viernes, 18 de julio de 2014

Pérdida y recuperación de un poeta



por Hernán Schillagi            


umbral de salida. un lector de poemas es una especie de arqueólogo de la palabra, es decir, los libros de poesía solo son hallados luego de una exhaustiva búsqueda, de excavar de manera impenitente en las cuevas o las fosas comunes de las librerías. Ante esto, el escritor Pedro Mairal dice, con algo de resignación y más ironía, que el espacio dedicado a la lírica siempre está en un rincón: «en general, el tamaño de la sección de poesía es inversamente proporcional al tamaño de la librería». En los pasillos oscuros, o en los subsuelos ominosos de los locales me he tenido que arrodillar sobre alfombras apelmazadas tanto como trepar a escaleras tambaleantes, hasta una vez me tuve que arrastrar cual Juanse en el video de «Vicio» (sí, porque la poesía es un vicio). Así, he salido blanco por el polvo dormido en los cantos y me he sentado a lo indio haciéndome un picnic con los libros de poemas. Todo eso y mucho más, debido a que las librerías de Mendoza y de varias ciudades por las que he escarbado a punta de pala colocan el estante de poesía en los lugares más inverosímiles. El género, también, es un animal vivo y mutante. Entonces, los libreros saben que deben ocultarlo en las jaulas de la indiferencia. Porque la poesía está allí agazapada para el que cree que la ha encontrado, pero en realidad es el lector el que cae en su trampa eterna.

Sin embargo, en tantos años de rastreo alocado, nunca me encontré con un poeta fundamental para el idioma que se habla en esta parte del mundo: Jorge Leonidas Escudero. En parte, por lo que apunta Valeria Melchiorre: «Escudero no suma a la práctica del poema otros modos de intervención en el campo intelectual, forma de la renuencia que no hace más que evitar todo atajo posible hacia la visibilización. Por lo pronto, se desentiende de cualquier tipo de activismo o de polémica sonante en el terreno de lo político o en el de lo estético…». Pero por otro lado, las continuas zancadillas del azar hicieron que mi lectura se disipara hacia escrituras a veces notables, a veces fútiles. Antes de que algún ratón bibliófilo levante su garra acusadora, quiero contar la crónica personal de un desencuentro.

           

Senderear. Como cualquiera sabe –Wikipedia mediante– Escudero nació en San Juan en 1920 y comenzó a editar recién cuando había cumplido los 50 años. Pero no cobró cierta notoriedad nacional hasta bien entrado el siglo XXI, cuando Ediciones en Danza decidió publicar una de sus obras y sostenerlo en el tiempo en las solapas de su catálogo. El escritor sanjuanino ya tenía un halo de misterio que lo precedía, pero qué poeta de provincia no es mitológico. Así han sucedido «descubrimientos» algo tardíos -desde la inevitable mirada centralista- como los de Juan L. Ortiz, de Entre Ríos, o del pampeano Bustriazo Ortiz (dos grandes poetas que coincidieron más en la marginalidad que en el apellido). Así y todo, el nombre del «Chiquito» Escudero y su poesía no se me habían presentado con la fuerza suficiente como para montar una búsqueda intensiva, a pesar de que Canto Rodado, una épica editorial mendocina, había dado a luz uno de sus poemarios en el 2000. En una entrevista a Gabriela Cabezón Cámara el autor confiesa con respecto a sus indagaciones poéticas: «Cuando estuve en Mendoza, que me quedé empleado ahí cinco años, iba a la biblioteca y leía algunos libros de los poetas españoles, la llamada generación del 27. Entonces me gustaba leer, pero ahora se me han olvidado hasta los nombres. Y bueno, pero me quedó algún empuje, para alguna vez manifestarme yo mismo…». Los lectores, y más los de poesía, somos tan cómplices como veletas, pero nada desagradecidos: leemos/amamos/plagiamos a un poeta hasta la extenuación, para después saludarlo de reojo. Pero quizás por cuestiones de intereses lectores del momento, o de ciertas afinidades electivas más cercanas a la «moda» de la llamada Poesía de los noventa, Escudero se me aparecía como un señor bastante mayor, con unos títulos tan inquietantes, sonoros y estrafalarios (Aguaiten, Endeveras, Caballazo a la sombra). Para colmo utilizaba términos regionalistas cuyanos, a los que todo poeta joven les escapa como a la peste. Allí lo perdí de vista a Escudero por vez primera (y voluntaria). Lo dicho: la poesía sabe esperar.

Atisbos. El tiempo pasa para todos, aunque para los poetas sea diferente. Cuántas veces se lo suele llamar «poeta joven» a un cuarentón pelado y de anteojos bifocales. Fue así como, a poco de cumplir los 30, me avisaron que Jorge Leonidas Escudero venía a Mendoza, pero no a cualquier ciudad, sino a la mía: San Martín. Para ser más precisos, a la escuela donde yo había terminado la secundaria. Me subí a la bicicleta, agarré unos pocos pesos y me fui a verlo, mejor dicho, a escucharlo. A partir de ese momento fue que se me empezó a escabullir. Llegué agitado, ya todo el mundo estaba sentado: profesoras de Literatura, directores, alumnos cautivos, algún que otro poeta local. Una alarma a lo Cenicienta me tenía preocupado: a la hora tenía que rajar a dar clases. Mesa con mantel blanco, flores recién compradas al pie del micrófono y ahí lo vi, entre dos escritores de la zona que lo secundaban. El viejito, que ya pasaba los 85 años, estaba esculpido en piedra, enjuto, preciso en los rasgos, hermoso en cuanto al semblante. Los otros dos hicieron los honores. Uno leyó un análisis detallado de la obra y el otro habló de la personalidad a partir del nada rebuscado oxímoron «el gran Chiquito». Escudero sonreía con insoslayable vergüenza tímida ante los elogios tan merecidos como cuantiosos. Llegó el momento de pasarle el micrófono al poeta, pero las campanadas de la escuela nocturna hacía diez minutos que habían doblado para que yo me convirtiera en calabaza y entrara a clases. Salí con un nudo en la garganta y casi me llevé por delante una mesita con libros. «Vendeme uno, flaco, que me tengo que ir», mascullé frente al alumno que lo habían empernado allí. «No puedo. Ya están todos encargados por las profesoras». Guardé un par de blasfemias en el tintero y me fui.

Dos años después, en el filo del invierno de 2008, la Biblioteca San Martín organizó un «Encuentro de Integración de Escritores argentinos y chilenos». La propuesta era tan sencilla como estimulante: armar mesas de lectura entre poetas de ambos lados de la cordillera. Don Jorge Escudero era uno de los invitados rutilantes. Yo era uno de los poetas que participaba como el «aguante provincial». Ya tenía las palabras pensadas para presentarme ante él, hacerle un seudochiste sobre mi huida la vez pasada. Iba a comprarle un libro y rogarle que me lo firmara. Una nevada letal al estilo El Eternauta comenzó a caer la tarde anterior. Resultado: cierre del túnel internacional y suspensión, por consejo médico, de la llegada del engripado poeta desde San Juan.

Le dije y me dijo. Tan equivocado no estaba al comienzo de esta historia de negación y extravíos. Si hasta el reconocido crítico Mario Goloboff concuerda conmigo al presentar al poeta de este modo: «En el campo literario argentino, donde a veces brillan hasta las estrellas más fugaces, parece mentira que el gran poeta sanjuanino Jorge Leonidas Escudero sea tan poco conocido, a pesar de que viene escribiendo desde hace décadas una de las mejores poesías de América…». No obstante, yo quería conocerlo, entrar en su poesía como un explorador consumado. Había hecho unos escarceos efímeros por internet que habían dado como fruto un anodino archivo de Word titulado «Poemas de JLE». Al mismo tiempo se empezó a dar el fenómeno de las peregrinaciones escuderas: jóvenes poetas (y no tanto) iban en caravana a su casa y de allí la naciente leyenda urbana: que tiene un jardín lleno de plantas, que atesora una colección de piedras de su época de minero, que la biblioteca es pequeña con los libros que los poetas viejos (y no tanto) le regalan, que su hija es un filtro tan amable como recio, que todavía va al casino, que te manda por correo sus libros con dedicatorias inolvidables. En el medio, los más que ganados reconocimientos de la intelectualidad, los números especiales en revistas de poesía, las entrevistas consagratorias, algún que otro Doctorado Honoris Causa, mención en los Premios Nacionales de Literatura (con una polémica y todo) y hasta una distinción del Concejo Deliberante del Municipio de General San Martín como Visitante Ilustre del Departamento, en un evento anunciadísimo al que, por supuesto, no pude asistir por motivos tan triviales que no merecen ser contados. A veces, los poetas manipulan tanto con el azar que se nos vuelve en contra.

Hasta aquí, Escudero se me presentaba siempre retractilado, es decir, como envuelto al vacío en un nylon transparente, a la vista y al alcance de la mano, pero impenetrable. A un extremo tal que en setiembre de 2013 fue elegido como el poeta homenajeado para el Primer Festival de Poesía de Mendoza (otra vez, yo era uno de los que representaba a la provincia) y, a último momento, los doctores le prohibieron realizar cualquier tipo de traslado por su delicada salud. De más está decir que cuando quise ver el documental Oro nestas piedras, que refleja su vida, el horario de proyección se superponía con mi lectura.

Verlas venir. Ese mismo mes recibí de manos del grupo Ale Caterva el libro Viaje. Justamente en uno de los cuentos escrito por Edmundo Beltrán se narra la historia de un oficinista de pueblo que, enamorado, parte en un recorrido iniciático hacia la intensidad de la poesía; ya que su destino solo lo podrá vislumbrar un hombre nacido en San Juan: Jorge Leonidas Escudero. No pude más que sonreír cuando cerré el libro. Otra vez «El código Escudero» como un enigma a resolver, o más bien, como una deuda a saldar. ¿Somos los lectores un ejército de culposos vencidos antes del primer disparo? Nos vamos a ir de este mundo, seguramente, mortificados por lo que no alcanzamos a leer y no dignificados por lo leído, a costa de perder la vista en el camino.

Como quien no quiere la cosa, a principios de este año me llegó un mensaje de la revista virtual Poesía Argentina, donde se disculpaban porque el libro que tenían que enviarme para que reseñara se había extraviado en las inextricables rutas del Correo Argentino. «¿Te parece que te mandemos el último del sanjuanino Escudero?», terminaba con inocencia el texto. Los dedos se me anudaron para responder afirmativamente. «No te me vas a escapar otra vez», pensé. A los cuatro días, por correo postal certificado, llegó un paquete más que prometedor. Tembloroso, destrocé el papel madera y no solo apareció el libro Sobrevenir, sino que también estaba acompañado por Atisbos, publicado en 2011. La alegría se mezcló con la sorpresa y me lancé a leer como loco. Esa noche en la cama le fui diciendo en voz alta los poemas a mi esposa. «Escuchá esto», y la sacaba del duermevela con fraseos que podrían también despertar a un muerto: «Parece que la inmensidad /quiere decirme un secreto y al ver /que todavía falta mucho en mí /queda muda…». Así, con una fiebre lúcida, pude escribir la reseña más feliz que alguien puede hacer. Porque los materiales en la poesía de Escudero son inusitadamente conocidos: los minerales y el oficio de minero como metáfora encarnada, el asombro de lo cotidiano, los juegos de azar relacionados con una existencia oscilante, los amigos del pasado y los personajes del barrio, la escritura poética, el humor incombustible de alguien que ha visto mucho con «loj ojitos», pero que ha escuchado mejor la voz de la superficie. Porque es a la vez un poeta con lengua propia y compartida. Un lenguaje que ha sido fundado muy cerca de la corteza terrestre a punta de pico y pala, con un oído atento a los inesperados accidentes. Como también lo observa Ivonne Bordelois en La palabra amenazada: «La violencia que ejerce el poeta contra el lenguaje inerte y cosificado con el cual tiene que medirse es la violencia de los dolores de parto que anuncian la creación de un nuevo lenguaje en el lenguaje, contra el lenguaje…». Así se van desprendiendo valiosos fragmentos del habla popular y golpean la perpleja cabeza del lector: «Y ahora volvamos a esa soledá / que me asustó tanto, tanto porque / m’estaba dando cuenta del vacío / donde había caído».  Inesperadas corrientes de aire fresco y sonoro para un idioma al borde de la fosilización: «Na noche», «E esto», «podís», «abreboca». Expresiones que no intentan ser un registro del color local cuyano (como yo, imberbe, había prejuzgado), sino todo un testimonio de oralidad irreverente. Para, luego, reflejarlo en lo más complejo y arisco: la sintaxis conversacional no culta. Aquí es donde se derrumba el lugar común de tildar al viejito de «sencillo y claro», ya que cada construcción/verso es una maravillosa afrenta a la gramática tradicional, como lo es todo diálogo verdadero: «pero hoy / se me vino escribirlo y es esto: iba a, / siendo niño, a una familia amiga…». Así y todo, el resultado es revelador, porque además Escudero no abruma, esencializa el decir. Charla en vez de cantar, reflexiona con rudeza, en lugar de llorar lo vivido.

Finalmente, ahora estoy en un nuevo plan con varias aristas: ir con mi esposa y un amigo a visitar a Escudero en la primavera, ahorrar moneda tras moneda para comprarme la Poesía completa, robarle a este amigo justamente el libro que reúne toda la obra poética y perseguir a cuanta persona me preste la oreja para leerle un poema de este pibe de 94 años como si se tratara de un minero que vuelve con las manos vacías, pero tiene la certeza de haber estado cerca del oro. Mejor lo dice el poeta: «pronto en casa / mi mujer grita:—¿Y? ¿Estamos como siempre? / —Silencio—le contesto—, / hemos tenido años de esperanza...».


***
bibliografía consultada

-Bordelois, Ivone: La palabra amenazada. Libros del Zorzal, Buenos Aires, 2005.
-Cabezón Cámara, Gabriela: «Buscar oro y jugar a la ruleta es parecido a dar con la palabra única». En: Revista Ñ de Clarín, Buenos Aires, 2011.
-Escudero, Jorge Leonidas: Atisbos. Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2011.
-_________________­­_:Sobrevenir. Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2013.
-Goloboff, Mario: La poesía de Jorge Leonidas Escudero. En: Telam.com.ar, 2013.
-Mairal, Pedro: El equilibrio. Garrincha Club, Buenos Aires, 2014

-Melchiorre, Valeria: «Jorge Leonidas Escudero: Desajuste y autorrepresentación». En: Hablar de Poesía N°24, Buenos Aires, 2011.

sábado, 12 de julio de 2014

El Desaguadero / Número 15





ENTREVISTAS

por Fernando G. Toledo


NOTAS Y ENSAYOS

por María Negroni

por Luis Benítez

por Juan López

por Sergio Pereyra

por Hernán Schillagi


LA HISTORIA DE UN POEMA

por José Villa

por Jorge Paolantonio

por Enrique Solinas


RESEÑAS CRÍTICAS

por Fernando G. Toledo

por Fernando G. Toledo

por Fernando G. Toledo

por Rubén Valle

por Hernán Schillagi

por Fernando G. Toledo

por Fernando G. Toledo

sábado, 21 de junio de 2014

Jacobo Regen: la poesía en claroscuro

Umbroso mundo. Poesía reunida de Jacobo Regen.


La poesía de Jacobo Regen es, en el canon de la lírica argentina contemporánea, algo así como una anomalía. El autor (nacido en Salta en 1935) no ha sido tocado por corriente alguna y por eso, quizás, su poesía se ha mantenido como una joya en estado puro, intocada y aún apenas descubierta (excepto, acaso, por sus coterráneos y por algunos célebres admiradores).


El poeta tiene 27 años cuando publica sus primeros poemas, en 1962. Al año siguiente, con su libro Canción del ángel, obtiene un prestigioso premio, y demora luego ocho años en dar a luz otra obra (Umbroso mundo, 1971). Esa irregularidad es acompañada, además, por una concentración notable: pocos poemas, muchos de ellos brevísimos, en los que Regen no atiende al coloquialismo propio de los ’60 ni tampoco al sesgo «militante» de gran parte de los poetas que publicaban en aquellos años: Gelman y Bignozzi, entre ellos.

Jacobo Regen.
Frente a ese cauce, acunado por la época, Regen se paró desde el principio desde una isla imprecisa. Sus poemas tendieron, en lo estilístico, al preciosismo verbal y al uso de recursos clásicos, especialmente la rima y la métrica. En lo temático, en tanto, el autor salteño trazó una sostenida elegía a la pérdida en todas sus formas.
Umbroso mundo, la colección de sus poemas completos que acaba de aparecer por el Fondo Editorial de la Provincia de Salta, permite recorrer la obra de Regen y dejarse estremecer una vez más por una poesía atemporal y poderosa, aun en su aparente ascetismo y su brevedad.

La tarea de la poesía de Regen –una tarea de invariable empeño– es la de ser un prisma que deja que la luz pase a través de sus palabras, se descomponga y deje ver su compleja hechura. Un prisma, claro está, que no siempre alcanza filtrar las luces del mundo, de por sí, sombrío («umbroso») y en el cual el poeta ha de cantar, antes que nada, su propia oscuridad.

La dialéctica de luz y bruma, de mundo interno y exterior, funciona en casi todos los poemas, con un sentido doliente e irresuelto. Uno de los poemas de Regen que mejor expresa esa pulsión, y que ha de estar entre los más hermosos y estremecedores de toda la poesía argentina jamás escrita, es aquel que estaba en Canción del ángel y que canta, precisamente, a la luz como interlocutora de su canto:

«Sé dura, oh luz, conmigo.
No regañes a flor de piel: inquiere
lo que en el fondo busca tu castigo
y, sin descanso, hiere.
 Hiere profundo, profundo.
Que es mucho lo que perdí,
rodando… (no por el mundo
sino por dentro de mí)».

El hecho de que Jacobo Regen parezca desentenderse de las oleadas líricas de su presente no debe hacer pensar que la suya será una poesía vetusta o anticuada. De hecho, no lo es. En ella, en ese lirismo siempre dolido y melancólico, cabe no sólo su romántico paisaje interior, sino también el de las urbes modernas y sus habitantes:

«En un edificio de la ciudad
he visto cómo sus moradores
arrojaban por el tobogán,
desde lo alto de sus altos pisos,
los residuos del día y de la noche (...)
Y un sabio dijo: ‘La ceniza es pura’ (…)».

Y cabe, en estos poemas, del mismo modo, la ironía (tocada por un sutil cinismo) y hasta el humor, como se advierte en esa estocada verbal que es el texto La fiesta:

«Fin de año. ¿Año del fin? ¡Quién lo sabrá!
Papá Noel ya no regala: pide.
Borracha de odio cruza la farándula.
Dos zapatitos en la sombra gimen».

Densa, precisa y vibrante, la obra de Regen merecía un rescate como el de esta edición de sus poemas reunidos (bellamente ilustrados por Silvia Katz). El canon, quizá, siga impertérrito. Pero aunque sea lentamente, la luz de estos poemas seguirá hiriendo profundo, profundo.


Una versión de esta reseña fue publicada originalmente en el suplemento Escenario del Diario Uno de Mendoza.

lunes, 26 de mayo de 2014

El juego de atrapar la poesía


Gallito ciego (poemas).
Autor: Hernán Schillagi.
Editorial: Libros de Piedra Infinita.
Año: 2013.


por Fernando G. Toledo


En mucho se parecen el juego del gallito ciego a la escritura de la poesía. Esa búsqueda a tientas, en pos de atrapar a quien nos permita salir de la ceguera, es acaso igual a esa otra aventura, la que va tras la palabra, la música, el peso de un verso. Todo acaece en el entorno de un juego, porque la escritura poética no parece buscar otra cosa que esa pulsión lúdica capaz de suspender, por un segundo, el devenir de todas esas horas en la que no nos es posible ya jugar.

Hernán Schillagi (San Martín, Mendoza, 1976) se vendó los ojos hace ya 20 años para salir a atrapar las primeras palabras y así tener en las manos el primer poema. Con ese afán de aventura, siempre primera, hoy sigue escribiendo. Pero el jugador aprende a moverse, aun en lo oscuro. Sabe cómo pisar mejor, sabe cómo extender la mano, sabe cómo detener el instante y repasarlo una y otra vez hasta que el verso ha decantado en el mejor verso que pudo atraparse. Como aquel personaje de Borges que completaba su obra en el instante sin tiempo permitido por única vez, Schillagi sigue explorando pero a sabiendas de cuánto ha recorrido en esa búsqueda, en ese juego.

Y Gallito ciego (Libros de Piedra Infinita, 2013), precisamente, su último libro, es como un instante suspendido que nos permite seguir las huellas que dejó en su explorar poético. Si en Mundo ventana, el libro que abrió las puertas a su poesía en 2002, la concentración verbal, el verso sedoso y el paisaje urbano se alzaban como directrices de su explorar, con los sucesivos tanteos el espacio se fue ampliando.

Un ejemplo de ese aprendizaje aparece en Pájaros de tierra (2008), un libro que tuvo en su propia construcción algo de ese juego de mover los brazos y encontrarse con la llave que iba a ir descorriendo los vendajes de los ojos. En este volumen, Schillagi deja, como quería Giannuzzi, que la poesía se escriba con lo que está al alcance de la mano. Y aparece entonces, en sus poemas, la cotidianidad circundante que en su primer libro parecía elidida por el propio preciosismo de los versos. Sin resignar el cuidado lírico, sin resignar la lírica en suma, Pájaros de tierra deja que el polvo que las ciudades salvajes levantan se pegue en su superficie. Deja que las manos –ateridas por un frío a duras penas combatido– se calienten al calor de una salamandra en la que crepitan palabras comunes: «pan», «queso», «leche», «micro», «almanaque», «sueldo», «fin de mes». Se calienten, sí, y en ese cobijamiento aparezcan los nuevos poemas, el nuevo camino, el nuevo juego.

Mientras tanto, a la par de ese libro en muchos sentidos invernal y cotidiano, Schillagi albergó el experimento íntimo y osado de Primera persona. Un libro, publicado también en 2008 como parte del premio Vendimia que ganó ese año, y que se lanzaba a algo radicalmente distinto: una poesía construida a partir de algo roto. En este caso, un texto imaginario que se ha hallado en pedazos y debe reunirse para escapar a un silencio igual a un abismo. Esa reconstrucción (a ciegas, claro), llevará a Schillagi no a un mero ejercicio filológico, aunque fuera ficcional y poético. Lo que hace Schillagi es mostrar que se construye a sí mismo, que revuelve en su propia infancia, en la supervivencia del presente, tan sólo para hallar un todo capaz de sostenerse. Aunque sea entre remiendos. Ese objeto último hará posible, así, la «primera persona». O esa es la esperanza.
Hernán Schillagi en el Festival Internacional de
Poesía de Mendoza 2013 (foto de Camila Toledo).

Al fin, en medio de otros tantos libros (porque no son sólo libros los que se publican, y Schillagi lo prueba con sus inéditos), aparece Gallito ciego, breve antología personal que nos permite husmear, como por una venda que se ha deslizado hasta la mitad del ojo, cómo su poesía sigue en la búsqueda y al mismo tiempo se consolida en la voz, en la personalidad, en la manera de buscar.

A los rasgos formales ya adoptados (versos sin puntuación, que prescinden de mayúsculas), a una versificación libre que es una apariencia –ya que cada corte, cada encabalgamiento es un feroz trabajo de búsqueda de música enhebrada con el sentido–, a esos rasgos externos, en fin, Schillagi le suma un intento por seguir buscando nuevos temas y nuevas maneras. Entrevemos aquí un libro en construcción, Lengua padre, que nos entrega episodios de una vida tan común y extraordinaria como la de cualquier hombre que descubre que ha dejado crecer una parte de sí (una hija) sobre el planeta, sin olvidar que es poeta y que con el sudor de las palabras debe ganarse el pan de lo otro que deja en el mundo: su poesía.

Los 24 poemas de Gallito ciego (24, como las horas del día) corren ahora hacia los lectores, nos tocan, nos atrapan. Es la poesía de alguien que nos sale al encuentro con los ojos vendados sólo para que nosotros descorramos el velo y leamos lo que viene a decirnos. Quizá sea lo que nosotros también, a ciegas, estábamos buscando.


Texto leído en la presentación de Gallito ciego, en la Feria Internacional del Libro de Mendoza, 2013.


Dos poemas incluidos en 
Gallito ciego, de Hernán Schillagi


la medianoche de los gallos


porque un padre tiene siempre
la última palabra picotea el teclado
en una riña contra las letras y la noche
como si fuera un gallo que indaga
la tierra en busca del sustento diario

así deja muescas sobre el planeta táctil
de los hijos un sistema braille
que ciega la memoria y perfora
punto por punto el mapa de la lengua
materna porque un padre siempre
improvisa la última palabra
para recibir mientras todos duermen
el primero de los silencios que vendrán


*

strogoff


el argumento sería así alguien
un correo del zar por caso sale
para entregar un mensaje secreto
atraviesa las montañas la estepa el frío
los peligros y la humillación
niega a su madre ofrece hasta los ojos
pero a cambio encuentra el amor verdadero

«qué es un zar» decís «qué
un correo» acaricio las duras tapas
de un rojo traidor «por qué
el final anticipado» cada pregunta
abre un paréntesis y crecen puntos suspensivos
entonces oculto el libro entre los libros
hojas tinta más todo el polvo encima
se aprisionan y multiplican como las dudas
como las mentiras que sabemos
no somos capaces de proferir
pero sí de soportar

sábado, 10 de mayo de 2014

Sobre «sacar la poesía a la calle»

Un grafiti del colectivo Acción Poética Mendoza Capital.


por Juan López (*)
Especial

La expresión sacar la poesía a la calle dice mucho más de lo que parece decir. Dice que la poesía debe retomar la discusión pública, volver a investirse como un discurso público más, entre otros discursos: los económicos, los partidarios, los mediáticos, los académicos, los religiosos, los bélicos, los publicitarios, los gremiales, los empresariales…
No es lo mismo, entonces, hacer una reunión privada, en una escuela, en un café, en un restorán, en una casa, en un museo, en un centro cultural, en un sindicato, en un teatro, en una librería, en una bodega, en un centro comercial, para exhibir, leer o comentar lo que cada participante escribe o produce, que hacerla en la calle, que es la vía pública, un lugar que en principio debería pertenecernos a todos, el sitio público por antonomasia.
Todo lo que no es la calle es lo privado, aunque muchos lugares se llamen y consideren públicos porque pertenecen al Estado o él los promueve o mantiene. Ocurre que la calle no tiene puertas para entrar ni para salir, es lo absolutamente abierto (a excepción, obviamente, de los barrios privados y las propiedades cercadas). Por eso sacar la poesía a la calle es un acto ambicioso, cuasi delirante, en un mundo en el que la poesía parecería ser una extraña actividad, ejercida prácticamente a escondidas, en guetos o círculos especializados, realizada sin tomar casi nunca verdadero estado público.
Sacar la poesía a la calle, a un parque, a una plaza, no excluye ni niega ejercerla (escribirla, leerla, escucharla) a puertas cerradas, pero indica una toma de posición, un no renunciar a que la poesía, que es la tensión máxima de la palabra y de la literatura, participe en la discusión pública, puéblica, si se quiere, del o de los pueblos que conforman desde las pequeñas villas a las grandes metrópolis.
La calle, la calle concreta de cemento y demás materiales, es incluso más pública que esos otros sitios donde suponemos que nos encontramos, como ahora: las redes sociales, los sitios web, los blogs y todo lo que se conoce como virtual. La calle es lo público y lo no virtual por excelencia. Nadie puede quitarle ese lugar, justamente porque ella es el único, y más decisivo, lugar público. La web ayuda, pero si la calle no existiera, no tendría sentido.
Recordemos a Juan de Mairena, ese profesor que inventó Antonio Machado, en una de sus clases:

—Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba: «Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa».
El alumno escribe lo que se le dicta.
—Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético.
El alumno, después de meditar, escribe: «Lo que pasa en la calle».
Mairena: —No está mal.

La poesía sale a la calle, como sale el teatro, como sale el circo, como salen los músicos, los pintores graffiteros, el movimiento Acción Poética, las murgas y todos los artistas y trabajadores callejeros, tal vez, como ellos… expulsada por los lugares cerrados edilicia y culturalmente, para levantar la voz en el debate público o simplemente por necesidad de habitar y respirar otros aires.

(*) Juan López (Mendoza, 1962). Ha publicado seis libros de poemas: Poemas (1999), Ciclos vitales (2001), Mirá (2005), Arañas (2009), Notas de agosto y otros poemas (2011) y La palabra taxi y otros textos (2013). Es autor del blog «payador incorrecto. Su producción literaria puede consultarse en www.juanlopeztextos.com.ar.

miércoles, 30 de abril de 2014

Dylan Thomas: cien años de un oficio sombrío

Dylan Thomas en su juventud (circa 1934).



por Luis Benítez (*)

Especial para El Desaguadero







De muertes, entradas y homenajes

Además de ser un año en que la humanidad vuelve a preguntarse si no está al borde de su propia destrucción, 2014 es el centenario del nacimiento de Dylan Marlais Thomas, uno de los mayores poetas de la lengua inglesa. Nacido en Swansea, Gales, en el número 5 de la calle Cwmdonkin Drive, el 27 de octubre de 1914 a las 23 horas, era hijo de Florence Hannah Williams y David John Thomas, un escritor sin éxito y docente de la escuela primaria Swansea Grammar School, donde se educaría su hijo. Tras una fulgurante carrera como poeta, narrador y dramaturgo que le granjeó fama internacional –particularmente tras sus giras por los EE.UU. durante los 3 primeros años de la década de los ’50– falleció a los 39 de edad en New York, el 9 de noviembre de 1953, tras varios días de agonía a causa de neumonía, hemorragia encefálica y el progresivo envenenamiento de las células cerebrales por su adicción al alcohol. Padecía además de diabetes, ataques de gota y se jactaba de respirar con un solo pulmón.

Estatua erigida en 1984 en honor
del poeta en Dylan Thomas Square,
Maritime Quarter,
en su ciudad natal, Swansea,
obra del artista plástico británico
John Doubleday.
A partir de ese día la leyenda del escritor bohemio, provocador, borrachín y genial no hizo otra cosa que crecer y, como era de suponer, este año en prácticamente todo Occidente se sucederán los homenajes, las recordaciones y los tributos. El Dylan Thomas Centre, ubicado en la Somerset Place, fue inaugurado en Swansea por el ex presidente estadounidense Jimmy Carter (uno de los más famosos admiradores de Thomas) en 1995 y allí se efectúa cada año un festival en honor del máximo poeta galés que se extiende desde el 27 de octubre hasta el 9 de noviembre –como vimos, la fecha de su nacimiento y la de su muerte, respectivamente–, celebración que en 2014 se extenderá mucho más, incluyendo numerosos encuentros literarios, conciertos y simposios –más de un centenar de ellos– a lo largo de todo el año. Amén de ello, en abril pasado el periódico inglés The Guardian informó que la fundación de la Lotería británica aportó casi un millón y medio de dólares a esta institución  cultural, destinados a mejorar las instalaciones y promover la exhibición permanente de manuscritos y efectos personales del poeta, según declaró su nieta Hannah Ellis, presidenta actual de la Dylan Thomas Society of Great Britain. Esta es la faceta oficial del recuerdo, pero más allá de las conmemoraciones de circunstancia, cabe preguntarse por qué, a cien años de su nacimiento, la obra de Dylan Thomas sigue siendo parte de la educación primaria de todo escritor o lector de poesía, con esa vigencia que solamente poseen los mayores clásicos del siglo XX.
Autorretrato de Dylan Thomas.

Un «galesito» en Londres: el poeta en su intrincada imagen

La escuela media fue dejada atrás por Thomas a los 16 años, para ejercer funciones como escritor de obituarios y crítica de espectáculos en el periódico local South Wales Evening Post. Sólo un año y medio duraría en esas funciones, pues la dirección del diario no tardaría más en invitarlo amablemente a «dejar de perder el tiempo trabajando» en la empresa cuando era evidente que su vocación era la de escritor. Ya por entonces la afición  al alcohol se hacía evidente en Thomas, quien terminaba cada noche en el bar del Antelope Hotel o en el del Mermaid Hotel. Sin empleo fijo y ganándose la vida como periodista independiente, en 1932 se radica en Londres, donde comienza a frecuentar los círculos literarios y sus obras principian rápidamente a ganar adeptos. En esta etapa, según  lo revelan sus cartas [1], el joven poeta todavía se sentía un extraño en la gran ciudad, tan diferente del puerto de mar donde había nacido. De hecho, Thomas se llama a sí mismo «el galesito» en varias misivas dirigidas a sus relaciones, resaltando su condición de muchacho provinciano y tímido intentando abrirse camino en la capital del todavía vigente imperio británico. Este es otro aspecto del complejo carácter del autor, una sensación de inseguridad que lo acompañará toda la vida, inclusive cuando ya era vastamente reconocido y sus recitales poéticos convocaban multitudes como años después lo harían las estrellas de rock. Aquellos que lo trataron –entre ellos su promotor en EE.UU. y biógrafo, el poeta norteamericano de origen canadiense John Malcolm Brinnin (1916-1998) en su conocida biografía [2]– destacaron que la bebida era una de las formas que tenía Thomas de «romper» el muro de distancia que lo separaba de las otras personas. Inclusive apunta Brinnin que Thomas era considerado por muchos como una suerte de amigo famoso, cuando en realidad, detrás de su magnetismo y atractivo personal se escondía alguien extremadamente inseguro y distante, de una timidez excepcional que solamente se revelaba como tal en la mayor intimidad.

A partir de su etapa londinense los poemas de Thomas comienzan a ser conocidos a través de las páginas de diversas publicaciones, entre ellas el New English Weekly, The Listener, New Stories, New Verse, Life and Letters Today y la prestigiosa revista The Criterion, digida por Thomas Stearns Eliot (1888-1965). El 18 de diciembre de 1934 se edita su primer poemario, Eighteen Poems, que gana el primer premio convocado por el diario dominguero The Sunday Referee.

La poesía británica de los años ’30

¿Cómo era el ambiente literario donde «el galesito» hacía sus primeras armas en la tercera década del siglo XX? La poesía británica había superado el gastado neoclasicismo y los resabios románticos de su época anterior, pero la transición de un siglo al otro se había puesto en evidencia con todo su rigor en 1922, cuando T.S. Eliot publicó su célebre The Waste Land, el poema que no resolvía el problema planteado por la situación de la condición humana en la posguerra aunque sí establecía crudamente sus espinosos interrogantes. The Waste Land, en la literatura de habla inglesa, bien equivale a la irrupción del dadaísmo y el surrealismo en la francesa como testimonio de una crisis de los valores heredados del siglo XIX; sólo que si el surrealismo se propuso a sí mismo como un nuevo sistema de valores tras la ruptura protagonizada por el dadaísmo, la poesía inglesa no tuvo un movimiento como el liderado por André Breton para hacer frente a esa crisis, sino que contó con los diversos intentos de una serie de autores por responder a esa necesidad de la época. Si bien las intentonas en este sentido fueron muy diferentes, se puede señalar una corriente con elementos políticos y sociales en autores tan distintos como lo son Wystan Hugh Auden (1907-1973), Stephen Spender (1909-1995), Frederick Louis MacNeice (1907-1963) y Cecil Day-Lewis (1904-1972) –los llamados «Thirties poets»– que se proponía devolverle a la poesía el contacto con públicos masivos, al tiempo que resolver la contradicción entre los nuevos tiempos y su representación (si es que así podemos decirlo) a través de la poesía. Para el juicio más generalizado este último propósito no fue alcanzado por los «Thirties poets», mientras que objetivamente fracasaron en la primera propuesta.

Thomas, demostrando que el criterio de división  en generaciones del fenómeno poético es apenas un instrumento sistemático, nada tiene que ver desde su inicio con las posturas y los estilos sostenidos por este grupo de poetas, diferenciándose claramente de ellos. En el universo literario de  Thomas lo que se desarrolla a partir ya de su primer libro es una vasta constelación de símbolos personales y universales, como lo expresa muy bien su traductora al español, la poeta argentina Elizabeth Azcona Cranwell (1933-2004), en el prólogo a los Poemas Completos del autor [3]: «En ese momento histórico en que los símbolos se convertían en meros signos de la experiencia, en una época que reclamaba del poeta cierto compromiso social, Dylan Thomas trascendió el límite de lo inmediato, se apartó de lo social para reconocer el poder de las fuerzas movilizadoras de la vida, habló de la sucesión de ritmos que en el mundo se oponen y se corresponden y convirtió lo que descubría en una llave luminosa de conocimiento poético (…). Elder Olson, crítico y exégeta de la obra de Thomas, reconoce en ella tres tipos de símbolos: 1) los naturales, 2) los convencionales, 3) los privados. Los símbolos naturales son aquellos que pertenecen a la “realidad” y no a la “figura”. Pueden ser usados por cualquier poeta, pero corresponde a cada uno el último afinamiento de significación. La luz —por ejemplo— tomada como símbolo de vida, la oscuridad como el mal, el ascenso como resurrección, el descenso como regresión o muerte. Mientras que las interpretaciones que Dylan hace de los hallazgos de Freud, de algunas claves del Ulises, de ciertos pasajes de la Biblia, constituirían los símbolos convencionales puesto que se apoyan en una aceptación común, así como sucede con sus frecuentes referencias a la astrología, las imágenes litúrgicas, la magia, la alquimia, la cartografía y las sagas regionales. Y los privados serían aquellos encontrados, descubiertos o inventados por el poeta y que forman coordenadas claves en toda su obra» (op. cit.). Respecto de cómo recibió parte de la crítica los trabajos iniciales de Thomas, asegura Azcona Cranwell en el citado texto que «en estos símbolos privados hay sin duda campo fértil, tanto para la investigación psicológica como para la exploración estilística. Pero cuando en 1934 apareció su primer libro Eighteen Poems la crítica no investigó demasiado, sino que halló a su poesía difícil, irracional e indisciplinada. Mac Niece la juzgó salvaje, como el discurso rítmico de un ebrio. Porteous la llamó “una peregrinación sin guía hacia el hospicio”. Spender afirmó categóricamente que se trataba de material poético en bruto, sin control inteligente o inteligible. Resultaba difícil para ellos entender que Dylan, a pesar de haber conocido, asumido y padecido los descubrimientos de Freud y el marxismo, no teorizase sobre ellos como lo hiciera la generación anterior, que se apartara de Marx y que utilizara poéticamente algunos elementos del psicoanálisis. Que se nutriera en otras fuentes no exploradas por los poetas de los thirties y que buscase, antes de poetizar sobre la circunstancia inmediata, un equilibrio entre la actitud existencial y las fuerzas de mutación que actúan en el cosmos» (op. cit.).

Dylan Thomas y Caitlin MacNamara en el café Brown’s,
en Laugharne, Gales (circa 1938).


Casado con hijos, famoso e insolvente

En 1936 se publica su segundo poemario, titulado Twenty-Five Poems, una colección que consolida definitivamente su prestigio ante la crítica y los lectores. Un año después contrae enlace matrimonial con la bailarina inglesa Caitlin MacNamara (1913-1994), el 11 de julio, en Penzance, Cornwall. Los apremios económicos acosan fuertemente a la joven pareja ya en esta etapa y el nacimiento de sus hijos –Llewelyn Edouard (1939-2000), Aeronwy Thomas-Ellis (1943-2009) y Colm Garan Hart (1949-2012)– más el estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1939, no mejoraron las cosas. Desde el mismo momento de su casamiento, los Thomas tuvieron una vida itinerante, sin residencia fija ni establecida por mucho tiempo, yendo en ese periplo desde Chelsea a Wales, luego a Oxford, pasando un tiempo en Irlanda y en Italia después de la guerra, para retornar a Oxfordshire. Recién en 1949 sentaron sus lares en la famosa Boathouse –hoy convertida en museo– situada en Laugharne, Gales, en la costa del estuario del río Tâf. Ello gracias a que Margaret Taylor, esposa del historiador Alan John Percivale Taylor (1906-1990), uno de los tantos «protectores» del poeta, adquirió en 3 mil libras esterlinas la propiedad y se la obsequió al poeta. Thomas había sido rechazado para el servicio activo en tiempos de la guerra a causa de sus problemas físicos (cuando ya estaba a punto de declararse objetor de conciencia) y se había desempeñado como guionista, comentarista cinematográfico y locutor radial para la BBC, supliendo en múltiples ocasiones su falta de experiencia en el medio gracias a su portentosa imaginación y su capacidad de improvisación. Asimismo trabajó como guionista para el sello Strand Films, dejando escritos los libretos de media docena de películas.

Terminada la guerra, en 1946 se publica una de sus obras mayores, Deaths and Entrances, poemario consagratorio que cimentó su prestigio y posición dentro de las letras inglesas. Sin embargo, su alcoholismo iba en aumento así como sus conflictos conyugales, agravados por la mutua infidelidad de la pareja. Del mismo modo, los problemas económicos de la familia seguían sin solución, a causa de la absoluta incapacidad de Dylan para administrar sus ganancias. Contra lo que podría pensarse estas entradas no eran pocas, ya que el autor recibía buenas sumas de dinero por la publicación de sus cuentos y poemas en las más importantes revistas y periódicos de la época. Por estos tiempos la producción poética de Thomas se hace más espaciada, llevándole en ocasiones hasta un año la creación de un solo poema.

En 1952 se editó una recopilación de su producción poética, titulada Collected Poems. 1934-1952, que le granjeó el importante premio Foyle. Ya por entonces el citado Brinnin organizaba giras del autor por los EE.UU. desde 1950, brindando Thomas numerosos recitales de su poesía en instituciones culturales, universidades y auditorios. Las prolongadas giras, el agotamiento debido a sus compromisos, el traslado constante de un punto al otro de los EE.UU. deterioraron aún más la salud física y mental del gran poeta galés, al tiempo que acrecentaron su fama literaria. Al emprender su segunda gira norteamericana, en 1952, ya su estómago no podía resistir la ingesta de whisky que le era tan habitual, por lo que Thomas lo mezclaba con leche... como recordaba que lo hacía uno de sus tíos en Gales y por la misma causa.

Ese mismo año grabó en New York, para el sello Caedmon Records, un disco de larga duración que es hoy una valiosa pieza de colección. Cuenta Brinnin en su libro antes citado que el día de la primera grabación, un domingo, estaba preparado todo en el estudio para el recitado ante micrófono de Thomas, pero que este, al llegar, descubrió aterrado que en su descuido había olvidado el libro en alguna parte... que no lograba recordar. Con todas las librerías cerradas, fue preciso acudir a los buenos oficios de algunos amigos comunes para abrir una importante librería norteamericana y pedir prestado un ejemplar de los Collected Poems, a fin de que la grabación pudiera concretarse como estaba prevista.

No fue ésta la única «travesura» protagonizada por Thomas en los EE.UU.; en cierta ocasión, mientras ensayaban su poema teatralizado Under Milk Wood, alguien creyó oler que algo se quemaba en el estudio... se descubrió que Thomas, descuidado y empedernido fumador, había guardado en el bolsillo de su chaqueta un cigarrillo encendido y se le estaba incendiando el traje sin que él se diera cuenta.

Dylan Thomas en New York, en 1953,
durante los ensayos de su obra
Under Milk Wood, luciendo
una de las camisas «decomisadas»
a un profesor universitario
en una de sus travesuras.
En otras ocasiones su conducta ponía en aprietos a Brinnin, quien debía salir a disculpar al gran poeta galés por sus expresiones y actitudes en público y en privado, las cuales, desde luego, eran la comidilla de todo el ambiente literario durante semanas. Invitado a brindar uno de sus tantos recitales por el decano de una de las más prestigiosas universidades estadounidenses, en la fiesta posteriormente celebrada en su agasajo Dylan se excedió de copas y también en cuanto a elogios referidos a la generosa anatomía de la joven esposa del decano. Este, sin decir palabra, se retiró del salón y al día siguiente canceló todas las presentaciones previstas del poeta en la institución, pese a que se habían agotado las entradas. También, cuando un destacado crítico y profesor universitario lo alojó en su casa como invitado de honor, Dylan, antes de retirarse, se llevó de recuerdo una docena de camisas propiedad de su anfitrión. Avergonzado, Brinnin prometió devolver esas prendas, mas el profesor en cuestión se limitó a enviarle una seca esquela, indicando que si a Thomas le gustaban tanto sus camisas, podía quedárselas...

Estas diabluras, si bien parecen graciosas, pueden darnos un indicio del estado de ánimo de Thomas en esas extenuantes giras profesionales, lejos de su familia, lejos de su casa, una vez más «un galesito», como él gustaba llamarse, perdido en un ámbito que no era el suyo.

De mayor gravedad que sus travesuras comentando bustos y secuestrando camisas eran sus continuadas infidelidades, que llegaron a oídos de Caitlin MacNamara del otro lado del océano provocando su iracundia... y sus propias infidelidades. Cada vez que Dylan retornaba a Gales, las discusiones estallaban y no quedaban las agresiones meramente en el terreno de las palabras.

Elizabeth Azcona Cranwell, quien tras realizar la traducción de los Collected Poems para editorial Corregidor, de Buenos Aires, viajó a Swansea en 1975 para conocer el ámbito donde vivió sus últimos años el gran poeta galés, trató a varios de sus vecinos y a los parroquianos del bar local, para quienes Dylan era uno más de los que venían a beberse una pinta o tres de cerveza y jugar a los dardos cada tarde. Los del bar recordaban que cada semana, cuando Dylan demoraba en volver a casa, Caitlin MacNamara –quien era bien robusta y le llevaba una cabeza de altura a su marido– venía desde la casa en su busca y le armaba una buena trifulca en el mismo salón del establecimiento, para luego llevarse a la destacada figura de las letras británicas prácticamente a la rastra hasta su hogar.

Quedó dicho: como administrador de sus bienes Thomas era un auténtico desastre, por lo que en 1953, pese a la oposición de la celosa Caitlin, se vio obligado a aceptar una nueva invitación de Brinnin para realizar una gira por los EE.UU. Para entonces ya sufría graves ataques de gota, que se sumaron a sus otras dolencias.

En New York una de sus tantas amantes lo esperaba: en este caso se trataba de Liz Reitell –la mismísima asistente de Brinnin– quien también había sucumbido a los encantos de ese hombre-niño, que se describía a sí mismo como «pequeño pero ruidoso y semejante a una foca». Pese a las reconvenciones de Reitell, durante la helada noche del 5 de noviembre de 1953 Thomas dejó su habitación en el Hotel Chelsea para dirigirse a una de sus borracherías predilectas, la White Horse Tavern, en el 567 de la Hudson Avenue, donde solía encontrarse con su gran amigo el músico y compositor John Cage. Cage no estaba allí en esa oportunidad, pero no faltaban quienes quisieran celebrar con el famoso poeta de Gales. Horas después, Thomas, desfalleciente, volvió al Chelsea Hotel y antes de desplomarse en brazos de Reitell pronunció la famosa frase: «He bebido 18 whiskies, creo que es un buen récord». Internado de urgencia en el hospital St. Vincent, ya no recuperaría la conciencia.

Caitlin MacNamara, enterada de la grave situación, alcanzó a llegar a tiempo desde Gran Bretaña para verlo morir a las 12.40 hs del 9 de noviembre. Trastornada por ello, tuvo un ataque de insanía y tras destrozar el crucifijo de la capilla del hospital, debió ser  amarrada con un chaleco de fuerza e internada en un establecimiento psiquiátrico donde permaneció varios días bajo observación.

Así, en Nueva York, terminó la vida de uno de los mayores poetas del siglo XX y comenzó la leyenda que llegó hasta nuestros días, la que nutre los numerosos homenajes que recibirá este año. En uno de sus bolsillos, cuando murió, se encontró dentro de su billetera un recorte que invariablemente llevaba consigo. El ajado pedazo de periódico lo muestra a los 12 años como ganador de una carrera escolar en la Swansea Grammar School, aquella donde su padre daba clases.
Dylan Thomas, a los 12 años (1926), ganador
de una carrera escolar.
Recorte de periódico que el poeta
llevó consigo hasta el día de su muerte.

¿Pudo Thomas resolver con su obra el nudo gordiano de la poesía moderna, el mostrado por Eliot en su genial The Waste Land? Definitivamente no, del mismo modo que no lo lograron sus compañeros de generación, los «Thirties poets», y lo expuesto por Eliot en su célebre obra siguió siendo el interrogante paradigmático de la poesía durante todo el siglo XX, del mismo modo que continúa siéndolo en el siglo XXI. Pero sin duda el aporte de Dylan Thomas fue uno de los esfuerzos mayores y más extraordinarios, dejándonos a nosotros, que somos su posteridad, una obra maravillosa, quizás oscura en algunos de sus rincones todavía, pero, como se ha dicho antes, la genuina poesía no viene a este mundo a enseñar nada, sino a sugerirlo todo.



Un poema de Dylan Thomas

No dominará la muerte

La muerte no dominará.
Uno solo serán los muertos desnudos
con el hombre en el viento y la luna en el ocaso;
sus huesos perderán la carne y descarnados se consumirán,
pero en el codo y el pie tendrán estrellas;
así se vuelvan dementes cuerdos estarán,
así se hundan en los mares tornarán a levantarse;
así se extravíen los amantes no se perderá el amor,
y la muerte no dominará.

La muerte no dominará.
Aquellos que hace mucho yacen bajo el mar
no habrán muerto inútilmente;
retorciéndose bajo tortura, cuando los tendones estallen,
de todos modos no serán desmembrados;
la fe en sus manos va a separarse en dos partes
y los males a través de ellos cruzarán como unicornios;
cuando todas las cuerdas revienten, ellos no se partirán;
y la muerte no dominará.

La muerte no dominará.
Ya no pueden gritar las gaviotas en sus oídos
ni romper ruidosamente las olas en la playa;
allí donde brotó una flor, otra no levantará
su cabeza bajo el golpeteo de la lluvia;
aunque estén dementes y estén muertos como los clavos,
sus cabezas se hundirán entre las margaritas;
surgirán hasta donde brilla el sol hasta que él desaparezca,
y la muerte no dominará.

(Traducción de Luis Benítez)



El título original del poema es Death Shall Have No Dominion y puede 
escucharse en este video en la voz de su autor.



(*) Luis Benítez nació en Buenos Aires el 10 de noviembre de 1956. Ha recibido numerosos reconocimientos nacionales e internacionales por su obra poética y narrativa. Sus 36 libros de poesía, ensayo, novela y teatro han sido publicados en Argentina, Chile, España, Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Italia, México, Rumania, Suecia, Venezuela y Uruguay. Últimos libros publicados: Les Imaginations (Éditions L'Harmattan, París, 2013); Short Poetic Anthology (Ed. Littoral Press, Inglaterra, 2013); Manhattan Song. Cinci Poeme Occdidentale (Ed. Ars Longa Editura, Rumania, 2013); Bering och Andra Dikter (Ed. Siesta Förlag,  Suecia, 2012); La Sera dell’Elefante e Altre Poesie (Ed. Sentieri Meridiani Edizioni, Italia, 2012) y A Heron in Buenos Aires. Selected Poems (antología poética compilada y traducida por el poeta estadounidense Cooper Renner. Ed. Ravenna Press, Washington, EE.UU., 2011).


Notas

[1] Selected letters of Dylan Thomas, selección y prólogo de Robert Louis Constantine Lee-Dillon Fitzgibbon, J.M.Dent, Londres, 1966. Existe traducción al español de Piri Lugones, editada como Cartas, 1971, por Ediciones de la Flor, de Buenos Aires.
[2] Dylan Thomas in America, An Intimate Journal, John Malcolm Brinnin, Atlantic Monthly Press, Boston, 1955.
[3] Poemas Completos, Dylan Thomas, Trad. de Elizabeth Azcona Cranwell, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1974.

miércoles, 9 de abril de 2014

Palabra de poeta

Aventuras de la palabra.
Borges y otros mitos, 
de Horacio Armani.
Buenos Aires, Editorial Fundación
Victoria Ocampo, 2013.

por Fernando G. Toledo

El 31 de mayo del año pasado se apagó la vida de Horacio Armani. El autor pampeano fue, sin dudarlo, uno de los grandes traductores al español de la poesía italiana del siglo XX y, además, él mismo un grandísimo poeta.

Sin embargo, por los tiempos en que lo sorprendió la muerte, hacía mucho que un libro con la firma de Armani no se veía en las librerías. El sueño de la poesía, una antología poética, era hasta ese momento la última señal (contundente, por cierto) de su trabajo lírico.

Pero hay una faceta de Armani que el autor desplegó durante toda su vida: la de la reseña y el ensayo literario. Sus trabajos en esta línea, que publicaba el diario La Nación, permitieron durante años conocer y reconocer a grandes autores contemporáneos a los que el autor de Veneno lento, por lo general, no sólo leía, sino que también trataba personalmente.

Cuando Armani, ya enfermo, transitaba los días finales, su esposa (la también escritora María Esther Vázquez) le propuso justamente reunir algunos de los mejores ensayos sobre temas literarios y escritores célebres en un solo volumen.

Así nació Aventuras de la palabra, el libro que Armani no alcanzó a ver publicado y que en gran medida representa un legado de su tarea como difusor literario.

En el prólogo al volumen, María Esther Vázquez puntualiza que esa «palabra» a la que alude el título debería ser precisada. Es, dice ella, «la palabra poética (...) porque Horacio vivió y entregó su vida, lo mejor de sí mismo, a esa pasión que lo contuvo desde siempre y a la que se dio por entero: la poesía».

Por las páginas del volumen –impreso por la editorial de la Fundación Victoria Ocampo, que el mismo autor integró– pasan análisis sobre las obras de Jorge Luis Borges (el subtítulo del libro es, justamente, Borges y otros mitos), Alfonsina Storni, J. R. Wilcock, Leopoldo Lugones o Ricardo Molinari, y también temas como la traducción en poesía, el humor o la libertad.

Entre esos escritos, destaca especialmente la encendida reivindicación de Armani a la poesía de Ezequiel Martínez Estrada, últimamente olvidada o eclipsada por la prosa del autor de Radiografía de la Pampa.

Armani alcanza en estos textos toda la profundidad necesaria, pero (como buen periodista) jamás cae en un academicismo impenetrable. Por eso, el libro resulta iluminador y, al mismo tiempo, accesible. Aventuras de la palabra es un libro que rinde honor a un poeta que hizo mucho, además, por que las obras de los poetas fueran leídas. Incluso a costa de relegar la suya propia, esa que está esperando un rescate.


viernes, 21 de marzo de 2014

La historia de un poema de José Villa



(Especial para El Desaguadero)

En principio, no sé si cada poema tiene una historia, o si tiene resonancias a las que podemos llamar historias internas, y la historia de su gestación no es ajena a esta situación intrínseca. Puede que lo más narrable surja de la anécdota que apuntala al poema terminado, pero, en mi caso, el texto se resuelve porque ya estaba resuelto, ya se había conformado su voz en algún lugar y viene a inscribirse en una imagen. Por un lado, cierta fijeza, pero por otro una asombrosa y abrumadora mutabilidad.

En cuanto a mí, la escritura de un poema es muy poco «biográfica»; es decir, no me atengo a una experiencia inmediata o registrable. Y no es que no me interese transferir una experiencia, sino que la historia está sujeta a las inflexiones y proyecciones muchas veces totalmente imaginarias, aunque, eso sí, surgen de una construcción que el sentimiento, cosa impalpable e indeterminada, ha ido resumiendo y que se modula en el presente como experiencia. Así que me inclino a pensar mucho más en que el poema tiene una razón incontable, porque es otra, mucho más eterna y casual, la organización del tiempo. Y por eso es un poema. De alguna manera también pienso que la mejor narrativa vuelve sobre este aspecto del tiempo para descomponerlo.

Aclarado el punto, elijo «Mallarmeana», que fue un poema escrito a dúo, con una idea original de Patricia Tielli, una poeta amiga con la que estábamos escribiendo y corrigiendo. En aquellos momentos, mientras leíamos y corregíamos, ella me muestra unas dos líneas sobre unas cebollas que se doran y el olor que dejan. Un poema cortante, fatal y en cierta manera, por el olor, un tanto vulgar (además, recuerdo que toda que toda esa serie que yo estaba leyendo era así: impulsiva e intensa). No obstante, ahora debo decir que me equivoqué, consideré que ese poema no estaba terminado, fundamentalmente porque era demasiado frontal. Le dije que faltaban unas líneas, que necesitaba cierto desarrollo. De algún modo, la imagen de la cebolla me había fascinado, y yo le saqué un poco de su fuerza originaria (en eso me equivoqué) y la distribuí estéticamente, y compuse una escena: la de una mujer rehogando la cebolla; un poco este segundo intento es una crítica de aquel filoso poema originario que tenía una carga real y extremadamente económica: yo le di unos brillos raros y un aire de rapsodia que lo hizo tremendamente extenso y emocional a pesar de su brevedad. Me concentré mucho en aquel texto: pensaba en la imagen mientras viajaba en tren o cuando tomaba apuntes en la facultad. Así estuve unos días. En un momento lo escribí de una sola vez, reelaborando la idea primaria, con título incluido que, claro está, es un punto de equilibrio (también se me hacía muy blanco, gráfico y abstracto) respecto de la primera versión.

En cuanto a la forma de los cortes de los versos, obedecen a un pulso de dibujo que siempre llevo como un lastre. Recuerdo que ambos autores nos sentimos extraños ante el resultado. Se publicó por primera vez en Diario de Poesía. Además, el hecho de que lo hayamos escrito entre dos le da a su existencia cierta complejidad, porque, por un lado, surgió de textos de Patricia, muy físicos y personales, a lo que superpuse una visión memorialista que el poema no tenía y que yo venía elaborando a principios de los años noventa. Y así fue.


 ***


Mallarmeana

Pone la cebolla en la sartén
demasiado segura de que es invierno
demasiado temerosa del olor que se lleva su pelo
de la consagración que humildemente
la perfuma.  Sabe y no
que cocina
que los círculos blancos de la cebolla
pronto estarán dorados







miércoles, 12 de marzo de 2014

El cartonero de emociones se despide


yu-ye-yu-ye-jop, de Teny Alós. Editorial Espantosa. 2013. 111 pág.


por Rubén Valle*


Difícil, muy difícil hacer la semblanza de un libro cuyo autor fue compañero de ruta, a veces amigo, otras colega y no pocas un eco distante. Teny Alós, contrariamente a lo que él creía, va a dejar huella en la poesía de Mendoza. Si no ocurrió del todo en vida, lo será gracias a las nuevas generaciones de poetas que lo sepan rescatar y poner en su justo valor.

Incansable militante de la poesía como gestor de la revista Matiné y del grupo parapoético Las Malas Lenguas, Teny fue creando a lo largo del tiempo una obra que no se limitaba a escribir un libro y publicar. Su imaginario poético podía decantar en programas de radio como Tatuaje falso y La sed de los peces (por citar sólo dos de sus incursiones en ese medio), en la música como bajista de la banda punk Maldito V o escribiendo esporádicamente ensayos que ojalá alguien se tome la grata tarea de recopilarlos.

Para no sobreabundar en una biografía que le hace justicia, vayamos a yu-ye-yu-ye-jop, su visceral canto de cisne. De cisne negro. Ya consciente de que atravesaba una irremediable cuenta regresiva, a instancias del escritor y periodista Ulises Naranjo, Teny aceptó el desafío de un libro final y se abocó a dar registro de sus últimos días. Sin saberlo, terminaría escribiendo su mejor libro.

A diferencia de sus obras anteriores (Travesía para tropezandantes y orquesta de sobrevivientes, Radio Chaplin), dejó de lado sus bellas y herméticas metáforas para ir al hueso, traducir tanta impotencia y a la vez tanto agradecimiento a la vida en versos de una simpleza que a veces duelen como un cross que no veíamos venir.

Teny se propuso «fundar con el tiempo un nunca verosímil» y lo hace con este yu-ye-yu-ye-jop que no es otra cosa que una suerte de «conjuro-hechizo autóctono contra los males del mundo» que hacía (re) sonar en su interior cada vez que debía enfrentarse a algún veredicto de los médicos o cuando necesitaba arengarse para atravesar los días como si fueran una sucesión de paredes.

«Caminaba yo / hacia lo desconocido / y esperaba yo / que lo desconocido / no tuviera hambre de mí”, apuntó en versos que no tienen miedo de hablar del miedo, que habla de pozos, caídas y vuelos mientras cae, mientras vuela, mientras ama y odia con igual intensidad.

Como bien apunta Naranjo en el prólogo, «las palabras, en este libro, están puestas con la suprema justeza de lo definitivo y así debe ser leído». Pero el espíritu rebelde que caracterizó a Teny toda su vida, disiente y desafía: «el poema no se termina de escribir jamás». Y advierte: «Soy el que calla / para nacer de nuevo». Espíritu punk, hasta el último suspiro.

Y como una humilde despedida, la letanía alosiana se deja escuchar así: «Me voy / y lo que se ve / es un cartonero / de emociones / perdiéndose/ entre la gente».

Para invocar a la tribu poética que deberá recoger la antorcha de aquel poema interminable, no queda otra que hacerlo a su manera, apelando a ese mantra que no deja de agitarnos. Ahí va: yu-ye-yu-ye-jop, yu-ye-yu-ye-jop, yu-ye-yu-ye-jop.

***

*Publicado originalmente en Suplemento Escenario, Diario UNO, 21 de febrero de 2014.




Algunos poemas de yu-ye-yu-ye-jop

1

Ensamblar
el camuflaje.
Aprender
a mirar
los juegos del mundo.
Armonizar
el despegue.
Primero
conseguir flotar.
Estirarse
sobre tu paisaje.
Al principio,
necesitarás 
cerrar los ojos
para abandonar
las cadenas de contención.
Nacer pájaro,
nacer pluma,
nacer viento.
Encumbrarse
sobre lo que pesa
y soltarse
al miedo
y a la libertad.
Pensar
por qué
uno empieza por esconderse.

*

31

aprendo
lentamente
a caer
pero cuando 
me desbarranco
es todo vértigo

trato
de imponer
una velocidad
una obstinación
a la superficie
de un arraigo

mi trazo
es proclive
a lo pendular

aprendo 
a caer
con lentitud

*

/ contra mi voluntad
escribo
lo que no existe
pienso
lo que no existe
traduzco
lo que no existe
me acerco
a lo que no existe
y lo someto a mi mirada
mientras me devora