lunes, 10 de noviembre de 2014

Un paisaje nuevo para la poesía argentina



por Leandro Calle
Especial para El Desaguadero

Todavía lo recuerdo. El poeta se levantó de su asiento y bajó la rampa hacia el escenario en donde tenía que leer. Fue en ese momento en el que trastabilló y el cúmulo de libros que llevaba en sus manos cayó por el piso. Él bajaba y yo creo que subía por esa rampa. Había unos cuantos minutos de descanso antes de que comenzara la nueva ronda de lecturas. Fue ahí donde Hernán Schillagi, me entregó un primer ejemplar de Ciencia ficción (Libros de Piedra Infinita, 2014). Le ayudé a levantar algunos libros y papeles, él bajó y yo subí por esa rampa-escalera. Me crucé con otro poeta amigo que me dijo, apenas vio el libro de Hernán en mis manos: «es el mejor libro de Hernán». Fue como si me dijeran un secreto. Y lo primero que uno hace con un secreto es contarlo, así que eso intentaré hacer aquí.

Llegado a mi casa recuerdo haber leído de un tirón varios libros que me había traído de Mendoza. Pero mi cabeza estaba embotada, cansada y leí con esa lectura veloz e irresponsable que a veces nos sucede. Entre esas lecturas estuvo Ciencia ficción. Al cabo de dos días, retomé, como jugando, el libro entre mis manos y descubrí que no había retenido absolutamente nada. Es más, me di cuenta de que había hecho una lectura en «piloto automático», una lectura mala. Así que me senté y lo leí con la convicción de que había allí un secreto a ser revelado. Leer es escuchar, así que me dispuse a escuchar y leí. ¿Cómo pude haber transitado estos paisajes del alma humana sin haberme dado cuenta? Porque es otro paisaje el que nos propone el poeta. Schillagi, es un paisaje completamente nuevo o al menos originalísimo en la poesía argentina. Tomar prestado al género de la ciencia ficción sus paisajes y sus palabras y hablar de lo que hablamos siempre los poetas.

El libro de Hernán es como un planeta nuevo por explorar. Nuevísimo. No encuentro analogías o referentes cercanos, entonces el libro (que hace rato me ha declarado la guerra) me anuncia que acabo de perder todas las batallas. Que no me gaste, que es inútil, que este es un nuevo planeta y que no busque más medidas para medir. Que me deje llevar. Que acepte el viaje. No hay medidas. Que navegue. Pero todavía no me rindo y le contesto con su mismo lenguaje: «sin embargo el peligro hace de la casa una nave / que vuela hermética por el espacio de mis recuerdos». Finalmente me doy un poco por vencido y acepto el viaje. Me llama la atención una palabra, la palabra «electricidad».

Los poemas de Ciencia ficción, tienen una electricidad de otro mundo, una electricidad sutil y potente al mismo tiempo. En el poema los canales de marte, Schillagi cierra diciendo: «…y de tu boca por si no lo sabías / comenzarán a salir palabras / como los golpes de un corazón / que se quedó latiendo en otro mundo». Se trata entonces de escuchar a ese corazón y ese corazón late en otros paisajes, paisajes fantásticos, novedosos, paisajes con máquinas, electricidad, civilizaciones y planetas. El latido es modificado por esta atmósfera distinta y entonces el sonido y la musicalidad del poema son distintos. El proceso que hace el poeta es exactamente al revés: para entender el hoy hay que servirse del futuro. No hay ayer en estos poemas o al menos el ayer está tamizado y escamoteado en el futuro. Es preciso avanzar al futuro para entender el presente: «estar despiertos quizá sea la mejor de las resistencias / luego de que las máquinas tomaron posesión / de la arena de tus recuerdos y el tiempo quedó suspendido / en un mundo que no te pertenece y no hay fruta / que calme la sed como tampoco un pájaro / que le regale sus colores al viento de la tarde…».
Hernán Schillagi (foto de Camila Toledo)

El poema al que pertenecen estos versos se llama fuera de la caverna y nos remite evidentemente a la alegoría del filósofo griego. Pero estamos afuera de la caverna en serio. Al menos yo me siento un astronauta solitario en la noche espacial. Solo frente al libro del poeta Hernán Schillagi que ha logrado decir con maestría un lenguaje nuevo para mí, una manera original de hacer hablar a la poesía. De todos los libros de poemas que he leído este año, siento que Ciencia ficción, es el único libro que me ha dejado perplejo. El único libro que verdaderamente me ha conmovido. Su belleza me ha encandilado y no puedo decir nada, porque nada hay que decir. Porque no se puede decir nada en la noche espacial de la belleza. Porque sigue siendo un libro que es necesario volver a leer y a explorar. O mejor, es necesario seguir escuchando sus latidos, esos que vienen de otro mundo a decirnos lo de siempre pero con una música distinta. La belleza es así, uno se asoma y: «has asomado tu curiosidad a la cerradura equivocada / pero tus ojos que esperaban una historia / de pesadillas y espejos negros comienzan a brillar / como si lo visto viniera del mejor de los futuros / y poco a poco y simultáneamente y atravesándose / las imágenes golpean tu retina tu rutina / y forman una aleación con el miedo / entonces la puerta es una nueva frontera / la línea de sal que cauteriza los prejuicios…».

La belleza como principio de lo terrible al decir de Rilke. Vuelvo a la imagen mencionada más arriba. El poeta trastabilla, y da por tierra con todos sus libros. Eso me sucedió cuando leí Ciencia ficción: se cayeron todos los libros posibles y quedé a la intemperie espacial aferrado solamente a estos 24 poemas sin saber si era posible regresar de la belleza.


* * *



Dos poemas de
Ciencia ficción
de Hernán Schillagi


la última espera



a veces cuando preguntaba
sobre esos puntos de luz
que aparecen sin orden con la noche y los grillos
a veces cuando mi voz temblaba oscura
bajo el cielo de noviembre
mi padre a veces sabía contarme
que los astros eran unas naves lejanas
que atravesaban los canales de la galaxia
para decirnos sin más que la espera tenía un fin
que no éramos los únicos luego del estallido primero
ese que nadie se atrevió a escuchar
miles de naves espaciales aproximándose
con esa lentitud que tiene el viento
para darle forma a las rocas

pero a veces cuando las preguntas
comenzaban a caer de mi boca de niño
como esas estrellas que portan un fugaz deseo
mi padre elegía cerrarse en el silencio
hasta hacerlo crecer entre las nubes
entonces el planeta suma de océanos y de tierra
se perdía para siempre en el barro de su soledad

*

conquista del secreto



ahora luego de haber posado
toda la especie humana sobre mis dos piernas
doy el primer paso a la conquista
y comienzo a suprimir con el índice
el nombre originario de las cosas

como en un remoto juego las letras
deben alzar cruces ante mis ojos
y las palabras forman un cementerio del futuro
donde una civilización elegirá resistir
desde el desierto negro de las piedras
desde la lengua rota de las espinas
desde la boca cerrada de las cuevas
resistir toda la invasión
con el último trago de agua en la garganta

porque la conquista solitaria del silencio
sin gritos de sangre ni cuerpos como trofeos
es como capturar un secreto que finalmente
resulta demasiado grande para nuestros oídos
 

domingo, 2 de noviembre de 2014

La historia de un poema de Mariela Laudecina






(Especial para El Desaguadero)


Mi amigo, el poeta Vicente Luy, (1961-2012) en el verano del 2010 trabajaba en mi casa el libro de poemas que en ese entonces no tenía título y luego se editó después de su muerte con el nombre de “Plan de operaciones”. Llegaba a casa por la tarde y nos sentábamos frente a la computadora y yo le tipeaba los poemas mientras él me los dictaba. A veces aparecía con una monjita alemana, que compraba en el almacén de Mario, un negocio del centro  donde venden delicatessen importadas o bien una coquita bien fría y dos paquetes de cigarrillos.

Uno de esos días, haciendo un descanso, nos sentamos en la puerta de casa, que daba a un pasillo y me pidió si podía tomar un poco de vino que había visto arriba de un estante en la cocina. Le serví un vaso. Se prendió un pucho y charlábamos sobre las mujeres a quienes había querido seducir sin tener ningún éxito y me dijo que la ropa que tenía no lo favorecía, y que quizá ese era uno de los puntos en contra. Yo le dije que para su cumpleaños, en mayo, había pensado regalarle una camisa pero no me había alcanzado la plata. Y él me pidió que le regalara medias, pero medias suavecitas, muy suavecitas. Y lo dijo como si estuviera leyendo uno de sus poemas. O al menos así me pareció. 

Vicente tenía una forma de hablar algo pausada, su voz era suave y melodiosa y esas características se potenciaban en sus lecturas. Antes de alguna presentación, ensayaba en voz alta. En una oportunidad en que me pidió que yo leyera sus poemas (porque a causa de tomar veneno para ratas, tenía afectado el habla y salivaba demasiado), me exigía que le leyera una y otra vez para que él me indicara cuál era el tono y la intención que debía tener ese poema. Apenas terminó de decir “suavecitas”, largué una carcajada y le dije que esta situación y lo que él acababa de decir era un poema y que lo iba a escribir. Y entonces me animó a que lo escribiera ahí mismo. A mano o en la compu, pero que lo escribiera en ese mismo momento, tal cual había sucedido. Y mientras lo escribía, iba dejando  afuera algunos detalles, como mi deseo de comprarle la camisa y me exhortó: no, no omitas nada. Y así fue que nació este poema express como llamaba Luy a su forma de hacer poesía.


***



Sentados en el pasillo
con el sol de frente
Vicente fuma y bebe vino
Yo estoy risueña
Le digo que quería regalarle una camisa
pero no me alcanzó la plata
Como si leyera uno de sus poemas, me dice:
-Regalame medias, un par de medias suavecitas; muy suavecitas.


Del libro Tomo las decisiones con los pies – 2011. Llantodemudo Ediciones.

martes, 21 de octubre de 2014

El destino de toda música

La impropiedad, de Alejandro Schmidt. Córdoba,
Pan Comido Ediciones,  2013, 52 páginas.


por Fernando G. Toledo

«Veneno lento» le llamaba Horacio Armani a la poesía. Convivir con ese veneno, inoculado por el propio poeta (una serpiente que, sin duda, está condenada a morderse la cola) es lo que se propone en La impropiedad el gran poeta cordobés Alejandro Schmidt.

Dueño de una obra amplia y generosa, el autor de Videla sorprende con este volumen que excede la definición de «conjunto de poemas» para convertirse en una verdadera «arte poética».

Eso queda declarado casi desde el primer poema, donde como en un fogonazo Schmidt cuenta lo que podemos entender como una razón del ser poeta, relacionada con el abandono y el misterio, para concluir: «la poesía fue otra soledad».

El camino será, desde ese punto, recorrer la poesía desde diversos ángulos: la escritura en sí, la ontología del poema, la definición de la poesía, la lateralidad del género. Ese amplio afán, sin embargo, no se aborda desde un lenguaje teoricista, sino desde una limpidez que a veces linda con lo coloquial («si no atormenta irrita / crece / jorobada»), pero que se combina con una constante conceptualización reflexiva que es lo que, en suma, parece motorizar el trazado de cada verso.

Paso a paso entonces, y en textos que van desde el estiletazo de un verso hasta el poema de largo aliento, el autor nacido en Villa María parece destinar estos textos no tanto a un hipotético lector, sino a su propia indagación en las razones de su oficio.

Ese juego espejado en pos de encontrar la imagen propia (se lee: «el poeta / un animal atravesado por rayos / a la orilla de la vida») acaba, al final, en una imagen impropia, en  una impropiedad que equivale a la música que oímos pero está destinada, a fin de cuentas, al ruido o al silencio.

Aceptar esa verdad es sencillo. Lo difícil es reconocerlo y volcarlo en versos tan hermosos como los de este libro.

Alejandro Schmidt.



Dos poemas de
La impropiedad
de Alejandro Schmidt


Escucho al crítico decir...

Para la narrativa hace falta
mucho más oficio que para la poesía
y tiene razón.

Para la poesía hace falta
todo lo demás.


Cómo corregir un gran poema

hunda alfileres en palabras grandes
observe cómo se retuercen

si concluido el poema, se levanta y anda...
borre caminos
destruya el puente

eluda al poeta profesional
profundice su error...

Orgullo, orgullo.

Enamore la vacilación,
su ahogo

eche al fuego
imprima las cenizas.

sábado, 11 de octubre de 2014

La historia de un poema de Ana Lafferranderie


por Ana Lafferranderie
(Especial para El Desaguadero)


Creo que la historia de mis poemas es interior e inasible. Mi sensación es que gran parte de lo que escribo, en su primera versión, se escribe solo. Luego viene la larga etapa de corrección donde ahí sí, uno lleva las riendas, toma decisiones, incorpora, desecha, ficcionaliza.

Es difícil entonces contar algo del origen porque, al menos hasta ahora, la mayor parte de lo que escribo no se desprende de situaciones particulares sino más bien de un modo de la percepción, de esa manera de vivir en la poesía como experiencia. Los poemas que escribo surgen de estados del pensamiento y la emoción, de una especie de compuerta que de pronto se abre; también de una mirada sobre las cosas, de escenas que se marcan en mí y sobre todo de cierta perplejidad con la cual ando por el mundo desde que tengo memoria.

Dicho esto, uno puede de todos modos reconstruir algunas cuestiones que están en los poemas, reconocer
contextos, motivaciones. Obsesiones que aparecen y los van conformando. Pasiones también. Por ejemplo el amor por la poesía misma y por los poetas. Entre ellos Miguel Hernández, uno de los primeros que conocí en mi infancia. Cuando crecí, mis lecturas fueron hacia otros lugares, pero en principio mis poetas fueron los españoles: Lorca, Machado, Hernández. Leí sobre sus vidas, viajé por sus pueblos. Entré en la vida de Miguel por ejemplo. Lo vi y lo sigo viendo, pastor de cabras en Orihuela, leyendo a Góngora en la biblioteca de su pueblo. Lo vi soldado, padre, lo vi en la cárcel. Lo rescaté con devoción. De ahí salió mi poema «Tu pastora». Había escrito una primera versión veinticinco años atrás, muy literal, que hablaba sobre él. Ese poema lo releí hará unos diez años y, a partir de él, escribí este otro que está está en mi libro El cielo tácito, publicado en el 2007. «Tu pastora» es un poema con un lenguaje diferente al que me identifica hoy. Lo leo y lo siento un poco «profuso» (dicho esto con humor y cariño), entre otras cosas. Sin embargo siento que es verdadero, vigente en su sentir y tiene algunas imágenes que me gustan. Además, en su momento generó en muchos lectores alguna cosa, no pasó desapercibido. Y aun siendo triste la escena que lo motiva, me permite jugar, me hace sentir una especie de enfermera loca de la poesía, que puede atravesar lo que sea con su imaginación, e ir al rescate.

Mientras escribo esto me doy cuenta de que hay otro poema muy parecido, que surgió años después pensando en Byron y que está en mi libro Volcar la cuna. No lo había pensado antes. ¿Será que siempre, de algún modo, se sigue escribiendo lo mismo? Ambos tienen una carga similar que no definiré yo, dejo eso para cuando lean. Pero podríamos decir, volviendo al humor, que algunos poetas del pasado me inspiran cuestiones bastante concretas.

«Tu pastora» lleva un epígrafe del poema «Eterna sombra», que M.H. escribió en la cárcel poco antes de morir:


«Soy una cárcel, con una ventana / ante una gran soledad de rugidos. / Soy una abierta ventana que escucha / por donde va tenebrosa la vida».

Pero quizás solo debería haber puesto:
«Para Miguel Hernández»


Tu pastora

Tu cueva hace zanja en mi descanso
siembra tierra en los párpados.
Desvelada, lamo tus cabras
disuelvo el metal de tu voz
o me afilio a tu pez de barrotes.
Traspaso cal, acomodo
tu nuca sudorosa y soy clara
en tu piel de noche
pastora invertida que suelta
pájaros y come
pan de tu pecho.


El otro poema era originalmente más largo y mencionaba explícitamente a Byron. Sobrevivió de él un breve poema en prosa y le quité toda referencia al poeta.

Así lo incluí en Volcar la cuna:


Si el tiempo es un puente inmaterial, ¿cómo se explica que pueda oír tu quejido, rozar la boca abierta mientras el techo baja sobre los dos como una tapa húmeda?

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Entrevista a Hernán Schillagi




«Con Ciencia ficción exploré zonas poco transitadas por la poesía»




por Paula Seufferheld

Hernán Schillagi (San Martín, Mendoza, 1976) es artífice de una obra poética que no deja de sorprendernos desde su primer poemario Mundo ventana (2002) por sus continuos cambios temáticos y estilísticos o como él los llama «golpes de timón». Desde la sencillez de los poemas primeros, influidos por la brevedad y contundencia filosófica de la poesía oriental, pasando por Pájaros de tierra (2007) donde sobrevuela lo cotidiano con un acento nostálgico, íntimo, muchas veces autobiográfico hasta llegar a Primera persona (2008, ganador del Gran Premio Vendimia de Poesía) que marca una etapa de madurez en su escritura. En esta obra plantea un proyecto conceptual donde los poemas son piezas de un rompecabezas donde un yo lírico febril pretende armarlo valiéndose solo de la ayuda de su memoria. Para quienes hemos transitado este caleidoscopio de versos, no nos sorprende la aparición de Ciencia ficción (2014). El género elegido propone tomar conciencia de los límites, pero entendiendo que son solo eso, barreras y como tales pueden ser rotas, traspasadas, vulneradas incluso en sus núcleos más duros. De nuevo el poeta, como en cada uno de sus trabajos, camina por la frontera y nos invita a cruzar con él a un mundo nuevo, igual a sí mismo y distinto de todos.

Todos los libros tienen su tiempo de decantación. Ciencia ficción se gestó entre 2006 y 2010. Como nos dijo su autor, fiel a los tópicos del género que eligió: «no hay máquina del tiempo ni acelerador de partículas que apure el proceso». Así, entre los intersticios en blanco de un tiempo lleno de responsabilidades laborales y familiares, fue dando forma a una obra originalísima en el panorama de la poesía argentina. El plan de escritura no era sencillo: tomar algunos motivos sci fi para luego desandar un camino inverso donde los ambientes de la ciencia ficción funcionaran como disparador y fondo de un microrrelato que abriera una grieta a lo cotidiano y tuviera el ritmo propio de los versos de amplio período. ¿Se cumple este plan en las expectativas del lector? El poeta mendocino Rubén Valle que escribió la contratapa del libro está totalmente seguro cuando afirma sobre el poeta: «alinea versos como si de planetas se tratara y los hace brillar en una noche atemporal».


 -En el texto «Antes de la travesía» que oficia de prólogo de tu poemario, afirmás que la ciencia ficción propone explorar todas las posibilidades del género humano como un sueño con los ojos abiertos. ¿Qué te llevó a recorrer esas posibilidades que parecen tan íntimas e insondables desde el extrañamiento espacio-temporal?, ¿es posible auscultar el corazón de un hombre desde la lejanía de una estrella?


-Creo que lo primero que me llevó a explorar zonas poco transitadas por la poesía fue la necesidad de dar un golpe de timón a lo que venía escribiendo. Es decir, la enorme poesía que se desprende de las obras narrativas de ciencia ficción (ya sean novelas, cuentos o historietas) me hizo pensar que bien podría escribir poemas en verso que tomaran algunos motivos sci fi (los viajes interplanetarios, la vida artificial, el efecto mariposa, por caso), para luego hacer el camino de regreso de este modo: los ambientes de la ciencia ficción como disparador y fondo, la potencia feroz de un microrrelato en el centro, más el ritmo propio de unos versos de amplio período. El resultado, por supuesto, lo deben evaluar los lectores; sin embargo no tardé en comprender que la conciencia de los límites es lo que nos hace avanzar, querer traspasarlos intempestivamente. Así, este género tan lateral en sus comienzos es el que más ha explotado esta pulsión humana. Es por eso que el «auscultamiento» del corazón y sus oscuridades solo es revelador en el justo momento en que decide atravesar una frontera prohibida o imposible.


 -Hay un hilo transparente que une el primer poema «cuando llama la puerta» y el último «la travesía» o quizás sea una sonda que orbita alrededor de los dos para decirle al lector que aunque la curiosidad lo lleve a mirar por una cerradura equivocada vale la pena abrir la puerta –todo el libro supone esa acción-, abrazarse a lo desconocido y dejar que dos corazones comiencen a unirse. ¿Cuánto pesa el tópico amoroso en Ciencia ficción?


-Hay algo que me propuse desde muy joven y fue no escribir nunca poemas de amor, por pudor y piedad con los lectores, o al menos evitar textos que hicieran recordar infectamente a los de Neruda o Benedetti (no es necesario precisar cuáles). Prejuicios que le llaman, es cierto. Sin embargo, uno se define más por lo que esquiva que por lo que elige en poesía. Así y todo, este libro ya me encontró transitando la treintena y, justamente, uno de mis límites era el tópico amoroso. Entonces pensé en las barbaridades –para bien y para mal- que la especie humana ha hecho en nombre del amor y, más modestamente, en cómo nos corre de nuestro eje para dejarnos en la más completa intemperie (La intemperie es uno de los posibles nombres que barajé para este este libro). De un modo enrevesado, pero libre de prevenciones, encaré algunos poemas como los que nombrás desde el amor, como un viaje a lo desconocido, como un miedo a enfrentar.


-Al releer tu obra queda claro que has tratado de no repetirte en tópicos, de experimentar con distintos recursos y voces. Cada poemario goza de total autonomía y puede analizarse como un todo sin reconocer antecedentes, ¿por qué cuando comenzás un libro preferís el riesgo de lo nuevo a la profundización de temas y tonos tan frecuente en otros poetas?


-Sin caer en la petulancia, la idea siempre fue esa, cambiar radicalmente como un Fernando Pessoa que prescinde de los heterónimos y da tercamente el mismo nombre a cada uno de sus libros. Todos los artistas que respeto han dinamitado lo creado cuando ya les resulta cómodo: la variedad barroca que le dicen. Allí los Beatles, Piazzola, Charly García o Gustavo Cerati en la música; como también Oliverio Girondo, Borges (aunque no parezca), alguna etapa de Gelman, Alejandra Pizarnik, Mirta Rosenberg o Jorge Aulicino, en la poesía. Mudar de formas, saltar de género en género, contaminarse de tramas híbridas para luego volver al poema transido por el más lenguaraz de los idiomas. Esto no quita que admire a poetas como Juarroz o Giannuzzi que mantuvieron una línea estética en sus obras y tomaron riesgos desde otro lugar. Es el desafío de mantener una voz, un decir, pero en ámbitos hostiles lo que me hace que avance por caminos diferentes. Eso sí, siempre aprendo de las diferentes experiencias. Sé que no podría haber intentado profundizar en el poema narrativo en este libro, sin antes no haber ensayado en el poema en prosa o en el cuento breve.


-Escribir poesía puede ser  vía para transmitir una idea pero también vehículo para compartir un sentimiento, ¿cómo mantenés  en tu obra el equilibrio entre el tono intelectual y el sentimental?


-La imagen es la siguiente: la del trapecista que avanza sin red por la soga. Sabe que dar un paso atrás es solo para confirmar el avance. Así el equilibrio se mantiene en medio de titubeos y cargas inexactas, sin embargo la meta es clara: no caerse para llegar. Es decir, siempre voy detrás de una idea, ya que no escribo una sola palabra sin antes tenerla medianamente clara. A veces se confirma en la escritura, o se modifica parcialmente porque una metáfora (por decir un recurso) cobró más fuerza que las demás. El azar siempre tiene un lugar en la poesía (un azar muy programado en mi caso). Demás está decir que los sentimientos juegan su papel, aunque es tan denodada la lucha racional con el lenguaje que toda mi atención está puesta en la construcción del poema. Eso sí, la pasión es la misma siempre.


-¿Cuáles son tus prácticas de escritura poética?, ¿han ido mutando con los años desde tu primer poemario?


-Es inevitable el cambio de prácticas, ya que el mundo ha cambiado. Quiero decir que, hace más de 20 años, escribía en cuadernos o papeles sueltos con una lapicera. Con el tiempo, tipeaba los poemas en una Olivetti y corregía in situ. Esa era una manera de fijar en molde la escritura. Después, con los procesadores de texto de las computadoras de escritorio cambió todo y me volví anfibio: redactaba en papel y lo terminaba en el Word. Hasta que un día prendí la 486 y tecleé el primer verso. A partir de ese momento, la escritura a mano se volvió más esporádica o solo para tomar apuntes en libretas furtivas que se me viven extraviando. Al contrario de lo que se piensa entre los poetas, necesito de cierta presión para escribir y también de algo de metodología. Siempre estoy entre los horarios de salida de la escuela de mi hija o apremiado por el trabajo docente y, como no creo en la inspiración, provoco situaciones. Las netbooks han venido a solucionar algunos problemas de logística, ya que no hay que ir al escritorio para escribir; sino que tomando mate en la cocina, o friendo las milanesas, uno puede ir picoteando el teclado. En cuanto a Ciencia ficción tuve que trazar un plan para no ser reiterativo en los motivos del género, como también poder ser justamente «equilibrado» con respecto a las referencias literarias. No quería abrumar al lector. Sabía que no podía ser un libro de muchos poemas y que lo cotidiano de algún modo tenía que estar presente. Tardé cuatro años en escribirlos, de 2006 a 2010 y otros cuatro en corregirlo, ordenar la secuencia de textos, considerar títulos alternativos y notas aclaratorias. No hay máquina del tiempo ni acelerador de partículas que apure el proceso.


-Junto a tu obra poética, muchos hemos tenido el placer de leer tu novela por entregas De los portones al Arco que publicaste en formato digital en tu blog Ciudadeseo entre 2010 y 2013, ¿cómo conviven en vos el poeta y el narrador?,  ¿cada uno tiene su cuarto propio o comparten escritorio y papeles?


-Algo dije en una de las preguntas anteriores: transitar distintos géneros y temáticas no es gratuito para un autor. Cuando regreso al poema, no puedo desprenderme del todo de la ensayística y mucho menos de lo ficcional. Eso sí, al escribir esa novela tenía muy claro que no quería ser poético. Cuánto nos hemos aburrido con algunas novelas líricas, de largas descripciones oníricas y argumentos vagos que se diluyen de un soplido. De los Portones al Arco es una especie de road fiction y la acción me tiraba para delante de una manera casi bestial. Aunque el modo de escritura sí fue el mismo de la poesía (no hay caso, así me formé), ya que no podía dejar de fijarme en la musicalidad de las frases, o la contundencia estética de los remates de cada capítulo. Como también, la corrección obsesiva de cada oración, de cada párrafo.


-Considero que la lectura no solo es lo que ofrece un texto escrito, sino también todo aquello que el sujeto puede «leer» de  otras experiencias culturales como el cine, la música, la plástica, entre otras. ¿Qué lecturas, entendiéndolas en este sentido amplio, han influido en tu obra poética desde sus comienzos?


-La pregunta no por interesante, no deja de ser inabarcable. Ya algo dije de la historieta y la música. Muchos empezamos a leer tiras cómicas y a escuchar rock antes que libros en la infancia. Pero como estamos hablando de este último libro, la lectura de El Eternauta ya te cambia la mirada para siempre y recuerdo, además, las series animadas como Robotech o El Justiciero. También las series y las películas de ciencia ficción fueron fundantes en la primera adolescencia. Principalmente, las distintas secuelas de Viaje a las estrellas, de Gene Roddenberry me acercaron a la cosmovisión inquietante de la ciencia ficción humanística. Al mismo tiempo iba descubriendo las novelas de anticipación de Julio Verne o El mundo perdido, de Arthur Conan Doyle. Después vinieron Bradbury, Stevenson, Mary Shelley, Wells y otros tantos. Aunque lo aclaro en el prólogo, no soy un fanático de la ciencia ficción, sino que me entusiasma mucho más la lírica poderosa que la atraviesa.


-Como editor y periodista cultural tenés permanente contacto con el quehacer poético de distintas regiones del país, ¿qué comparación podés establecer entre estas producciones poéticas y la que se gesta en nuestra provincia?


-Hace unos meses publiqué un ensayo que se llamaba «La isla de la poesía», donde proponía a Mendoza como una zona poética de paso, es decir, donde la poesía se ha destacado de manera intermitente a lo largo de los últimos cien años. Así, esta «ínsula» se ha sumergido o ha emergido en vaivenes tan intensos como desparejos (la generación del ’25, el Nuevo Cancionero Cuyano, la poesía de los ’90). En la actualidad soy muy optimista con la variedad y la cantidad de producción, las distintas movidas de edición autogestiva y también las performances agitadas por los mismos poetas. Además, tengo que decirlo, hay mucha mezquindad, pereza y miopía en la crítica literaria. Nos mandan libros de todo el país para que los reseñemos en El Desaguadero y casi ninguno de la provincia. Todo un síntoma. Pero sé que esto pasa en todos lados. Esta primera quincena del siglo nos encuentra, en cuanto a estilos y calidad, en un lugar interesante y bastante parejo con respecto a otros lugares centrales como Rosario, Córdoba y Buenos Aires. Quiero decirlo con las palabras precisas: no atrasamos tanto como en otras épocas. Ya la mayoría aprendimos que la poesía descriptiva, laudatoria de la tierra y sus frutos, el octosílabo asonante, la anáfora boba en todo el poema, el corte de verso cuando se termina la idea, la ironía per se  o el erotismo a lo Adrian Lyne no van más. Como también es una realidad que mucho de lo que se publica hoy es una fotocopia gastada de una Xerox maltrecha de los ’90: sin musicalidad ni ideas propias. El agujero del mate de la poesía border ya lo inventaron otros. Nos falta muchísimo, también, para que la poesía producida aquí se haga conocer en el resto del país, que haya presencia de mendocinos en todos los festivales y que empecemos a publicar constantemente en editoriales importantes especializadas en el género (como Gog y Magog, Alción, Bajo La Luna, El Mono Armado o Del Dock). Existen casos honrosos, pero no es lo habitual. Así y todo, la isla está tendiendo puentes que pueden permanecer en el tiempo y conectarnos con más intensidad que nunca.


-En el poema «el contador de estrellas» el yo lírico le habla a un personaje que recorre la oscuridad sin esperanza pero de algún modo lo tranquiliza diciéndole que los deseos encienden luces en el abismo. También es el deseo el que pone palabras en el abismo de la página en blanco de un escritor, ¿en qué “proyecto-deseo” estás trabajando ahora?


-El deseo es lo que moviliza absolutamente todo. Por eso no hay deseo verdadero que pueda ser reprimido. Los proyectos, entonces, tarde o temprano se van concretando, como el de salir a defender este libro Ciencia ficción de un modo diferente: performances en cuanto bar o feria me abra las puertas, en lugar de una presentación convencional; cruzándolo también con el cine o la música y con la voz de otros poetas. Al mismo tiempo, estoy terminando de escribir los poemas de un nuevo libro llamado Lengua padre, donde lo cotidiano se hace presente para reflexionar sobre la figura paterna, la herencia de una voz oscura y apenas trascendente. Si la lengua materna es la primera, tal vez la poesía venga a ser la última. En fin, como decía Viel Temperley: «voy hacia lo que menos conocí en mi vida: voy hacia mi cuerpo».

***

Tres poemas de Ciencia ficción,
de Hernán Schillagi 




cuando llama la puerta



has asomado tu curiosidad a la cerradura equivocada
pero tus ojos que esperaban una historia
de pesadillas y espejos negros comienzan a brillar
como si lo visto viniera del mejor de los futuros
y poco a poco y simultáneamente y atravesándose
las imágenes golpean tu retina tu rutina
y forman una aleación con el miedo
entonces la puerta es una nueva frontera
la línea de sal que cauteriza los prejuicios

tu cuerpo por tanto es una región a explorar
una nebulosa carne que se revuelve
tu cuerpo avanza sin sombra
tu cuerpo ya ves se enciende como un sacrificio
por cada paso que das en la piedra
«no hay dolor en el riesgo» te escucho decir
y tiendo mis manos hacia otra dimensión
pero lo que toco es un reflejo
el humo de tu fuego clandestino

acaso tu cuerpo sea también un mecanismo
que fabrica fantasmas de este lado de la puerta
para regresarme al olvido

*


mary shelley no dice



es cierto hay algo que se filtra por instinto
cuando has decidido sujetar entre los dientes
un secreto es cierto ya que en la boca
se dibujan unas arrugas como de flor marchita
donde la savia detenida se acumula
hasta hacer estallar todas las dudas
pero para adentro

un golpe sordo que hace eco en la cueva
viene a revelar la tinta seca sobre el papel
que igual siempre mancha
y no hay sangre que controle la electricidad
y no hay barro que dé forma a los pensamientos
sin embargo es cierto algo se filtra
como un soplo rastrero que hace abrir los ojos
al monstruo de los deseos
criatura sin dios ni vientre en la memoria
que cuando quiera entregar su llanto de mortal
el hilo de la vergüenza le comerá los labios

*


luces extrañas


¿Qué es lo que hace
que una vida funcione y avance?

Fabián Casas


posiblemente no exista un camino cierto
que me conduzca hacia la imagen soñada
de lo que debería ser y no ser mi paso
callado fugaz y sin marca por esta roca azul
que gira fría en el infinito

pero sin vacilar tomo la ruta solitaria
atrás he dejado el humo geométrico de una ciudad
atrás también quedan las ventanas iluminadas
como cruces de fuego con pequeños epitafios
atrás sí bien atrás aúlla el lobo metálico del tren
de nuestra historia interrumpida

y avanzo con el gesto de los trapecistas
observo la línea latente con el corazón como un satélite
que hace subir la marea de mi condena
estiro mis brazos hacia el volante para lograr equilibrio
entonces la velocidad se lleva los recuerdos
y son migas de pan que arrojo a los pájaros del pasado
que amenazan con su vuelo de luto

«voy hacia un encuentro» me digo y la voz
retumba en la oscura cabina del auto
para que unas palabras regresen sin orden a mis oídos
que repiten «todos deseamos que nos olviden
para así nacer de nuevo»

es por eso posiblemente que no me asombre
al ver las luces extrañas que vendrán a buscarme
es por eso que me dejaré llevar a otro planeta
donde seguro mis pasos irán tras tu ciudad tu ventana
tu epitafio para comprobar si has resuelto
nacer conmigo otra vez