lunes, 2 de abril de 2018

El Desaguadero / Número 19



Una revista de poesía 
escrita por poetas

*

ENTREVISTAS

por Augusto Munaro


LA HISTORIA DE UN POEMA

por Liliana Lukin

por Silvina López Medin

por Osvaldo Picardo

por Eduardo Espósito

por Valeria Pariso 

por Luis Benítez

por Patricio Torne


NOTAS Y ENSAYOS

por Hernán Schillagi


REPORTAJE HAIKU

por Hernán Schillagi


LA EXCUSA DEL POEMA

por Hernán Schillagi


RESEÑAS CRÍTICAS

por Hernán Schillagi

por Hernán Schillagi

por Fernando G. Toledo

por Fabián Almonacid

por Diego Roel

por Fernando G. Toledo

domingo, 25 de marzo de 2018

Entrevista a Enrique Campos



El oro del sentimiento

Por Augusto Munaro
Especial para El Desaguadero

Hoy es lejano (Ivan Rosado), el quinto libro del poeta Enrique Campos se afirma sobre una escritura que ha sabido tejer en la unidad de sus temas, en la persistente y singular mirada que enriquece la experiencia, un tono personal, un pequeño universo que se construye y renueva en cada lectura. Versos que transmiten sensaciones a través de atmósferas que no eluden la emoción. Porque para Campos, el núcleo de la verdadera poesía ha sido y será siempre el sentimiento. 

–Hoy es lejano, me refiero literalmente al título, desprende una connotación un tanto nostálgica.
–La verdad es que no escribo poemarios pensándolos como tales. Escribo poemas sueltos y al cabo de un tiempo, cuando veo que llego a un cierto número, o cuando noto un cambio de tono o de emoción, suelo decir «basta» y releerlos. En esa relectura me vuelvo consciente de algún hilo que quizás me atravesaba en el tiempo que escribía esos poemas y en esa línea intento estructurar el poemario. Generalmente el principio y el fin de ese proceso coincide con alguna vivencia personal, una etapa que termina o algo así. En el caso de Hoy es lejano no me es tan claro porque lo dejé medio de lado al escribir, corregir y publicar mi siguiente libro, que aunque salió antes, es más mi último libro que éste. Así que al volver luego a Hoy es lejano, porque no me gusta dejar sin publicar las cosas mientras tenga la oportunidad de hacerlo, noté que no tenía mucha conexión con el sentimiento que había detrás. Era como si estuviera corrigiendo poemas ajenos. De ahí quizás el título y la idea de lejanía. No sé si fue intencional la verdad, ahora me gusta pensar que sí… Pero en realidad no lo sé. Es mi libro menos mío de alguna forma. Donde esa lejanía me puso en un lugar en el que no había estado antes. Fue distinto. Suelo estar emocionalmente más cercano al corregir y esta vez estuve más frío.

–En Hoy es lejano, como en el resto de tu obra, hay versos alucinados que elaboran paisajes oníricos. «Sólo están los pinos ahogados en la / niebla; una muralla acostada sobre los huesos / sin / nombre». O bien: «En la oscuridad de los puertos que seca el tiempo, / entre la arena y el barro, se asoman las manitos de / uñas cortas». ¿Pensás que existen vínculos relacionables entre tu poesía y los sueños como espacio de creación?
–Sí, totalmente. No es algo buscado. No me levanto con un bloc y una birome en la mano y escribo un sueño, pero sí soy muy consciente del mundo interior que tenemos. El mío propio lo cultivo desde que tengo memoria. Es casi como una vida paralela de sueños, ilusiones, fantasías y dolores desgarradores, que muchas veces es hasta más fuerte que mi mundo real. No porque esté loco, sino porque es un lugar de mucha riqueza creativa. La vida también lo es, y ese mundo onírico obviamente nace de esa realidad concreta, pero luego se transforma en algo más lúdico y maleable, menos rígido. Y eso me gusta. No me parece que lo onírico sea opuesto a lo costumbrista o a lo cotidiano, me parece que conviven dentro de uno mismo. Y lo que para muchos puede ser algo alucinado o surreal, para mi generalmente, mientras no pierda conexión con el sentimiento, es algo completamente verosímil.

–Resulta evidente tu interés por el surrealismo…
–Me parece que el surrealismo es algo que se me vuelve completamente cotidiano. Me interesan los límites de la racionalidad y me interesa pasarlos y ver qué hay después. Y creo que lo que más me interesa de lo que hay después son los sentimientos o las emociones, en el estado más puro. Sin tener que ajustarse a ninguna lógica de la razón, o a la imágenes preestablecidas que las identifican. El sol, la luz, el calor no necesariamente tienen que indicar amor, cariño, valentía, etc. Al igual que la noche, el frío y la oscuridad, no tienen por qué necesariamente indicar miedo, dolor, angustia y soledad. A veces sí, y está perfecto, pero a veces hay otras imágenes, y pararme sobre esa barrera mirando hacia los dos lados me parece un desafío que disfruto mucho. No hablo necesariamente del surrealismo como movimiento artístico, hablo de una conexión personal con ese otro lado de la razón, de una cierta idea de diálogo, y me encanta.

–El libro está estructurado en dos partes: I. Un paseo que tanto se parece a la imperfección y II. Así la tarde de espinas… ¿Por qué?
–No hay mucha justificación para eso en mis libros en general. Suelo ser bastante intuitivo en el armado y el ordenamiento de los poemas. Los títulos, en todos los casos, siempre surgen de mi libro anterior, son versos de mi libro inmediatamente anterior. Tanto los capítulos internos como los nombres de los poemarios. Salvo el primero que lo tuve que inventar, y el que saldrá a fines de este año, para el que decidí salirme de ese gesto innecesario que me tenía un poco preso. No me gusta ponerle títulos a los poemas, siento que estoy induciendo al lector a leer desde alguna óptica o algo así. En cambio no me parece mal dividir un libro en partes, si es que dentro de cada división hay una cierta lógica narrativa, aunque sea sólo para mí. Además como lector me gustan los capítulos en general, siento que me dejan abrir y cerrar una puerta chiquita en contraposición a tener que abrir y cerrar toda una casa, o lo que es peor, irme a dormir sin terminarlo y dejar la puerta de la casa entreabierta. Miedo.


–¿Te identificás con alguna tradición poética?, ¿algún autor que haya despertado tu interés en particular?
–Aunque suene quizás medio adolescente, me identifico bastante con el surrealismo y el decadentismo, desde los poetas malditos hasta los beats. Me fui volviendo un poco más romántico me parece, hasta barroco por momentos quizás, pero una cosa no quita la otra. Tampoco tengo una formación literaria muy profunda, no leí tanto como me hubiera gustado ni estudié historia o teoría literaria como para poder contestar esta pregunta con un poco más de información y respeto. Empecé a escribir por Rimbaud, como seguramente muchos poetas lo hayan hecho. Y aunque no lo releo hace mucho ni consulto a ninguno en particular, me suscribí instantáneamente a esa forma de escribir mucho más visceral, impulsiva y emocional, que a las vertientes más academicistas, correccioncitas o metódicas.

–Me gustaría saber sobre el modo en que construís las escenas de tus poemas. Leo un ejemplo: «Contra las tumbas frescas de niños guerreros, / crecen a resguardo visiones encantadas como / espigas de trigo». ¿La imagen precede a la palabra o viceversa?
–Puede pasar de las dos formas. Suelo escribir muy rápido. Como intentando escaparle a la mente racional que acecha. Y muchas veces se me imponen imágenes y otras veces frases. Palabras no. Tengo un tema con las palabras sueltas, me generan una cierta extrañeza, intento escribir fácil y que la imagen sea la protagonista. Pero en el fondo, mucho antes que la imagen o que la frase, está el sentimiento. Si la frase rompe la conexión con ese sentimiento, la cambio, y si la imagen no logra a mi juicio transmitirlo, la saco. Transmitir sentimientos es básicamente lo único que intento hacer. Lo demás esta todo en función de eso.

–En una extraña coreografía de objetos, a través del poemario se nombran velas, espejos, alas, nubes… ¿Pensás que tu poética ritualiza ciertos objetos para resignificarlos?
–No es mi intención consciente, creo, resignificar nada. Sí creo que puedo a veces utilizar cierta idea detrás de algún objeto como símbolo para construir una imagen y, de nuevo, transmitir una emoción. Pero lo hago desde un lugar muy personal, no es una búsqueda que pase por dirigir o manipular al lector, sino más bien desde una búsqueda estética por expresar algo de una forma más clara. Y las simbologías también surgen de mi propio imaginario. Los espejos o las velas no significan lo mismo para todos, y esa construcción que se genera sobre la significancia de determinados objetos o imágenes entre el que escribe y el que lee, me parece increíble. Si y solo si, ese diálogo existe desde la emoción.

–¿Qué significa para vos el lenguaje?, ¿cómo lo domesticás a tus obsesiones?
–Es un medio, un instrumento. Como lo puede ser la música, la pintura, la matemática… No soy para nada un defensor del lenguaje per se. Intento en vano domesticarlo a veces escribiendo algunas palabras de forma distinta, no poniendo doble signo de pregunta o interrogación, usando muchos guiones o comillas, etc.., pero siempre termino cayendo en la idea que en realidad es disruptivo innecesariamente. Es decir, me interesa escribir sobre sensaciones, sobre lo que sentimos cuando vivimos, cuando morimos y renacemos. El lenguaje en sí no me importa mucho más que como una herramienta para comunicar eso, me parece casi anecdótico en sí mismo. Si me hubiera dedicado a la pintura la respuesta sería la misma. 

–¿Existe el estilo en poesía?
–En todo creo que existe el estilo, hasta en la forma en la que uno vive. No lo veo como algo que se crea artificialmente, ni que se busca de forma deliberada. Sí, por supuesto, es algo que se trabaja y que se intenta pulir. Desde un lugar individualista para intentar diferenciarse del resto. Y también desde un lugar más genuino e interesante a mi juicio, que sería el de afinar eso tan íntimo que uno tiene para decir de la forma más universal que se pueda, y a la vez transmitir eso tan universal que uno siente, de la forma más íntima y personal posible.

–Me gustaría te refirieras al aspecto narrativo con que articulás buena parte de tus poemas. Si bien no solés explicitar este mecanismo, es común notar un trabajo notable en torno a la descripción. En ese sentido, cada poema logra atmósferas diferentes.
–Como escribo cada poema por separado, de una forma muy poco disciplinada u organizada, me es fácil encontrarme con imágenes o atmósferas muy distintas entre sí. Se me mezclan mucho en esta repuesta las cosas que dije antes. Para empezar pongo siempre el acento en la emoción, en lo que estoy sintiendo y quiero expresar. Luego aparecen imágenes o frases que me van llevando y termino con un determinado texto. No tengo mucho más para decir que eso. Quizás en la corrección hay una cierta limpieza de todo aquello que siento que está de más. Como en la vida misma, siempre hay cosas que están de más. No vuelvo a leer nada mío una vez publicado porque no puedo soportar no haber sacado más cosas.

–Enrique, ¿cuáles son algunos de los clichés de la poesía contemporánea?
–¡Ay! No me gusta opinar mucho sobre la poesía contemporánea porque no me siento ni con conocimiento histórico suficiente, ni tampoco tan metido en lo que se está haciendo. Sí creo que hay un lado de la poesía, que existió siempre y que sigue siendo un cliché, y es el tema de la pretenciosidad. Me parece que la pretenciosidad es uno de los peores enemigos en cualquier rama del arte. En la poesía se ve muy claramente en dos áreas: en la forma y en las palabras. Alguien que antepone la forma a la emoción, pierde. Y alguien que se endulza con el sonido de ciertas palabras en lugar de intentar vehiculizar una sensación, también pierde. ¡Esto es obviamente mi opinión! Hay mucha gente joven que ama la poesía en verso, la métrica, la rima, y la buscan antes de ver lo que sienten o lo que les interesa transmitir; como también hay gente joven que se esfuerza en grandes descripciones cargadas de palabras inmensas que ni siquiera utilizan en lo cotidiano. Creo que en ambos casos, aunque válidos y hermosos para muchos críticos y lectores, se termina poniendo el carro adelante del caballo. En lo que a mí respecta, nada debe imponerse a la emoción, nada debe estar en un plano superior, y todo recurso que se utilice (palabras, frases, descripciones, imágenes, formas, etc..) debe estar al servicio de eso. Mi intención, y lo digo como lector de poesía, es relacionarme con la emoción, y si algo se interpone, ya no me interesa.

–Por último, ¿qué sentido de realidad te ofrece particularmente la poesía?
–Me ofrece la realidad cotidiana más pura de lo que significa transitar esta vida como un ser humano. Como cualquier otra forma de arte, la poesía, como escritor y como lector, es una forma más de buscar una manera de comunicación de nuestros sentimientos y emociones más universales y a la vez privadas, y al reconocerlos en un texto, es decir, en un otro, no sentirnos tan solos.  

Dos poemas del libro 
Hoy es lejano 
(Iván Rosado) 
de Enrique Campos



Comenzó la lluvia del final del invierno

Contra las tumbas frescas de niños guerreros,
crecen a resguardo visiones encantadas como
espigas de trigo

El viento frena en la puerta donde descansan los
padres huérfanos. Las nubes bajan y bailan en la
inmensidad del silencio.

El gris con el que se tiñen las calles y los ríos se
parece a la nieve. Quizás lo sea con el tiempo.


 *

Bajo un manto nocturno y frío, se escucha el canto
que escapa por sus mangas.

Las burbujas ascienden hacia un claro entre
cuerdas de arpa. Son voces que dicen aquello que
no se escucharía en los ecos de la superficie.

En la oscuridad de los puertos que seca el tiempo,
entre la arena y el barro, se asoman las manitos de
uñas cortas.


Enrique Campos (Bs.As. 1982), publicó Las edades de un monstruo (2009), Uno y todos los posibles (2011), El momento en su boca (2012), y Eterno sólo para él (2016). Ha publicado además poemas en diversas revistas como El poeta y su trabajo, Hablar de poesía, El Banquete y Cuisine & Vins.

lunes, 12 de febrero de 2018

Imágenes de una causa personal



 En las fotos todavía corre el viento, Débora Benacot. Fundíbulo Ediciones, 2017, 114 págs.




En qué se parecen las fotografías a los poemas. Mejor dicho, cuánto de las palabras, los movimientos, los gestos nerviosos y las sensaciones ocultas quedan apresados en el breve cuadro de una foto antes de que una cámara dispare su click luminoso. La poeta Débora Benacot (Mendoza, 1976) busca en su nuevo libro En las fotos todavía corre el viento capturar la fugacidad de los momentos -en formato verso- al modo de lo que sugiere Susan Sontag: «Todas las fotografías atestiguan la despiadada disolución del tiempo…».

Ya desde su título, la obra propone que las imágenes de una foto poseen un elemento extra (o extraordinario), un efecto al estilo cortazariano de «Las babas del diablo», donde los ojos pueden sorprenderse con un recuerdo no visto que se corre, o descoloca todo de su lugar fijo.  Por eso, el libro en el diseño simula ser una polaroid recién impresa, con su margen blanco y un cuadro negro detrás, que sostenemos con las manos y, cómo no, también con la mirada: «Todo estalla en la cara / todo está  ya / detenido para siempre // y sin embargo / la sangre seguirá corriendo en esa foto…». Como en sus libros anteriores, Ácaros al sol y Pirsin, Benacot construye series poéticas, es decir, tiradas temáticas que agrupan significados o campos de exploración: «Panorámicas», «Retratos», «Analógicas», «Instantáneas», «Tira de prueba» y «Cámara oscura». Por lo tanto, las modulaciones de la luz que cada poema emite, reflejan recuerdos de la infancia, juegos de palabras, referencias a la cultura pop y la poesía, humor y mucha ironía; como cuando actualiza socarronamente el antiguo refrán: «Selfies vemos, / corazones no sabemos». La autora despliega así un álbum intenso y miscelánico ante el lector, donde los amigos, familiares, algunos poetas y actores famosos (Ted Hughes, Sylvia Plath, Marilyn Monroe y Michael Fox) son flashes manifiestos de una oscuridad compartida.

Entonces, más allá de la moda actual de las autofotos, en toda fotografía que se precie, siempre ha habido una ausencia; alguien que sacrifica su retratada inmortalidad para ser el que está «del otro lado», el que decide los límites de la realidad que esa imagen va a congelar. En este caso, Benacot realiza en varios poemas un intento de vínculo trascendental (quizá ese viento que corre) entre las fotos y su padre, un fotógrafo tan aficionado como certero: «Tu padre ha muerto / no es un ángel que te cuida / desde el cielo / es un nombre / en una placa de aluminio /cuerpo quieto en una caja / desintegrándose en el parque…». Si la poesía, por tanto, es recuerdo, aquí la pregunta sobre la semejanza con la fotografía hallaría su anclaje, su justificación punzante, ya que el poema sobre el padre continúa con esta especie de respuesta: «es una foto / en la que sonríe / como si nada doliera…».

En una época donde los soportes tecnológicos y las redes sociales han permitido una abundancia casi obscena de las fotografías, tomar un puñado de textos que hablen de una pérdida inmensa, enfocar el dolor para revelar en el laboratorio de la metáfora imágenes inolvidables y proyectar, finalmente, el retrato panorámico de una despedida; resulta ser un verdadero acto de amor, de esos que quedan grabados a fuego en la memoria fotográfica de los días y las noches.


***


Seis poemas de En las fotos todavía corre el viento


Un copo
que no es igual
a ningún otro.
Esa estampa inmarcesible
regocijo de criatura
en el asombro
ver así de cerca
lo blanco
para siempre.

Una foto
única
donde todavía
cae la nieve.

*

Cuando tu primogénita
llora en la vereda
y mira hacia el suelo
con su jardinera roja, polera amarilla

vos das un paso atrás
tomás distancia
paren el mundo
lágrimas y rulos
y ejecutás el disparo.

No es sádico, sino más bien
un gesto hasta poético.

Debo haber heredado eso de vos,
además del humor
y los juegos de palabras.

¿Me ves llorar
ahora menos
rulos más alta
sin nadie que se apiade
que venga a eternizar con luz
este otro desconsuelo?

*

Éramos tan jóvenes

En esa foto -como en otras- sonreímos.
La piel tirante,
el pelo del color
que amábamos en esa temporada.

Las ganas de pasar
el rato en el rito de los libros
la lengua larga para hablar
de todos y de todo
lo que hacía girar nuestro
universo
mate, metas, mitos, vino
y siempre en el final
bailar como entusiastas
en el claro de los sillones
que era la pista mejor
para los pasos
que improvisábamos
con el descaro
de sabernos
eternamente impunes
tan bien acompañados.


*

Michael Fox no tiembla
en ese álbum del pasado adolescente
pero a la nostálgica que permanece en vos
ahora le preocupan un poco más
los que desaparecen de las fotos
del futuro.

*

Blow up

Las manos en el líquido amniótico
que revela la imagen
que flota de apoco
que viene del fondo a boquear
en la superficie.

El olor del líquido y la sangre
subiendo
empapando la gasa
al costado de la sien.

Tu muerte
el final enmarcado
en esa cama de terapia intensiva.

Me alejo
con horror
de la instantánea
que aparece
ante los ojos

Me alejo, pero no retrocedo
quedo adherida a la escena
los olores
las manos que duelen
-olvidé los guantes,
no tomé con pinzas-
el piso pegoteado con las babas
del diablo.

Todo estalla en la cara
todo está ya
detenido para siempre

y sin embargo
la sangre seguirá corriendo
en esa foto
como el viento
o el tiempo en estas venas
al costado de los días
desahuciados.

*

Pictures of you

Una canción vieja
para llorar
este dolor nuevo.
La grabás una vez detrás de otra
del mismo lado del cassette
y empezás a torturarte de modo persistente
porque los dolores nuevos
cicatrizan más rápido
cuando se escuchan
a todo volumen
de corrido.


lunes, 8 de enero de 2018

La historia de un poema de Liliana Lukin

Liliana Lukin (foto de Camila Toledo).


por Liliana Lukin
Especial para El Desaguadero

Leí durante años a Spinoza sin comprenderlo del todo, en una traducción directa del latín, con construcciones sintácticas raras y abstrusas que no me rechazaban: algo allí resonaba como un diapasón. Yo leía y releía como literatura lo que era filosofía y literatura, de todas maneras. ¿Qué era ese libro para mí, que me pedía convertirlo en escritura poética? 

La Ética de Spinoza podría leerse también como la teoría de un «mundo soñado». Toda utopía lo es, y cuando un deseo político se hace programa, ¿qué es sino un sueño, el deseo máximo que se aspira realizar en lo real ?

Leí en la Ética el sentido de «volver posible un sueño», leí a Spinoza como la letra de un proyecto que todavía no ha sido posible, como la voz del que va a sentar las bases de ese mundo, creyendo en la racionalidad viable de ese proyecto, explicando sus leyes internas y pensando un mundo donde eso sea, a pesar de todo. La Ética será eso.

¿Cómo ficcionalizar, poetizar, un pensamiento, no ya un libro, como la Ética demostrada según el orden geométrico, de Baruch de Spinoza?

Pero el recurso al concepto «sueño» como sustantivo y no como verbo, que en este relato aparece como frase hecha, y que es una idea repetida en la historia («deseado» como sinónimo de «soñado»), fue como un eureka, después de largas lecturas y búsquedas de una resolución formal, pero un eureka intuido apenas como dirección, o estructura.

Empecé a trabajar en lo que era una expresión de deseos enunciada orgánicamente, y el concepto se deslizó de sustantivo a verbo: cada poema un sueño, todos los sueños, uno por uno infinitos y distintos, iguales cada vez desde otro lugar (describir un sueño, comparar un sueño y la vigilia posterior, analizar el mecanismo del soñar, dudar de lo soñado, saber que es sólo un sueño, imaginar el argumento de un soñar, explorar variaciones de un argumento, derivar hacia otros, en fin, declarar en el poema un saber y renovar la fe en su posibilidad), siempre en relación con lo que la Ética propone y que me interpela, aquello leído allí de mi propio pensamiento político, ético-estético, más o menos visible en todo lo que escribo («La libertad consiste en saber que la libertad está en peligro», dice Levinas).

En el libro siguiente, Libro del Buen Amor, los poemas son como el enunciado de la consecuencia del fracaso de Spinoza en este mundo, donde igual, algo fracasa mejor con él.

Al principio la voz era la de un yo femenino, identificable con el yo de la escritura, la escritora, pero supe que debía pasar todo a masculino, y me resultó perfecto: era él el que explicaba sus obsesiones, como si él fuera un inocente, un médium, un ser sencillo que tiene esa especie de misión: fundar un texto sobre sus sueños de un mundo mejor, aún sabiendo cómo es el mundo.

Un ser que concibe, contra todo el desgarro que el cristianismo instala y aún hereda nuestra ideología, un cuerpo no separado de un alma, un alma que sólo vive por un cuerpo, un cuerpo que determina, un complejo sistema de emociones, deseos y voluntades afectados por otro sistema de pasiones que devienen una u otra conducta, y unas ideas imbatibles sobre lo que es mejor para los hombres y mujeres en esta tierra: la certeza de que «no deseamos una cosa porque es buena, sino que es buena porque la deseamos», fundando casi el pensamiento psicoanalítico y el principio de goce y de placer... y así podría seguir..

Finalmente: la Ética de Spinoza ha sido soñada otras veces a lo largo de tantos siglos, que el hecho de que la palabra «soñar» fuera tan fácil de usar, estuviera tan «cargada» de usos, fue algo contra lo que escribí, y esto es fundamental: yo tomé esa palabra literalmente. Insistí en su literalidad para cambiar la obviedad de su uso, relacionable con los deseos y utopías, y trabajé en el límite de esa doble escucha de la misma, y quise igualmente trabajar sobre el acto de soñar y hablar de lo soñado, incluso cuando lo soñado (y ese es, por eso, el poema clave) sea «el sueño de todos». Va primero ese poema, y como todo este libro ha sido tratado como un sólo y único poema y sus variaciones, siguen otros:

XIV 
Algunos sueños son
mejores que otros,
porque parecen una fuerza natural
donde me pierdo
en otros que los sueñan conmigo,
son felices,
más fáciles de recordar
y antiguos: como si fueran
lo que llamamos –todavía-
“el sueño de todos”.

I

Siendo que
‘el sueño de la Razónengendra monstruos’yo deseo que la Razón
no sueñe,
sino que obedezca al deseo
y sirva a la necesidad.
Mi sueño de obediencia
y servicio se olvida
de incluir entre sus frases
‘si no así, cómo, si no aquí, dónde, si no ahora, cuándo’.
Mi sueño es un sueño
incompleto. Temo por él.

IV

Con una marca de tinta
señalo las puertas
de los sueños no cumplidos:
años de tinta, tiza, carbón,
años de sueños señalados.
Cuando duerma
otra vez, las ideas bailarán
alrededor de una mesa
la danza de los apenas
satisfechos.
Al despertar abriré,
apenas tocando, lo marcado
y gritará: una rajadura
basta para entrar
al paisaje de lo incompleto.
Y estaré cansado,
no como quien trabaja
en un sueño,
no como quien insiste
dibujando detalles de un tapiz
para no corromperse
en lo quieto de haber visto,
sino agobiado,
como quien pone los platos
que faltaban
en una mesa interminable
y no tiene platos
ni pan,
sólo puertas.

V

Si lograra dormir,
profusas imágenes en movimiento
darían plenitud
a la cosa soñada.
Como una mesa sucia
donde han comido los amigos
la escena se expandiría
hacia los bordes: todo mesa,
todo sucio de haber saciado,
todo mantel el mundo.
Pero estoy despierto
y los niños me miran
porque canto, lloro,
bailo en círculos cada vez
más grandes
e inmerso en la pena
entro en la oscuridad.

VI

Sueño con voluntad:
mis sueños como una maqueta
de vidas por armar,
diseñados con materias probables,
equilibrios frágiles y torpes,
razones intercambiables.
Planos de planta,
dibujitos habitables
por los excesos y
la precariedad: telas,
vidrio, papel,
generosidades, honestidad,
obstinación.
En mis sueños,
toda vida así construída
encuentra su arquitecto
y su felicidad.


Y este es el que abre el libro, si bien fue el último que escribí:

Demostración

(habla Baruch de Spinoza)

Sueño con una puerta:
armo mi cerrojo
como una llave.
Como en todos los
bellos sueños humanos,
la puerta da a un jardín.
Pero mi llave abre hacia
adentro, donde solo
hay sombra, perfume y rumor
de hojas y de viento.
Yo que he sido
echado, expuesto, amo el resto
de luz que hace posible
ver el jardín donde no
hay un jardín: amo
mi arrojo, mi cerrojo,
el peligro del texto
concebido.
Escolio:
Sueño con pertenecer. Yo,
que nada tengo, a quien nada
pertenece, he sido arrojado.
Amo mi arrojo,
ese acto contra mí
ha hecho de mí lo que soy:
un artífice
que documenta la visión:
un revelador y un
rebelado.
Sueño con ser
recibido,
que mi madre
tome mi rostro entre
sus manos y no pueda
dejar de llorar.
Sueño con perder
el miedo como se pierde
el amor: practicando
su falta.
Sueño con volver
al regazo aún atroz
del mundo,
con los libros que he
escrito, carne de mi carne,
dentro
del saco, como
almohada:
Yo, que he sido
puesto fuera, temido y
desoído y siempre a punto
de caer, cuelgo
del hilo de mi razón
como de la cuerda
el ahorcado:
soy mi razón y mi cuerda.

Sueño con dejar
palabras en el oído
de un niño: quién
podrá decir que no
dije lo que pensaba y
amé y entregué y cuidé
mi pensamiento
como un padre ?
Sueño con una puerta:
armo mi cerrojo
como una llave.
Como en todos los
bellos sueños humanos,
la puerta da a un jardín.
Pero mi llave abre hacia
adentro, donde solo hay
sombra, perfume y rumor
de hojas y de viento.
Yo que he sido
echado, expuesto, amo el resto
de luz que hace posible
ver el jardín donde no
hay un jardín: amo mi arrojo,
mi cerrojo, el texto
en el peligro
concebido.

Gracias a El Desaguadero por la idea, la invitación, la incitación y el compartir.


sábado, 9 de diciembre de 2017

Como agua para el lenguaje



Sombra de agua, Joaquín Valenzuela. Griselda García Editora, 2017, 54 págs.


Imagínese el lector -lector de poesía, para ser más preciso- que camina por una calle donde se ha montado una feria ambulante, y que cada paso está marcado por los colores de las frutas, los aromas de las especias, la suavidad de unas telas, el clamor de ofertas imperdibles, como también el sabor único de una fritura que nos quema la lengua. Pues bien, abrir las páginas de Sombra de agua, el último libro de Joaquín Valenzuela (Buenos Aires, 1971), es una invitación a un recorrido voluptuoso por los placeres que dan comer, mirar, oír, oler y palpar; pero con la palabra como moneda de cambio: «y no has probado gota / y aún así / la boca / te amanece aguada de palabras…».

Griselda García Editora debuta con este hermoso y cuidado volumen, donde, a modo de caleidoscopio orgánico, cada poema del libro es un giro que golpea los sentidos; es decir, imágenes sensoriales que hacen referencia al mundo animal y vegetal se presentan en sinestesia para fusionar experiencias de una intensidad íntima.  La propuesta de Valenzuela, por tanto, es la de leer en estado de alerta, con «ojos avispados». Así, la sonoridad en el escandido de los versos nos va tomando; aparecen cortes imprevistos, encabalgamientos que buscan continuar una línea melódica y de sentido, repeticiones o rimas internas como señales de guía: «El agua / salía de una serpiente / de manguerita roja / los canales bordeaban / la espinaca, el monte de achicoria / tenía perlas y los cestos / dejaban libre al mimbre…».  Sin aviso, por el desborde de los poemas, el paisaje cambia y, en el mismo poema, los ojos advierten un salto: «entonces / el jaguar / que preparaba su siesta / afiló el diente / en el hierro de las cabreadas / y se arrojó sobre nosotros / como gato de entrecasa…». Selva, bosque y océano se dan cita en una misma casa. Es aquí donde el lector logra establecer conexiones, lo cotidiano puede verse de una manera tan alucinada como reconocible. No por casualidad, Doméstico (2009), es el nombre del segundo libro del autor.

Entonces, la hipérbole se encuentra contenida en el pequeño envase del poema. La sintaxis, por lo tanto, se disloca para «acomodar» una realidad profusa, que aventura -como decíamos- una feria/fiesta de los sentidos. El autor, además, no rescata citas externas para justificarse, tampoco titula sus textos ni divide en capítulos su obra. Hay desorientación, sí, como también desafío: «barrer esas hojas es un limpiarse / la frente de baldíos...». Aparecen juegos inusitados de una percepción que está próxima a revelarse: «chajá gritan de raíz chaj dan / con espolón como si garras / en pareja pacen que pasean…». Se activa de este modo el «dispositivo Valenzuela» para decir, una construcción de un lenguaje extraño, un movimiento de piezas identificables, pero que estallan al menor roce de la mirada, una enunciación que quizás nos ubique en ese lugar que sugiere María Negroni en El arte del error: «Si hay un premio en la escritura de un poema, sería este, encontrar un estado 'otro' de la lengua...».

Joaquín Valenzuela viene buscando desde Actividad física, su primer libro de 2007, un idioma dentro del idioma, como querían Bustriazo Ortiz o Jorge Leonidas Escudero. O lo que es mejor, encontrarle las resonancias al lenguaje que lo refunden desde lo elemental, esa «sombra de agua» que pocos vemos y escuchamos, que no nos atreveríamos a tocar, ni a oler siquiera; pero que la vamos a reconocer como cierta cuando nos pase por la garganta para calmar, como decía Spinetta, la sed verdadera.

***



Tres poemas de Sombra de agua



ya que dijo luz en camiseta
al sol, de cuerpo entero. Semidesnudo
ser, tibia punta de flor que trepa
los jos avispados
por si en el panorama saltara
más que en barro, en puntas
de polilla, polen
polen que en nube se disperse

*

se despertó la nena enjambre
querés hacer como que no la escuchás
porque anoche te acostaste tarde
ni siquiera fue anoche, era esta mañana
cuando volvías del brazo de un amigo
como si fueran dos viejos
escapados del asilo de una fiesta
así que este mediodía o quizá tarde
la nena enjambre de tu vecina
la disfrazada princesa
gitana y gracia del edificio
hierve en zumbidos por la escalera
y sube y baja y sube
con el aguijón postizo de esos taquitos
mientras al lado
los albañiles
suben el volumen de la radio meta
cumbia y cortan
ladrillo ladrillo entonces
salís corriendo a ver el mar
que está en la esquina

*

asar fruta, azahares en naranja
asar morrón el rojo, el verde
y de tan alto soltar el jugo
apagarse el fuego. Untar
la papa con la cabeza llena de ajo
ajar los tomates, tomarlos
por el lado en que disparan
sumar mostaza en grano
la pompa de pimienta. Sahumar
con el laurel, con eucaliptus
las olivas asisten
al oro del zapallo, condecoran
como el choclo
trotar alrededor de la parrilla
abrirse de hambre. Entrar
al corte con alas de romero
en flor de anís
en tinta de cebolla


viernes, 17 de noviembre de 2017

La historia de un poema de Silvina López Medin

Silvina López Medin.

por Silvina López Medin
Especial para El Desaguadero 

Pasé cuarenta y cinco días en un centro de arte en Banff, Canadá. Fue por una beca para una residencia de escritores, hace tiempo, tenía poco más de veinte. Me dieron un carnet que decía «Artist». En la foto salí con los ojos cerrados. El carnet daba acceso a comida, libros de la biblioteca, una pileta de agua cálida, casi todo. Uno se cruzaba con pintores, músicos, ardillas. Los espacios tenían grandes ventanales, las montañas nos rodeaban. En alguna parte había un lago. 

Tenía un estudio propio en medio del bosque. A veces algún ciervo se acercaba tanto al vidrio que uno de sus cuernos hacía «tac». Cada día recorría la callecita que iba del hotel al estudio, del sueño al trabajo. ¿El trabajo? En el camino escuchaba a los músicos ensayando en sus cabañas, ópera, violines, una partitura, algo que seguir. Uno iba a trabajar, se suponía. ¿La escritura? En el texto que escribía había un lago. En el lago del texto el agua parecía tan azul desde lejos, tan postal. Montañas, bosque, música ajena. Uno iba a escribir, se suponía. Pero como dice James Laughlin en su texto sobre Gertrude Stein, «la única manera de disfrutar de un paisaje es dándole la espalda».

Hasta ese momento había escrito y punto, no me había hecho preguntas al respecto. Y en ese espacio tan bello en el que todo estaba a disposición empezaron las dudas en torno a mi escritura. Trabajé en unos textos poéticos en prosa. No pude seguir ese proyecto. No hay partitura, qué hay, cómo se sigue. Terminé abandonando. No pude escribir poesía durante ocho años. Padecí mucho esa imposibilidad. Ocho años. 

En ese intervalo pasé por el teatro, me dediqué a observar en actores y directores mecanismos que me sirvieron para mi propio proceso creativo; por ejemplo, cómo los actores sostienen el tiempo presente, o que la duda y el miedo son parte del asunto, o cómo hay ciertos elementos básicos, especialmente en la fase de improvisación: la paciencia, la fe. Abrir, abrir y si algo se detiene, trabajar con el propio detenimiento. Tuve el impulso de hacer algo con lo último que había escrito ahí en Banff, antes de dejar de escribir. Trabajé con esos restos, y terminó saliendo algo completamente distinto a aquellos textos viejos y abandonados. Fue importante a nivel personal, lograr hacer algo con lo desechado. La serie creció y se transformó en Pentimento, un término que designa los rastros de los cambios que ha ido realizando un artista en la composición de una pintura, y que asocié al procedimiento de estos bloques. Además, la forma «serie» me aliviaba un poco del miedo a la no-escritura, me daba una punta a qué aferrarme.

De aquellos textos originales quedaron a la vista sólo algunos elementos (una mujer, un hombre, una casa frente al lago) y un único verso: «como si alguien hubiera cavado un pozo para llenarlo de lo que cae al apretar un trapo», que era el color del lago al acercarse.



Pentimento


1.

Lo que no encaja
lo que suena a hoja rasgada es
hoja rasgada
y esos resquicios de luz
son bordes salvados
con cinta scotch,
y esta es una forma de desesperación
la uña que raspa
en busca de la punta.



2.

Hay una X que es la incógnita
que se despeja.

Hay otra que es una forma medida de tachar,
lo anterior asoma.

Y hay otra letra
que se repite en hipoxia asfixia anoxia, es decir
cuando no alcanza el aire. Ahora
es esto: algo que se acumula en los papeles
corta mi respiración.



3.

No hay tiempo
para esperar la transparencia que el tiempo da

miro manchones a trasluz
¿esto es una letra?
dudo de esas patas
de insecto que aún se agita,
el impulso es rematar.



4.

Un hombre. Una mujer. Una casa frente al lago.

Restos
del texto abandonado como esas piedras de la playa
que uno junta 
y en el fondo sabe va a soltar.



5.

Cómo se construye sobre la tierra blanda
que deja el lago

esos troncos fueron pilotes
parecían tocar
la capa resistente del terreno,
una mujer se sienta en la madera, fuma
piensa escombros.



6.

¿Eso que escribís te pasó?

Shhh
no lleva a ninguna parte un lago
es más
es ciénaga
fondo que se hunde
no me deja hacer pie no me deja ir
como una boca
traga las palabras.



7.

Rasgar, rasgar.



8.

La cabeza sobre la tapa del escritorio
una imagen de reposo
si no fuera por este dedo que sigue 
una veta de la madera,
lo que parece comenzar
a abrirse se cierra y sólo es
un punto de dolor
preciso como la incrustación de una astilla.



9.

Digo azul, que se vea
el agua del principio

no se sostiene el tono
esa mujer mete un pie en el lago
que se enturbia

como si alguien hubiera cavado un pozo para llenarlo de lo que cae al apretar un trapo

había escrito
y no había escrito más.



10.

La mujer en la orilla fuma
corre la cara
el viento le devuelve su humo.



11.

Una forma de darse ánimos, inventar
un episodio de bravura
como quien corta la maleza con el óxido
de un cuchillo en la mano

esa hoja contra el viento dice
déjate ir, déjate ir
no importa entonces 
lo que se pierde: el filo
en los tallos
largos como letras que se tuercen
en el apuro en el afán de seguir
el envión.



12.

En esto hay algo artificial

decir la pareja frente al lago
o el vaso que se vuelca en el cuaderno
hace un agua negra.



13.

Antes, con el mínimo crujido de una rama
esa mujer hubiera construido una escena de regreso

ahora una rama que se quiebra
es una rama que se quiebra
pura repetición.



14.

Copio el gesto del pintor que inclina el cuerpo
cada vez más
abajo, hacia la tela
arroja esas gotas, él mismo
a punto de caer dentro del cuadro.



15.

La mujer en la orilla
palpa en su abrigo
el peso de unas piedras.



16.

El lago
contagia su quietud.

Si acá hubiera mar
haría lo que se hace frente al mar
acoplarme al movimiento
su forma
de eterna tachadura.



17.

No alcanza la anécdota, no alcanza
un hombre, una mujer, un lago
un trazo no alcanza
buscar hasta salirse de la lengua
quiero decir stroke
del golpe a la caricia
la escala se abre, el gesto se abre
no deja de ser contorno.



18.

Shhh, no vale el recurso
esto de unir fragmentos
con música incidental.



19.

Cada tanto se enciende una ínfima brasa
la mujer que fuma en la orilla
no se ve más
ha quedado tachada.



20.

Capa tras capa de pintura,
se vuelve
sobre lo mismo.



21.

¿Lo que escribís te pasó?

No poder decir
el lago de otra forma.


¿Lo que escribís te pasó?

Deformar el lago
volverlo laguna
cosa olvidada
vacío.


¿Lo que escribís te pasó?

Nadar es empujar el agua, así
se empujan las palabras
a otro ritmo, lo que queda
es ir hasta el fondo, uno aguanta
la respiración, para decir luego: ahí estuve
de eso se trata
un lago.

(de Esa sal en la lengua para decir manglar, Buenos Aires, Ediciones del Dock, 2014).




Silvina López Medin nació en Buenos Aires en 1976. Publicó los libros de poemas La noche de los bueyes (Madrid, Visor, 1999, Premio Internacional de Poesía a la Creación Joven de la Fundación Loewe), Esa sal en la lengua para decir manglar (Buenos Aires, Ediciones del Dock, 2014) y 62 brazadas (Buenos Aires, Zindo & Gafuri, 2015). Su obra de teatro Exactamente bajo el sol (estrenada en el Teatro del Pueblo, 2008) recibió el Tercer Premio de Obras de Teatro del Instituto Nacional del Teatro. Tradujo al español, junto con Mirta Rosenberg, el libro Eros the Bittersweet de Anne Carson (Buenos Aires, Fiordo, 2015). Preparó la antología de poemas Home Movies, de Robert Hass (Zindo & Gafuri, 2016), que tradujo junto con Alejandro Crotto, Liliana García Carril y Mirta Rosenberg. Cursa una maestría en escritura creativa en inglés en New York University. Es co-editora de Señal, serie de poesía latinoamericana en ediciones bilingües publicada por Ugly Duckling Presse.