viernes, 27 de febrero de 2009

Poesía sin alma



Por Cecilia Restiffo

“Descolgada de la pared cae mi sombra para aplastarme las sienes, me aprisiona el pecho tanta duda, tanto silencio encubridor”. Así es como me siento cuando por alguna razón escucho o leo ciertos comentarios venenosos que bocas y manos enarbolan haciendo gala de una crítica mal entendida.

Nos falta la actitud del “Boom”, señoras y señores. Sí, ese contacto fecundo que establecieron los escritores de una generación que cambió la literatura universal del siglo XX. Ya sé, me dirán que no son las mismas épocas, pero yo les pregunto: ¿no estamos bajo las mismas palabras? ¿no buscamos expresar lo indecible? ¿no nos une el desenfreno que provoca esa página en blanco?¿no es que intentamos en cada jornada clausurar el silencio?

Hay, en cada uno de los que nos dedicamos al maldito y bendito arte de escribir, una coartada perfecta, estamos cubiertos por el halo o falo del “don”, del elegido/a, de las musas inspiradoras que nos otorgan una toga digna de cualquier juicio y es, entonces, cuando más nos alejamos de la palabra, de la verdad, de la esencia y la purificación que reviste desnudarse, entregarse en cada palmo del poema.

Los autores del llamado “Boom latinoamericano” practicaban algo que acá en Mendoza es casi imposible de imaginar, y no hablo del realismo mágico, hablo de algo mucho más difícil, hablo de una lectura fraterna, como pedía Cortázar. Una lectura que reconozca al otro y se convierta en confianza en uno mismo; estoy hablando de una generosidad que debería brotar en nosotros, aquellos que nos hacemos llamar “poetas”.

Digo, sin más ni más que, presos de falsos ídolos, estamos buscando una gloria que no existe, un glamour indigerible, una vida de la fama que apesta cada verso. ¿Qué es entonces lo que busca el poeta de hoy?: ¿una tapa en Gente?, ¿una pose legranesca, quizá? ¿O el acuadance que muestre quién la tiene más grande?

Deberemos andar mucho todavía en esta tarea que nos convoca, o ¿cuántos de ustedes, poetas, ha bajado la mirada para dedicarse a leer a algún coterráneo sin la malicia, sin la soberbia, sin el encono de observar a un competidor en la pista de despegue? Y, se ve que es muy difícil alejarse del mundanal ruido, para poder mirar al otro, pero de frente.

Tíldenme de romática, de ingenua o de tonta, pero cada día me duele más la infamia que vence a la lealtad, ésa que debería latir en cada una de nuestras palabras.

domingo, 22 de febrero de 2009

Pradelli: Acontecer de un día agitado



Por Hernán Schillagi *

Un día entero. Ángela Pradelli. Ediciones del Dock, 2008, 72 páginas.




Para aquellos que conocen a Ángela Pradelli por sus novelas y resonantes premios (Emecé 2002, Clarín-Alfaguara 2004, entre otros) no se sorprenderán al encontrarse con el libro de poemas “Un día entero”, ya que en las páginas de su obra narrativa rezuma una lírica honda y contenida, que se construye a partir de breves fragmentos y descripciones intimistas.

En “Un día entero”, Pradelli se propone dar vuelta el guante de los géneros y “narrar” en ritmo de verso los sucesos mínimos de una jornada que no presenta, en apariencia, nada ex­cepcional. En un ambiente de suburbio, los pequeños hechos se nos revelan como una fotografía movida o a contraluz: “Es la mañana y/los vasos permanecen sobre la mesa/con la aspereza/de los restos del vino de la noche.//Entre las transparencias sucias del vidrio,/el sello de las bocas/la mudez.” Además cada poema significa el avance sin freno de las horas, por lo tanto la reflexión sobre la fugacidad del tiempo nos lleva a acompañar a la poeta en un viaje hacia la épica de lo callado.

Entonces, una voz entre dientes comienza a describir a distintos seres de la vida diaria: como un jardinero prolijo que hace de su trabajo un arte efímero, una mujer que mendiga en el subte, un viejo rengo, los hijos que ya no están, los pájaros de la noche. Todos suman momentos intrascendentes, pero vitales. También, al promediar el libro, los recuerdos irrumpen en el día como un bálsamo ante tanto ajetreo. Aquí, el lector de “Turdera” (Emecé, 2003) se encontrará con un inesperado regalo, ya que la autora reformula un largo e inolvidable pasaje de su novela sobre un viaje en tren con su padre al sur: “Los vagones desfilan delante de él/y los rostros de los pasajeros/ enmarcados en las ventanillas pasan/sonrientes,/preocupados,/tristes,/indiferentes./Mi padre quiere verlos a todos…”

Esto demuestra que Ángela Pradelli transgrede las fronteras entre narrativa y poesía para construir con sus poemas una historia que queda en nuestros oídos como una melodía anti­gua y borrosa. Lo mismo sucede con su otra novela “El lugar del padre” donde los capítulos sólo se conectan por los hilos sutiles de lo no dicho. Aquí también podría decirse que, en el afán de relatar, algunos poemas pierden musicalidad o sutileza rítmica en los cortes de los ver­sos; sin embargo, en el conjunto de este “día entero”, vamos comprendiendo y aprehendiendo la entrecortada respiración de la que habla.

La poesía de esta década ha tenido (y tiene aún) el desafío de recuperar el lirismo que la fobia snob de los ’90, por no caer en la solemnidad, convirtió en chatarra reciclable. Ivonne Bordelois dice que “la poesía empieza con la escucha humilde y purificadora, no con explosio­nes prematuras de un narcisismo mal contenido”; es por eso que Pradelli, desde un lenguaje depurado, un estilo objetivista que se permite algunas metáforas desconcertantes y una narrati­vidad sin remordimientos sale a hacerle frente a los monstruos cotidianos que amenazan la palabra.


*Versión ampliada de la publicada en Diario Uno el 22/02/2009



Poemas de “Un día entero”, de Ángela Pradelli












Es la mañana y
los vasos permanecen sobre la mesa
con la aspereza
de los restos del vino de la noche.

Entre las transparencias sucias del vidrio,
el sello de las bocas
la mudez.

*

La devoción por los tratados es sólo para estudiar
algunos pases que la magia niega cada día,
sólo para caminar algún día
sin piel entre la gente.

*

Conozco de memoria
esa voz que repite unas palabras sin sentido,

pero a veces creo que me está llamando a mí
y entonces husmeo
en los rincones de la casa
y hundo mis narices
en los colchones viejos.

Después viene el silencio.

*

Irse lejos,
caminar y caminar
por no soportar
el horror de verse repetida
en las ferias, en los subtes,
en las plazas.

*

Las lenguas en enjambre
van lamiendo los cuerpos,
un aliento fétido se
enmascara en las gargantas,
los gusanos siguen deslizándose
por los talones.
Llueven lunas en el fango;
imposible despegar los pies de la carroña
para avanzar en medio de las densidades.
La piel se hace erizo sin mar,
las ciénagas van cubriendo las siluetas
hasta inundar las bocas.

Se asfixian las voces,
se confunden los llantos, se enmudecen.

*

Los pájaros van arrastrando
su luto.
Nadie entierra a los pájaros cuando mueren,
sin embargo no se encuentran
sus cadáveres.
Miles han muerto. Desde siempre
la tierra sangra sus voces.
Nosotros caminamos sobre ellas
para acallarlas.

*

Por ahora esto es todo,
una mujer sentada en la boca del subte,
un par de piernas rotas y la lengua seca.
Es vieja hasta el asco de todos.
El tren abre las puertas y la gente corre
hacia algún lugar conocido.

*

Empieza a hacerse la noche.

Cada sueño tiene un nombre propio,

imagino a mi padre solo en su casa
y llamo a mis hijos para besarlos.
Pero no es cierto que ellos tengan miedo,

Cuando la muerte se recuesta en el umbral
corro a comprobar que he cerrado con llave las puertas.

Mañana, pienso mientras me acuesto,
agregaré un candado
nuevo por las dudas.



Publicado en del Dock, 2008. Colección El pez plátano.

sábado, 21 de febrero de 2009

Escriben en este blog


Los redactores junto a Silvio Mashad ( segundo de izquierda a derecha y pensativo) en la Feria del libro de Mendoza 2008

EL DESAGUADERO es una revista virtual de poesía y reflexión donde confluyen las voces y los puntos de vista de varios poetas y bloggers:

Fernando G. Toledo y Hernán Schillagi (directores)

Sergio Pereyra
Cecilia Restiffo

Paula Seufferheld


Además, como toda revista, irá acrecentando su caudal con la colaboración de otros escritores de Mendoza y Argentina.

lunes, 16 de febrero de 2009

El arte persistente de Giannuzzi

Un arte callado. Foto: Librería Eterna Cadencia.


Por Fernando G. Toledo (*)

Tardía pero inexorablemente, el reconocimiento a la obra del gran poeta argentino Joaquín O. Giannuzzi (1934-2004) parece estar instalándose entre sus compatriotas de tierra y de lengua. Como se sabe, junto al imprescindible volumen de su Obra poética, que Emecé editó en 2001, en España ha aparecido también una recopilación de sus trabajos, titulada Antología poética (Visor, 2006).

En medio de esa reivindicación, Giannuzzi regresa con su legado post mortem: se trata de Un arte callado, libro de Ediciones Del Dock y que reúne los poemas inéditos del autor junto a otros aparecidos solamente en revistas. Para muchos, la impresionante obra lírica del poeta porteño había quedado clausurada con ¿Hay alguien ahí?, el único (hasta ahora) de sus libros no incluidos en la recopilación de Emecé. Pero había más, para gloria de sus admiradores, y aquí está.

Los poemas inéditos de Un arte callado, ordenados por Jorge Fondebrider, representan una especie de coda de su libro anterior, y dejan constancia una vez más de la coherencia estética de Giannuzzi.

El libro tiene algunas curiosidades: entre los poemas publicados en revistas, vemos a un Giannuzzi, sino distinto, sí arrojado a otros ritmos, al largo aliento, a otros temas. Entre los inéditos, a un poeta que se permite textos de amor frontal (Desnúdate y te amo), como nunca se había mostrado. Pero en lo que da de lleno el poeta es en sus reflexiones «antimetafísicas», en su estoico escepticismo, que le hace reírse de sí, como cuando escribe: «(...) concebí entonces / una noción de Dios, / simplificada, ambiciosa, provisoria: / Dios era todo lo que veía, / un sistema, un principio absoluto de no vacío. / Y de pronto maldije: / oh, al demonio con este piojo, / este Santo Tomás en zapatillas / bebiendo un líquido descafeinado y sin azúcar».

Y está el poeta amargo y amargado por la realidad, que deja caer su hiel en forma de versos. En esa línea, el poema La paz del torturador, es de una capacidad reductiva (por lo metafórica) y una fuerza tales que estremecerá desde su primera lectura.

En el prólogo, que no aporta demasiado, Leónidas Lamborghini observa sin embargo que Giannuzzi se llamaba a sí mismo «un poeta estándar». Ése es el nombre de otro de los poemas, y quizá la concentración de todo su legado, su arte poética y su enseñanza ineludible: «Lo que importa es poner huevos / no en eternidad sino en el tiempo: / allí donde los errores, rotas las cáscaras, / deben rendir cuentas a la luz».






Un arte callado, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2008, 83 páginas.

(*) Reseña publicada en Diario Uno de Mendoza.




Dos poemas de Un arte callado









El poeta standard

El poeta pequeño
se despierta en estado de alerta:
las palabras que amontonó en la noche
se le hacen imposibles de retener
y corre a sentarse a la mesa del amanecer.
Así que a lo largo del día
suelta incensantes imágenes continuas,
olvida el desayuno
y otras necesidades menores del destino.
En resumen, un frenesí creador
pero de resultado artístico dudoso.
¿Pero quién podría decirlo, diseñar lo perdurable,
medir la exacta distancia
entre el entusiasmo y su obra?
¿Por qué el día habría de quedar perdido?
Lo que importa es poner huevos
no en eternidad sino en el tiempo:
allí donde los errores, rotas las cáscaras,
deben rendir cuentas a la luz


Nieta en el jardín
Era pequeña en la luz del sol
y del jardín: un gozo en la piel reciente
y en el relámpago de sus aros.
Los árboles creciendo en el horizonte
hacia un porvenir que le pertenecía.
Bajo la pulsación del último verano
el abuelo hacía el amor
en la habitación más profunda de la casa.
Entre milenio y milenio ambos
se habían repartido el tiempo.

lunes, 9 de febrero de 2009

Las raíces del poema


Por Hernán Schillagi


1.
Hace unos años llegué a la entrada del Centro Universitario donde estudiaba y el chofer del micro nos dijo: "Vamos, vamos que hasta acá llegamos". El tránsito estaba cortado por unas vallas. Al bajar, el frío de la mañana nos golpeó en las narices. Un poco más arriba, nuestros ojos hacían como que no miraban a una topadora enorme, flanqueada por cuatro móviles policiales. La uña de acero de la máquina estaba escarbando en el adobe de unos ranchos.

2.
En el costado norte de las facultades se había instalado, como lo hacen las sombras al declinar la tarde sobre la tierra, una villa miseria. Uno llegaba y se encontraba siempre con dos mundos completamente distintos y en pugna. El del Saber y el de la Pobreza. El conflicto: los terrenos pertenecían a la Universidad y los habitantes de la villa, después de varios años de convivencia, estaban siendo desalojados.

3.
Yo había sentido hablar de la villa. A veces estaba sentado en el bufet de la Facultad y escuchaba a los de la mesa de al lado que decían: "Nos vamos a comer a la villa". Semejante oxímoron no pasaba desapercibido para mis oídos; sin embargo, nunca me animaba a preguntar. Hasta que un día fui. Allí había una especie de cantina con piso de cemento y unos palos como columnas que sostenían el techo de chapa. Por cincuenta centavos te vendían una hamburguesa y por unas monedas más, un vaso de tinto. La música sonaba fuerte y nuestras risas se entonaban a medida que el vino empujaba la dudosa carne molida. Cuando regresé a cursar, mi cabeza tuvo que hacer un esfuerzo para acomodarse a "mi" realidad cotidiana de baldosas bien lustradas y garcilasos bucólicos.

4.
La topadora avanza. Unos villeros se enfrentan a ella con las manos desnudas mientras las mujeres insultan abrazando a sus niños."Se tienen que ir, flaco -me dice un estudiante avanzado de chaquetilla verde- no pertenecen aquí".

5.
Cuando llegué a mi casa, los insultos, los sirenas policiales, el ruido de los escombros, los llantos; no se me despegaban de la cabeza. Tiempo después escribí:

Sin raíz

Ser nada
y dolor.

Arraigar
los espacios vacíos.

Recogerme en pedazos.



Publicado en Mundo ventana (2002)


6.
Unos años después, donde estaba la villa se erige la flamante Facultad de Derecho. Todavía quedan algunas paredes mutiladas, todavía hay un par de ranchos que resistieron, todavía están esperando: ¿Otro poema?¿Otra actitud?¿O la verdad?

Un hotel que nos mira


Por Hernán Schillagi*

Viejo hotel. Carlos Levy. Ediciones El Mono Armado, 2008, 42 páginas.




Abrir un libro de poemas supone para el lector unos cuantos riesgos. Encontrarse con un hermetismo sin sentido, las enumeraciones caóticas desconectadas, los grumos verbales que entorpecen el ritmo o cierta levedad que disfraza la falta de reflexión lírica. Sin embargo, el mayor de todos los peligros sea quizá el de sentirse espiado por cada una de las palabras que conforman los versos. Hacia esta amenaza positiva nos invitan a abismarnos las puertas del “Viejo hotel” del mendocino Carlos Levy.

Al comienzo, a modo de recepcionista, unas palabras del autor nos aclaran que el anhelo de la perfección en la metáfora es efímera y aleja al poeta de los lectores. Entonces los poemas empiezan a aparecer como las habitaciones de este antiguo hotel de Buenos Aires, tan cerca del puerto como de la desaparición. Una voz que mira por la cerradura de los secretos nos muestra a una serie de personajes marginales que deambulan como fantasmas por el filo de la soledad. La prostituta que viene del interior, la solterona beata, el suicida indeciso, la madre que escribe cartas a un hijo perdido son algunos de los seres sin hogar de las grandes ciudades, que cobran vida gracias a un yo poético bastante voyeurista.

Los poemas tienen ese coloquialismo característico de la poesía de los sesentas, pero en ningún momento es un tono forzado y artificioso. La ironía no está utilizada para desacralizar el lirismo, como en la actualidad tantos poetas usan este recurso de manera pobre e injustificada, sino que aquí es una dosis letal de reflexión cómplice: “Toma té la cincuentona Catalina y acaricia,/un gato esclavizado,/chivo expiatorio de su soltería ” Para terminar más adelante diciendo. “También yo,/soy un viejo vecino, claro,/y asumo,/la soledad que me toca.”

También en “Viejo hotel” la experiencia es un rasgo definitorio, ya que en vez de ser testimonios superficiales de la vida, el trabajo del poeta consiste en verdad, como dice el español Luis García Montero en “crear artísticamente las condiciones esenciales para que se reproduzcan en el lector las experiencias estéticas vividas por el poeta”.

Comentario aparte merece la bellísima y austera publicación a cargo de la editorial El Mono Armado que, al comando del experimentado poeta Marcos Silber y su hijo Ramiro, rescatan en esta reedición una obra fundamental de la poesía argentina escrita en Mendoza. Aunque hubiera sido más provechoso que se le sumara un estudio sobre el poemario o algún recorrido de lectura que diera cuenta sobre la importancia de Levy y su poética. Igualmente, este libro llegado “de afuera” viene a poner en evidencia el olvido pasmoso en que se ven sumidos autores locales como Raúl Silanes, Patricia Rodón o Lía Truglio por los agentes culturales, tanto del gobierno como privados.

Por lo tanto, la azarosa invitación a este hotel está hecha. Sólo le queda al lector tomar los riesgos que significa adentrarse al desafío constante de tomar un poema y sentir que nos está nombrando.


*Esta nota se publicó fragmentada por razones de espacio
en Escenario, Diario Uno de Mendoza 2/11/2008




ALGUNOS POEMAS DE “VIEJO HOTEL”, de Carlos Levy



POEMA DEL VIEJO HOTEL



En las coordenadas donde dicen
que nació la melancolía y a medio andar,
sobre la calle de la eterna humedad,
terco,
persiste,
el Viejo Hotel.

Un nombre francés en el cartel lisiado de luz.
Abajo,
decía “de familias” y la eme está casi borrada.

Escaleras quejumbrosas
acompañan techos y paredes,
cicatrices después de tanta historia.

En él se suceden los días,
los días,
los días tras los días,
redondos,
que iguales a suicidios perfectos,
invitan,
a dejarlo todo en manos de un buen recuerdo,
si lo hubiera,
acaso la única heredad.

Viejo Hotel.

Como un convento
en medio del caos,

en la ciudad irremediable.



KARINA



En la calle
la luz de la tarde cede.

El crepúsculo amenaza
con ser más crepúsculo que nunca.

A esa hora, y en ese ocaso de domingo,
lo poco que se escucha
parecen las lamentaciones de una ciudad cansada.

Karina, la honorable,
va en busca del mango rumbo al puerto,
y va,
dispuesta a rajar los tamangos,
de la tarde,
o de la noche,
que más da.

Ha comenzado la ronda contenta sin embargo
y canta al ritmo del traqueteo,
la vieja Julia,
demasiado vieja ya para esos trotes,
le ha regalado,
el vestido de lamé y la pulsera que lleva.

Voy de estreno,
seguramente piensa.

El pecosito,
El gran masturbador,
la está mirando tras la ventana del baño.

Se deja ir
con el andar tangocimbro de su pollerita,

y sublima.


CATALINA



La solterísima Catalina,
vestida de gris como siempre,
anda,
su camino también.

Va a la misa,
con aquella,
infaltable devoción de beata
que llevan para el caso,
las enfermas de desamor,
o las ya demasiado castas.

En su andar casi de monja,
el recogimiento que le exigen,
los instantes previos
a entrar en la iglesia.

En un ojo, en el izquierdo,
ya habrá de notarse,
el advenimiento de la constricción.

Por un momento se ensueña,
con que el hombre,
que está parado en la esquina,
la está mirando.
Piensa que la piensa andando a él,
como la novia que espera.

El espasmo de una casi sonrisa se insinúa.

Le da a su marcha,
como si pudiera alargar los segundos,
una cierta lentitud.

El ojo derecho,
comete pecado,
y se salva.