambre y golpes recibidos en silencio. Al final del relato de cada una, estaba un presente esperanzador y  el «gracias» a Cristian que, sin querer, las había unido en este lugar que las contenía y las hacía sentirse útiles. Juntas y abrazadas, en la foto final del encuentro, se las veía fuertes, ¿quién podrá con ellas?

22 de junio - Día 2
Comunidad El Borbollón: Centro Integrador Comunitario. Compartimos con adultos y adolescentes en proceso de alfabetización del CIC y el CEBJA 3-230



Nunca había ido a El Borbollón. Mejor dicho, había pasado de largo por este pueblo. Miraba  el basural cuando viajaba a San Juan. No pensaba en la gente que ahí vivía y cómo lo hacía. Siempre, a los pocos minutos, se imponía el desierto y mis pensamientos se desplazaban en otra dirección. En el  marco de VaPoesía conocí este  lugar y a parte de sus habitantes: los alumnos del CEBJA 3-230; de nuevo comprobé que el paisaje humano es mucho más bello y conmovedor que el que propone la geografía. Adolescentes en el fondo del salón, un grupo de madres jóvenes con sus niños pequeños y en el centro, en torno de una rueda de mate, las estudiantes abuelas. Me tocó a mí comenzar a leer; primero, tímidamente, sentada, concentrada en el papel y después parada, en el centro de la sala. Elegí una serie de poemas que aludían a mi niñez y no pude evitar quebrarme y llorar un poco cuando evoqué con mis versos a mi abuelo materno. Fue difícil, pero hermoso, levantar la cabeza y enfrentar la mirada de las abuelas presentes. En esos ojos recuperé un poco a ese ser amado y las palabras se volvieron recuerdo vivo. Sergio Pereyra aportó con sus textos la gracia y el ingenio suficiente para levantar un poco el ánimo y despertar literalmente a una asistente que dormía. Finalmente, Irina Henriquez, nos sumergió en su Colombia caribe, en su mundo rodeado de aguas y muchos de nosotros, baqueanos del desierto y de la sed, escuchamos atentos como si se refiriera a otro planeta. Sin embargo, logró que nos identificáramos con uno de sus poemas («Para beber no»). En este texto, el agua se urdía y filtraba en el sonido, era palabra:

[…]Partiré para inclinarme ante otros ríos,
los de palabras, los de silencios.
Partiré al filo de la tarde con el corazón en mano
porque en mi espalda ya no caben más miradas opresoras,
porque mis ojos vuelan lejos de este cuerpo
en busca de las olas verdes de los días
y de las olas negras de otros ojos. […]

La lectura terminó solo para preludiar el diálogo con los estudiantes. Nos enteramos de que algunos chicos escribían y muy bien según la apreciación de sus propios compañeros. Luego la conversación giró hacia la historia personal de algunas abuelas. La vida de una de ellas, recorrida por el dolor, el sacrificio y alguna que otra satisfacción como la de poder estudiar ahora, nos conmovió a todos. Uno de los alumnos adolescentes no pudo contener una afirmación que resumía todo: «ella es un héroe».