domingo, 18 de diciembre de 2011

El último de los molinos de viento

Enseñar poesía en las escuelas




por Cecilia Restiffo

1.
En el intento diario de romper el cerco entre el lector «de hoy» y la palabra, andamos por carreteras a veces principales y otras por caminos inhóspitos y desconocidos en los que solo los perros deambulan al calor de la siesta.

Si he de decirlo, este texto intenta ser una propuesta, una cronología y un ensayo al mismo tiempo; aunque sé de antemano que este último rótulo es quizás demasiado grande , como así la expectativa que genera.

2.
La palabra poética es, digamos, un desafío para todo aquel que desee comprenderla, asirla, capturarla. Pero lo es más para aquellos que anhelan «enseñarla». Delimito con esto mi campo de investigación-acción: lectores niños, jóvenes y adultos que «aprenden» a leer poesía por fuerza más que por gusto, como todas las actividades que se practican en el ámbito escolar, tal vez así dispararía la tesis sobre si «la escuela debería ser un espacio de libertad o de límites», pero esto es harina de otro costal.

Entonces, el punto es que, ante la experiencia de enseñanza en distintos ámbitos de nuestra educación, pongamos por caso: el aula de una escuela de primer ciclo, un salón de clases de la carrera de magisterio o un curso de escuela media; el asombro y la alegría se fusionan al observar que, contra todo pronóstico, los alumnos/lectores/oyentes disfrutan y comprenden la poesía tanto o más que cualquier otro género literario.

3.
La lectura de la palabra poética provoca un grado de asombro y miedo que el docente/lector/guía debe y tiene que «dejar ser», es decir, en la primera lectura el poema apela a los sentidos exclusivamente y esto se reviste de miedo cuando el lector intenta comprender rápidamente algo que sabe que está ahí pero no puede descifrar. Este estupor deviene luego en incomodidad, es entonces cuando la mirada del «experto» debe guiar una segunda lectura, un recorrido acompañado, que hará alto en los lugares donde el camino se angoste o se precipite una curva peligrosa.

En la poesía el acercamiento debe darse con paciencia y sin prejuicios, sin guías de extracción de recursos ni trabajos prácticos que diseccionen la metáfora o análisis exhaustivos e inexactos sobre tal o cual interpretación; pero por sobre todo debe tener un pausado ritmo de exploración: leer mucho en clase, leer y que escuchen, leer y que opinen, leer y callar hasta que alguien arriesgue una explicación, leer e interrumpir para preguntar. En definitiva: leer.

4.
La propuesta de todo poema está incompleta sin su interlocutor, nada en la poesía está dicho totalmente. Los lectores inexpertos llegan al poema con la misma actitud que se llega al trabajo de todos los días, a la lectura de un periódico, a la cola del rapipago, a la novela de algún autor brasilero, a la revista de alguna diva vernácula y a todos esos lugares que nos esperan para ofrecernos la misma «rutina de destejido o indigestión». Sin embargo cuando «entran» en el texto poético descubren que la desnudez de esas palabras sin frío, los acomete sin piedad, es allí cuando la mirada de socorro indica que es tiempo de salir del espanto para pasar al descubrimiento del significado, al completamiento del sentido para apelar a lo que cada lector ya conoce del mundo, a lo que, también, ha experimentado a lo largo de su recorrido vital; porque todas esas «cosas» que ya sabe están latiendo en el poema, en la mirada del poeta que no es más que un ser humano mirando el mundo para después nacerlo en palabras.

Por lo tanto, abiertos los canales de atención, habituado el oído a la cadencia poética, podemos decir que estamos en condiciones de pasar al intelecto, al desciframiento de ese verso que nos habla:

«...¿Pero el alma qué puede explicar?
Por eso mi vecino tiene tormentas en la boca,
palabras que naufragan,
palabras que no saben que no hay sol
porque nacen y mueren
la misma noche en que amó,
y dejan cartas en el pensamiento
que él nunca escribirá
como el silencio que hay entre dos rosas…»

Fragmento de Lluvia de Juan Gelman


5.
El trabajo con el género lírico implica tirarse al barro, dejarse de postulaciones editoriales fragmentarias, vetustas y analíticas, para pasar a una selección de textos con sentido y significado para el alumno/lector, no para el docente que lleva prendido en la solapa el “Romance del prisionero” desde su más tierna edad; texto por demás hermoso si lo hay, pero que se instala en el sinsabor de la gelatina, cuando se lo presentamos de improviso a un remoto lector «en ciernes». Por ello, búsqueda y selección del material de lectura con el que iniciaremos al lector/oyente de poesía, será el caballo de troya que debamos construir para vencer el acostumbramiento que tienen nuestros alumnos a consumir lo precocido, lo preanunciado, lo predigerido, lo periférico de las ideas que muchas veces es el único «recurso-método-pedagogía» de la enseñanza. Si renunciamos a la comodidad de don Santillana y don Kapelusz podremos iniciar un camino de descubrimiento con almas que, aunque adormecidas, no pueden resistirse al «cross en la mandíbula» de un buen par de poemas:

LA AUSENCIA ES UNA FORMA DEL INVIERNO


Como el cuerpo de un hombre derrotado en la nieve,
Con ese mismo invierno que hiela las canciones
Cuando la tarde cae en la radio de un coche,
Como los telegramas, como la voz herida
Que cruza los teléfonos nocturnos,
Igual que un faro cruza
por la melancolía de las barcas en tierra,
Como las dudas y las certidumbres,
Como si mi silueta en la ventana,
Así duele una noche,
Con ese mismo invierno de cuando tú me faltas,
Con esa misma nieve que me ha dejado en blanco,
Pues todo se me olvida
Si tengo que aprender a recordarte.


de Luis García Montero


*


UNA NOCHE DE VERANO


Una noche de verano
-estaba abierto el balcón
y la puerta de mi casa-
la muerte en mi casa entró.
Se fue acercando a su lecho
-ni siquiera me miró-,
con unos dedos muy finos
algo muy tenue rompió.
Silenciosa y sin mirarme,
la muerte otra vez pasó
delante de mí. ¿Qué has hecho?
La muerte no respondió.
Mi niña quedó tranquila,
dolido mi corazón.
¿Ay, que lo que la muerte ha roto
era un hilo entre los dos!

de Antonio Machado


6.
¿Y si el alumno no es siquiera un lector «en ciernes»? Allí también el texto poético tiene algo que decir, porque en los lectores más pequeños que leen -o solo escuchan- la cadencia poética resulta ser un arrullo que despierta la curiosidad y el placer por la palabra. La poesía es el género más adecuado para enseñar a leer y a escribir, es decir, a descubrir la mitad del mundo que un niño interpela cuando se adueña de las palabras, como explica Ana María Borzone: «El conocimiento de rimas se relaciona con la conciencia fonológica, es imprescindible que la poesía ocupe un lugar fundamental pues contribuye a la reflexión sobre las posibilidades materiales de la lengua. La lectura asidua de poemas tiene un efecto inmediato en los niños...» Para eso, la lírica ofrece a los infantes el ritmo, el juego, la libertad de sentidos y sobre todo la reflexión revestida de canto; el poema desafía al pequeño y le guiña un ojo porque sabe que en esta escondida nadie vuelve a contar.

El texto lírico permite que el niño diga y lea las palabras sintiendo su sabor, su color, sus distintas formas; y así, ese lenguaje que se le presentaba antes ajeno es ahora una estrategia que el chico ha comenzado a manejar con soltura pero sobretodo con felicidad. Porque el poema dicho, cantado, recitado y leído permite descubrir un mundo y, al mismo tiempo, descubrirse en ese mundo. Las palabras dicen algo y lo otro también:

EL SHOW DEL PERRO SALCHICHA 

Perro Salchicha, gordo bachicha,
toma solcito a la orilla del mar.
Tiene sombrero de marinero
y en vez de traje se puso collar.
Una gaviota medio marmota,
bizca y con cara de preocupación
viene planeando, mira buscando
el desayuno para su pichón.
Pronto aterriza porque divisa
un bicho gordo como un salchichón.
Dice “qué rico” y abriendo el pico
pesca al perrito como un camarón.
Perro salchicha con calma chicha
en helicóptero cree volar.
La pajarraca, cómo lo hamaca
entre las nubes y arriba del mar.
Así lo lleva hasta la cueva
donde el pichón se cansó de esperar.
Pone en el plato liebre por gato,
cosa que a todos nos puede pasar.
El pichón pía con energía,
dice: –Mamá, te ha fallado el radar;
el desayuno es muy perruno,
cuando lo pico se pone a ladrar.
Doña Gaviota va y se alborota,
Perro Salchicha un mordisco le da.
En la pelea, qué cosa fea,
vuelan las plumas de aquí para allá.
Doña Gaviota: ojo en compota.
Perro Salchicha con más de un chichón.
Así termina la tremolina,
espero que servirá de lección:
El que se vaya para la playa
que desconfíe de un viaje en avión,
y sobre todo haga de modo
que no lo tomen por un camarón.*
 de María Elena Walsh

7.
Nada hace suponer que esta sea la pócima para desentrañar el desafío de «enseñar» poesía, pero si creemos que solo con la palabra podemos cambiar el mundo, si necesitamos remover el «alma dormida» de ese que nos espera sentado en un aula, si disfrutamos cuando otro aprende, si deseamos que cada ser humano de este mundo descubra la felicidad que otorga un texto poético, si enseñar, por tanto, es la forma que hemos elegido para vivir para ser completamente; es entonces cuando este texto comienza a tener sentido, a convertirse en el primer paso para enarbolar la espada y, cual hidalgo de carne flaca embestir a los molinos que siguen girando para hacernos creer que esta real locura todavía es posible.



* Los poemas y canciones que forman parte de este ensayo han sido leídos -y probados- en distintas aulas, tanto de colegios secundarios como en CENS de jóvenes y adultos, así como también en capacitaciones en afabetización en el Nivel Inicial y Primer Ciclo.

martes, 29 de noviembre de 2011

A 100 años de una obra impar

Enrique Banchs, autor de La urna, en un dibujo de Carlos Alonso.




por Fernando G. Toledo

En una categórica sentencia final de su obra más influyente, el filósofo Ludwig Wittgenstein iba a dejar anotado un pensamiento, conclusión a la andadura de las páginas precedentes que también hacía las veces de advertencia: «Lo que no se puede decir, hay que callarlo» [1].
Enrique Banchs (1888-1968) parece haber anticipado, con su propio silencio, el mandato del autor del Tractatus Logico Philosophicus. Un silencio poético, el de Banchs, proveniente de un escritor que supo trazar un libro del que ahora se cumple un siglo y que ha sido considerado por Borges, su más entusiasta vindicador, como «uno de los mejores de la literatura argentina».
Ese libro es La urna, obra de tal maestría que constituye una de esas excepciones que ofrece la hechura humana, aunque su aporte haya sido «en gran medida descuidado, sino totalmente olvidado de parte de la crítica literaria» (como opina Vanesa Ledesma Urruti [2]).
La historia es así: Banchs es un poeta precoz. A los 19 ha publicado su primer libro, Las barcas (1907), al que siguen El libro de los elogios (1908) y El cascabel del halcón (1909). Quizá la precocidad es lo más destacado de ese puñado de obras. Precocidad, eso sí, acompañada por una gran pericia técnica y la no menos insólita capacidad del joven vate para abordar desde sus versos temas profundos y solemnes, aromados por cierto perfume modernista, propio de la época.
 El caso es que tras una breve pausa y cuando cursa sus 23 años, Banchs publica La urna, y calla para siempre. Se verá, quizá, un poema suelto en algún diario décadas después, algún texto sacado del pudor, pero como Rimbaud (por dar otro caso célebre de poeta precoz en su voz y en su mudez), decide cerrarle las puertas a la poesía.
 Banchs no huye ni desaparece. De hecho, tiene una actividad social destacada (integra el primer cuerpo de la Academia Argentina de Letras, preside la SADE) y lleva adelante una tarea periodística y educativa incesante. Pero su poesía queda sepultada, obcecadamente sepultada, pues él mismo se niega a reeditar sus obras. Tal decisión, sin duda, incrementa su aura legendaria.
Primera edición de La urna.
¿Qué ha sucedido con este autor? Es Borges –otra vez Borges– quien avanza algunas hipótesis: «Tal vez (…) la carrera literaria le parezca irreal (…). Tal vez no quiere fatigar el tiempo con su nombre y su fama. Tal vez (…) su propia destreza le hace desdeñar la literatura como un juego demasiado fácil (…), hechicero feliz que ha renunciado al ejercicio de su magia» [3]. Pero el propio Borges sabe que ya ha dado Banchs con La urna un «libro impar, uno de los más admirables de nuestro idioma» [4]. Lo demás importa menos, como sugeriría en el poema que le dedicó en Los conjurados:

«Cumplida su labor, fue oscuramente
Un hombre que se pierde entre la gente;
Nos ha dejado cosas inmortales» [5].

El motor de los sonetos de La urna es una ausencia: la de un amor fallido. «Una mujer dejó a Enrique Banchs o lo rechazó o, lo que puede ser más doloroso, no se percató de él» [6], anotaría de nuevo Borges en un discurso para la Academia Argentina de Letras en 1970.
 El desamor que provoca la escritura de los poemas, sin embargo, no convierte a estos textos en el testimonio de una exaltación, no hacen de Banchs una víctima del amour fou. Por el contrario, el poeta exhibe al trazar sus poemas la frialdad de un médico herido, que sabe qué daños tiene y cómo va a desangrarse. Muerto en vida («¡un esqueleto nada más!»), ha hecho de su cuerpo una urna en la que está depositado ese dolor, que contempla con una rima excelsa y endecasílabos que sólo a veces se permiten la oscilación hacia siete o cinco sílabas centelleantes.
 De todos esos versos surge «un llanto viril», «una danza con lo fugitivo y con lo esquivo» (las palabras son de María Gabriela Mizraje [7]) con los que Enrique Banchs alcanza otros temas, por supuesto: el tiempo inexorable, la putrefacción del «deseo difunto», la vacuidad de lo que se escribe. Y también el suicidio, como cuando el poeta mira en un soneto sus propias manos y las desconoce:

«Quizás conduzcan de otro ser la suerte
de paso frágil a mejor fortuna;
y quién sabe si no me darán muerte».

Hay una perfección diamantina en los sonetos de La urna. Es imposible escapar a esa perfección cuando se recorre, uno a uno, los poemas. La forma del soneto parece ofrecerle a Banchs un encastre implacable para su cometido estético: muchos poetas argentinos trazarían sonetos después de él, pero tal vez sólo los de Borges y los del Wilcock de Sexto atisbarían tales alturas.
Parece, acaso, que Banchs supiera que en semejante belleza puede atrapar la carnal belleza perdida. Se anima, incluso, a proyectar un deseo, como en el inolvidable poema sobre el «hospitalario espejo». Pero no se engaña, pues

«igual en la verdad o en la mentira
tengo este solo compañero, el llanto».

Llanto de doble dolor, diría Pablo Anadón, pues «es posible leer en La urna no sólo el debatirse de una ilusión de amor por seguir existiendo en una circunstancia existencial que la condena, sino también la extinción de una idea de poesía absoluta en medio de condiciones epocales -las mismas que aún vivimos- que la han vuelto un devaneo inútil para la sociedad» [8].
Ahogada o no la idea, tomada por fútil o todavía necesaria esta poesía, a un siglo de su publicación, La urna sigue siendo un enigma y también un legado. Quizá en la combinación de eso que nos queda de este libro de Enrique Banchs pueda entenderse su magnitud, al menos si hacemos caso a lo que nos dice su autor en dos de sus versos:

«Aun del mismo dolor de haber amado
se hace el Arte un trofeo conquistado».





Una primera versión de este artículo fue publicada el sábado 19 de noviembre en Diario UNO de Mendoza.


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Notas 


[1] Wittgenstein, Ludwig. Tractatus Logico Philosophicus, 1922. Proposición 7. En el alemán original: «Wovon man nich Sprechen kann, darüber muß man schweigen». 


[2] Ledesma Urruti, Vanesa. «Enrique Banchs: Poeta olvidado, poeta del olvido», en Espéculo. Revista de estudios literarios Nº 40. Universidad Complutense de Madrid, 2008. 


[3] Borges, Jorge Luis. «Enrique Banchs ha cumplido este año sus bodas de plata con el silencio», en revista El Hogar del 25 de diciembre de 1936, incluido en Obra crítica, vol 2. Emecé, 2010. 


[4] Borges, Jorge Luis. «Enrique Banchs», discurso ante la Academia Argentina de Letras, ibídem, 2010. 


[5] Borges, Jorge Luis. Enrique Banchs, en Los conjurados, Obras completas, vol. 3. Emecé, 1991. 


[6] Borges, Jorge Luis. «Enrique Banchs», ibídem 2010. 


[7] Mizraje, María Gabriela. «El retorno de un poeta», en La Nación del 22 de marzo de 2000. 


[8] Anadón, Pablo. «En torno a La urna, de Enrique Banchs», en revista Fénix Nº 9, abril de 2001.




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Sonetos de La urna
de Enrique Banchs



Entra la aurora en el jardín; despierta
los cálices rosados; pasa el viento
y aviva en el hogar la llama muerta,
cae una estrella y raya el firmamento;

canta el grillo en el quicio de una puerta
y el que pasa detiénese un momento,
suena un clamor en la mansión desierta
y le responde el eco soñoliento;

y si en el césped ha dormido un hombre
la huella de su cuerpo se adivina,
hasta un mármol que tenga escrito un nombre

llama al Recuerdo que sobre él se inclina...
Sólo mi amor estéril y escondido
vive sin hacer señas ni hacer ruido.


*

Nunca como esta noche de verano
de gran silencio melodiosa y pura
he sentido la lánguida dulzura,
la irrealidad, de mi pasión que en vano

confieso al alma de la noche oscura.
Bien sé que espero en algo muy lejano,
algo que no se toca con la mano,
que no se puede ver ni se figura;

algo como plegaria de intangible
boca, pero plegaria imperceptible;
un suspiro del viento, acaso una

música de violines escondidos;
una vaga mujer cuyos vestidos
ondulan en el claro de la luna.

*

I
Cubra tu forma de ánfora un sudario,
lleva en la mano el arlequín de paja
del deseo difunto y desencaja
de ti misma el impulso pasionario.

Y anima en tu atavío funerario
un pie de sombra, un paso, así, en voz baja...
Vayamos al país de la mortaja
y al sitio finalmente hospitalario.

Vamos a ver la dama que con metro
igual nos mide a todos. Cuyo cetro
es la amapola erecta y asfixiante.

Cuyos son el palacio y los salones
con la base en la tierra devorante
y con techumbre en las constelaciones.


II
Surge una hoz en la marmórea entrada,
blanca como el silencio... O voi che entrate...
vosotros, mármol en que nada late,
columna en tierra, espiga cosechada...

En vez del huésped de la rama, el trino,
grandes lágrimas vierten los cipreses.
Alma, enmudece, que no sirven preces,
ni vale el lloro donde está el Destino.

Mira el rebaño blanco de las piedras
tumbales, y pastores, a las hiedras
quietos en la pradera taciturna...

-¡Juventud!- ¡oh, qué cosa llamas, alma!,
¿con gloria y tempestad nombras la calma?...
Y en eso sonó un canto en una urna.


III
En una antigua urna cantó un grillo.
Decía: "en la cabeza de tu hermano
levanto un canto rápido y lozano
y me sirve de atril cráneo amarillo.

Por furtiva rendija entré en la fría
caja; y entre los pálidos despojos,
(¡maravilla de oídos y de ojos!):
venciendo al Tiempo su ilusión vivía.

¡Alegría fugaz de haber vivido,
alegría fugaz, la he recogido
como la abeja de la flor el polen,

para que mis sonidos la enarbolen;
y de ensueños del muerto se hace el canto
que como musical pendón levanto!".


*

Hijo blanco y moreno de las mieses,
pan nutridor, mi sangre te incorpora.
Serás quizás al cabo de los meses
la viva luz que mis pupilas dora,

o en el cerebro el nervio de la oda,
o en la garganta el hálito vocal,
ya que la ley renovante cambia toda
materia en expresión espiritual...

Hijo triste y fatal de los sentidos,
¡oh, amor! En esto acabas: en canción.
Nada es estéril, no, ni la ilusión,

ni el sueño, ni los pétalos caídos...
Aun del mismo dolor de haber amado
se hace el Arte un trofeo conquistado.


*


Hospitalario y fiel en su reflejo
donde a ser apariencia se acostumbra
el material vivir, está el espejo
como un claro de luna en la penumbra.

Pompa le da en las noches la flotante
claridad de la lámpara, y tristeza
la rosa que en el vaso agonizante
también en él inclina la cabeza.

Si hace doble al dolor, también repite
las cosas que me son jardín del alma.
Y acaso espera que algún día habite

en la ilusión de su azulada calma
el Huésped que le deje reflejadas
frentes juntas y manos enlazadas.


*

¿De dónde vienen, de qué inaccesible
templo, de qué país maravilloso,
las sombras que nos dan un imposible
beso en el sueño vago y silencioso?

¿Las coronas que en sueños nos coronan,
las flores que llevamos, mas dormidos,
y las mujeres blancas que abandonan
nuestros febriles brazos extendidos?

¿Quiénes están soñando con nosotros
cuando soñamos? ¿quiénes son los otros
seres que no veremos ni hemos visto?

¿Y qué piedad desconocida quiere
que me vengas a hablar y que te espere
cuando apenas si existo?

sábado, 19 de noviembre de 2011

La plenitud de un instante

  
La plenitud, Cladia Masin. Hilos editora, 2010, 52 pág.

por Fernando G. Toledo

Platón estableció el curso del pensamiento con los conceptos de progressus y regressus. El regressus nos lleva desde los asuntos concretos hasta las ideas y luego, desde el análisis que éstas nos permiten, podemos hacer el progressus nuevamente hacia los fenómenos de que partimos.

A la derecha, Masin brinda por La plenitud
Ese fluir parece abrirse ante nuestros ojos en La plenitud, último libro de la gran poeta Claudia Masin, autora de la vista (2002) y Abrigo (2007). Si casi cada poema propone una idea desde los universales (La gracia, La lluvia, El mundo, El descanso), sin embargo los textos nos llegan desde la carnal contundencia de lo particular, físico y corpóreo.

La autora pone aquí fragmentos, partes de sus días, de sus recuerdos, objetos del paisaje con que convive, y su interlocutor o interlocutora espera desde lo tácito. Una espera que, sin embargo, no parece pasiva, sino cómplice, pues cada letra de cada poema está escrita para ser exhibida, mostrada, obsequiada a ese o esa que allí la lee, la oye.

Y lo que le dice y nos dice Claudia Masin es que plenitud no significa necesariamente completud y por ello no importa –nos repite– tener lo que hemos buscado: basta apenas con tocarlo. Pero, claro, sin ese roce, sin ese tacto, nada será pleno, pues «De qué sirve / una belleza material que no pueda tomarse entre las manos / como una piedra y ser llevada siempre encima del cuerpo», como canta en El talismán.

Por eso, por todo eso, es tan sólido este libro. Porque con él la autora rescata los instantes en que acaso alcanzó, breve y fugazmente, esa plenitud. Porque contempla esa plenitud y la revive en palabras. Y así los lectores nos sentimos «como animales que han luchado demasiado por su vida, / no sabemos qué hacer con la alegría, y si llega, / seguimos huyendo para salvarnos».


Dos poemas de  
La plenitud
por
Claudia Masin


EL HÁLITO

Pero los miedos, las ilusiones infantiles no tienen evolución
ni progreso, son hálitos que sostienen la vida,
pequeños círculos de aire que nos rodean como una órbita
de la que no se puede salir porque no hay nada fuera de ella,
el vacío, el espacio exterior donde flotan los planetas
y nadie podría respirar, mantenerse en movimiento.
Quisiera que entiendas. Lo que se hace al huir del amor
es huir de ese hálito, y entonces lo imposible sucede:
la propia vida queda en suspenso y conocemos la libertad
de los que nunca han existido o de los muertos.

*

EL DESCANSO

Y hay, entre todos los que se aman, algunos que no pueden
lograr el descanso en los brazos del amado. A esos,
la serenidad del corazón no los alcanza, y les toca el trabajo
constante de inventar -para poder saber el uno del otro-
un lenguaje de señas semejante al de los barcos
que a través de luces o sirenas se llaman en la noche,
a veces se responden, otras veces se ignoran y se vuelven
solitarios y callados como las criaturas
del fondo del mar.

sábado, 8 de octubre de 2011

Débora Benacot, punzante y al sol


REPORTAJE HAIKU A DÉBORA BENACOT


por Hernán Schillagi

Intro

La sección consiste en que los poetas nos respondan tres preguntas (tres versos tiene el haiku) que están referidas a las tres características esenciales -según Matsuo Basho- del haiku japonés: en este momento, en este lugar, atravesados por una reflexión.

Débora Benacot, nacida en Mendoza en 1976, su voz comenzó a sonar por los bares de la ciudad en sus numerosas performances poéticas, fue partícipe de varias antologías locales y columnista literaria en el programa de radio Oso Anda. Publicó a comienzos de este año Ácaros al sol, su primer libro, que resulta una suerte de poesía reunida donde a través del humor, la ironía, caligramas y los juegos de palabras hace una revisión de las vanguardias históricas. Acaba de recibir el Primer Premio Vendimia de poesía por su obra Pirsin. Multifacética, incisiva y clara. Tres características que, de algún modo, la definen para las tres preguntas que nos va a responder.


1/En este momento


-Este año publicaste Ácaros al sol, tu primer libro ¿Qué cambios necesarios y diferencias notás que aparecen en un poeta al dejar de ser inédito?


-El primer cambio es haber asumido el oficio de una manera concreta (en el sentido más atávico). No había difundido mis escritos más que en revistas y antologías, tener un libro propio era un anhelado proyecto que pude cristalizar, ahorros mediante. Dejar de ser inédito, en cualquier sentido, es sacarsetambién el escudo protector del anonimato. Pero no porque la gente vaya a reconocerte por la calle, sino porque esos poemas que antes estaban resguardados y a salvo en tus cajones o archivos de computadora, ahora están desnudos sin más, frente al mundo y uno ya no está ahí para cuidarlos. Es un buen ejercicio de apertura, humildad, entrega y realidad, si se quiere. El resto del camino implica seguir escribiendo y creyendo en lo que uno hace. Puedo hablar de lo que me pasó a mí, tal vez a otras personas les suceda algo distinto.


2/En este lugar

-Cuando se lee en los bares ante el público ¿Cuánto y de qué manera se transforma la lectura de poemas en solitario?¿Escribís poemas pensando en una puesta en escena?


-Como apunta Octavio Paz, «leer un poema es oírlo con los ojos; oírlo, es verlo con los oídos». Son dos experiencias diferentes y, a la vez, las caras de una misma moneda. La principal diferencia es que al leerlos en solitario, la voz es esa que programa nuestro cerebro, familiar, escurridiza, indescifrable. En cambio, al escucharlos en la voz de un tercero, el fenómeno se torna espectacular, queda enmarcado en el tono y el ritmo de ese otro, nos volvemos testigos de un acontecimiento que ya no nos contiene como el de antes. Son, entiendo, dos naturalezas que a veces se unen y potencian mágicamente. Jamás escribo pensando en una puesta en escena. Nunca sé si lo que escribo va a ser leído por mí frente a terceros y tampoco es lo que importa. Me concentro en que el fondo y la forma se sostengan por sí mismos, en el límite del poema. Recién empiezo a pensar cómo haré para leerlos cuando tengo alguna presentación a la vista. Entonces busco la mejor manera de decirlos y a veces hasta los acompaño con algún accesorio dramático, porque me divierte.


3/Una reflexión

-Tu nuevo libro, que acaba de ganar el Vendimia, se llama Pirsin ¿Cómo debe ser de punzante un poeta -y sus poemas- en la piel de los lectores?

-El poeta escribe porque está en su naturaleza y el lector reescribe en su lectura, porque así funcionan las cosas. Traducción simultánea e imposible de una intuición, si uno es lo suficientemente certero y veloz (cosa difícil), la flecha llegará con éxito al blanco. Aunque al momento de escribir no se piense tanto en el lector (como en el caso de la narración, se me ocurre), sino más bien en ese objeto misterioso que está siendo construido con palabras. Cuando el mecanismo queda oportunamente ensamblado en su unicidad y extrañeza (sabemos que no hay instrucciones ni foto de modelo terminado), solo es cuestión de tiempo para que el lector se acerque, toque, se pinche, sangre. En esta tribu urbana (o mejor: humana) de quienes usamos como pirsin la poesía, siempre habrá espacio en la piel para otro poema.



Haikus (inéditos)



Llamó tu amor
arrepentido, frágil
y vos sin crédito.

*

Así al trasluz
la piel parece menos
definitiva.

*

Tu ausencia-lobo
duele más en las noches
de luna llena.

*

Aquí y ahora
seguirnos respirando
es lo que cuenta.

*

Reza el cartel:
“Cuidado: tinta fresca”.
Leer es húmedo.


*

Final de charla
sonrisa de gurú
preguntas sobran.

*


Todo este día
escandiendo los versos
por si importara.


de Ácaros al sol (2011)


Pendiente

En esta casa
crece la ausencia
su llanto
tejido de retazos
noche a noche

en la araña
el cristal
boya en suspenso
desde el cielorraso

todo es así de triste
y desolado
como plaza inundada
y sin columpios.

*

DIANA LIVIANA

Te conozco, cascarita

sos la etérea soberana inapetente
la domadora de endebles voluntades
mamacita piernasflacas
ejemplo de masas por las masas que no ingieres
y los meses que sostienes cada rollo a raya.

¿Ser o no Ser?
He aquí el dilema del yogur insulso
No sólo serlo, sino padecerlo.
Sólo los fuertes pasan de largo
el costo del suplicio
y entrenan su hambre con ahínco.

Un séquito de ninfas fofas, resentidas,
besa los cortos gramos que tu cuerpo pesa.
Te aclaman, te envidian, te odian, por bella.

Te conozco, cascarita
de tan leve
tan frágil
tan amarga y magra
tan sutil
toda oquedad y angustia.

No te tragues esas lágrimas,
que engordan.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Elogio de la variedad

Repercusiones de los recientes Premios Nacionales de Poesía



Por Sergio Pereyra

En un artículo aparecido unas semanas atrás en el que cuestiona la adjudicación de los Premios Nacionales de Poesía, la poeta y ensayista Ivonne Bordelois, autora de los estupendos La palabra amenazada y El país que nos habla, luego de analizar un poema («Sudorosos en el porche») de la galardonada con el primer premio, Diana Bellessi, se detiene en un verso («batiendo grácil las alas»), ante el cual se interroga: «¿se puede escribir así en el 2011?». Y nos preguntamos el porqué de esta pregunta que, amén de tener ya una respuesta (el verso existe), es tan prescriptiva. Es decir, ¿hay una única forma de escribir?

Que Bordelois estime que la hay, parece contradecir otro pasaje de su nota donde elogia «el capital poético extraordinario de nuestro país», porque, ¿no es acaso la presencia simultánea de poetas como Bellessi, Arturo Carrera, Hugo Gola (acreedores del segundo y tercer premio respectivamente) y Jorge Leónidas Escudero (apenas mencionado, y pan de la discordia); y muchos pero muchos otros, un factor determinante de este saldo positivo?

Como lectores una de las experiencias más interesantes que nos pueden suceder es precisamente encontrarnos (en ocasiones, toparnos) con una variedad de obras que cubren un arco que va de lo lírico a lo prosaico, de la elaboración puntillosa al aparente descuido. Y es que hay poesía para todos los gustos, aun para los distintos gustos de un mismo lector; pues, «si ser siempre el mismo es un fastidio» (Foucault), leer siempre lo mismo, además de empobrecedor, es aburrido; y el aburrimiento, el peor pecado que un aficionado a las letras puede cometer. Entonces, según las circunstancias, ¿por qué no regocijarse con estéticas diversas, a veces incluso opuestas? O sea, hay momentos cuando ansiamos que nos hablen de determinadas cuestiones y de determinadas maneras, y otros, todo lo contrario. ¿O un mismo señor no puede disfrutar de los arabescos verbales de una Bárbara Belloc («Quiero un poncho del color de los caminos./ Quiero un poncho hecho de lana de la luna./ Un velo más de la cebolla menos un pétalo, un paso/ sin huella…») tanto como del ascetismo de la gran Juana Bignozzi? («Consagré y consagraron mi vida/ a tareas que se cumplirán sin mí// no veré morir a mi madre/ no conoceré el delirio por un hombre/ no viviré en la revolución») Y si esto sucede cuerpo adentro de un sujeto, imaginemos lo que puede ocurrir en una comunidad de lectores.

En cuanto al poeta, ¿quién, sino su propio deseo, podría indicarle qué o cómo debe escribir? Aunque hoy por hoy la rima (la consonante sobre todo) huela a naftalina, si fuera del gusto de un autor usarla, nadie podría impedírselo; en última instancia serán los receptores (los de a pie, los especializados) quienes juzguen si en ese caso concreto tal procedimiento resultó adecuado, o si merece –o no- ser premiado. Y ya que el asunto de los premios regresa (en el caso del restaurado Premio Nacional de Poesía, causa de algunos enojos, y de muchas alegrías), qué decir, sino que son poco más que un frágil puente –publicitario- tendido entre el poema y sus posibles lectores, ya que, por lo usual, un poeta premiado solo accede -cuando accede- a su cuarto de hora de pequeña fama en las páginas de los suplementos culturales, páginas que, también por lo usual, suelen ser las primeras destinadas por el comerciante de barrio a envoltorio de huevos. Por experiencia sabemos que ningún libro por muy internacional y merecidamente laureado que sea (valgan como ejemplos los muy bellos la vista de Claudia Masin y La llave Marilyn de Laura Yasan) provoca amontonamientos histéricos a las puertas de las librerías cual si del último Harry Potter se tratara. O sea, de lo que se habla es de «una ausencia de demanda que hace de la poesía un margen, pero un margen (y no es un consuelo de tontos) en el que ha estado y está su posibilidad de resistencia, su posibilidad de fiesta y de goce» (Genovese).

***


MUESTRARIO DE VARIEDAD



Un poema por poeta mencionado.


Títere de la moneda

Pringles, 4 de enero de 2004.
Viene un chico a la puerta y grita desde afuera:
“Señor, ¿tiene una monedita?”
Abro la mirilla grande de la puerta negra,
Le digo entre los relieves oscuros: “¡Sí; ya
Vuelvo!” Y voy hasta la caja donde guardo
Los títeres de guante; me calzo uno y
Lo llevo hasta la mirilla, ahora Boca de Teatrino:


“-Siiiiiiiiiiiiiiiiiiii?”- y el chiquito se ríe.


Y el títere de la moneda le da la moneda.
¡Por suerte no soy yo!
El títere de la moneda le da la bienvenida a mi puerta.
¡Por suerte no soy yo!
El títere le dice que todos los remordimientos
Son esa moneda trucha que le da.
Que todo el dinero del mundo
Es su mentira que le entrega.
Que toda la falsedad de la tierra cabe
En nuestro dolor, en la mísera alegría
De ese instante sin rencor: “¡Gracias, Señor,
Hasta mañana!”


Arturo Carrera. Potlach.

*

SI SOLO FUERA UN SOPLO
el amor
poco valdría

si fuera solo un fuego
el paso de los días
lo apagara

si un agua suave fuera
el sol lo absorbería
con su llama imperial

qué es entonces
si no es soplo
ni fuego
ni agua?

tal vez una sed
que clama
un llamado que no puede
ser oído
una memoria que traspasa
los días
un olvido que vuelve
y vuelve
más vivo que todo
lo vivido.


Hugo Gola

*



LE DIGO A UN GRAN POETA


Hölderlin,
a tu mamá una carta le dijiste,
¿recuerdas?, «todo lo alcanza el amor». Escribiste eso y hoy
desdícete, por favor te lo pido, Hölderlin,
pues quise detener lo que huía
con palabra a mujer y no alcancéla.

Es por eso me duele haber creído
lo tan absoluto que escribiste
y tan serio en mi que speranzado
corrí tras el amo a lo tonto
cayéndose la baba.

¿Es que mentiste?
Sea como sea desdícete, Hölderlin,
así ningún pobre namorado en desgracia
se largue al infinito con todo
y sufra como yo destrozo de alas.


Jorge Leónidas Escudero. Antología personal



Hosanna:
Oculato osario

Apenas se puede mover el viejo, está hecho concha: todo blanquito y calcáreo, quietecito en el fondo de la residencia Egeo, sin una perla en la boca ni una moneda en los bolsillos, con los huesos ensanchados como una mantarraya y un abanico estático en la mano aun más estática. Está esperando la visita, mudo, tieso; un bailarín congelado en el aire en pleno salto y sometido de inmediato a rayos X cuyos efectos lo convierten en la idea de un muerto capturada en la fugacidad del movimiento, cuando comienzan a caer al suelo las costillas, las dos rótulas, el fémur, el sacro. Es una víctima nuclear, todo él digno de relicario; esperando el más allá como quien espera un barco que zarpó recién, como quien espera cura, o amor de parte de quien no ama. Parece un aljibe. Parece una fuente de agua sin agua, de piedra. Pero el viejo escucha todo, pero no lo que pasa: escucha el río que corre y los grillos de madera, la burbuja de la valva que sube a superficie, el crujido de la piel de la serpiente.

(recuerdo de la rambla)
A propósito de: Ítalo Svevo: Senilitá.

Bárbara Belloc. Espantasuegras


*


después de décadas vos me anunciarás mi muerte


el día que dejes de hablarme de manera irónica
seca y un poco desatendida
sabré que me estoy muriendo
el día que dejes de decirme
por favor se habla con el subjuntivo lo has olvidado
no se viste uno con flores y rayas
no se sale así a la calle
ese día seré conmovedora
digna de piedad
y toda forma de felicidad habrá desaparecido
el día que me disculpes cualquier
cosa que diga
sabré que ha llegado el final


Juana Bignozzi. Si alguien tiene que ser después



*

Madre e hijo


Despacio, despacio, que hasta aquí no llegue la prisa
de la muerte. No quiero que venga la primavera
dijiste, no tengo ropa que ponerme. En las montañas
pareciera que siempre está a punto de desatarse
una tormenta, pero hay una sola tormenta en todo
el invierno. Cuando sucede salimos los dos
a verla. Te tiemblan las manos como a una niña
pequeña, siempre me pregunté si de alegría
o de miedo. Todas las cosas únicas aterran.
A veces quisiera protegerte, taparte los ojos,
que no adviertas la primera gota
desprendiéndose, inevitable, del cielo. Que no sepas
que por más que hagamos silencio por meses,
por años enteros, acabaremos por decirnos una
u otra palabra y en ese momento comenzará
a correr el tiempo.

Claudia Masin. la vista

*


Plegado en sí

como un juego de cubos infinito
una muñeca rusa que guardara en el fondo
los gajos de una flor crecida en una grieta
hago trinchera en el silencio
y es la palabra que no digo
el ladrillo de furia en la cara del miedo
un lunes con la lengua cortando el paladar

lo que resta es apenas un átomo de tiempo
una laguna quieta duplicando la imagen del presente
plegándola en sí misma para aguantar la vida adentro de la vida
mi corazón latiendo en su mensaje turbio

¿es posible morir de intensidad en la jaula del cuerpo?
¿es posible que en ese atardecer
brille el error como una luna enferma
que me devuelva limpia al punto de partida?

lo real es impuro
podría soportar esa fragilidad
si conservara intactos los ojos cuando vuelvo
si pudiera ganarme la otra parte del día
merecer el misterio

Laura Yasan. Ripio


*


PRIMAVERA

I

Las calas, aros de Etiopía, abren su corola
blanca. Señalan un sol. La forma más simple
y perfecta.
Un aro de música para esta mañana.
un viento del oeste
y la decisión de sostener la vida
entre los brazos abiertos.

II

Un pato biguá
deja su estela de plata.
Ramón cruza a remo
como oficiando misa en el agua.
Él es el símbolo, la clave.
De espuma que se borra,
de espuma la canoa
donde el Mudo
despliega su canción.


Diana Bellessi

viernes, 9 de septiembre de 2011

«Principio de permanencia», de Laura Yasan


por Paula Seufferheld



principio de permanencia

                                                                     a Juan Luis Andrade

así como en lo puro habrá crudeza
como fue lucifer el más hermoso entre los ángeles
abril el más ligero de los meses
y nadie
ha caminado jamás sobre papel de arroz sin dejar huella
ni trazado un sendero sobre el agua

      creés en la distancia

y nada más girás sobre tu centro a la velocidad de un disco de vinilo
una voz te persigue
una carta te pisa los talones y lo darías todo por convertirte en sal si volteás a mirarla
      (que un relámpago surque de nervaduras líquidas el cielo
      que te lleven las aguas si con eso evitaras sus ojos implorando)

      creés en el avance

así la travesía es el principio
de una ley que refuta el movimiento

no hay recuerdo tan límpido que pueda atravesarte cuando ya te hayas ido
tan lejos como puedas es demasiado cerca
no hay cuchillo tan lento

***

La excusa del poema

El poema que nos conmueve se escribe en el cuerpo porque nos habla de quiénes somos con palabras que no conocíamos pero intuíamos. Así el poema se vuelve revelación. Intentaré transcribir con palabras –a menudo torpes y mezquinas- mi experiencia luego de leer y releer «principio de permanencia» del libro Ripio (NuevoHacer, 2007) de Laura Yasan.
Mi propuesta: interactuar con el texto, ser una voz que trabaja entre los versos, que los interpela y resignifica. Mostrar mi hoja de ruta para que al enfrentar el poema y mis impresiones, en ese juego de espejos, tanto yo como ustedes quedemos atrapados en un sinnúmero de imágenes que se replican y repelen.

así como en lo puro habrá crudeza
como fue lucifer el más hermoso entre los ángeles
abril el más ligero de los meses
y nadie
ha caminado jamás sobre papel de arroz sin dejar huella
trazado un sendero sobre el agua


Las antítesis se suceden y no sé donde te llevan. Asentís con la cabeza luego de repasar cada verso: lo puro y lo crudo, el viejo tópico de la rosa con espinas… no hay tersura que no tenga un revés de aspereza, pensás. El señor de la muerte fue el primero de los ángeles en el paraíso perdido. El más gris de los meses es también el de la brisa amable que se asimila a la libertad de las hojas. El papel más delicado, material para flores y acuarelas, imposible de escribir, es, a la vez, tierra firme para imprimir tu huella. Y el agua por más que recupere continuamente su forma, ya fue surcada por tus pies descalzos.


creés en la distancia

Cierre de la antítesis. Aquí hay una afirmación que destruye un acto de fe: creer en la distancia es absurdo, imposible como todo lo enumerado.
Te detenés y observás en la mitad del poema una duda: ¿la distancia es imposible o tiene una naturaleza diferente a la que le atribuiste siempre?

y nada más girás sobre tu centro a la velocidad de un disco de vinilo
una voz te persigue

La voz que habla sentencia, como en el mito de Edipo, llega el momento de mostrar la verdad, destapar los ojos: a 33 ½ rpm, en un disco donde solo has grabado los latidos de tu corazón, el bombeo monocorde se confunde con el chirrido de la púa. Diástole y sístole que saltan en los surcos sucesivos de tu larga duración y el centro se aproxima más y más. No hay distancia física (la probaste, ¿te acordás?) y en un páramo perdido gritaste y en lugar de tu eco, hallaste esa voz que insiste, que no da tregua, que persigue.

una carta te pisa los talones y lo darías todo por convertirte en sal si volteás a mirarla

Voz, carta… «el otro» hecho texto, trama que amenaza, que quiere enredarte. Escapar es girar en círculos y la distancia un acto imposible. Atrás Sodoma. Fuego y azufre para los condenados pecadores. El desastre. Aunque no girés la cabeza el resplandor de la ciudad incendiada se refleja en los objetos que tenés por delante. Orfeo miró y terminó perdiendo el amor para siempre. Pero atrás no está Eurídice, bien podría estarlo, reemplazar los terrores de Sodoma por el mito griego, mirar y perder, eso es lo que querés, perder. Olvidar, aquí y ahora. Pero el olvido se demora, apenas se arrastra en su letanía de caracol.

    (que un relámpago surque de nervaduras líquidas el cielo

Y girás pero la luz del cielo y su tormenta te enceguecen, no ves a quien amás y agradeces el acto piadoso de esa naturaleza encrespada. Cuando volvés la espalda seguís siendo un hato de carne y huesos caliente, excitado, concentrado en tu huida.

     que te lleven las aguas si con eso evitaras sus ojos implorando)

Pero las aguas forman remolinos y dejarte arrastrar es volver al centro, como en el disco, pero ahora la melodía de tu sangre es disonante, violenta y adquiere la contundencia de las olas al romper contra las piedras.

     creés en el avance

así la travesía es el principio
de una ley que refuta el movimiento

Primero fue destruir tu fe en la distancia, ahora, el poema intenta demoler tu fe en el avance. Recordás algunos pasajes del poemario Viajero inmóvil de Fernando G. Toledo. Los versos del poeta mendocino llegan a conclusiones similares sobre el concepto de distancia vertidos por Yasan: «Con este vicio nómade estancado en la partida» (poema 1), «Cuento los pasos otra vez uno a uno despacio/ Y descubro que dibujan un círculo obsceno» (poema 13), «Viajero inmóvil que gira sin eje/ Hacia un remedo de repeticiones» (poema 18).


no hay recuerdo tan límpido que pueda atravesarte cuando ya te hayas ido
tan lejos como puedas es demasiado cerca
no hay cuchillo tan lento

Si el camino es el círculo, el disco de vinilo, la púa que dibuja el surco o el dedo que da forma al remolino de agua; si convertirse en estatua de sal es ver por una eternidad unos ojos implorando, conviene abandonar tu fe en la distancia y dejarte desangrar hasta el olvido.

jueves, 11 de agosto de 2011

La disputa por el margen



Esa empleada doméstica indocumentada del mercado.
María Moreno.



1.
Apenas el muchacho con veleidades de poeta llena su primer cuaderno de versos, tarea que suponemos concreta con rapidez, pues «escribir para abajo» rinde, y como le urge que el mundo se anoticie de sus miserias -las del mundo-, o de la belleza de los pechos de su novia –de la novia del poeta-, sale en busca de edición en editorial prestigiosa. Mas como en tales empresas nadie se interesa por su trabajo ni, en general, por el de poeta alguno, el muchacho repudiado de manera tan grosera cuélgase el mote de marginal. Y como todo margen para serlo necesita de un centro, el mencionado muchacho edifica uno -imaginario- habitado por aquellos que sí publicaron, a quienes desdeñosamente comienza a referirse como a «los comprados»; rótulo con el que, aunque por razones distintas, concordamos: «comprados», sí, porque fueron ellos mismos quienes financiaron la impresión de sus libros.

El paso siguiente en su camino autoconsagratorio como bardo de los bordes es despotricar contra el adocenamiento de esta sociedad (incluidos los poetas que no comulgan en su capillita), incapaz de captar la intensidad de sus iluminaciones (del muchacho con ínfulas de poeta, se entiende); lo cual no sería censurable si sólo se efectuara junto al oído de alguna jovencita deseosa de entibiar las sábanas del novel escritor, pero que cuando se erige en programa estético hace agua por los cuatro costados.

2.
De un tiempo a esta parte, tanto en las grandes ciudades como en las de provincia, asistimos al cíclico recrudecimiento de la lucha por el margen; no por su enunciación, sino por la exclusividad de enunciar desde él. No obstante, si ponemos la lupa sobre el fenómeno de la lectura veremos que se trata de una actividad más o menos marginal. Si continuamos nuestro examen, descubriremos además que dentro del universo de lectores, los de literatura representan a su vez un margen, puesto que un porcentaje significativo se inclina, entre otras temáticas, hacia la autoayuda, la metafísica o las biografías de famosos. Y si lo proseguimos, esta vez con lupa de mayor espesor (tal es la dificultad para hallarlos), apreciaremos que dentro de los lectores de literatura, los de lírica son un número aún más exiguo. Por lo tanto, en un mercado que no llega a «despensa» (las ediciones de poemarios raramente superan los 200 ejemplares, que con viento a favor su autor distribuye a precio de costo entre amigos y familiares), donde la poesía es un margen dentro del margen del margen: ¿qué poeta no es un «marginal»?

Es decir, muchacho con pretensiones de chamán, como el de dios, el de la poesía no es un reino de este mundo. No en un país como el nuestro, donde los poetas pagan sus cuentas con las pobres monedas que les brindan la cátedra o el periodismo, con los billetes obtenidos en el estudio o el consultorio; no mientras, en todos sus niveles, la institución escolar se digne a recuperar su rol de entrenadora de lectores eficientes –y amorosos- de poesía. O sea, no deberías confundir «lo que da de comer con lo que alimenta» (Silvestri). Deberías en cambio aceptar -y agradecer- que la publicación de versos tenga todavía mucho de amateurismo, porque en esta condición radica una de sus más altas virtudes: la libertad; que a vos, muchacho, te permitirá, si es ese tu deseo, seguir alabando las prominentes o modestas curvas de tu novia o lanzando diatribas contra el mundo, sin la obligación amarga de cautivar a los lectores o gerentes de las casas editoriales (testimoniada por más de un novelista mártir); tendrás tan solo que gustarte y, con suerte, gustarle a aquellos que naturalmente se inclinen hacia tu obra.

3.
¿Cuál fue el objetivo que impulsó el movimiento de los dedos sobre el teclado para la redacción de estas notas? ¿Fue acaso la sola crítica de conductas? En parte. De algún modo (solo en este momento se visibiliza) estas líneas procuran que tanto el joven poeta como quienes ingresamos a un bar sin mostrar los documentos, abandonemos las minucias y animemos el fuego de una polémica genuina en torno a cuestiones relevantes para nuestro género; mientras, dejamos en manos de psicólogos (¿de qué otra cosa, sino de egos maltrechos o paranoicos, se habla cuando se instala el problema del margen y del centro?) y sociólogos el abordaje de temas para los que sin dudas están mejor calificados que nosotros. Nosotros que apenas sabemos del amor -¿obsesión?- por las palabras, nosotros que a duras penas intentamos escribir.


martes, 2 de agosto de 2011

La honda necesidad de seguir escuchando

Foto: Maximiliano Ríos.

Del amor. Lectura: Juan Gelman. Música: Mederos Trío. Dirección: Cristina Banegas. Lugar: teatro Plaza. Público: 900 personas.



Por Fernando G. Toledo


«¿Puedo por fin al fin llorar?» podría haber repetido, como en un inolvidable poema, la chica de la butaca de al lado. Ella no quería que todo acabara, pero ya era tiempo: dos horas después de que Juan Gelman y el Rodolfo Mederos Trío pisaran el escenario del teatro Plaza de Godoy Cruz, el espectáculo Del amor concluía consiguiendo el extraño prodigio de dejar a toda la audiencia en estado de éxtasis.

Gelman en su voz y sus textos, Mederos con su bandoneón infinito, más la guitarra de Armando de la Vega y el contrabajo de Sergio Rivas entretejieron una trama sutil que fue envolviendo al auditorio como con las artes de un hipnotizador. No es común ver un público tan amplio y heterogéneo (aunque en él abundaran escritores y diletantes), tan entregado a lo que, de seguro, muchos esperaban que fuera magnífico pero pocos que resultara así, avasallante.

Quizá porque Gelman eligió esos poemas de amor en los que las palabras más gastadas alcanzan un nuevo brillo, en los que las palabras novísimas copulan con las primeras para gestar al verso siguiente una nueva música, un nuevo sentido. Poco importaba que leyera esos sus poemas más célebres como alguno quizá más reciente y menos calado aún en nuestros huesos: su voz cansina, su constante embeberse en el silencio que acechaba, desgranó poemas como Mujeres, Gotán, Ofelia, Oración, Cada vez que paso por Rue des Arts, Cerezas, La estela. Y fue así como, desde el borde del escenario hasta la pared final del teatro Plaza, en el primer piso, una masa humana se rindió ante ese poeta sentado su mesa de madera amplia, quien parecía a veces estar, a veces esfumarse como el humo del cigarro.

Al otro lado de la escena, en cambio, Mederos comenzaba a viborear con su música por entre los versos que caían. De a ratos, vale decir, el sonido de uno acallaba al otro, y desde las butacas era imposible elegir qué escuchar. Pero en otros momentos, los mejores, en cambio, un tango del trío era la siembra para la cosecha del poema siguiente. Y a veces lo que Gelman arrojaba al surco fértil de la noche del lunes, Mederos lo recogía para regarlo con su sonoridad sin par. Tocaba Merceditas, Sur, La pulpera de Santa Lucía o los valsecitos compuestos especialmente para este espectáculo, y era como soldar a cada espectador contra las butacas, hacerle a cada uno de los presentes más lento el tiempo, más honda la necesidad de seguir escuchando.

A ratos, incluso, nada parecía suficiente. Un poema de Gelman despertaba un ansia por volver a oírlo pasar las hojas para seguir con el siguiente, y que nunca se detuviera. Pero luego, con Mederos, De la Vega y Rivas acaecía otro tanto. Quizá no sabían, ni el poeta ni los músicos, el modo soberano con que despertaban el aplauso fervoroso. Y por eso, tal vez, todo funcionaba mejor; porque estaban pasándola soberanamente bien, mientras desfilaban por encima de sus cabezas las proyecciones de las obras de Juan José Cambré, que era lo único que se parecía a los minutos que pasaban, como un desfile inmóvil.

«¿Puedo por fin al fin llorar?» podría haber dicho esa chica o cualquiera de los presentes. Gelman, Mederos, la poesía y la música merecían por igual lágrimas y aplausos, el llanto y la alegría, que es lo que el arte de los grandes conjuga, y enjuga.

Publicado también en Diario UNO.




Un poema de
Juan Gelman



Cerezas

a elizabeth

esa mujer que ahora mismito se parece a santa teresa
en el revés de un éxtasis/hace dos o tres besos fue
mar absorto en el colibrí que vuela por su ojo izquierdo
cuando le dan de amar/

y un beso antes todavía/
pisaba el mundo corrigiendo la noche
con un pretexto cualquiera/en realidad es una nube
a caballo de una mujer/un corazón

que avanza en elefante cuando tocan
el himno nacional y ella
rezonga como un bandoneón mojado hasta los huesos
por la llovizna nacional/

esa mujer pide limosna en un crepúsculo de ollas
que lava con furor/con sangre/con olvido/
encenderla es como poner en la vitrola un disco de gardel/
caen calles de fuego de su barrio irrompible

y una mujer y un hombre que caminan atados
al delantal de penas con que se pone a lavar/
igual que mi madre lavando pisos cada día/
para que el día tenga una perla en los pies/

es una perla de rocío/
mamá se levantaba con los ojos llenos de rocío/
le crecían cerezas en los ojos y cada noche los besaba el rocío/
en la mitad de la noche me despertaba el ruido de sus cerezas
creciendo/

el olor de sus ojos me abrigaba en la pieza/
siempre le vi ramitas verdes en las manos con que fregaba el día/
limpiaba suciedades del mundo/
lavaba el piso del sur/

volviendo a esa mujer/en sus hojas más altas se posan
los horizontes que miré mañana/
los pajaritos que volarán ayer/
yo mismo con su nombre en mis labios/

lunes, 25 de julio de 2011

Historia del poema Oda de Irene Gruss


Por Irene Gruss
(Especial para El Desaguadero)

Voy a intentar contar la escritura de un poema publicado solamente en revistas e internet porque no pude incluirlo en ninguno de mis libros; sentía, siento todavía, que no pega con nada en la unidad o el discurso de cada uno, si bien tiene sus buenos añitos. Se trata de «Oda», poema al que nunca le di mucha expectativa, y sin embargo repercutió de variada manera, casi diría a mi pesar, porque nunca como en este, como en muy pocos en realidad, pude separar tanto lo que suele llamarse el proceso de creación (es decir, como dijo Valéry, lo que una hace en el poema) con lo que el poema dice o intenta decir; en cambio choqué con lecturas literales, lineales, lo que me decepcionó bastante. ¿Estará la falla precisamente en el poema? No lo sé; no lo considero barato pero me pregunto si algo de pobreza no debe tener, dados esos «resultados».

Estaba yo con mi libretita y sentí que la cosa iba a ser para largo, por lo que me levanté y agarré una hoja de resma tamaño oficio (sabrán algunos que a veces la A4 es corta, no alcanza). Esto me sucede sin saber todavía qué, cómo ni cuánto voy a escribir pero en la nebulosa del inicio se «activa» lo que va a precisar ese texto; es casi inherente. (Me pasó también con «El rito», que escribí en un barcito de una playa, con Charly García al mango; no tenía papel y robé un volante de propaganda y le pedí al mozo uno más, si no era molestia. El silencio que exigía el poema y su longitud me los hice a pura concentración, encapsulada casi únicamente en ese leitmotiv «dejen conversar al mar conmigo».)

Decía, estaba yo con las manos en la masa; quería hacer el recorrido del cuerpo pero no un manual de anatomía, como suele ser muchas veces este tipo de textos. Sabía que la enumeración iba a ser complicada con esto en cuenta, pero también sabía -o fui sabiendo- cómo era esa mujer que se masturbaba y por qué se masturbaba. No era solo gozar con su cuerpo; había una historia medio patética además: el otro está ajeno, lejano. Ese convivir de la autocompasión y el disfrute, y al mismo tiempo tratar de que este último prevaleciera sobre el estereotipo de la mujer sola que espera, «la lástima», fueron una de las cosas que más me divirtieron mientras lo escribía. Y también el hacerla moverse, sentirse quizá por primera vez. El uso del tú y del imperativo me ayudó a conseguir un tono entre irónico y grave, que me separaba aún más de la anécdota. No tenía la menor idea de cómo llegar a un final pero también sabía que este debía ser brutal, casi diría cruel. Y justo sonó el teléfono; era uno de esos aparatos sólidos, pesados, de antes, esos que proveía Entel. El acto de levantar el tubo y sopesarlo me dio, cual iluminación no me atrevo a decir divina, el final. Agradecí a quien llamó, corté, y terminé el poema.

La primera versión decía en su momento «Lubrica tu vagina», cosa que sonaba y suena a lubricación de automóviles. Lamentablemente, se publicó así en una revista. Por irresponsable o ansiosa, vaya a saberse. Lo leí por primera vez en Cemento, en un ciclo que organizó Fernando Noy; éramos diez mujeres poetas leyendo antes de la hora en que la gente iba a bailar, entre otras cosas. Mi hijo mayor, de unos quince años en ese entonces, estaba (no así mi hija menor, de unos diez, once) entre el público. Empecé a recibir llamados y mensajes pornográficos ¡de escritores! Y ahí empezó mi malestar. Corregí este poema por última vez el año pasado y ahora navega por internet en sitios de escritura erótica, y otros. Una anécdota de humor: allá por los ’80, un trío de actrices, Marta Paccamici, Lydia Raggi y Damiana (no recuerdo ahora su apellido), alumnas de Helena Tritek, hacía un espectáculo en el que decían y desacralizaban poemas, a la manera de Batato Barea; una vez, en el Centro Cultural Rojas de Recoleta, se aparecieron las tres vestidas de monjas. Primero paseaban entre el público (había una muestra de arte erótico) como si nada; en eso salen con incienso, rosarios, etc., y empiezan a decir como una oración la «Oda». Todavía no eran buenos momentos; vinieron los de seguridad y la policía y tuvimos que correr y subirnos al auto de una de ellas para salvarnos de los golpes y obviamente del ir presas. Las carcajadas todavía suenan.






Oda


Úntate cada pezón con miel
y baja el mentón, la lengua,
saben dulces, toca
circularmente cada punta morada, agrietada o lisa
y luego acaricia el vientre, el ombligo,
haz cine o literatura
con la mente pero no olvides los pezones,
la miel, el dedo circular
hazlo frente al televisor mientras te ríes
y te humillas: mastúrbate, abandona,
cuida el clítoris como a la piel de un niño,
escucha el viento que suena detrás
de la ventana cerrada, guarda tu jugo
a escondidas del mundo
y mastúrbate, que tus piernas
comiencen a abrirse y cerrarse
que tu murmullo sea un gemido ronco,
grito agudo en el aire, en el hueco que pide
penetración, contacto,
habla despacio
hazlo en silencio pero gime
aúlla
murmura aunque sea el goce
el rozarse de tu pelo en la almohada
en la alfombra en la nuca,
mastúrbate,
hasta que las rodillas tiemblen,
hasta que caigan
lágrimas y suene esta vez
no un viento sino un timbre
y otro, regular campanilla,
recién entonces
dilátate como en el parto,
húmeda, tu vagina, el tubo que sigue llamando,
levántalo, bájalo,
introdúcelo, y escucha ahora su voz
lejana, ajena,
y cierra tus ojos, su boca
tan adentro.


Irene Gruss

lunes, 11 de julio de 2011

Una campaña del desierto




Libro del desierto, Omar Ochi. Ediciones Culturales de Mendoza, 2011. 84 pág.


por Hernán Schillagi


Los premios literarios, más allá de la vanidad y el esnobismo, justifican su existencia entre los escritores solo cuando posibilitan el conocimiento de la obra de un poeta que -de otro modo- le hubiese llevado mucho tiempo llegar a los lectores y cobrar visibilidad. Omar Ochi (Mendoza, 1988) resultó el ganador de la edición 2010 del Gran Premio Vendimia con el poemario Libro del desierto. Digámoslo, obtener el primer puesto en un certamen de poesía no se encuentra en los intereses que desvelan a los jóvenes de i-pod en mano, y mucho menos provoca una «mejora» en la escritura de nadie. Sin embargo es al menos auspicioso que un estudiante de la carrera de Letras se anime -entre el fárrago de voces medianeras- a levantar la mano empuñando la palabra poética.


Piedra y camino

La propuesta de Ochi en su Libro del desierto se hace explícita desde el primer poema: romper con el pasado, tanto literario como íntimo, para plantear el tránsito hacia el desierto, es decir, hacia una metáfora de lo desconocido. Rápidamente descubre en dónde se encuentra. Sabe que el camino de la poesía paisajista y sentimental ya está agotado. Como un doctor Jekyll hastiado de lo remanido y acomodaticio separa su cuerpo de lo anterior y se lanza esta vez a buscar el cuerpo informe y malhadado del poeta: «hoy, abriendo el cofre del pensamiento/ y desenvainando la palabra,/ encuentro mi laberinto de arena…»

El poeta, entonces, debe dinamitar sus habilidades aprendidas para lograr descubrirse. Toda búsqueda en lo conocido se vuelve inútil. Únicamente a través de la reflexión, la voz se abre paso y avanza. Es así cómo la arena se le presentará como un símbolo del lenguaje infinito o, al menos, como algo inabarcable. Hay una dificultad, es cierto, la de ser una unidad luego de la separación. «Repaso el día en que te desprendiste de mí…», dice en uno de los primeros textos; para rematar luego: «Partirme en dos canciones/ y volverte a perder».


Todos tus desiertos

El libro también apuesta a un viaje con tres paradas obligadas. La primera, como hemos visto, la «Separación». La segunda, ahora, es un adentrarse en el desierto con los escasos fragmentos que han quedado en las alforjas. Si en la primera parte, los poemas tienen título e intentan dar nombre a cada paso; en «Espejismos» hay una serie de 14 textos numerados como un inventario improbable de lo visto entre la arena y el sol. La esquiva unidad la da el espacio: un desierto silente, inhóspito, alucinado. Es por eso que la reflexión aquí atiza sin miramientos. El dolor se hace presente entre tanta ausencia y de algún modo habla: «una traición sin sospechas/ es tan real como la ilusión». Los hallazgos se vuelven cada vez más temerarios: «pero oímos/ que la muerte es la primera nota del silencio». La voz se desdobla en su soledad, comienza un enfrentamiento vital y se indaga como si fuera otro: «y encuentra un hombre/ que huye del hombre/ que lleva adentro». Entonces, el poeta se encuentra en el oxímoron, en todos los opuestos que desafían la lógica, pero que van produciendo palabras y zonas extranjeras:


aunque lo tenía todo
el halcón se despojó de sus alturas
bajó al desierto
y murió
infinitamente vivo

(Espejismos, XIV)



El libro de arena

La última y anhelada parada, por lo tanto, es la «Poesía». La innumerable arena (¿el tiempo?) sigue siendo el motivo, la base de despegue; sin embargo el poeta encuentra las palabras a través de un «pacto secreto» con el desierto. En esta parte, si bien la tensión que hemos venido palpitando decae y se dispersa, también es cierto que Ochi nos ofrece las piedras ocultas de lo no transitado. Una veintena de poemas sobre la belleza, la escritura, la eternidad, la materia poética en sí; aunque sin la solemnidad que ya estarán suponiendo algunos «bardos culposos» de la actualidad que piensan que, sin ironía y humor, la poesía deviene altisonante y engreída. Ochi, por el contrario, hace una defensa de la poesía, de su acto de escribir a través del tono bajo - sin énfasis- de los que tienen certezas, con vocablos precisos que condensan un eje verterbrador, con el escandido firme y trabajado de una música hipnótica: «Escribo esto que no es mío,/ sino de las manos de un verso/ y mis pedazos». Cuando el silencio dice, el desierto termina.

Omar Ochi con su Libro del desierto nos provoca, de algún modo, a realizar otros viajes de búsqueda poética y humana por algunas obras escritas en Mendoza como Segundo Diluvio de Fernando Lorenzo o, más cerca en el tiempo, La iluminada de Raúl Silanes. Distancias, seguro que las hay y de todo tipo; sin embargo como exige Rodolfo Alonso: «La devoción por la poesía, en la poesía, […] implica aún, mal que les pese a tanto profeta posmoderno, a la vez exigencia y entrega, precisión e infinitud, solvencia e instinto, cerebro y oído…» Quizá por eso, un poeta no merezca un premio; sino que los premios son los que se merecen a la poesía.


Algunos poemas de Omar Ochi



Repaso

Ya ves, ninguno ganó.
Perdimos la historia, las manos, la piel
por tirar nuestras cartas y jugar a llovernos.

Repaso el día en que te desprendiste de mí,
el maldito día, la bendita lluvia
escrita para siempre en el texto de las lágrimas.

Luego te pierdo en la arena,
sangrando tus voces, llorando así:
con la verdad que se sufre en los ojos del tiempo,
en el latido innumerable,
en el final y al revés.

Pues sucede que para volver a hallarte
debo hallarme mil veces,
partirme en dos canciones
y volverme a perder…

*

I

en las dunas
el hombre estaba solo

sólo acompañado
de sus piedras invisibles
sus dudas
y un pueblo de fantasmas
solos

entonces de su costilla
salió un poema

*

Mientras alguien callaba

Reíste cuando algo desentonó
cuando alguien perdió su pájaro y nevaba en otra parte.

Cantaste, dijiste una música;
vengaste el silencio, su crueldad, sus sonidos:
y le diste al amor tu nota más alta.

Reíste, lanzaste luz por la boca
mientras alguien, en el invierno de una rosa,
y en alguna otra parte, callaba.