viernes, 26 de mayo de 2017

La historia de un poema de Valeria Pariso

Valeria Pariso (foto de Pachu Villar).

por Valeria Pariso (*)
Especial para El Desaguadero

Tal vez porque cuando aparece algo que podría disparar mi escritura, tomo especial cuidado en no escribir (sino que espero a que eso se asiente, se transforme) es que me cuesta hacer este ejercicio de recuperar la historia que está detrás de un poema.

La historia previa al poema ha sido deliberadamente disuelta o disgregada, hasta convertirse en material de trabajo, de modo que lo que me queda no es una historia sino una herramienta.

Unos versos de Margaret Atwood explican lo que quiero decir. Ella dice: «No preguntes por la historia real: / ¿para qué la necesitas?» (Historias reales, Margaret Atwood, Traducción María Pilar Somacarrera Íñigo, Editorial Brugera, España, 2010.).

Así trabajo.

Al momento de escribir no me importa si la historia que recuerdo fue real o no, lo que me importa es la evocación y lo que construyo a partir de aquello que operó como disparador de la escritura.
Ahora bien, hecha esta salvedad, voy a contar lo que vi y oí, tiempo antes de escribir uno de los poemas de Triza (Editorial de Todoslosmares, recientemente editado).  Elijo este porque acá está bien marcada la incidencia de la anécdota como parte del poema.

Una tarde iba caminando por una de las veredas de la plaza San Miguel. Era otoño. Cinco de la tarde. No me acuerdo cómo estaban los plátanos.

Enfrente de la plaza está la municipalidad y al lado de la municipalidad hay un bar y, como muchos bares, este saca las mesas y las sillas a la vereda. Había hombres conversando, sentados afuera.

La Municipalidad tenía las puertas abiertas pero no se veía a nadie.

Yo no me crucé. Seguí por la vereda de la plaza.

Sobre uno de los bancos de la plaza veo sentado a un perro abrazado a un hombre. El perro era negro, grande. El hombre tenía puesto un traje que alguna vez fue negro, roto, como de cien años, y no tenía zapatos.

Pasé delante de ellos y ninguno de los dos se movió. Hasta creo que me paré a mirarlos. Enfrente, en el bar, los hombres hablaban fuerte. 

Me acuerdo haber sentido que la calle Sarmiento, que separa la plaza del bar, separaba también el sonido. Todo el silencio de un lado, todo el ruido del otro.

El silencio de este lado, del lado por el que yo iba caminando, que era el mismo lado del perro y del hombre vestido de negro y sin zapatos, se me volvió enorme, perturbador. 

Tiempo después,  escribí el poema.



15

Un perro de la calle abraza a un hombre.
Lo veo: el hombre sentado en la plaza
sube a su cuello las dos patas delanteras del perro.
El perro no le tiene miedo. Están ahí: cara con cara.
Los dos abandonados se abrazan.
En silencio se abrazan.
Hay dolor de huesos, de hembras.
En el amor a los dos los mordió el hambre.
No hay nada más animal que la belleza.


Valeria Pariso nació en 1970, en la Provincia de Buenos Aires. Publicó los libros de poesía: Cero sobre el nivel del mar (Ediciones AqL, 2012), Paula levanta la persiana (Ediciones AqL, 2013); Donde termina esta casa (Ediciones de la Eterna, 2015), Del otro lado de la noche (El Mono Armado, 2015) y Triza (Editorial Detodoslosmares, 2017). En el año 2014 crea, en Bella Vista, un ciclo de poesía destinado a la lectura de poesía contemporánea entre vecinos que continúa coordinando en la actualidad, incluyendo fotografía a cargo de Karina Giglio y música a cargo de César Jorge. Coordina talleres de poesía. Tiene los blogs: Tanto te quería, La ficción del olvido y Viajar es un poema

sábado, 20 de mayo de 2017

Esperando el milagro


Todas esas cosas que no usás, de Pablo Gullo. Bruma ediciones, 2016

 por Fabián Almonacid
Todas esas cosas que no usás es el poemario del mendocino Pablo Gullo que ha sido publicado el año pasado, compuesto por 38 poemas. Muchos de ellos habían sido dados a conocer por Gullo en un blog, el mismo al que llegaron los editores de Bruma, quienes apostaron, muy acertadamente, a editarlos en formato papel. 

La cuidada edición cuenta con un exquisito prólogo de Mercedes Roffé, que a modo de un «esbozo de una poética» se encarga de analizar los poemas. Además, la foto de tapa es autoría de Lorena Mont, que capturó con su lente un grafiti en el cual hay una alusión al músico y artista estadounidense Daniel Johnston, del gusto del autor de los poemas, lo que ha terminado por conformar un libro cargado de alusiones.

Gullo, como nos tiene acostumbrados en sus textos narrativos, juega con maestría con lo no dicho, con una ironía como sello distintivo y personalísimo. Sin embargo, estos poemas nos muestran un yo poético más descarnado, preocupado por cuestiones ontológicas, aunque también se da un tiempo para reflexionar sobre lo cotidiano.

Y entre esas preocupaciones podemos citar dos poemas –el que abre y el que cierra el libro–, que contienen referencias bíblicas. A ellos me remitiré, ya que el prólogo de Roffé se detiene en una ajustada interpretación.

«Otra vez os digo, que es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios». Mateo 19:24 es el primer poema y el versículo hace referencia a la declaración de Jesús cuando intenta explicar el sacrificio en la Tierra que conlleva la promesa del cielo. Y un verso de ese poema, «entre la fe y la falacia», nos da el tono del poemario. Porque la alusión bíblica se menciona para ponerla en tela de juicio, evidencia una lucha entre creer a ciegas y la mentira de esa creencia. ¿Qué esconde, además, esa probable dicotomía? ¿La fe en la palabra o la falacia de la palabra? ¿Qué hay entre la fe y la falacia? ¿Se puede habitar allí? 

El libro concluye con otro versículo. «Jesús le dijo: “Levántate, toma tu lecho, y anda”». Epitafio (Juan 5:8) se llama el poema y hace referencia a las palabras dichas a un paralítico que deja de serlo por la intervención divina. Se interpela el yo poético desde ese lugar en el que yace el que creía que todo iba a ser fácil, en el umbral de la muerte, con la metáfora de los 40 años (o los 38 poemas) en el desierto del pueblo judío como emblema de castigo y victoria, a pesar de las derrotas aparentes.

Ambos poemas, en definitiva, nos hablan de un milagro. Del posible milagro que sucedió desde ese primer poema en el que se confiesa «me nacen los odios como lava» hasta los versos «Aquí yaces // sin rencores» del poema final. Y del milagro de seguir, a pesar de que el camino se estreche «entre la fe y la falacia», y, por qué no, del milagro que no fue, del que no es día a día. Pero también, estoy seguro, del que se produce cuando se es «fénix en cada amanecer».

Pablo Gullo*
Dos poemas de  
Todas esas cosas que no usás

Mateo 19:24

Estoy al fondo de la lluvia de relojes
dormido en la caverna de los ciegos
hundido entre la hierba que orina el diablo
tortuoso y rico como sus tripas.

Estoy endemoniado de semillas
me nacen los odios como lava
crezco desde la ceniza
en oleadas de camellos
(la aguja clava su ojo
entre la fe y la falacia.

La caravana de recuerdos
cruza el imperio entre la dicha,
la mañana
y su sabor a cactus).


Epitafio (Juan 5:8)

Creíste que sería fácil
te sentías intangible
purgaste karmas milenarios
arrastraste piernas al Gólgota
cruzaste cuarenta desiertos de voluntad.

Fénix de cada amanecer,
triplicaste la fuerza de tus brazos
evitaste el horror de los espejos
te quedaste, por nosotros.

Aquí yaces
sin rencores
endurecido

Te saluda tu alma ignorada
bailando feliz
el despertar de los muertos.

(*)Pablo Gullo vive desde siempre en Junín, provincia de Mendoza. Es profesor y licenciado en Letras, ha publicado el libro cuentos y misceláneas Humores Malignos en 2004, la novela filosófica El mesías de la nada, en formato blog, en 2011, y formó parte del colectivo literario Ale Caterva, con quien publicó Vieje en 2013. Actualmente es miembro del taller literario de Juan Forn.

martes, 9 de mayo de 2017

La historia de un poema de Luis Benítez

Luis Benítez.

por Luis Benítez (*)
Especial para El Desaguadero

Si los poemas tuviesen un «tema» –yo francamente creo que la poesía solamente tiene uno, que es ella misma, y que utiliza todos los supuestos sentidos de cada poema para describir sus regiones- el de La rueda sería, obviamente, el de las mutaciones.

Este poema data del invierno de 1993, cuando en el American Museum of Natural History de Nueva York vi un mandala indio –o quizá tibetano, no lo sé– con la típica forma circular y el laberíntico interior repleto de formas a primera vista incomprensibles. Yo visitaba muy seguidamente aquel museo, porque sus colecciones son increíblemente maravillosas y porque además vivía muy cerca de allí, en la calle 82 entre Amsterdam Avenue y Central Park West, a solamente tres cuadras del lugar, pero nunca antes me había fijado en el mandala. Estas figuras tienen  un poder hipnótico y, de hecho, entre otras razones fueron creadas para ello. Al salir del museo, donde estuve la mayor parte de ese día, la imagen del mandala –la que yo recordaba y decididamente ya había transformado en la que guardo en la memoria- seguía ocupando poderosamente mi mente, imponiéndose a todas las demás que había cosechado en mi visita al museo. Cuanta cosa veía dotada de forma circular a mi alrededor acrecentaba aquel recuerdo; particularmente las ruedas de los automóviles que circulaban por la Central Park West.

Caminé por la vereda del parque sin entrar en él, pensando «algo viene», y al llegar a la esquina de la calle 72, donde está el Dakota Building (en cuya entrada, 13 años antes, un 8 de octubre, Mark David Chapman asesinó de 4 disparos a John Lennon), entré en el parque y busqué un banco donde sentarme, aunque el frío era muy intenso. Si hubiese tenido algo de dinero seguramente hubiese ido a un coffee-shop, pero no poseía ni medio dólar en aquel momento. No había nadie en las inmediaciones y la imagen del mandala seguía en mi mente superponiéndose a la de las ruedas de los automóviles, siempre en rápido movimiento. Se me antojó que aquello era un símbolo del cambio perpetuo de apariencia de las cosas, de todas las cosas sintetizadas en las misteriosas imágenes del interior del mandala, que sin embargo, como las ruedas de los coches, seguía siendo la misma cosa aunque su apariencia se mostrara diferente a cada rápido giro de los trenes delanteros y traseros que las impulsaban –ya entonces, ruedas y mandala era un único objeto en mi imaginación– y en esa tarde helada comencé a escribir de un tirón los cantos uno y tres de La rueda, que entonces se llamaba El Mandala y no estaba dividido como en esta versión definitiva en secciones sino que consistía en un cuerpo único. Yo creí que lo había concluido allí mismo.

Volví a casa y me pasé en cama una semana completa, con una linda gripe estadounidense y un nuevo poema en mi haber, y hasta llegué a pensar estúpidamente que aquella afección era un precio que debía pagar por esa súbita inspiración, cosa que atribuyo decididamente a la fiebre que me sobrevino: nadie cree menos en lo sobrenatural que yo, pero recordé todo ese tiempo que estuve en cama muchas cosas que había leído casi dos décadas antes sobre orientalismo, gracias a la poeta Mónica Giráldez, y a haber asistido a varias conferencias en una institución de Buenos Aires, llamada Nueva Acrópolis, vagamente ocultista.

Nadie siente mayor curiosidad por lo sobrenatural que los ateos como yo. Sin duda lo elaborado a partir de mi encuentro con el mandala en el Museum of Natural History se fundió en mi mente con lo que ya conocía y de hecho perduró esa mixtura, pues tres años después, ya en Buenos Aires, retomé aquel poema de Nueva York y le agregué los cantos dos y cuatro, sin tocar en absoluto los cantos uno y tres. El tono final, creo, descarta la sobrenatural y afirma metafóricamente el criterio del materialismo hindú, despojado de todos sus disfraces y ornamentos. Claro que, como dije al comienzo, este es solamente el tema aparente del poema.

Mucho después, en 2015, la traductora rumana Diana Dragomirescu llevó La Rueda a su lengua y lo incluyó en una antología de mi poesía, Poemul de Fier, publicada ese año por PIM Editura, de Bucarest.



la rueda

i.

la rueda es el movimiento del mundo
hecho del movimiento de todas las cosas
las cosas mueven al mundo por el conflicto
entre los opuestos que viven en ellas
lo oscuro y lo claro lo bueno y lo malo
lo oculto y lo expuesto
lo entendido y lo ignorado
generan el movimiento al combatir entre ellos
¿cómo podría algo o alguien
detener un movimiento tan formidable?
sería como un ratón intentando
detener la rueda de un automóvil
si diez ratones intentan detenerla
son destruidos si diez mil intentan detenerla
son destruidos


ii.

la rueda está fuera y dentro de todas las cosas
por eso todas las cosas cambian continuamente
de posición como los dibujos que alguien pinta
en una rueda siguen siendo los mismos y la rueda la misma
pero su forma y su dirección cambian continuamente
solamente un ignorante cree que algo cambia las cosas
confunde la apariencia con la verdad única
del movimiento de las cosas así lo malo es lo bueno
y lo bueno sigue siendo lo malo: aunque lo veamos invertido
¿qué sentido tiene ello si luego vuelve a pasar
por el mismo lugar y más tarde cambia nuevamente?
un hombre de pie y un hombre acostado
siguen siendo solamente un hombre


iii.

los cambios tienen una velocidad diferente
pero aparente en cada cosa
un hombre cambia a cada hora como el día cambia
pero es difícil entender cuándo la mañana
se hace mediodía hasta que llega el mediodía
una vida cambia aparentemente con mayor lentitud
porque es la suma de muchos y continuos cambios
quien puede verlos también puede ver el crecimiento
continuado de los árboles y la muerte y el renacimiento
de todo a su alrededor sin embargo esto es aparente
porque es difícil entender que los cambios
se producen en cosas que realmente nunca cambian


iv.

sabe quiere osa y calla lo opuesto
es quien sabe pero no quiere
el que quiere pero no osa
ese que osa pero no calla
y más hondo en la perdición
quien calla porque no osa
el que quiere porque no sabe



(*) Luis Benítez, Buenos Aires, 1956. En poesía, ha publicado: Poemas de la Tierra y la Memoria (poesía, Ed. Stephen and Bloom, Bs. As., 1980); Mitologías/La Balada de la Mujer Perdida (poesía,  Ed. Ultimo Reino, Bs. As., 1983); Behering y otros poemas (poesía,  1ra. ed., Ed. Filofalsía, Bs. As., 1985, 2da. Ed. Cuadernos del Zopilote, México D.F., 1993; 3ra. edición, Bering Och Andra Dikter, traducción al sueco de Maria Nääs, Ed. Encuentros Imaginarios Verlag, Suecia, 2012); Guerras, Epitafios y Conversaciones (poesía, Ed. Satura, Bs. As., 1989); Fractal (poesía, Ed. Correo Latino, Bs. As., 1992); El Pasado y las Vísperas (poesía, Ed. de la Universidad de los Andes, Venezuela, 1995); Selected Poems (antología poética, selección y traducción de Verónica Miranda, Ed. Luz Bilingual Publishing, Inc. Los Angeles, EE.UU., 1996); La Yegua de la Noche (poesía, Ediciones Del Castillo, Santiago de Chile, Chile, 2001); El venenero y otros poemas (poesía, Ed. Nueva Generación, Buenos Aires, 2005); Antología poética (antología en e-book, introducción, selección y notas de Alejandro Elissagaray, Ed. Wordtheque, Bolonia, Italia, 2005, www.wordtheque.com); La tarde del elefante y otros poemas (poesía, Ed. Ala de Cuervo, Caracas, Venezuela, 2006; 2da. edición, Ediciones Azafrán y Cinabrio, México, 2008; 3ra. edición, La Sera dell’elefante e altre poesie, traducción al italiano de Emilio Coco, Ed. Sentieri Meridiani Edizioni, Collana “Uni-Versi”, Italia, 2012; 4ta. edición, Buenos Aires Poetry, colección “Pippa Passes”, Buenos Aires, 2014; 1ra.ed. como e-book de descarga gratuita: http://ibuk.com.ar/f_benitez_La_tarde_del_elefante.html, Ediciones Ibuk, Buenos Aires, 2012); Poemas Reunidos (antología en  e-book, introducción, selección y notas de Elizabeth Auster, Ed. La Sombra del Membrillo, Madrid, España, 2006, http://lasombradelmembrillo.com/VI/2009/01/poemas-reunidos/); Luis Benítez: Breve Antología Poética (introducción, selección y notas de Elizabeth Auster, Ed. Juglaría, Rosario, provincia de Santa Fe, Argentina, 2008; edición en e-book: www.publicatuslibros.com, Biblioteca de Libros de Poesía, Ed. Itakkus, Jaén, España; 2da. edición, Luis Benítez: A short poetic anthology, trad. por Beatriz Allocati. Ed. The Littoral Press, Inglaterra, 2013; 3ra. edición, Luis Benítez: Breve Anthologie Poétique, traducción al francés de Jean Dif, Éditions La Résonance, Francia, 2014); Poemas Completos (3 tomos, ensayo introductorio del Prof. Lic. Luis González Platón, de la Universidad de Madrid, Ediciones  Publicatuslibros.com, Jaén, España, 2010, edición en e-book: www.publicatuslibros.com). Manhattan Song. Cinco Poemas Occidentales (poesía, Ediciones  El Fin de la Noche, Buenos Aires, 2010. Edición en e-book: www.elfindelanoche.com.ar; 2da. edición, Manhattan Song. Cinci Poeme Occidentale, trad. al rumano de Flavia Cosma. Ars Longa Editura, Rumania, 2013); A Heron in Buenos Aires. Selected Poems (antología poética compilada y traducida por Cooper Renner, con ensayo epilogal de Carmen Vasco Fernández Moreno. Ed. Ravenna Press, Seattle, EE.UU., 2011); Les Imaginations (poesía, trad. de Jean Dif. Éditions L’Harmattan, París, Francia, 2013); Poemul de Fier/El Poema de Hierro (antología poética, rumano-español, Trad. de Diana Dragomirescu, PIM Editura, Colercción Bibliotheca Universalis, Bucarest, Rumania, marzo de 2015); Lascia che parli Ezra Pound/Deja que hable Ezra Pound (antología poética, italiano-español, selección de Mario Meléndez, trad. de Gianni Darconza, Ed. Raffaelli Editore, Rímini, Italia, 2016).

lunes, 1 de mayo de 2017

Catacumbas: el bautismo de la escritura

Catacumbas, de Luciana Jazmín Coronado
(Valparaíso Ediciones, 2016).


por Diego Roel



«Cuando hundimos nuestra cabeza en el agua, como en un sepulcro, el hombre viejo resulta inmerso y enterrado enteramente. Cuando salimos del agua, el hombre nuevo aparece súbitamente».
Juan Crisóstomo, Homil. in Joh., XXV, 2


La pérdida del padre –o su ausencia– es, sin lugar a dudas, uno de los topoi literarios más fructíferos. En Catacumbas, el segundo libro de Luciana Jazmín Coronado, encontramos una voz que denuncia el discurso del amo. El padre es el límite a franquear, aquello que nunca se alcanza, lo que se aleja siempre.

«Cuando me abandona
papá muere
luego revive
es una flor nocturna
se le alargan los pétalos
como billetes gruesos
y me abraza
dejándome la sombra»

Estamos ante un padre mítico, totémico, que aprisiona a su hija a través de la mirada. Que instaura la noche en el día. Que se convierte en pantera. Estamos ante una sombra carnívora.

«Duele papá Daniel
el espejo tuyo en mí
la obra hecha de sal
duele papá pero no sangro
dejo el fondo mío
en el aljibe
me espanto ante tu rostro viejo
tus ojos de telarañas, papá
duele aquello que se tiende
sin tacto sobre mí»

Catacumbas describe un descenso, el acceso a un territorio vedado. Nos invita a atravesar un umbral, un jardín prohibido, impregnado de materia oscura. Lo que se busca (un espectro) es signo de lo imposible. Se muestra para ocultarse, se ausenta, se hace desear. Busca ser deletreado, ocupa un lugar inestable.

«llegué al jardín
y estaba impregnado
de materia oscura,
en contraste
las arañas eran blancas»

El amor de los padres es una herida que se lleva en cicatriz. Se trata, entonces, de rehuir el cobijo, de asumir el mayor riesgo. Sí, hay que ir hasta el final, habitar lo sin techo. Hay que lanzarse en el pozo. Y romperlo. Debemos, como aconseja Helene Cixous, conservar al otro dentro de la diferencia. Ésa es la única manera de desafiar la representación patriarcal, la única forma de escapar de la astucia y la violencia del padre. El desafío es afirmarse en el cambio, y convertirse -uno mismo- en grito, en carne que habla y transgrede. En desgarradura. Porque es en el cuerpo donde se libra la batalla, donde se niega la primacía del falo.

«en el fondo de tu sangre
hay una herida
que debés curar
tomarás un atajo
encontrarás tu sombra»

El descenso propicia el encuentro con la tierra, la emergencia de lo nuevo, la promesa de los frutos. Sumergirse permite entrever el pasaje, ser padre del nombre, encontrar un lenguaje dentro del lenguaje. Porque necesitamos una lengua propia que venga a reparar, a curar la herida, a instaurar ese anudamiento no borromeo al que aludía Lacan. Sólo la caída permite crear a partir de la nada, establecer una nueva combinatoria. Sólo el descenso nos establece en lo abierto, lejos de la dirección habitual.

«entonces
¿cuánto faltará
para que el jardín se esconda
y un baúl
de flores azules
ilumine bajo la tierra?»

Siempre en movimiento, la mujer que habla en estos poemas habita el cambio. Siempre en fuga, su misión consiste en reunir los hilos dispersos del paisaje, cavar hasta encontrar la piedra viva del poema. Hija de nadie, debe rehacerse, fabricarse un rostro nuevo, atravesar el punto de luz. Cruzar la frontera. Hija de nadie, con lo que sobra debe hacer una joya, un talismán. La infancia, la niña que fue, vendrá de lejos, atravesará cada sótano de la memoria, dejará su color en el aire.

«luego de días de calma
encontraré la hierba»

Los poemas de Luciana instalan una voz que habita varios registros temporales, que pivotea entre el pasado (el aura  mítica de la infancia) y el futuro. Al final de su viaje, el sujeto ha perdido sus partes internas. Es un odre vacío, un armazón. Extravió el color de la sangre, es pura espera. Arrastra lo que quedó de la noche. Se aferra al pellejo del planeta. Abre la boca para balbucear, todavía, un lenguaje.

«padre, no intentes que coma
verás caer mis libros,
me verás esconder historias,
revolear juguetes, clasificar espadas
padre trajo restos de mí
en una caja
son dibujos de encierro»

Un oso desenhebrado late entre las sábanas blancas. Sobre los vidrios triturados, el tiempo hunde su pico de grulla. No hay música. Explotó la bomba. El mar invadió la casa de la memoria. No florecerán lirios.

«papá debe morir»

Asesinar al padre –y revivirlo– equivale a permanecer con vida. Semejante operación exige un descenso órfico, una inmersión en lo escuro.  Pero, ¿hay algo del otro lado? ¿Hay una región, un reino más allá? ¿Hay otras puertas?

«marcaré
tu ataúd
con tiza»

La voz que irrumpe en los poemas de Luciana Jazmín Coronado insiste, cae, vuelve a levantarse, borda palabras. Pinta con colores brillantes. Libera una fuerza inaudita. Muta. Nos dice que es posible, a través de la alquimia de la poesía, ingresar a un espacio donde la astucia y la violencia no existen.


Referencias:
Freud, S. (1936). Obras completas. Un trastorno de la memoria en la Acrópolis (Carta abierta a Romain Rolland en ocasión de su septuagésimo aniversario). Traducción directa del alemán por Luis López- Ballesteros y de Torres, Tomo III. Madrid: Biblioteca Nueva, 2003.
Cixous, Helene. La risa de la medusa. Traducción del francés de Ana María Moix (revisada por Myriam Díaz-Diocaretz) Barcelona: Anthropos Editorial, 2001.
López, H. Lo fundamental de Heidegger en Lacan. En: Lo abierto, más lejos que el padre. Buenos Aires: Letra viva, 2004

Luciana Jazmín Coronado.


Tres poemas de Catacumbas
de Luciana Jazmín Coronado (*)

La bomba

mi hermanito y yo
no esperábamos la bomba
pero ha caído

te veo
sobre los vidrios triturados
lo que queda
son uno o dos pensamientos
que flotan ocultos entre el fuego

la habitación devastada
el tiempo ahí
pico de grulla al sol

en esta casa no florecerán lirios
no habrá música

hermanito,
sentí una luz antes de la explosión
era el mar incrustado en nuestras cabezas



Soy la alquimista


cuando me abandona
papá muere

luego revive
es una flor nocturna
se le alargan los pétalos
como billetes gruesos
y me abraza
dejándome la sombra

a papá lo mato y lo revivo
soy su alquimista

papá tiene que morir en el viento
ya hice varias mutaciones
de un resto logro una joya

papá debe morir ser piedra dejar de ser pantera
no a los ojos felinos no a la astucia

papá ya no es porque de tanto mentir
fue árbol le cosieron la boca


De mar, de mar en mar

enciendo
todos los bosques
en mi deriva

me agarro al marfil
de los cuernos de un ciervo

entrego al río
el cuerpo lleno de faros
una sola espiga soy
leve como el eco de un viento de un viento

de mar, de mar en mar
me aferro a las costas
y a la prisa de la espuma
que envuelve

el pellejo del planeta


(*) Luciana Jazmín Coronado nació el 3 de abril de 1991 en Buenos Aires, Argentina. Estudia Licenciatura en Letras (Universidad de Buenos Aires) y Traductorado de Inglés (ENS en Lenguas Vivas). Trabaja como docente de lengua, literatura e inglés y traduce poesía. Publicó La insolación (Viajero Insomne, 2014) y Catacumbas (Valparaíso Ediciones, 2016, I Premio Hispanoamericano de Poesía de San Salvador). Parte de su obra fue publicada en antologías, revistas y blogs. Algunos de sus poemas han sido traducidos al italiano.

domingo, 16 de abril de 2017

La excusa del poema y Liliana Lukin



(Presentación y selección)

Nada más que cinco versos en cada poema, dispuestos en una sola estrofa, le alcanzan a la poeta Liliana Lukin (Buenos Aires, 1951) para que la filosofía, la reflexión ensayística y el lenguaje poético se crucen de una manera intensa y reveladora. La autora propone unas anotaciones, en una especie de «modo tanka», para ir descubriendo una tesis sobre el poder y el amor, el deseo y el placer, la víctima y su verdugo. Contundencia argumentativa mezclada con  el filo del hacha de la imagen póetica: «El cordero no ama en el lobo más / que su temor anciano y nonato: él es una creación / de la mujer por salvarse del lobo del cuento…». Así, los dieciocho textos de Ensayo Sobre El Poder, resultan ser el recorrido inquietante de un lector que sabe siempre que estuvo del lado del término real en la conocida metáfora del lobo y el cordero.





1.
El amor del lobo por el cordero es
una herramienta que sangra
la comprensión de lo que no
se comprende del amor ni del lobo,
en lo que queda desgarrado del cordero.

2.
En lo que no se comprende del lobo,
en lo que del cordero hay desconocido,
avanza la conjetura sobre la naturaleza
del amor que el cordero tiene por
el amor del lobo hacia el cordero.

3.
Pura carne, puro sentimiento
blanco, blando, frágil: ofrece
el cordero al lobo tanto
que el lobo debe dudar
antes de dar la dentellada.

4.
El amor del lobo por el cordero ama
su debilidad de lobo expuesto al vellón,
a los ojos redondos del pánico. El lobo
ama la piedad que no conoce,
adivinada en el momento del zarpazo definitivo.


De Liliana Lukin, Ensayo Sobre El Poder. Wolkowicz Editores, 2015.


LILIANA LUKIN nació en Buenos Aires, en 1951. Egresada de Letras de la UBA, es docente en Crítica de Artes de la Universidad Nacional de las Artes. Desde 2005 coordina la Clínica de escritura poética de la Biblioteca Nacional. Recibió, entre otros, el Primer Premio ECA de la Secretaría de Cultura de la Nación (1985) y el premio de la Fundación Antorchas (1989).Publicó, en poesía: Abracadabra (1978), Malasartes (1981), Descomposición (1986), Cortar por lo sano (1987), Carne de tesoro (1990), Cartas (1992), Las preguntas (1998), retórica erótica (2002), Construcción comparativa (2003), Teatro de operaciones (2007), Libro de buen amor (2010), La Ética demostrada según el orden poético (2011) y Ensayo sobre el poder (2015). En 2009, editorial Del Dock publicó su Obra reunida. 

lunes, 10 de abril de 2017

La historia de un poema de Patricio Torne



por Patricio Torne*
(Especial para El Desaguadero)

Por entonces, me había obsesionado en encontrar el meollo de las conductas y modos de vida de aquellos acérrimos defensores de las tradiciones cuyanas y la tonada como música inevitable y referencial. Peñas, asados, fiestas familiares, guitarreadas con clima de profunda intimidad, todo era propicio y bienvenido a mi intención de asirme a ese flujo de vida tan particular como auténtico. Poco a poco, un grupo de esos hombres, que a la vez estaban relacionados por lazos familiares, me fue incorporando a su cofradía que en apariencias era muy abierta, sin embargo, fiel a sus propias tradiciones, era muy cerrada, como quien teme abrirse a un juego social que funciona más como amenaza que como lugar propicio para compartir. Allí me hicieron depositario de historias y hechos que, de no ser por la confianza y el afecto conquistado, jamás podrían haber estado en poder de mi conocimiento: rencillas y decepciones amorosas; peleas irreconciliables por cuestiones domésticas; pasiones cruzadas o traiciones. Hechos todos que, superado el pudor, fueron el tema inspirador de algunas tonadas o cuecas de las que algunos de los integrantes de este grupo fueron autores.

Uno de estos hombres se hizo profundamente confidente conmigo, él aparecía como desvalido ante el ojo de los que no pertenecían a ese círculo, porque era uno de los pocos que no tocaba la guitarra, no cantaba, ni escribía versos, sin embargo siempre estaba como el motor, y se situaba en los bordes de la escena que surgía de una juntada, un asado, una guitarreada, como quien lleva a cabo el registro visual que luego se volverá anécdota fiel de lo ocurrido para un documental. Si bien me hizo partícipe de muchas de sus cuestiones personales, fue sobre una en particular que volvía recurrentemente, y trataba de un amor clandestino con una mujer que ya estaba casada con uno de sus familiares. Si bien intentaba disimularlo, cada vez que aparecía el tema, su sufrimiento era ostensible. Toda la culpa de la concepción occidental y cristiana lo atormentaba, pero no podía hacer otra cosa que volver, una y otra vez, al centro del pecado. «Tendrías que escribir sobre esto», me decía. Por estos lugares hay un modo de amainar las consecuencias de la resaca: «pá destrancar», dicen los criollos, y consiste en tomarte un vaso de aquella bebida que la noche anterior funcionó como la mejor compañía. Y esto fue lo que tomé como eje para escribir, a mi modo, lo que le estaba pasando a ese amigo cuyano.


***


Resaca

Ahora es lo que pesa. El dolor donde antes hubo dicha. Lo amargo de una fruta que antes supo la más jugosa y dulce de su especie. Lo que de ser veneno mata con esa lentitud que te hace dialogar con el verdugo. Lo que de ser verdugo lleva el rostro y el perfume del que amas y viene a indigestarte. Lo que de haber sido sonrisa ya es la mueca, es el espasmo. Lo que no más fuese el elixir, vuelto hiel como cicuta en las entrañas. Lo que no tiene remedio. Eso que está lejos de cualquier bálsamo. Lejos de toda compasión, toda palabra bienhechora, porque la ternura de otra fuente nunca alcanza y es infierno después de tanto cielo. Lo que a pesar de tanto infierno es una espada congelada rompiéndote de frío, y mucho más que todo eso. Lo que uno siente que es mejor no haber tenido paz; ni haber bailado con lo más deseado de la fiesta, o haber comido de su plato hasta saciarse nada más que con las migas, vaciando una tras otra las botellas del más franco de los vinos.
Lo que antes de tan breve fue un suspiro, vuelto ahora bocanada sin aire en los pulmones. Lo que lejos de querer ser vade retro, maldición, un acto despreciable, es pura pena por saber lo que nos falta. Un acto irremediable de conciencia con piadosa mentira, haciéndote decir que ahora has aprendido; que es mejor ser un estoico, un ermitaño, un desalmado, un cero, alguna piedra, cualquier cosa menos la pasión; cualquier objeto menos la sangre. Porque nadie está dispuesto a resistir tanta tragedia, tanta sombra en lo inmenso de la noche, y lo que es peor: nada es tan grande como este malestar que nos aqueja, que sólo hay un brebaje capaz de disiparlo, y es el mismo veneno que lo trajo.


*Patricio Emilio Torne, poeta, cronista, artista plástico. Nació en Helvecia (Provincia de Santa Fe), el 31 de Enero de 1956. Desde el año 1985, reside en Villa Mercedes, y desde entonces coordina Talleres de Escritura en la Secretaría de Extensión Universitaria de la U.N.S.L. Desde el año 2010 Coordina el Ciclo PRETEXTO, donde poetas de todo el país, la región y locales se dan cita para desarrollar lecturas y compartir experiencias creativas. Ha participado y editado en distintos congresos, encuentros y publicaciones del país y el extranjero. Ha publicado los libros Orbita de Endriago (Editorial Filofalsía, 1990); Helvecia y Otros Tópicos (Editorial Todos Bailan, 1990); Donde Muere la Lógica (Editorial Último Reino,1992); Anacrónica (Ediciones de la nada, 2000); Perros (Editorial Revistas Callejeras, 2010); Materialismo Dialéctico (Editorial deacá, 2013); Perros y más perros (Editorial deacá, 2015). Junto a Pablo Castro realiza performance poético musicales, entre ellos “Un abrazo” y “Corazonada”.

lunes, 3 de abril de 2017

La poesía universal de un escritor de provincia

Antología poética, de Julio González. Dibujos inteiores: Alfredo Ceverino.
Prólogo: Jaime Correas. Editoria: Mendoza Ciudad, 2016. 



Hay un dictamen, más declamativo que otra cosa, que exige a los poetas dejar sentado en sus textos el lugar desde el que escriben para que sus poemas valgan la pena. Por supuesto, esa clase de sentencias no pueden aplicarse al conjunto de todos los poetas, ya que si bien tenemos a autores que han hecho de cada «aldeas» propia la materia principal de sus versos, hay otros que prefieren elevar la vista y contarnos acerca de lo que pasa allende la comarca en la que están sentados y trazando sus versos.

En Julio González tenemos a un poeta sin ataduras geográficas, de esos a los que la dirección de una calle cercana o las gentes que le pasan por al lado le influyen menos que la gente lejana de ciudades soñadas;  menos que las ciudades de papel de sus poetas admirados, lo cambian menos que una lectura afiebrada de un filósofo alemán o un vate peruano.

Esa ciudadanía imprecisa que propone la poética de Julio González lo convierte en un poeta legible para cualquier bandera (especialmente si el bello idioma español está en sus labios). Estamos ante un autor cuya obra se ha construido en voz baja, como los sueños que lo llevan a las ciudades de los poetas que ha leído y a los que tributa con su propia voz. La obra de Julio, sí, es una obra breve y dispersa, pero una antología –como la que acaba de publicar la editorial de la Municipalidad de Mendoza– permite apreciar su relieve universal, su enlace con la gran poesía de los contemporáneos que lo han acompañado: Dylan Thomas, César Vallejo, Czeslaw Milocz y su cercano Fernando Lorenzo.

Sin embargo, si la poesía de Julio tiene pocas aspiraciones regionalistas y mucha ambición universal, basta con dejarse recorrer por los poemas que ha elegido para advertir rápidamente que es imposible desanudarla de otros afectos que exceden el terruño.

El afecto por el tango es el primero y más palpable, y no por nada nuestro autor dedica un capítulo de sus poemas elegidos para reunir allí algunos de los versos que no sólo la música, sino la sangre y la carne del tango y los tangueros han hecho de él este poeta que es.

Julio González.
Pero hay otros intereses cercanos, como la pintura (no por nada el libro está ilustrado por uno de los grandes: Alfredo Ceverino), el cine y el espectáculo del mundo que se muestra a través de las noticias de los periódicos. Y otro más: el interés por el amor como tema lírico. En Julio González el amor acaba siendo el reducto final de todo decurso poético, la razón de todas las razones. Y si bien el poeta hace del amor una esencia del tipo platónico («sombra iluminada», le llama), este amor es siempre un amor encarnado, palpable, tan corpóreo como las manos que recorren la piel de una mujer. Por ello aunque los poemas de amor no hacen al grueso de la obra de este poeta, podemos pensar en el amor como la metáfora ineludible que explica su pulsión creadora.

Y es que, así como Julio entiende que al Amor –con mayúsculas– se llega amando, también vemos cómo en cada poema esa dialéctica entre las apariencias y las esencias se despliega con cada tema que toca: habla de una lluvia vespertina y esa lluvia es todas las lluvias («un rezo entre el viento y la hierba», le llama); si habla de un cielo pintado por Georges Braque, de pronto «se divisa, alto, / el cielo de los hombres»; o si habla del momento en que el sol de ese día cae, Julio sabe que «para todos llega la noche».

Cuando descubrimos que este es el modo de proceder poético de Julio González es cuando entendemos que carece de sentido la dicotomía que mencionábamos al comienzo, aquella que enfrenta al escritor con nacionalidad y al otro sin ataduras gentilicias.

Y vemos al fin, entonces, que un poeta como Julio González es capaz de trazar un autorretrato esquivo en ese poema que incluye en su antología y que se llama Escritor de provincia. Un poema en el que se dice amante «de tres o cuatro poemas» (de Dylan Thomas, de Milocz, de César Vallejo); en el que confiesa que de todas sus costumbres prefiere «la del silencio», quizás para no olvidar lo que dice; y un poema en el que deja escrito un mandato: que sus papeles escritos sean cremados «y sus cenizas arrojadas / al suave comienzo del otoño».

Son estos, quién lo duda, los deseos comunes a todo poeta. Por eso no importa si nacieron en París o en Mendoza. Importa si crecieron mirando al mundo, queriendo abarcarlo con la sola herramienta de sus poemas. 


Tres poemas de Julio González

El hombre invisible

Hemos perdido el calor del rebaño,
olvidado a los dioses y su sombra.
Pagaremos por ello, como griegos sin oráculo.
El hombre, ¿enciende el fuego, cuida
la lumbre y el ganado, calienta su cuerpo y su deseo?
La noche y su soplo de ceniza
apaga la mirada del tigre,
el vuelo, el vuelo del viento entre los árboles,
la brizna y su tiempo muerto.
Todo sucede sin memoria;
es la hora del hombre invisible,
del hombre sin espejo,
arrodillado en las horas descalzas.
Nadie cuida la llama que se apaga.
De su sueño han huido el toro,
su arco y las flechas del aire en la hierba;
nada para llevarse a la tumba,
cuando los días concluyan en su pecho
y el bisonte perdido en la cueva de su alma.
Nunca más el trote, el trote verde
de la muerte entre la risa de los jóvenes.
Con qué soñar, en esta noche arrepentida.
El hombre invisible camina solo
en la ciudad invisible.
El gran hermano lo espera
en la pared-pantalla.
Aprieta el botón de la infancia;
menos mal, porque ya no recuerda nada,
ya nadie recuerda nada.

*

Esperando tus manos

La cama se amarra al silencio
como un barco sin gaviotas
y los restos de sueño
pegan en mi pecho muerto.
Cae el alba sobre mi cuerpo
sin oleaje
trazando círculos en el muro
sin respuesta.
La sombra de la vigilia
vaga en la almohada desierta…
Espero una palabra, una sola,
como un mandoble del estío,
como hablarle al rocío,
lo que queda del vuelo,
ese aire abandonado,
esa espada sin manos;
voces, voces entre los árboles,
juegan con el silencio
y levantan hogueras de adioses.
Como en lejanos corredores,
suena tu voz,
aparecen tus manos,
el aire huele a hierba,
a cielo abierto, a vuelo despegado.
Brillan tus ojos;
el día existe.

*

El mar según Dylan Thomas

De la granja al mar, de su dorado
trino de manzanas, hay apenas
un prado y un bosque,
que el niño mide con
el viento.
Siente su aliento de estaciones
muertas,
su fatigado golpe en las rocas
y el aire salobre entre sus
labios.
Como un pequeño rey,
se sienta en su trono de piedra
y larga su caña hacia arriba,
al infinito.
El mar y el cielo se unen
a la distancia.
Cierra los ojos y lo respira;
ahí viene, avanzando con su ballena
blanca,
sus naves vikingas y el
perfume
de la noche de Tánger;
con su caballo a la carrera,
con el marino sin taberna
y su ginebra viajera.
Con sus peces dormidos,
con sus algas de espanto,
con su carga de tabaco ausente;
con la seda en penumbra
y la noche ciega de los esclavos.
Cuando abre los ojos, el mundo
de caracolas y de espejos
se abandona en la mañana
infinita.