viernes, 12 de febrero de 2016

La historia de un poema de Pablo Queralt



por Pablo Queralt*

Especial para El Desaguadero


Reterritorializar el campo de un poema no es tarea fácil, qué sentido o universo incorporal, como dice Guatari, dio lugar al poema. No lo recuerdo, no lo sé. Sí sé que estaba escuchando a Frank Sinatra, tal vez «Hello young lovers» o «My shining hour», que habíamos llegado recién de vacaciones en el mar con mi mujer y teníamos todo ese aire triunfal de sal y sol. Estábamos felices. Había terminado en esas vacaciones un poemario llamado Inside, todavía inédito, había leído a Cage y me encantó su postura de vida ante el arte y su estética. También, la novela de Martín Adán, algo de Lezama Lima y Wallace Stevens. Fue el verano del 2007. Estaba en living de casa –con una notebook nueva– con ese aire de la música y del atardecer de un día de marzo. Sí, eso lo recuerdo. Estaba mirando hacia la pared el puntillismo hipercromático del cuadro de Zuloaga, pintor uruguayo de Maldonado y amigo. Ya que no titulo los poemas, sino que corren uno atrás de otro como un continuo de un sensorio que sigue su instinto más allá de la idea original, denominé al poema con el primer verso como titulaba William Carlos Williams a sus poemas «Hundirse en las nubes más hermosas». Este poema dio inicio al libro Late que fue publicado al año siguiente por la editorial Huesos de Jibia. Fue el puntapié inicial que hizo rodar la pelota, la máquina que dio flujo al poemario: muy sanguíneo, visceral, los ritmos de lo que late. Esa estética de la experiencia era la que buscaba.

El poema iba saliendo solo. No sé si hice una pequeña corrección o no, y este, a su vez, iba generando al siguiente, y así casi todo el libro. Iba cambiando frases, ideas, rompiendo el pensamiento con algo leído, escuchado, visto, intuido, soñado, pero siguiendo un sentido: el del latido. Algo que expande y retrocede que busca y lleva algo, que es una sorpresa, algo que nos pone en situación de resolución. Así elegimos para allá o para acá. Ahí se define la felicidad.

Creo que el libro fue leído, circuló bien -según me dicen algunos poetas-, y me dio una alegría, ya que la poeta Gabriela Bejerman realizó una pequeña perfomance. Recitó varios poemas de Late en una lectura en la que me invitaron a leer el libro durante el ciclo organizado por la poeta Soledad Fernández Mouján (2008). Pude comprobar la distancia que había entre el poema y yo, y lo que el poema había recorrido. Ya era de otro.

Revisitar el poema desde la memoria de lo escrito: el cómo, el porqué, el para qué entre el deseo de escribir y lo escrito, abre paso a una libertad que es felicidad en acto.


*

Hundirse en las nubes más hermosas carecer de gravedad
hasta atrapar el vacío en las manos de papel de un tiempo
perdido en las estaciones de un tren sublunar corriendo de atrás
hasta tocar con la punta de los dedos del sol la alegría en la
niebla del hombre que espera el embarque de la sangre
y el vino, tu cuerpo.

Comprendimos todo al quedarnos despiertos en la canción
del sol en su mueca de mujer vencida
alguien que piensa que se burlan de él puede sentirse
amado,
vivir entre mentiras amar como aman
bandas de cenizas y gracia.


*Pablo Queralt es médico y poeta. Es curador de poesía de la biblioteca de San Isidro, colaborador del suplemento cultural del diario El pregón de Jujuy y diario Punto Uno de Salta. Publicó varios libros de poesía entre ellos Cansancio de lo escrito, La flecha de Agustín, Primer paso, Crack, Escribí mi nombre, Poema de la nieve, El padre, Late, Cocineros, Jazz, Perfume animal, La piscina, Ser y ser visto. Fue traducido al catalán y al italiano y figura en dos antologías de poetas de Buenos Aires y en la antología Brazuca editorial Niña Bonita de Zaragoza, España, con poemas de fútbol para el Mundial  2014. Su libro Coca y Laleblan fue publicado en España en Niña bonita cartonera y La Piscina en editorial Karakartón de Palma de Mayorca y Aves del Paraíso, Toulouse, Francia, 2014. En este año saldrá publicado por editorial Colectivo Semilla de Bahía Blanca el libro Biografía del trauma.

sábado, 6 de febrero de 2016

Un poema de Liliana Bodoc ante el espanto

Liliana Bodoc.

Las crónicas asépticas dicen que un cuerpo de Gendarmería Nacional ingresó el viernes 29 de enero de 2016 a las 21, a la Villa 1-11-14 en el Bajo Flores, Buenos Aires. Que los gendarmes informaron dos heridos de la fuerza y ese saldo fue repudiado por el Ministerio de Seguridad. Pero que, poco después, se conoció lo inexplicable: que en realidad, los gendarmes habían atacado con balas de goma y de plomo a una murga de la villa, llamada Los Auténticos Reyes del Ritmo, integrada por adultos, jóvenes y también niños. ¿Cómo defenderse ante el espanto? No hay muchas armas. Pero las pocas que existen están en alto.
Atenazada por ese espanto, la escritora Liliana Bodoc, cuya poesía se cuela página a página en sus maravillosas novelas (La saga de los confines, Memorias impuras, Tiempo de dragones, entre otras), decidió defenderse con la poesía. Y lo que hizo fue escribir, entonces, un poema que no se cobije en la prosa de uno de sus relatos o en la canción que entone alguno de sus personajes. Al parecer la mendocina ha creído que si la poesía es el mecanismo de defensa, debe ser blandido como tal. 
En EL DESAGUADERO ofrecemos este poema inédito de Liliana Bodoc, dedicado a las víctimas del espanto.





Los Auténticos Reyes de la Historia


por Liliana Bodoc


Me voy de carnaval
A murguear, a construir la fiesta.
¿Va a venir a escucharme? Yo soy de los que cantan.
«Vamos rojo al ritmo de la murga»
Me contaron que esto de la murga es viejo como usted.
¡No se me enoje!
Eso me hace feliz porque me da un pasado.
No un día sino muchos
Un pasado, ¿me entiende?
Un barrio como un mundo.
«Todos los domingos siempre voy a estar
Recordando siempre al que ya no está»
Me voy de carnaval, de redoblantes.
Burla para el infierno.
Me voy de mascarada a celebrar que somos los que fuimos.
Después pase un ratito y me saluda.
---------------
«Vamos rojo al ritmo de la murga»
Y de repente se rompió la risa.
Se deshizo la gracia.
¿Qué pasa?
¿Por qué duelen los cantos?
¿Quién golpea? ¿Quién corre?
Mi máscara chorrea por la frente.
¿Por qué, si estoy bailando?
-----------------
Mañana, cuando ya no tenga miedo
Voy a pensar despacio.
Mañana voy a entenderlo todo
Y que ¡Oh, dale oh!
No hay paliza más grande que una fiesta del pueblo.
¡Dale, oh! ¡Dale, oh!
Ellos van a pasar
Y la murga
Va a seguir calle arriba
Dale oh, dale oh                        
Hasta la vida.

(inédito)

jueves, 4 de febrero de 2016

Ashraf Fayadh: 10 poemas para ser condenado a muerte

Ashraf Fayadh.


Apóstata, exiliado, muerto en vida. Al poeta palestino Ashraf Fayadh (nacido en 1980) le cabe cualquiera de esos motes. En noviembre de 2015, el autor fue condenado a muerte, sin posibilidad de defenderse, por la corte de Arabia Saudí, el país en que reside, acusado de apostasía (renunciar al Islam) y «promover el ateísmo».
Al conocerse la noticia, que publicó el diario inglés The Guardian con grandes titulares, las protestas contra la sentencia y el apoyo internacional no se hicieron esperar. De algún modo, Fayadh tuvo suerte: la pena acaba de ser conmutada y reemplazada por 800 latigazos y ocho años de prisión. En 2015, más de 500 personas fueron ejecutadas por casos –similitudes más, diferencias menos– como el de él.
La activista y escritora árabe Mona Kareem, que lideró los reclamos por la liberación de Ashraf Fayadh, tradujo al inglés el año pasado algunos de los poemas «polémicos» que le hicieron al escritor ganarse la pena de muerte. De esa traducción surge, a su vez, esta versión al español. Es un camino complejo para llegar a los versos de Fayadh, y en ese camino de seguro muchas cosas se habrán perdido. Pero quizá haya que conformarse con lo que sigue latiendo a través de las lenguas, con la fuerza del remezón poético que esta lírica condenada a muerte es capaz de provocar.



Poemas prohibidos

de Ashraf Fayadh
Versión de Fernando G. Toledo

1

el petróleo es inocuo, excepto por la estela de pobreza que deja tras de sí

habrá un día en que las caras de los que encuentran otro pozo de petróleo se oscurezcan,
cuando le insuflen vida a tu corazón para extraer más petróleo de tu alma
para uso público
esa es la promesa del petróleo, una auténtica promesa

la final.


2

se dijo: pónganlo ahí
pero algunos de ustedes son enemigos de todo
así que déjenlo ya

véanse a ustedes mismos desde el fondo del río;
los de arriba tengan un poco de piedad con los de abajo…
los desplazados están indefensos,
¡como la sangre que nadie quiere comprar en el mercado del petróleo!


3

perdóname, discúlpame
por no ser capaz de extraer más lágrimas para ti
por no murmurar tu nombre en la nostalgia.
apunté mi rostro hacia el calor de tus brazos
no tengo otro amor más que a ti, nada más que a ti, ¡y soy el primero de tus pretendientes!


4

noche,
eres inexperta con el tiempo
escaso de gotas de lluvia
que podrían lavar todo lo que resta de tu pasado
y librarte de lo que llamas piedad…
de ese corazón capaz de amar,
de jugar,
y de cruzarse con tu obscena retirada de esa decadente religión
de ese falso Tanzeel [*]
de esos dioses que han perdido su orgullo.


5

eructas, más de lo normal
como los bares que bendicen a sus visitantes
con recitados y atractivas bailarinas

acompañado por el DJ
recitas tus alucinaciones
y dices tu alabanza por esos cuerpos que le danzan a los versos del exilio.


6

él no tiene derecho a caminar sin embargo
o a correr sin embargo o a llorar sin embargo.

él no tiene derecho a abrir las ventanas de su alma,
a renovar el aire, sus residuos y sus lágrimas

tú tiendes a olvidar que eres
un pedazo de pan.


7

en el día del destierro, ellos se quedan desnudos,
mientras tú nadas por las oxidadas tuberías del desagüe, descalzo…

esto podría ser saludable para los pies
pero no para la tierra


8

los profetas se han retirado
así que no esperes a que el tuyo venga a ti

y para ti,
para ti los supervisores traen sus informes diarios
y ganan sus altos sueldos…

cuán importante es el dinero
para una vida digna.


9

mi abuelo se queda desnudo todos los días
sin destierro, sin creación divina…
yo ya he sido resucitado sin un golpe piadoso a mi imagen
yo soy la experiencia del infierno en la tierra…

la tierra
es el infierno dispuesto para los refugiados.


10


tu sangre muda no hablará
mientras te enorgullezcas de la muerte
mientras sigas anunciando –en secreto– que has puesto el alma
en manos de aquellos que no saben nada

perder tu alma va a costarte tiempo,
bastante más de lo que te llevará consolar
a tus ojos, que han llorado lágrimas de petróleo


(*) Tanzeel es un nombre masculino, común en árabe. Significa «Revelación».


jueves, 28 de enero de 2016

La historia de un poema de Alejandra Correa





por Alejandra Correa*

Especial para El Desaguadero


Hay un poema que no cesa, que se escribe cada octubre renovado. Luego de tantos años, su cuerpo es un tejido denso integrado por pequeñísimos organismos de carácter fragmentario, extraídos con obsesión de orfebre de ese yacimiento arqueológico que es la infancia. Ese tejido contiene huesos, atardeceres azulados, materia orgánica, olores impresos en las profundidades de la memoria, dolores sedimentados e imágenes que tienen la posibilidad de adquirir nuevas tonalidades con cada primavera. Es el poema del mito personal y por eso se consagra a su propia reinvención. Un animal hambriento que se ha vuelto autosuficiente con el tiempo: cuanto más se escribe, más necesita ser escrito.

Pero no hablaré de ese poema.

Hablaré de este otro que irrumpe desde un sitio que podría decirse «nuevo» si no fuera tan viejo como el mundo. Tiene las características de una epifanía, no sabemos nada de su primera combustión, aunque podríamos sospechar que se trata de un estado del alma en suspenso y que, por su propia característica de aire, logra alejarse de ese otro poema, el que hunde sus raíces en las profundidades de la tierra y el pasado.

Así surgió este poema al que llamo La canción del bosque.

Un invierno visitábamos Solanas, en la costa uruguaya. La casa estaba a orillas de un bosque denso. Nicolás, uno de mis tres hijos –de entonces 9 años– quiso acompañarme a hacer una primera caminata.

Íbamos charlando hasta que en un momento nos ganó el sonido crujiente de nuestras pisadas. A los pocos minutos estábamos en silencio e inmersos en otra realidad. Se había abierto una puerta nueva y un lazo mágico nos unía a la respiración de los árboles. Él señalaba algo y yo entendía qué quería decirme sobre ese asombro, sin una palabra. A su vez, mi descubrimiento, despertaba una media sonrisa en él. Éramos viejísimos: teníamos la edad del bosque.

En otras caminatas con él, con Marina y Francisco –sus hermanos–; o con Javier, mi marido, saqué cientos de fotos. Buscaba recuperar el misterio, hacerlo tangible. ¡Oh, lo imposible y su poder de gravitación!

Desde entonces, en ese procedimiento que propuso el misterio del bosque, la fotografía empezó a ser para mí un camino siempre abierto para retener fragmentos visuales antes de que llegaran a enunciarse con palabras (o al menos hacer el intento): luces, sombras, texturas, tonalidades. Años después del bosque, la fotografía sigue siendo esa herramienta con la que intento escuchar lo que dice la luz.

Este es el poema.



La canción del bosque

Esta es la canción del bosque
dijo uno de los niños que di a luz
en septiembre

De su mano brotó un pájaro claro
que se hizo hojarasca
para caer a sus pies

con la levedad del viento

Pude pedirle que me mostrara
cómo había logrado encantar la materia

que me dijera
qué sabe él de los pájaros de fuego y aire
cuando lo cierto se esconde

pero hay cosas que no se le preguntan a nadie
ni siquiera a un hijo al que vimos nacer

Detrás de la maraña de ojos que anida el bosque
detrás de los zorros grises que todo lo saben
y de las pequeñas ardillas de cuento
fuimos en larga travesía
encarnándonos en el vientre de la noche

Quién sabe por qué me llevó de la mano
como si yo fuera la hija

Qué esperaba encontrar
al borde del mundo
donde los últimos hombres
hace tiempo
mutaron en árboles

Poema inédito (2009)

*Alejandra Correa, 1965, Río de la Plata. Es poeta y artista visual. Publicó los libros de poesía Río partido (1998), El grito (2002), Donde olvido mi nombre (2005), Cuadernos de caligrafía (2009 y 2014), Los niños de Japón (2010), Maneras de ver morir a un pájaro (2015) y Si tuviera que escribirte (2015, Madrid). Recibió el III Premio Nacional de Artes Visuales de Argentina (rubro textil) en 2013, el I Premio Nacional de Literatura para niños y el II Premio Nacional de Poesía otorgados por el Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay en 2014. Ha trabajado como comunicadora social, editora gráfica, periodista y gestora cultural. Es una de las creadoras de la Audiovideoteca de Escritores de Buenos Aires, de la cual fue codirectora durante 7 años. También trabajó en la creación de la Red Federal de Poesía y el I Festival Federal de Poesía (marzo 2015) junto a Julia Magistratti y Marisa Negri. Coordina desde 2010 el Festival de Poesía en la Escuela junto a Marisa Negri.

lunes, 18 de enero de 2016

La historia de un poema de Jotaele Andrade

Jotaele Andrade (y compañía).

por Jotaele Andrade*
Especial para El Desaguadero


Reconstruir un poema, o los sucesos que dieron en él, constituye por sí mismo un extrañamiento ontológico para quien, como yo, piensa que la poesía es una categoría de elemento, como el fuego, el agua, el aire y la tierra. Pudiendo prescindir de ese extrañamiento noto que por su naturaleza elemental, un poema se construye de un modo plural, casi inasible. O, al menos, inasible en una referencia totalitaria.

Recuerdo los canales comunicantes que dan en la escritura de un poema: el termómetro emocional, el horario, el insomnio o no, las formas de las nubes trayendo la tormenta; la «imagen» total que configura el espectro poético que luego debo trasladar al idioma pero contar esa historia a través de un proceso de reconstrucción, de modo que se realiza el proceso de ordenación de un cubo de Rubik, me está vedado, por impericia personal, nada más.

Puedo referir, sin embargo, un lugar: el patio de casa de mi madre, donde muchos de los poemas han surgido como revelación, epifanía, como autopsia de algún hecho, como material dado por el mismo conjunto de ciruelos, trozo de cielo, trastes arrumbados, perímetro donde uno es sucesivamente, otra vez, todos los que ha sido.

Es un lugar perdido en una provincia donde me gusta mirar las estrellas, ver el golpe veloz de alguna luz sobre las telarañas, pensar sobre la existencia.

Uno de tantos amaneceres me encontró ahí. La luz caía, encerrada en sí misma, gris, sucia. Recostado contra el marco de la puerta, mirando la cadencia del viento entre las ramas, la monotonía del patio con sus cosas, cavilaba sobre la existencia: qué es existir, qué el mundo, yo ahí, en mi vida, los otros, el universo. El conjunto era un cuadro desalentador y opresivo. Ahí estaba: arrasado por la existencia o, como mejor dijera José Agustín Goytisolo, llevado porque «la vida ya te empuja como un aullido interminable». También como un agujero en la nada.

Entonces sucedió una pausa. O creo que fue eso. Los árboles dejaron de moverse, la luz recortó cada cosa y pude ver las vetas de los ladrillos en los muros de las casas vecinas, la tierra cuarteada, la gramilla, los trastos, todo en sí mismo, fue en ese estatismo que cayó una hoja desde uno de los ciruelos. No es mucho más lo que puedo aportar sin caer en el poema en sí mismo.

Desde siempre se discute si para hablar de poesía hay que hacerlo de modo poético o no. No resolveré esa cuestión pero mientras escribo esto, recuerdo que hace poco soñé que alguien daba un discurso y que, una vez que se bajó del estrado, con cara de preocupación rememoraba sus palabras y espantado descubría que había habido indicios de filosofía, no muy hondos pero lo suficientemente claros como para ser detectados por él, y su espanto provenía de la posibilidad de «que pueda sucederme un rasguño metafísico». La poesía que me emociona es una cuchillada metafísica. Este poema quizás sea las huellas de eso en mí.




Cae una hoja del ciruelo

amanecía y yo me atareaba
en ciertas cavilaciones

en ciertos corajes
en la sangre que es un vino
que se agria

el viento se esforzaba
también
entre las ramas

ah qué pesado el andar
entre las orillas
briosas del pensamiento
me dije

qué atroz ir cargando
las grandes preguntas

la frágil permanencia entre la furia
orgiástica
de la vida y la muerte

fue entonces
que dio en caer una hoja
del ciruelo

no hubo un chasquido

no sucedió el estruendo que provoca
un árbol
al caer

se desprendió
girando sobre sí misma
y fue
blandamente
a dar contra la tierra

a confundirse
sin más
entre todas las demás hojas
caídas

dentro de poco ella y las otras
se perderán
en el ciclo de las estaciones

y sin embargo cada vez que recuerde
el modo en que se recortó
en el horario encapotado del amanecer
la forma singular en que daba vueltas
sobre sí misma
esa hoja seguirá cayendo
conmigo

acaso
me digo
tal vez existimos para ser la memoria de estos sucesos


De la antología Los sobrinos bastardos de Arlt (Ediciones de La Eterna, 2015)


*Jotaele Andrade
, La Plata, 1974. Ha publicado El salto de los antílopes, 2012 (editorial El mono armado); El oleaje del mundo, 2013 (editorial Azul); Elefantes con anteojos (selección), 2013 (Edición de bolsillo, editorial Morosophos); Elefantes con anteojos, 2013 (Cartonerita Niña Bonita, España); La mano del verdugo, 2014 (Ediciones de La eterna); Los metales terrestres, 2014 (editorial Añosluz); participó en la antología Los sobrinos bastardos de Arlt (Ediciones de La Eterna, 2015). Ha coordinado talleres literarios y distintos ciclos poéticos. Desde 2013 coordina el Festival Internacional y Acampada poética de la ciudad de Azul.

jueves, 31 de diciembre de 2015

El Desaguadero / Número 17


ENTREVISTAS

por Paula Seufferheld


NOTAS Y ENSAYOS

por Hernán Schillagi

por Marcelo Leites


LA HISTORIA DEL POEMA

por Patricio Foglia

por Ricardo Costa

por Alejandro Méndez Casariego

por Denise León

por Marcelo Díaz

por Silvia Castro

por Sandra Cornejo

por Fredy Yezzed


INFORMES Y CRÓNICAS

por Hernán Schillagi


RESEÑAS CRÍTICAS

por Fernando G. Toledo

por Hernán Schillagi

por Fernando G. Toledo

por Hernán Schillagi

por Fernando G. Toledo




martes, 22 de diciembre de 2015

Entrevista a Sergio Pereyra

«En mi vida no hay otra pasión más perdurable que la palabra escrita»




Entrevistar a un amigo que se conoce bien tiene algo de puesta en escena. Hay que sacar la regla larga y trazar distancia. Olvidar los guiños, las frases que empieza uno y termina el otro,  los secretos «de estado» compartidos, el tramo de vida que llevamos conociéndonos. Borrar sus posturas, su lenguaje gestual y el tiempo que tardamos en aprender a descifrarlo. Si el amigo es escritor, como en este caso, es conveniente también ejercitar la desmemoria. No lo hemos leído y releído durante diez años. No se nos ha ocurrido criticarlo y también admirarlo. Jamás osamos hacerle correcciones. Estamos frente a él, despojados, buscando la sorpresa de la respuesta, el knock out que no duele.  
Por suerte –si no era un plomo–, esta pseudoteoría de cómo hacer entrevistas a seres queridos se desmorona por completo cuando Sergio Pereyra, el entrevistado en cuestión, sube por las escaleras de mi departamento. Viene a la cita en bicicleta, como un viejo cartero y trae lo pedido: tequila. La secuencia parece y será previsible con el paso de las horas: charla, risas, pucheros –el alcohol es un enfermo ciclotímico– y dolor de cabeza. La distancia también se desvanece ante la primera papa frita disputada en la generosa picada preparada para nutrir la conversación. (Confieso: nunca tuve regla larga). La excusa es hablar sobre su primer poemario, Un objeto transparente (Libros de Piedra Infinita, 2015), pero la noche tiene una verborragia meandrosa, impone temas, quiere saber más del que escribe, del que se cobija en sus textos. La periodista, sometida a estos designios nocturnos, terminará por esbozar un retrato completo, pero muy a su manera, del que está del otro lado de la mesa.

-Es inevitable preguntarte por el título del libro, ¿por qué Un objeto transparente?, ¿para mostrar un vacío, un desamparo? ¿Para mostrar un lleno?
-El título es una deformación del último verso del último poema, poema que armó el libro, porque percibí que en él había un hilo del que, por supuesto, tiré. Entonces, me di cuenta de que los textos, escritos a lo largo de bastante tiempo, hacían una especie de inventario de mis múltiples intentos (una vez, y otra, y otra más –títulos de las secciones que componen el poemario-) por apreciar mi vida como un todo compacto, como un cristal reluciente. Ahora que lo pienso, la imagen era la de una copa. Pero como los años no vienen solos, en algún momento me topé con la certeza de que uno nunca sabe todo. Con mucho esmero apenas puede llegar a saber algo de sí mismo. Y fue allí cuando el objeto transparente original se enturbió en un objeto casi transparente.  

-El libro se sostiene en columnas de materiales muy opuestos: por un lado, la levedad de tus poemas de tópico amoroso, casi siempre crónicas nocturnas entre juguetonas y melancólicas; por otro, el peso y la profundidad de los versos donde evocás escenas familiares, momentos de la infancia. Ese tránsito entre lo trivial y lo denso, ¿es un efecto buscado?, ¿tiene que ver con la forma o con los contenidos?
-Creo que todo este asunto de escribir no tiene que ver con otra cosa que con la forma. Los contenidos, sospecho, están bien para los científicos. Si un médico, por ejemplo, en un congreso dice una perogrullada es muy probable que lo expulsen de la asociación que integra. Para los poetas todo pasa por la forma. Ojo, tampoco es que podamos mandar fruta, onda: «aprovechá este día porque es el único que tenés», o algo por el estilo, porque si bien nadie te va a echar de ningún lado, lo más probable es que se te rían en la cara. Con respecto a eso que preguntás sobre levedad y densidad, puede ser que la mirada sobre la noche sea más lúdica, más alcohólica que la mirada sobre la infancia que tiene siempre algo de elegíaco.


Ronda de tequila

-Hoy es noche de «rondas», tomá el vasito de tequila fuerte, acá tenés el limón y la sal; ahora, contestame estas preguntas antes de que esta alegría falsa encuentre su amanecer. Sospecho que detrás de muchos versos estás vos, descarnado. Nada de «yo poético», «autor desprendido de su obra», si te he visto, librito, no me acuerdo. El juego es el siguiente: vas a intentar responderle a tus versos, ¿preparado?

-¿Te parece? 

(Hay resignación pero también curiosidad en sus ojos).

-Me parece.

(Sergio se inquieta, quizás deba elaborar respuestas impensadas y alivia su tequila con gaseosa de lima limón).

-Tarde, muy tarde, ¿has llegado a casi todo?
-Sí, he llegado tarde a todo. Creo que cuando uno es demasiado analítico corre el riesgo de irse a la banquina. Yo lo hice. Me fui a la banquina y allí estuve mucho tiempo, cavilando y cavilando. Y la gente cavilosa, como todo el mundo sabe, no es muy dada a la acción.

-Los álamos de la infancia, ¿siguen siendo centinelas erguidos?
-Lamentablemente, no. Esos álamos fueron talados por orden de algún propietario que, no sé por qué, se creyó con derechos sobre lo público. Bah, sí sé por qué. Todos conocemos el modo de proceder de los patroncitos de finca.

-¿Con el día llega el miedo y con el miedo la noche?
-A veces sucede que a uno lo agarra una sensación o una idea durante mucho tiempo y,  sin que nos percatemos, aparece la noche. Pero, por suerte, no poseo una personalidad trágica. Los años adiestraron mi cerebro para hacer foco en lo absurdo, de los otros y de mí. De manera que, cuando se me viene la noche, la carcajada suele iluminarla.

-¿Es falso que vivas solo para vos?
-Los solitarios, desde afuera, damos la impresión de estar entregados a una insufrible egomanía. Y aunque en parte es real, en mi caso también vivo para mi familia, mis amigos, mis alumnos, algún amor. Sería muy aburrido estar todo el tiempo con el ojo apuntado a mi ombligo. Esto por un lado. Por el otro, siento una gran curiosidad por la gente. Por lo tanto, presto una atención intensa a lo que se me cuenta, a lo que escucho por ahí; en principio, supongo que es una consecuencia del entrenamiento adquirido en el chisme de pueblo, pero pasada esta instancia medio morbosa, siento un interés genuino por la historia del otro, concretamente por los detalles de su historia.

-El aroma animal de un cuello, ¿puede arrastrarte al principio de la historia, Adán hechizado?
-En alguna oportunidad he experimentado esa sensación. Sé que otros también lo han hecho. Un aroma hace que uno olvide quién es, de dónde viene, adónde va. Uno se convierte en pura nariz. Es muy primitivo y fascinante.

-¿Qué oscuros presagios carga un cuerpo deseado?
-Cada persona que nos cruzamos tiene un pasado. Si esa persona se convierte en una persona querida o amada, esto tan obvio se vuelve lamentable. Uno quisiera que al conocernos esa persona olvidara todo, que nunca hubiera tenido otros amigos, otros amantes. Marguerite Duras, en alguna entrevista, dice algo muy genial. Dice que si las personas que están comenzando a amarse hablan de la infancia es porque quieren extender los dominios del amor hacia el pasado. Lo que, por supuesto, es una empresa destinada al fracaso. En cualquier caso, el peor presagio que podemos leer en un cuerpo deseado es su falta de deseo hacia nosotros.

-¿Todavía desempolvás el gorro gris para inaugurar tus inviernos?
-Un gorro gris que no era mío, que era un recuerdo. Sospecho que, como canta Érica García, «el tiempo hace poesía con los errores». O sea, uno siente que hizo todo mal, que metió la pata, que podría haber funcionado. Pero no funcionó y no ha quedado nada. Excepto un gorro gris que uno se calza hasta las orejas. Así, como quien no quiere la cosa, alguien que ya no está cerca, por obra de la materialidad de la lana, no solo está fuera sino también dentro de nuestra cabeza. Y con esa presión sobre la sien uno sale a pagar las cuentas.

-¿Tu optimismo ya sabe ordenar las piezas del rompecabezas de lo vivido?
-Mi optimismo es a prueba de balas. Incluso en los momentos en los que siento que nada tiene sentido, que el universo es una gran porquería, veo algo, mínimo, y a eso me aferro como lo haría el héroe de una peli de la soga de un globo aerostático para zafar de una muerte segura. A veces, esa soga es la poesía, la que intento escribir, pero sobre todo la leída. No porque lea poetas especialmente jocosos, sino porque me conmueve una existencia dedicada a la creación de belleza. Sí, eso, que en el mundo haya poesía y poetas, artistas en general, me lo vuelve más respirable.

-¿Ningún caramelo endulza cuando el insomnio persiste?
-Es muy hijo de puta el insomnio. Impide pensar con claridad. Uno quiere estar dormido, hace fuerza para dormirse y mientras más fuerza hace, más se aleja del objetivo. Y, en el estado de agotamiento que sucede a esta batalla, no es extraño que solo aparezcan imágenes horribles. En mi caso particular, el insomnio es doblemente perjudicial, pues no solo me estropea la cabeza, también me arruina los pulmones: nunca fumo tanto como durante mis insomnios.

-¿Cuándo la confianza en las palabras comienza a flaquear?
-Afortunadamente, no muy a menudo. Tengo confianza en las palabras. Tengo amor, devoción. Me gusta su sonido, me fascina su forma escrita.

-¿En qué momentos practicás la sonrisa de Elvis en el espejo?
-Cuando quiero darme aliento, cuando quiero ser seductor, cuando me siento lujurioso, porque como dice Gonzalo Rojas en unos versos que cito en el libro: «no todo será lujuria pero qué portento / es la lujuria». ¿No es hermoso?

-¿Soñás la escritura de poemas concebidos de un tirón?
-Sí. Me encantaría que un poema me saliera de un tirón. No pasa, sin embargo, de una fantasía infantil. Como poeta soy el editor de un filme de Maurice Stiller. Es decir, escribo poemas largos (llenos de anáforas y paralelismos bobos) que luego de varias semanas, incluso meses, se reducen. De cualquier modo, no es una operación que me resulte especialmente ingrata. Al contrario, me divierte.

-¿El pescador impenitente conoce el riesgo de hundir las redes en el pasado?
-Como tengo la cándida obsesión de ser completo (yo y los que fui), me irrita el olvido. Pero soy obsesivo, no estúpido. Entonces, aunque sé que al hundir la red en el mar del pasado puedo encontrarme con alguna que otra piraña, igual, con cautela (como verás estoy muy spinoziano), la hundo. Prefiero arriesgarme a un mordiscón que habitar el desierto de no saber quién soy o de dónde vengo.


Ronda de café

El juego termina. La noche se pone sobria. Se abriga. Este noviembre, atípico, está enfermo de invierno. La entrevista toma un cauce más convencional sin perder interés. Hace falta un café, un trozo de chocolate y concentrar la atención en la historia de un adolescente que se introdujo en la lectura gracias a una vecina que le prestó algunos best sellers de los 70 y 80, Harold Robbins, Sidney Sheldon, entre otros para luego deslumbrarse con libros más serios. «Simone de Beauvoir fue la primera autora que conocí (y amé). Todavía hoy, cuando la releo, me impresiona su inteligencia. Con ella descubrí que la literatura era algo más que contar una historia».

-¿Cuándo comienza tu escritura poética?
-Comenzó hace muchos años. Casi intuitivamente. Si bien no había leído mucha poesía, sí escuchaba y, esto es fundamental, copiaba canciones. Si a eso le sumás que era un adolescente ansioso por hacer catarsis, la cuenta cierra. Entonces, así comencé, hablando de mí por escrito. Luego, por supuesto, avergonzado me percaté de que «eso» no tenía nada que ver con la poesía. Pero en el medio estuvo la facultad de letras, años durante los cuales no escribí casi nada.

-Sabemos de tu paso por la carrera de Abogacía, ¿qué hizo que decidieras abandonarla y comenzar Letras?
-No sé por qué entré. Sé por qué salí: me aburría como un hongo. Y leía literatura. No estudiaba Derecho por estar dale que dale con las novelas. Sin embargo, ahora no rechazo ese período, todo lo contrario, porque a veces me descubro diciendo algo que no sé cómo sé. Más tarde, cuando lo analizo, caigo en la cuenta de que lo aprendí con los cuervos.

-Recuerdo los poemas en prosa que publicabas en los comienzos de tu blog Planeta Sergio, ¿ya escribías en verso o a partir de esos textos comenzaste a buscar una forma más rítmica a tu producción?
-La realidad es que siempre escribí en verso, pero como le profesaba un respeto casi reverencial, en cuanto terminaba un poema, lo prosificaba para publicarlo. De alguna manera me sentía menos expuesto a las críticas respecto de lo formal, que en esa época manejaba con menor fluidez.

-Transmitir una idea, expresar un sentimiento, un estado de ánimo; la poesía es vehículo para lo uno y lo otro, ¿cómo lográs armonizar el tono intelectual y el sentimental en tus poemas?
-Yo, como Sandra Mihanovich, soy el que soy. O sea, soy una persona bastante sensitiva pero también un ratón de biblioteca. Eso y, además, la infancia en el campo que también ha dejado su huella. A mis amigos, suelo decirles que soy una especie de «María de nadie» que pasó por la universidad. Es decir, cuando estoy en el proceso de edición, vigilo que esta mezcla se produzca sin que ninguna faceta se imponga sobre las demás.

-¿Cuáles son tus prácticas de escritura?, ¿han ido mutando con los años?, ¿de qué manera?
-Como te decía antes, escribo mucho. En un cuaderno. Con una lapicera que me regaló una amiga poeta. Me gusta ese trazo grueso. Escribo como siguiendo un dictado. Luego, tacho, corrijo y vuelvo a tachar. Más tarde tipeo. Allí comienza la odisea por convertir esa masa informe en un poema aceptable. Trabajo sobre varios aspectos. El central es el sonoro, pues para mí, como dice la gran Idea Vilariño: «un poema es un hecho sonoro o no es nada». Un trabajo que, en ocasiones, demora meses. A ver, te lo grafico. Me levanto, enciendo la computadora (que está en la cocina) y, mientras, pongamos por caso, lavo el piso, leo en voz alta y corrijo. Esta es una de las razones por las cuales mi casa no está nunca del todo presentable.

-¿De qué modo marcó tu escritura haber sido becario del Taller del Fondo Nacional de las Artes que dictó aquí en Mendoza Tamara Kamenszain en 2013?
-Fue una experiencia muy agradable. Por Tamara que, además de una poeta hermosa (El libro de los divanes es lo más interesante que leí este año), es una persona encantadora. También por los compañeros del taller. En cuanto a la escritura en sí, me volví más reflexivo sobre algunas cuestiones técnicas. Por ejemplo, el tema (tan espinoso siempre) del corte de verso, el uso o no de encabalgamientos, cuándo echar mano a la tercera persona, entre otras. 

-¿Qué preocupaciones formales tenés en la actualidad?
Por estos días mi preocupación más intensa es que mi lengua escrita simule mi lengua oral, mezcla de lengua del campo mendocino con la lengua de un universitario. Por ejemplo, dudo entre «perro» y «choco». Por ahora, elijo «perro» porque mi mamá nunca dijo «choco». Quizá si ella lo hubiera usado… De repente pienso en la influencia enorme de la lengua materna en cada uno de nosotros.

  -Y ya que trajiste al choco… creo que se puede hacer poesía sobre cualquier tema: lo cotidiano, lo fantástico, lo existencial, lo trascendente. ¿Sobre qué tópicos te interesa escribir hoy?
-Me interesa todo lo que sucede a mi alrededor, siempre y cuando pase por mis ojitos. En los últimos meses me he encontrado escribiendo sobre asuntos ya antes abordados. Cuando me percato de que está sucediendo, y a riesgo de repetirme, no me detengo, sigo. Quiero contrastar mi mirada de hoy con la antigua. En general, percibo que ya no miro igual. De algún modo, poesía y análisis, en tanto revelan aspectos desconocidos de las cosas y de mí, me han obligado a dejar de lado la ingenuidad y la queja.

-Te autodefinís como un ratón de biblioteca pero quienes te conocemos, Pereyra, sabemos de tu pasión por la música pop, por sus referentes. Ratón que sale de la biblioteca y se va a bailar…
El mundo pop es un lugar festivo. La vida como una noche de boliche. Con algunos reveses, por supuesto: la luz cortada, alguien que apaga su cigarrillo o vuelca el fernet sobre tu remera nueva, la persona que te gusta no se va con vos. Esas cosas.

-El director de cine Álex de la Iglesia define estos reveses que describís como una falsa fiesta. La alegría es impostada pero la mantenemos hasta que cortan la música y apagan la luz.
-Algo así. Pero no estoy tan de acuerdo. Para mí, es el sitio donde se comparte la alegría de estar vivos. Auténtica alegría. Entre las personas que más admiro están Morrisey, Federico Moura, Neil Tennant, Gustavo Cerati, Debbie Harry, Andy Bell, Chrissie Hynde. Pienso mucho en ellos. Algún día me gustaría escribir sobre ellos.

-¿Otras pasiones?
-La palabra escrita. Hoy, si miro para atrás, no encuentro en mi vida otra más perdurable e intensa. Suena horrible esto que digo, pero así lo siento.

A la noche todavía le quedan restos de chocolate, una playlist de temas pop de los 80 en YouTube y la despedida al cartero de tequila. Él se alejará mansamente en bicicleta, haciendo pequeños zigzags, como quien piensa andando o escribe mientras suben y bajan los pedales.

***

Tres poemas de
Un objeto transparente
de Sergio Pereyra





Contra el vacío

Como quien agarra el picaporte
lo baja empuja la puerta, escribo

escribo para meterme
en la pieza de los trastos
donde los ojos de la muñeca decapitada
se burlan de mis ganas de fugarme
en el filo de la navaja roja
y tras la polera de cuello diminuto
se esconde la revista que enciende
los deseos prohibidos

escribo para andar a tientas en el desorden
y a tientas tomar un recuerdo
traerlo al presente no para adornar
sino para ser menos
un agujero que un algo colmado
a puras penas pero colmado.


Pero este poema

Las paredes ahora blancas
fueron antes de un rosa tenue
aunque desmejorado
el jardín es el mismo

pero este poema
no debería versar sobre escenarios
debería fijarse en los personajes
sobre todo un chico que en la calle
de los álamos erguidos como centinelas
se pregunta por qué dejar el amor de su casa
en busca del infierno escolar

pero este poema
para no devenir melodrama
debería poner el ojo
en la fuerza protectora del hermano mayor
en la alegría de las mochilas
recogidas en el ropero durante el verano

pero este poema
no debería olvidar que pese a todo
el chico creció, se hizo inmune
a la lengua venenosa del pueblo

como se ve
ni tan dichoso ni desafortunado
este poema que aspiraba al largo aliento
para no caer en fábula didáctica
deja de mover sus labios aquí.


Pescador impenitente

Como lago dormido
en las sombras
yace el pasado

bien lo sé
insobornable

aun así
una vez y otra
y otra más
-pagado el tributo-
hundo las redes en él
en busca del secreto
que vuelva mi vida un objeto
casi transparente.