lunes, 12 de febrero de 2018

Imágenes de una causa personal



 En las fotos todavía corre el viento, Débora Benacot. Fundíbulo Ediciones, 2017, 114 págs.




En qué se parecen las fotografías a los poemas. Mejor dicho, cuánto de las palabras, los movimientos, los gestos nerviosos y las sensaciones ocultas quedan apresados en el breve cuadro de una foto antes de que una cámara dispare su click luminoso. La poeta Débora Benacot (Mendoza, 1976) busca en su nuevo libro En las fotos todavía corre el viento capturar la fugacidad de los momentos -en formato verso- al modo de lo que sugiere Susan Sontag: «Todas las fotografías atestiguan la despiadada disolución del tiempo…».

Ya desde su título, la obra propone que las imágenes de una foto poseen un elemento extra (o extraordinario), un efecto al estilo cortazariano de «Las babas del diablo», donde los ojos pueden sorprenderse con un recuerdo no visto que se corre, o descoloca todo de su lugar fijo.  Por eso, el libro en el diseño simula ser una polaroid recién impresa, con su margen blanco y un cuadro negro detrás, que sostenemos con las manos y, cómo no, también con la mirada: «Todo estalla en la cara / todo está  ya / detenido para siempre // y sin embargo / la sangre seguirá corriendo en esa foto…». Como en sus libros anteriores, Ácaros al sol y Pirsin, Benacot construye series poéticas, es decir, tiradas temáticas que agrupan significados o campos de exploración: «Panorámicas», «Retratos», «Analógicas», «Instantáneas», «Tira de prueba» y «Cámara oscura». Por lo tanto, las modulaciones de la luz que cada poema emite, reflejan recuerdos de la infancia, juegos de palabras, referencias a la cultura pop y la poesía, humor y mucha ironía; como cuando actualiza socarronamente el antiguo refrán: «Selfies vemos, / corazones no sabemos». La autora despliega así un álbum intenso y miscelánico ante el lector, donde los amigos, familiares, algunos poetas y actores famosos (Ted Hughes, Sylvia Plath, Marilyn Monroe y Michael Fox) son flashes manifiestos de una oscuridad compartida.

Entonces, más allá de la moda actual de las autofotos, en toda fotografía que se precie, siempre ha habido una ausencia; alguien que sacrifica su retratada inmortalidad para ser el que está «del otro lado», el que decide los límites de la realidad que esa imagen va a congelar. En este caso, Benacot realiza en varios poemas un intento de vínculo trascendental (quizá ese viento que corre) entre las fotos y su padre, un fotógrafo tan aficionado como certero: «Tu padre ha muerto / no es un ángel que te cuida / desde el cielo / es un nombre / en una placa de aluminio /cuerpo quieto en una caja / desintegrándose en el parque…». Si la poesía, por tanto, es recuerdo, aquí la pregunta sobre la semejanza con la fotografía hallaría su anclaje, su justificación punzante, ya que el poema sobre el padre continúa con esta especie de respuesta: «es una foto / en la que sonríe / como si nada doliera…».

En una época donde los soportes tecnológicos y las redes sociales han permitido una abundancia casi obscena de las fotografías, tomar un puñado de textos que hablen de una pérdida inmensa, enfocar el dolor para revelar en el laboratorio de la metáfora imágenes inolvidables y proyectar, finalmente, el retrato panorámico de una despedida; resulta ser un verdadero acto de amor, de esos que quedan grabados a fuego en la memoria fotográfica de los días y las noches.


***


Seis poemas de En las fotos todavía corre el viento


Un copo
que no es igual
a ningún otro.
Esa estampa inmarcesible
regocijo de criatura
en el asombro
ver así de cerca
lo blanco
para siempre.

Una foto
única
donde todavía
cae la nieve.

*

Cuando tu primogénita
llora en la vereda
y mira hacia el suelo
con su jardinera roja, polera amarilla

vos das un paso atrás
tomás distancia
paren el mundo
lágrimas y rulos
y ejecutás el disparo.

No es sádico, sino más bien
un gesto hasta poético.

Debo haber heredado eso de vos,
además del humor
y los juegos de palabras.

¿Me ves llorar
ahora menos
rulos más alta
sin nadie que se apiade
que venga a eternizar con luz
este otro desconsuelo?

*

Éramos tan jóvenes

En esa foto -como en otras- sonreímos.
La piel tirante,
el pelo del color
que amábamos en esa temporada.

Las ganas de pasar
el rato en el rito de los libros
la lengua larga para hablar
de todos y de todo
lo que hacía girar nuestro
universo
mate, metas, mitos, vino
y siempre en el final
bailar como entusiastas
en el claro de los sillones
que era la pista mejor
para los pasos
que improvisábamos
con el descaro
de sabernos
eternamente impunes
tan bien acompañados.


*

Michael Fox no tiembla
en ese álbum del pasado adolescente
pero a la nostálgica que permanece en vos
ahora le preocupan un poco más
los que desaparecen de las fotos
del futuro.

*

Blow up

Las manos en el líquido amniótico
que revela la imagen
que flota de apoco
que viene del fondo a boquear
en la superficie.

El olor del líquido y la sangre
subiendo
empapando la gasa
al costado de la sien.

Tu muerte
el final enmarcado
en esa cama de terapia intensiva.

Me alejo
con horror
de la instantánea
que aparece
ante los ojos

Me alejo, pero no retrocedo
quedo adherida a la escena
los olores
las manos que duelen
-olvidé los guantes,
no tomé con pinzas-
el piso pegoteado con las babas
del diablo.

Todo estalla en la cara
todo está ya
detenido para siempre

y sin embargo
la sangre seguirá corriendo
en esa foto
como el viento
o el tiempo en estas venas
al costado de los días
desahuciados.

*

Pictures of you

Una canción vieja
para llorar
este dolor nuevo.
La grabás una vez detrás de otra
del mismo lado del cassette
y empezás a torturarte de modo persistente
porque los dolores nuevos
cicatrizan más rápido
cuando se escuchan
a todo volumen
de corrido.


lunes, 8 de enero de 2018

La historia de un poema de Liliana Lukin

Liliana Lukin (foto de Camila Toledo).


por Liliana Lukin
Especial para El Desaguadero

Leí durante años a Spinoza sin comprenderlo del todo, en una traducción directa del latín, con construcciones sintácticas raras y abstrusas que no me rechazaban: algo allí resonaba como un diapasón. Yo leía y releía como literatura lo que era filosofía y literatura, de todas maneras. ¿Qué era ese libro para mí, que me pedía convertirlo en escritura poética? 

La Ética de Spinoza podría leerse también como la teoría de un «mundo soñado». Toda utopía lo es, y cuando un deseo político se hace programa, ¿qué es sino un sueño, el deseo máximo que se aspira realizar en lo real ?

Leí en la Ética el sentido de «volver posible un sueño», leí a Spinoza como la letra de un proyecto que todavía no ha sido posible, como la voz del que va a sentar las bases de ese mundo, creyendo en la racionalidad viable de ese proyecto, explicando sus leyes internas y pensando un mundo donde eso sea, a pesar de todo. La Ética será eso.

¿Cómo ficcionalizar, poetizar, un pensamiento, no ya un libro, como la Ética demostrada según el orden geométrico, de Baruch de Spinoza?

Pero el recurso al concepto «sueño» como sustantivo y no como verbo, que en este relato aparece como frase hecha, y que es una idea repetida en la historia («deseado» como sinónimo de «soñado»), fue como un eureka, después de largas lecturas y búsquedas de una resolución formal, pero un eureka intuido apenas como dirección, o estructura.

Empecé a trabajar en lo que era una expresión de deseos enunciada orgánicamente, y el concepto se deslizó de sustantivo a verbo: cada poema un sueño, todos los sueños, uno por uno infinitos y distintos, iguales cada vez desde otro lugar (describir un sueño, comparar un sueño y la vigilia posterior, analizar el mecanismo del soñar, dudar de lo soñado, saber que es sólo un sueño, imaginar el argumento de un soñar, explorar variaciones de un argumento, derivar hacia otros, en fin, declarar en el poema un saber y renovar la fe en su posibilidad), siempre en relación con lo que la Ética propone y que me interpela, aquello leído allí de mi propio pensamiento político, ético-estético, más o menos visible en todo lo que escribo («La libertad consiste en saber que la libertad está en peligro», dice Levinas).

En el libro siguiente, Libro del Buen Amor, los poemas son como el enunciado de la consecuencia del fracaso de Spinoza en este mundo, donde igual, algo fracasa mejor con él.

Al principio la voz era la de un yo femenino, identificable con el yo de la escritura, la escritora, pero supe que debía pasar todo a masculino, y me resultó perfecto: era él el que explicaba sus obsesiones, como si él fuera un inocente, un médium, un ser sencillo que tiene esa especie de misión: fundar un texto sobre sus sueños de un mundo mejor, aún sabiendo cómo es el mundo.

Un ser que concibe, contra todo el desgarro que el cristianismo instala y aún hereda nuestra ideología, un cuerpo no separado de un alma, un alma que sólo vive por un cuerpo, un cuerpo que determina, un complejo sistema de emociones, deseos y voluntades afectados por otro sistema de pasiones que devienen una u otra conducta, y unas ideas imbatibles sobre lo que es mejor para los hombres y mujeres en esta tierra: la certeza de que «no deseamos una cosa porque es buena, sino que es buena porque la deseamos», fundando casi el pensamiento psicoanalítico y el principio de goce y de placer... y así podría seguir..

Finalmente: la Ética de Spinoza ha sido soñada otras veces a lo largo de tantos siglos, que el hecho de que la palabra «soñar» fuera tan fácil de usar, estuviera tan «cargada» de usos, fue algo contra lo que escribí, y esto es fundamental: yo tomé esa palabra literalmente. Insistí en su literalidad para cambiar la obviedad de su uso, relacionable con los deseos y utopías, y trabajé en el límite de esa doble escucha de la misma, y quise igualmente trabajar sobre el acto de soñar y hablar de lo soñado, incluso cuando lo soñado (y ese es, por eso, el poema clave) sea «el sueño de todos». Va primero ese poema, y como todo este libro ha sido tratado como un sólo y único poema y sus variaciones, siguen otros:

XIV 
Algunos sueños son
mejores que otros,
porque parecen una fuerza natural
donde me pierdo
en otros que los sueñan conmigo,
son felices,
más fáciles de recordar
y antiguos: como si fueran
lo que llamamos –todavía-
“el sueño de todos”.

I

Siendo que
‘el sueño de la Razónengendra monstruos’yo deseo que la Razón
no sueñe,
sino que obedezca al deseo
y sirva a la necesidad.
Mi sueño de obediencia
y servicio se olvida
de incluir entre sus frases
‘si no así, cómo, si no aquí, dónde, si no ahora, cuándo’.
Mi sueño es un sueño
incompleto. Temo por él.

IV

Con una marca de tinta
señalo las puertas
de los sueños no cumplidos:
años de tinta, tiza, carbón,
años de sueños señalados.
Cuando duerma
otra vez, las ideas bailarán
alrededor de una mesa
la danza de los apenas
satisfechos.
Al despertar abriré,
apenas tocando, lo marcado
y gritará: una rajadura
basta para entrar
al paisaje de lo incompleto.
Y estaré cansado,
no como quien trabaja
en un sueño,
no como quien insiste
dibujando detalles de un tapiz
para no corromperse
en lo quieto de haber visto,
sino agobiado,
como quien pone los platos
que faltaban
en una mesa interminable
y no tiene platos
ni pan,
sólo puertas.

V

Si lograra dormir,
profusas imágenes en movimiento
darían plenitud
a la cosa soñada.
Como una mesa sucia
donde han comido los amigos
la escena se expandiría
hacia los bordes: todo mesa,
todo sucio de haber saciado,
todo mantel el mundo.
Pero estoy despierto
y los niños me miran
porque canto, lloro,
bailo en círculos cada vez
más grandes
e inmerso en la pena
entro en la oscuridad.

VI

Sueño con voluntad:
mis sueños como una maqueta
de vidas por armar,
diseñados con materias probables,
equilibrios frágiles y torpes,
razones intercambiables.
Planos de planta,
dibujitos habitables
por los excesos y
la precariedad: telas,
vidrio, papel,
generosidades, honestidad,
obstinación.
En mis sueños,
toda vida así construída
encuentra su arquitecto
y su felicidad.


Y este es el que abre el libro, si bien fue el último que escribí:

Demostración

(habla Baruch de Spinoza)

Sueño con una puerta:
armo mi cerrojo
como una llave.
Como en todos los
bellos sueños humanos,
la puerta da a un jardín.
Pero mi llave abre hacia
adentro, donde solo
hay sombra, perfume y rumor
de hojas y de viento.
Yo que he sido
echado, expuesto, amo el resto
de luz que hace posible
ver el jardín donde no
hay un jardín: amo
mi arrojo, mi cerrojo,
el peligro del texto
concebido.
Escolio:
Sueño con pertenecer. Yo,
que nada tengo, a quien nada
pertenece, he sido arrojado.
Amo mi arrojo,
ese acto contra mí
ha hecho de mí lo que soy:
un artífice
que documenta la visión:
un revelador y un
rebelado.
Sueño con ser
recibido,
que mi madre
tome mi rostro entre
sus manos y no pueda
dejar de llorar.
Sueño con perder
el miedo como se pierde
el amor: practicando
su falta.
Sueño con volver
al regazo aún atroz
del mundo,
con los libros que he
escrito, carne de mi carne,
dentro
del saco, como
almohada:
Yo, que he sido
puesto fuera, temido y
desoído y siempre a punto
de caer, cuelgo
del hilo de mi razón
como de la cuerda
el ahorcado:
soy mi razón y mi cuerda.

Sueño con dejar
palabras en el oído
de un niño: quién
podrá decir que no
dije lo que pensaba y
amé y entregué y cuidé
mi pensamiento
como un padre ?
Sueño con una puerta:
armo mi cerrojo
como una llave.
Como en todos los
bellos sueños humanos,
la puerta da a un jardín.
Pero mi llave abre hacia
adentro, donde solo hay
sombra, perfume y rumor
de hojas y de viento.
Yo que he sido
echado, expuesto, amo el resto
de luz que hace posible
ver el jardín donde no
hay un jardín: amo mi arrojo,
mi cerrojo, el texto
en el peligro
concebido.

Gracias a El Desaguadero por la idea, la invitación, la incitación y el compartir.


sábado, 9 de diciembre de 2017

Como agua para el lenguaje



Sombra de agua, Joaquín Valenzuela. Griselda García Editora, 2017, 54 págs.


Imagínese el lector -lector de poesía, para ser más preciso- que camina por una calle donde se ha montado una feria ambulante, y que cada paso está marcado por los colores de las frutas, los aromas de las especias, la suavidad de unas telas, el clamor de ofertas imperdibles, como también el sabor único de una fritura que nos quema la lengua. Pues bien, abrir las páginas de Sombra de agua, el último libro de Joaquín Valenzuela (Buenos Aires, 1971), es una invitación a un recorrido voluptuoso por los placeres que dan comer, mirar, oír, oler y palpar; pero con la palabra como moneda de cambio: «y no has probado gota / y aún así / la boca / te amanece aguada de palabras…».

Griselda García Editora debuta con este hermoso y cuidado volumen, donde, a modo de caleidoscopio orgánico, cada poema del libro es un giro que golpea los sentidos; es decir, imágenes sensoriales que hacen referencia al mundo animal y vegetal se presentan en sinestesia para fusionar experiencias de una intensidad íntima.  La propuesta de Valenzuela, por tanto, es la de leer en estado de alerta, con «ojos avispados». Así, la sonoridad en el escandido de los versos nos va tomando; aparecen cortes imprevistos, encabalgamientos que buscan continuar una línea melódica y de sentido, repeticiones o rimas internas como señales de guía: «El agua / salía de una serpiente / de manguerita roja / los canales bordeaban / la espinaca, el monte de achicoria / tenía perlas y los cestos / dejaban libre al mimbre…».  Sin aviso, por el desborde de los poemas, el paisaje cambia y, en el mismo poema, los ojos advierten un salto: «entonces / el jaguar / que preparaba su siesta / afiló el diente / en el hierro de las cabreadas / y se arrojó sobre nosotros / como gato de entrecasa…». Selva, bosque y océano se dan cita en una misma casa. Es aquí donde el lector logra establecer conexiones, lo cotidiano puede verse de una manera tan alucinada como reconocible. No por casualidad, Doméstico (2009), es el nombre del segundo libro del autor.

Entonces, la hipérbole se encuentra contenida en el pequeño envase del poema. La sintaxis, por lo tanto, se disloca para «acomodar» una realidad profusa, que aventura -como decíamos- una feria/fiesta de los sentidos. El autor, además, no rescata citas externas para justificarse, tampoco titula sus textos ni divide en capítulos su obra. Hay desorientación, sí, como también desafío: «barrer esas hojas es un limpiarse / la frente de baldíos...». Aparecen juegos inusitados de una percepción que está próxima a revelarse: «chajá gritan de raíz chaj dan / con espolón como si garras / en pareja pacen que pasean…». Se activa de este modo el «dispositivo Valenzuela» para decir, una construcción de un lenguaje extraño, un movimiento de piezas identificables, pero que estallan al menor roce de la mirada, una enunciación que quizás nos ubique en ese lugar que sugiere María Negroni en El arte del error: «Si hay un premio en la escritura de un poema, sería este, encontrar un estado 'otro' de la lengua...».

Joaquín Valenzuela viene buscando desde Actividad física, su primer libro de 2007, un idioma dentro del idioma, como querían Bustriazo Ortiz o Jorge Leonidas Escudero. O lo que es mejor, encontrarle las resonancias al lenguaje que lo refunden desde lo elemental, esa «sombra de agua» que pocos vemos y escuchamos, que no nos atreveríamos a tocar, ni a oler siquiera; pero que la vamos a reconocer como cierta cuando nos pase por la garganta para calmar, como decía Spinetta, la sed verdadera.

***



Tres poemas de Sombra de agua



ya que dijo luz en camiseta
al sol, de cuerpo entero. Semidesnudo
ser, tibia punta de flor que trepa
los jos avispados
por si en el panorama saltara
más que en barro, en puntas
de polilla, polen
polen que en nube se disperse

*

se despertó la nena enjambre
querés hacer como que no la escuchás
porque anoche te acostaste tarde
ni siquiera fue anoche, era esta mañana
cuando volvías del brazo de un amigo
como si fueran dos viejos
escapados del asilo de una fiesta
así que este mediodía o quizá tarde
la nena enjambre de tu vecina
la disfrazada princesa
gitana y gracia del edificio
hierve en zumbidos por la escalera
y sube y baja y sube
con el aguijón postizo de esos taquitos
mientras al lado
los albañiles
suben el volumen de la radio meta
cumbia y cortan
ladrillo ladrillo entonces
salís corriendo a ver el mar
que está en la esquina

*

asar fruta, azahares en naranja
asar morrón el rojo, el verde
y de tan alto soltar el jugo
apagarse el fuego. Untar
la papa con la cabeza llena de ajo
ajar los tomates, tomarlos
por el lado en que disparan
sumar mostaza en grano
la pompa de pimienta. Sahumar
con el laurel, con eucaliptus
las olivas asisten
al oro del zapallo, condecoran
como el choclo
trotar alrededor de la parrilla
abrirse de hambre. Entrar
al corte con alas de romero
en flor de anís
en tinta de cebolla


viernes, 17 de noviembre de 2017

La historia de un poema de Silvina López Medin

Silvina López Medin.

por Silvina López Medin
Especial para El Desaguadero 

Pasé cuarenta y cinco días en un centro de arte en Banff, Canadá. Fue por una beca para una residencia de escritores, hace tiempo, tenía poco más de veinte. Me dieron un carnet que decía «Artist». En la foto salí con los ojos cerrados. El carnet daba acceso a comida, libros de la biblioteca, una pileta de agua cálida, casi todo. Uno se cruzaba con pintores, músicos, ardillas. Los espacios tenían grandes ventanales, las montañas nos rodeaban. En alguna parte había un lago. 

Tenía un estudio propio en medio del bosque. A veces algún ciervo se acercaba tanto al vidrio que uno de sus cuernos hacía «tac». Cada día recorría la callecita que iba del hotel al estudio, del sueño al trabajo. ¿El trabajo? En el camino escuchaba a los músicos ensayando en sus cabañas, ópera, violines, una partitura, algo que seguir. Uno iba a trabajar, se suponía. ¿La escritura? En el texto que escribía había un lago. En el lago del texto el agua parecía tan azul desde lejos, tan postal. Montañas, bosque, música ajena. Uno iba a escribir, se suponía. Pero como dice James Laughlin en su texto sobre Gertrude Stein, «la única manera de disfrutar de un paisaje es dándole la espalda».

Hasta ese momento había escrito y punto, no me había hecho preguntas al respecto. Y en ese espacio tan bello en el que todo estaba a disposición empezaron las dudas en torno a mi escritura. Trabajé en unos textos poéticos en prosa. No pude seguir ese proyecto. No hay partitura, qué hay, cómo se sigue. Terminé abandonando. No pude escribir poesía durante ocho años. Padecí mucho esa imposibilidad. Ocho años. 

En ese intervalo pasé por el teatro, me dediqué a observar en actores y directores mecanismos que me sirvieron para mi propio proceso creativo; por ejemplo, cómo los actores sostienen el tiempo presente, o que la duda y el miedo son parte del asunto, o cómo hay ciertos elementos básicos, especialmente en la fase de improvisación: la paciencia, la fe. Abrir, abrir y si algo se detiene, trabajar con el propio detenimiento. Tuve el impulso de hacer algo con lo último que había escrito ahí en Banff, antes de dejar de escribir. Trabajé con esos restos, y terminó saliendo algo completamente distinto a aquellos textos viejos y abandonados. Fue importante a nivel personal, lograr hacer algo con lo desechado. La serie creció y se transformó en Pentimento, un término que designa los rastros de los cambios que ha ido realizando un artista en la composición de una pintura, y que asocié al procedimiento de estos bloques. Además, la forma «serie» me aliviaba un poco del miedo a la no-escritura, me daba una punta a qué aferrarme.

De aquellos textos originales quedaron a la vista sólo algunos elementos (una mujer, un hombre, una casa frente al lago) y un único verso: «como si alguien hubiera cavado un pozo para llenarlo de lo que cae al apretar un trapo», que era el color del lago al acercarse.



Pentimento


1.

Lo que no encaja
lo que suena a hoja rasgada es
hoja rasgada
y esos resquicios de luz
son bordes salvados
con cinta scotch,
y esta es una forma de desesperación
la uña que raspa
en busca de la punta.



2.

Hay una X que es la incógnita
que se despeja.

Hay otra que es una forma medida de tachar,
lo anterior asoma.

Y hay otra letra
que se repite en hipoxia asfixia anoxia, es decir
cuando no alcanza el aire. Ahora
es esto: algo que se acumula en los papeles
corta mi respiración.



3.

No hay tiempo
para esperar la transparencia que el tiempo da

miro manchones a trasluz
¿esto es una letra?
dudo de esas patas
de insecto que aún se agita,
el impulso es rematar.



4.

Un hombre. Una mujer. Una casa frente al lago.

Restos
del texto abandonado como esas piedras de la playa
que uno junta 
y en el fondo sabe va a soltar.



5.

Cómo se construye sobre la tierra blanda
que deja el lago

esos troncos fueron pilotes
parecían tocar
la capa resistente del terreno,
una mujer se sienta en la madera, fuma
piensa escombros.



6.

¿Eso que escribís te pasó?

Shhh
no lleva a ninguna parte un lago
es más
es ciénaga
fondo que se hunde
no me deja hacer pie no me deja ir
como una boca
traga las palabras.



7.

Rasgar, rasgar.



8.

La cabeza sobre la tapa del escritorio
una imagen de reposo
si no fuera por este dedo que sigue 
una veta de la madera,
lo que parece comenzar
a abrirse se cierra y sólo es
un punto de dolor
preciso como la incrustación de una astilla.



9.

Digo azul, que se vea
el agua del principio

no se sostiene el tono
esa mujer mete un pie en el lago
que se enturbia

como si alguien hubiera cavado un pozo para llenarlo de lo que cae al apretar un trapo

había escrito
y no había escrito más.



10.

La mujer en la orilla fuma
corre la cara
el viento le devuelve su humo.



11.

Una forma de darse ánimos, inventar
un episodio de bravura
como quien corta la maleza con el óxido
de un cuchillo en la mano

esa hoja contra el viento dice
déjate ir, déjate ir
no importa entonces 
lo que se pierde: el filo
en los tallos
largos como letras que se tuercen
en el apuro en el afán de seguir
el envión.



12.

En esto hay algo artificial

decir la pareja frente al lago
o el vaso que se vuelca en el cuaderno
hace un agua negra.



13.

Antes, con el mínimo crujido de una rama
esa mujer hubiera construido una escena de regreso

ahora una rama que se quiebra
es una rama que se quiebra
pura repetición.



14.

Copio el gesto del pintor que inclina el cuerpo
cada vez más
abajo, hacia la tela
arroja esas gotas, él mismo
a punto de caer dentro del cuadro.



15.

La mujer en la orilla
palpa en su abrigo
el peso de unas piedras.



16.

El lago
contagia su quietud.

Si acá hubiera mar
haría lo que se hace frente al mar
acoplarme al movimiento
su forma
de eterna tachadura.



17.

No alcanza la anécdota, no alcanza
un hombre, una mujer, un lago
un trazo no alcanza
buscar hasta salirse de la lengua
quiero decir stroke
del golpe a la caricia
la escala se abre, el gesto se abre
no deja de ser contorno.



18.

Shhh, no vale el recurso
esto de unir fragmentos
con música incidental.



19.

Cada tanto se enciende una ínfima brasa
la mujer que fuma en la orilla
no se ve más
ha quedado tachada.



20.

Capa tras capa de pintura,
se vuelve
sobre lo mismo.



21.

¿Lo que escribís te pasó?

No poder decir
el lago de otra forma.


¿Lo que escribís te pasó?

Deformar el lago
volverlo laguna
cosa olvidada
vacío.


¿Lo que escribís te pasó?

Nadar es empujar el agua, así
se empujan las palabras
a otro ritmo, lo que queda
es ir hasta el fondo, uno aguanta
la respiración, para decir luego: ahí estuve
de eso se trata
un lago.

(de Esa sal en la lengua para decir manglar, Buenos Aires, Ediciones del Dock, 2014).




Silvina López Medin nació en Buenos Aires en 1976. Publicó los libros de poemas La noche de los bueyes (Madrid, Visor, 1999, Premio Internacional de Poesía a la Creación Joven de la Fundación Loewe), Esa sal en la lengua para decir manglar (Buenos Aires, Ediciones del Dock, 2014) y 62 brazadas (Buenos Aires, Zindo & Gafuri, 2015). Su obra de teatro Exactamente bajo el sol (estrenada en el Teatro del Pueblo, 2008) recibió el Tercer Premio de Obras de Teatro del Instituto Nacional del Teatro. Tradujo al español, junto con Mirta Rosenberg, el libro Eros the Bittersweet de Anne Carson (Buenos Aires, Fiordo, 2015). Preparó la antología de poemas Home Movies, de Robert Hass (Zindo & Gafuri, 2016), que tradujo junto con Alejandro Crotto, Liliana García Carril y Mirta Rosenberg. Cursa una maestría en escritura creativa en inglés en New York University. Es co-editora de Señal, serie de poesía latinoamericana en ediciones bilingües publicada por Ugly Duckling Presse.

domingo, 10 de septiembre de 2017

La historia de un poema de Osvaldo Picardo

Osvaldo Picardo.

Por Osvaldo Picardo
Especial para El Desaguadero


Mar del Plata son doce fragmentos o imágenes que componen un solo poema que reescribí durante algunos años para apartarme del estereotipo del afiche y pensar mi ciudad.

Historiar un poema es entrar en un depósito de objetos extraviados que aunque nunca han sido reclamados por sus verdaderos dueños, si los revisás con algún cuidado, te dejan ver, el made in y también esos abollones y rayas que delatan su prestada humanidad.

Esto me pasa cuando vuelvo sobre algún poema, como en el caso de Mar del Plata, que, a su vez, es un poema que nace como una meditación sobre el made in y la prestada humanidad de mi lugar en el mundo.

Cada vez que pienso en «historia» no puedo dejar de pensar en algo más que en el tiempo transcurrido. El tiempo no transcurre sin agregar algo más que tiempo. Por eso, la historia de un poema difícilmente pueda parecerse al poema. Podemos contar de dónde sale tal o cual poema, explicar dudosamente el hecho que provocó la escritura, y hasta podemos ingenuamente idealizar la desbordante capacidad de una o dos palabras para inspirarnos. Pero debo advertir que siempre detrás de esa pantalla hay un proceso por el cual la escritura primera se borra, se corrige y transforma en una realidad que no existía antes de ser escrita.

Mi poema también se recuesta sobre las cenizas de un tiempo pasado, cuando Mar del Plata comienza a ser algo más que un asentamiento en Laguna de los Padres y un saladero de un consorcio brasileño de un tal Meyrelles, en la desembocadura del arroyo Las Chacras, cerca de la actual playa de Punta Iglesia. Pero no quería hablar desde la anécdota y la nostalgia, ni desde la historia oficial de «La Feliz». Había otras preocupaciones y procesos de escritura que me interesaba desarrollar. Tenía que escribir algo que significara para mí la ciudad natal así como también, el interrogante de lo que es una «ciudad» sin caer en prototipos elegíacos o celebratorios.

Hay un despertar a otra realidad, un viaje a otra ciudad cuando mirás fotos antiguas de la vieja estación de trenes o de un arroyo a cielo abierto donde es hoy la diagonal de los tilos. Cosas como volver a una esquina de la infancia en que había un bar que ya no existe, relatos de crímenes que nunca fueron resueltos... No sé qué de todo eso disparó mi primer acto de escritura. Fue una cuestión de anotaciones y documentos con los que me gustó entretenerme, pero que principalmente, me sirvieron para poder pensar una ciudad que se me volvía difícil de comprender y representar.

Escribir desde el lugar donde uno vive tiene que ver con un cierto provincialismo dentro de la poesía contemporánea; un lastre entre complacencias burguesas y concesiones publicitarias que no ayudan a pensar una ciudad que de tanto vivirla y sobrevivirla se hace invisible, lejana y olvidable.

¿Cómo se recuerda una ciudad? Quiero decir, ¿existen las ciudades así como las recordamos? La memoria de una ciudad no existe en las cosas, en los edificios, ni en los monumentos, sino en las marcas que hacemos. El texto trata de reflexionar y describir esas marcas, algunas más conocidas que otras. Escribir una ciudad que no sea la de los lugares comunes: los lobos de mar, la Bristol, el puerto, el souvenir de caracoles y la canción fácil, etc. Hay que referenciar todo de una manera que encaje en la extrañeza del que la descubre a través de las huellas propias y ajenas, los rastros que lo cotidiano y familiar han ido borrando o desdibujando.

La ciudad tiene abollones y rayas como una foto vieja que vuelve a ser mirada. Saltan a la vista las contradicciones y paradojas. Imaginen por un momento: hay una típica casona de piedra con techos de teja roja, a cada lado se levantan tremendos edificios de hormigón y carpintería de aluminio. No es sorprendente que en pocos años, desaparezcan negocios, casas y hasta balnearios. Esa también es otra forma de escritura del tiempo y de la sociedad. Lleva implícitas las huellas de una historia de destrucción, que es la historia de la Argentina y la que subyace detrás del brillo opaco de la «Perla del Atlántico».

La ciudad no es simplemente el lugar, sino la ciudad es la persona que la camina y la va marcando con su vida. Somos la ciudad.
No sé si pude lograr el poema. Mi intento al menos logró hacerme menos incomprensible Mar del Plata que, aunque cercana a Buenos Aires, queda siempre lejos del mundo.




Mar del Plata

IX

Debería hablar sobre el mar,
el que le da nombre a la ciudad
tanto como que la niega.

El mar —decir por ejemplo— respira.
Suben y bajan, apoyados, tres patos marinos.
 Y sobre el ronquido de su sueño

se sostiene el insomnio del pescador.
No está un marinero pensando en las playas
de un vago, lejano, brumoso país…

Me viene en cambio, la imagen del pescador.
De su espera larga, en la escollera.
Horas bajo el farol, horas de termo y de radio.


Y el brillo de unos ojos muertos
que traducen la incógnita de otro mundo.
No es el mar, sino una caña en el tiempo.

Debería hablar sobre el mar: El que da nombre
a la ciudad tanto como que la niega.
Decir algo así como Fogwill dice:

“Pero no hay mar: el mar es sólo ausencia
 en la sílaba mar: pasa el sonido
y queda el hombre frente a un mar que inventa”.


Es cierto, no hay sino un invento.
Y sólo fuera del lenguaje

es posible que lo miren y que lo vean.


Osvaldo Picardo nació en Mar del Plata en 1955. Es poeta y ensayista. Publicó: Apenas en el mundo (Ed. de autor, 1988), Dejar sin ventanas la verdad (Hojas de Sudestada, 1993), Quis, quid, ubi. Poemas de Quintiliano (Ed Martin, 1997), Primer mapa de poesía argentina. Solicitudes y urgencia. El noroeste: La Carpa y Tarja (FNA, Bs.As., 2000), The love poems, de James Laughlin (Martin, MdP, 2001), Una complicidad que sobrevive (Ed. Martin, 2001), Mar del Plata (Ed.Martin, 2005), Pasiones de la línea. (Poemas de Nicolás de Cusa) (Ed. En Danza, Buenos Aires, 2008), Mar del Plata seguido de Otros Lugares y Viajes (Ediciones de la Universidad Nacional del Litoral, 2012), 21 gramos (Buenos Aires, Ediciones en Danza, 2014), Poesía de pensamiento. Una antología argentina (Madrid, Endymion, segunda edición, 2015).

lunes, 31 de julio de 2017

La historia de un poema de Eduardo Espósito





por Eduardo Espósito (*)
Especial para El Desaguadero

La casa de al lado quedó deshabitada y silenciosa por muchos años, a causa de las frecuentes inundaciones que asolaban a Paso del Rey, mi pueblo de la infancia. Solíamos jugar en ella desde muy chicos, especialmente en los veranos, sorteando un paredón, deslizándonos entre pastos altísimos, arrebatando las mandarinas sin dueño que crecían junto a la higuera.

Ya en mi adolescencia, dos familias jóvenes  -muy hippies ellos- llegaron para volver a darle vida. Pintaron, revocaron y cortaron el pasto. También comenzaron a sembrar en esa tierra  presuntamente virgen. Desde el alambrado, yo vi crecer zapallos, calabazas, tomates, habas, y unas plantitas que hasta ese entonces nunca había visto siquiera. Luego me enteré que no eran para infusión precisamente. Disfruté mucho de su breve vecindad, en especial, cuando desde la ventana de mi dormitorio escuché alelado a David Lebon cantar «Hombre de mala sangre». Y es que hablo de una época complicada para nosotros, los amantes del rock nacional. Sólo había por aquel entonces dos emisoras de radio -capitalinas por cierto- que transmitían a Pescado Rabioso, Sui Generis, Manal, más las delicias del rock sinfónico inglés con Yes, Pink Floyd, ELP y otros monstruos. Encontrar gente con gustos musicales afines era estar en la gloria. 
                                                                      
Pero justo cuando comenzábamos a intercambiar nuestros discos y los libros de la colección Minotauro, y a disfrutar de algunos humos juntos, se fueron, tan rápido como habían venido. La casa se había vendido de un día para el otro. Esta vez, un matrimonio mayor comenzó a verse y oírse en las mañanas. La señora –Lidia- comenzó a invadir el espacio aéreo de mi patio con música clásica, su marido Bogdan, un bielorruso al que le decíamos Carlos, porque así lo llamaba ella, prefería cantar tangos.

Ávida de conocimientos, interesada en todo lo que fuese cultura, Lidia comenzó a preguntarme, a los pocos días de instalados en su nueva casa, qué era esa música que yo escuchaba. Le habían llamado la atención Pink Floyd y Rick Wakeman, para mi satisfacción. Por esos días, le comenté que algunos de sus discos clásicos me parecían muy buenos, y claro, sin gran conocimiento yo había estado elogiando a Beethoven y Tchaikowski, nada menos.

Pasaron algunos años, en los que Lidia me obsequiaba pilas de suplementos culturales, especialmente de poesía, dado que se enteró de que yo garabateaba algunos textos y se ensamblaron mejor nuestras conversaciones. Llegó 1982, me fui a vivir a Gral. Roca, Río Negro, llevé conmigo un regalo que atesoré en mi estadía patagónica. Sabiendo que partía al sur, Lidia me regaló un long play con la «Sonata a Kreutzer» de Beethoven. Un disparador que me acercó definitivamente a los clásicos, claro que sin olvidarme de mi amadísimo rock. 

En 1991, regresé a Paso del Rey, a la casa de mi infancia. Lidia, bastante mayor ya, se puso muy contenta. Seguramente le gustó retomar ciertas charlas que no sabía compartir con su marido. No me animé a decirle que mis discos –incluida la sonata- habían quedado en Río Negro, luego de mi divorcio.

Y así siguieron pasando los años, con afectos y obsequios de ambas partes. La vecina comenzó a utilizar un bastón, pero siguió activa mientras pudo, no sin un cierto donaire a pesar de su nueva y penosa enfermedad. El poema «Le gustaba Beethoven» fue escrito al día siguiente de su fallecimiento. No pude evitarlo. Simplemente salió. Tiene una particularidad: es el único poema fechado, de los tantos que compuse. Cuando lo lean, de seguro comprenderán el motivo.

Existe, debo reconocerlo, una cierta conexión especial con el público, cuando lo leo en algún recital. Supongo que a mí me ocurre lo mismo con ciertos poemas de otros autores. Creo entender el porqué. Habiendo un buen manejo del lenguaje en un poema, lo que el lector u oyente atentos perciben es, a mi parecer, la autenticidad, la carencia de golpes bajos, de artificios. Esto es impagable, porque allí está la verdadera Poesía, esa madre superadora que nos sigue arropando ante las inclemencias del sistema.

***



LE GUSTABA BEETHOVEN

Ayer nevó en Bs. As. Después de 89 años
También ayer falleció Lidia la vecina
después de 85
Eventos que no ocurren a menudo
como ases en la manga salen a la luz
Dos buenas jugarretas del destino
un extraño combo inesperado
Si no viajo pienso
no veré la nieve nuevamente
si no muero no veré a Lidia como ayer
Lo cierto es que nada garantiza
que si viajo en Bariloche habrá nevado
que si muero iré a tomar el té con la vecina
o a escuchar a Beethoven
tocarle un solo de arpa
La nieve comienza a disolverse igual que Lidia
y yo sentado frente al mar de lo ya escrito
me abrigo bien en mi afán de perdurar.

10/7/07

De “Quilombario”. Ediciones Amaru (2008)

 *Eduardo Espósito (Argentina, 1956) Ha publicado. El niño que jugaba a ser Rayo. Bs. As.: El Francotirador, 1992; Violín en bolsa. Bs. As.: El Francotirador, 1995. Una novia para King Kong. Bs. As.: Amaru, 2005, Quilombario. Bs. As.: Amaru 2008, Las Puertas de Tannhäuser. Bs. As.: El mono Armado, 2011. Participó en varias antologías, destacándose entre ellas Poesía en el subte. Bs. As.: de la Flor, 1999.Coordina desde 1996 el taller de escritura de la Dirección de Cultura de la ciudad de Moreno, y a partir de 2001, desempeña igual actividad en el taller literario “Elementales Leches” de la ciudad de Gral. Rodríguez, Argentina.